La Promesa

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LA PROMESA

 

Hay quienes se aferran a la esperanza como única barca de salvación cuando lo único que hacen es prolongar su propia impotencia para vivir.

 

¿Esperar qué? , un amanecer, la salida del sol, el viento llegar, la germinación de una semilla. Quizás ni eso. La espera se ha convertido en nuestra sociedad en promesas incumplidas, ilusiones imposibles, pérdidas de tiempo irremediables; en un constante durar sin vivir.

 

El ser humano hace trampa al tiempo cuando, al final, el engañado es él mismo pues lo único cierto que llega, cuando menos la espera, es la muerte. El fin de esa angustiosa espera producto de la impotencia humana para vivir.

 

Las paradas de los buses no son más que esperas inmisericordes; las filas en las instituciones públicas, robos miserables a nuestra existencia. Y qué decir de la esperanza de una vida mejor en el más allá. Esta promesa es la más descarnada por engañosa, quimérica y justificadora.

 

A veces se disfraza, la esperanza de sueños. La niña que pasa su vida esperando el príncipe que la hará feliz, el jugador que gasta sus colones en hipotéticos premios que nunca llegan, los pobres que apenas si pueden comer que anhelan y ansían que el gobierno cumpla con sus promesas de campaña, los ciudadanos que esperan con ansiedad mejores tiempos, la atención pronta y cumplida de la justicia, el encarcelamiento de los corruptos, los pedófilos con cuello blanco, redondo, y cabeza tonsurada, que bajen los precios en los alimentos más necesarios de la canasta básica, que los ricos comprendan sus necesidades y busquen un poco de equilibrio en la distribución de la riqueza y cuántas otras cosas más... que los hombres y mujeres que gobiernan miren al desposeído no como un paria que pueda majar su sombra sino un ser humano que con su trabajo les llena de riquezas.

 

Al menos quince años pasan los jóvenes desde que nacen hasta que llegan a las puertas de la gestación. En esa etapa crecen, se desarrollan y se inician en el camino de la vida. Luego entran en los otros quince años de su formación. Aquí se educan, aprenden, se preparan, se forman y ya a los treinta años se espera que comiencen a vivir, a disfrutar de su llegada al punto máximo de su vida. Trabaja, se independiza intelectualmente y se dispone a caminar por sus propios derroteros. Escribe, piensa, medita, disfruta...vive y entra a los cuarenta años a la plena vigencia de su vida hasta llegar a los sesenta donde comienza el reposo, el sosiego, la paz creadora, la serenidad, la comprensión y el declive final.

 

¿Se cumple ese proceso o se queman etapas sin estar medianamente preparados? Nos echan a la calle a pedir mendrugos de vida, pedazos de pan, migajas del banquete de los que todo lo tienen, quizás infelices llenos de ignorancia y torpes viajeros del universo, pero al fin dueños de él. La mayoría se convierte en pedigüeños reambulantes por los caminos de la vida, sin tino, sin seguro, sin sosiego, sin otra cosa que la mochila llena de esperanzas. Los vemos en los buses, las paradas, los parques, los trenes, los estadios, sobre toda a la salida y la entrada, con las manos extendidas en espera de una moneda que a veces se le tira sin volverlo a ver. Somos unos pordioseros en nombre de Dios. El mundo se ha convertido en tres bandos: los que piden, los que dan y los indiferentes.

Hoy esperamos que el presidente vecino se decida a pensar, a ser inteligente, a discernir, a ser generoso consigo y los demás pero el tiempo pasa y esa espera poco a poco se convierte en una esperanza y ésta nunca llega. Priva el egoísmo, la insensatez, la estulticia, la avaricia y el hombre común de dos pueblos sufre la impotencia del querer y no poder. ¿Hasta cuándo esta humanidad se cansará de esperar y se decidirá por vivir, exigir ese derecho natural, humano, ese principio  fundamental necesario en nuestra existencia? No vislumbramos ni a corto, ni a mediano plazo ese ahelo.

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