Ana Ossenback Sauter. Padre nuestro ya no estás en los cielos

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PADRE NUESTRO YA NO ESTÁS EN LOS CIELOS. Novela histórica de Ana Ossenbach

 

Si echamos una mirada al origen de la novela, llegaremos a la conclusión que es un producto del género mayor llamado Épica. Es la epopeya la que sin lugar a dudas se convierte en la fuente de la novela. Nuestra afirmación se fundamenta en los rasgos más sobresalientes de esta génesis. El primero que resalta es el rasgo narrativo. La epopeya a pesar de ser un canto de gesta solemne y conocido por el pueblo pues todos sabían de sobra la historia que se glorificaba y  el final del héroe proclamado, lo cierto es que sin importar la forma estrófica se alababan las hazañas del héroe y describían sus batallas como si el lector las escuchara por primera vez.

La novela se alimenta de la epopeya y crea su propio discurso bajo una nueva visión, la privada. El autor aprovecha la historia pública y conservada a través del discurso oral o histórico y toma de él, personajes que los convierten en sus héroes o antihéroes. Lo sagrado y solemne los transforma en humano, más cercanos al lector social. El discurso histórico, oficial y público cede ante la visión particular, única del autor y nace un nuevo discurso que se ha dado en llamar discurso novelístico. Ha nacido un nuevo género: la novela, más alejada de los dioses y más cercana al hombre.

Siendo así, es comprensible la variedad de temas, puntos de vista, aventuras, posibilidades, tanto sociales, políticas como ideológicas, que han sido tratados en las diversas novelas, así como la intertextualidad e interartisticidad de este género. Casi nada le es vedado y sí incorporado en su estructura. Pero, sí es imprescindible, el carácter narrativo de mundos totales privados desde perspectivas nuevas.

Una de esas particularidades de la novela se le ha bautizado como novelas históricas. Algunos críticos las niegan pero aunque son difíciles de precisar, somos del criterio de que siempre han existido a lo largo de la historia literaria. Son producto de una visión especial de los hechos históricos. El escritor utiliza la memoria que subyace en toda sociedad y escarba, penetra en sus cimientos y extrae lo oculto, lo no dicho, lo ignorado, lo sutilmente olvidado y hasta borrado del discurso oficial expreso. El pensador español Azorín le llamaba la infrahistoria, Umberto Eco, la estructura ausente y los historiadores oficiales lo ignoraron, lo disimularon o simplemente borraron de sus libros por considerarlo innecesario o peligroso. El escritor, en cambio se sumerge en él y lo depura, lo recrea, lo vitaliza y lo ofrece al lector como fuente de sabiduría y placer, lo transforma sencillamente en literatura, en arte.

Así se crea la novela histórica que se nutre en la memoria de los hechos y acontecimientos, más allá de la superficie de los mismos. Y con ellos construye una visión humana, una perspectiva particular de esos recuerdos históricos que ofrece llena de humanismo, de dolor, tristeza, alegría, duda, nostalgia, amor y vida. Así la novela se convierte en fuente del conocimiento histórico vivo, plurisémico, polifónico y se ofrece al lector como mural viviente de tiempos pasados que nos hacen vivir presentes avasalladoramente humanos.

Si revisamos un poco el panorama literario costarricense encontramos, desde el origen mismo de la novela, muestras de esta particularidad de la novela. Manuel Argüello Mora (1834-1902) fue nuestro primer novelista que cultivó esta modalidad. Misterio (1888), Elisa Delmar (1899), son solo unos ejemplos. Carlos Gagini Chavarría (1865-1925), publicó una novelita poco conocida El Sargento Gerard (1890), un idilio amoroso en el contexto histórico de la guerra Franco-Prusiana.

Pero no seguimos señalando autores y novelas históricas porque ese no es nuestro objetivo. Sin embargo señalaremos tres más con algún detalle por tratarse de un contexto similar a la novela que ocupa hoy nuestra atención.

El primer escritor costarricense que utilizó el contexto de la primera guerra mundial y sobre todo la génesis de la segunda fue Mariano Padilla Bolaños. Nació el día 26 de octubre del año 1897, en Alajuela. Estudió medicina y obtuvo el doctorado en el año 1934. Se incorporó al Colegio de Médicos y Cirujanos en el año 1959. Murió el 15 de abril del año 1971. Es hijo de Mariano Padilla González y Victoria Bolaños Meza. Sus hijos fueron Carlos, Teodora, Enrique, Joaquín, Manuel, Alberto y Leonor (8 hijos).

La única novela que conocemos de Mariano Padilla Bolaños se llama ¿Será la bestia? y la publicó en el año 1943.1 Utiliza el subtítulo Adolfo Hitler Poelzl.

Es una novela histórica. En ella se asiste a los horrores  de las guerras mundiales, los campos de concentración, llevadas a cabo por Alemania y su jefe milita Hitler. La novela tiene algunos rasgos importantes. En primer lugar son los personajes los que cuentan los acontecimientos y describen los horrores de la guerra. Vladimiro y su hermana Nietochka, sobre todo el primero, son los encargados de contar las historias. Vladimiro es un militar ruso y su hermana se enamora de un amigo de éste, un joven médico que lo asistió en una penosa enfermedad que padeció, Dimitri. Estos tres personajes de alguna manera soportan la historia de la novela. El autor utiliza la clásica estrategia de los manuscritos encontrados y los testimonios de un autor desconocido. En realidad la novela comprende la dominación nazi, guiada por Hitler, de gran parte de los países europeos, desde la invasión de Polonia hasta la guerra contra Rusia. Se extiende desde 1912 hasta 1942, pero los años que más interesan son los que van de 1935 a 1942. La participación de los alemanes en la invasión de los diferentes países inicia con la invasión a Polonia (1939), Dinamarca, Noruega, ambas en 1940, Holanda, Bélgica, Francia, Yugoslavia, Grecia y, por último Rusia, no sin antes dominar a Rumania y Bulgaria.

La segunda novela histórica sobre esta temática fue escrita por Virginia Grütter Jiménez (1929-2000) la llamó Los amigos y el viento y la publicó en 1979.1

Es la primera novela de Virginia Grütter Jiménez. Sucede en la Alemania nazi, cuando apenas tenía dieciséis años. Es una novela monofónica y de corte tradicional pero la diferencia con otras novelas es, en primer lugar el distanciamiento de la autora de lo narrado. En la novela cuenta la historia de una adolescente, ¿ella misma?, sin intervención de la autora. Se observa el punto de vista de la joven, sus sueños, sus alegrías, sus contradicciones, su ternura y su solidaridad. Hay un claro contrapunto entre la vida y la muerte, la alegría por vivir y la esperanza truncada de las víctimas de la guerra. Las estaciones temporales y sus diferencias no escapan al panorama del conflicto humano. La primavera inicia la vida y con ella termina la novela, pero también se dan los inviernos pavorosos y el otoño y con ellos se evidencian los cambios emotivos, sentimentales, poéticos del personaje joven, con una vitalidad por el amor, la vida, los sueños, la esperanza de concluir sus proyectos y por otra parte los estragos de la guerra, las secuelas después de terminar de oírse los bombardeos y las muertes que se sienten, se palpan en las madres sin esposos e hijos, los mutilados, los hospicios de huérfanos y los hospitales. No habrá precio alguno que justifique la guerra, pareciera ser la síntesis de la novela. El título de la novela es elocuente, Los amigos y el viento, no importa la nacionalidad ni las diferencias culturales porque el amor está por encima de toda maldad y el viento revive, trae noticias de esperanza, de paz aunque en la muchacha se muestra la cólera, el rencor, la impotencia.

La última novela sobre esta temática que se ha publicado, la escribió Jacobo Schifter Sikoka (1952) y la llamó Pagos de polaco, amores y traiciones en los años del nazismo y la publicó en 1999.1

Es una novela histórica, monofónica, lineal, de secuencia lógica. Explota, en excelente forma, el rasgo de la novela que hemos llamado "privacidad". La novela delata la historia oculta, la irreverente, la que pocos conocen y escoge un sector diacrónico que va desde los finales de la Primera Guerra Mundial, hasta 1942, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, y los personajes forman parte de la minoría judía, sobre todo polaca, que emigró a Costa Rica por los años veintes, cuando recién comenzaba la persecución de ellos, en todo el mundo, por los alemanes nacionalista y el régimen de Adolfo Hitler.

 

En Costa Rica se hace referencia a la llegada de los judíos, su establecimiento, sus congojas, desvelos, trabajo, segregación racista, persecución, tanto por algunos costarricenses como por los alemanes y los gobiernos de León Cortés Castro (1936-1940) y Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944) y por último la participación de los Estados Unidos de América en la Segunda Guerra Mundial, en general, y en Costa Rica, en particular.

Y hoy disfrutamos de una nueva novela escrita por una costarricense Ana Ossenbach sobre ese tema tan importante y universal. Padre nuestro ya no estás en los cielos.

Una novela histórica, sin duda alguna pero no de la historia oficial que los manuales nos han enseñado sino de ese mundo oculto, ignorado, silenciado terriblemente humano y por ello más desgarrador. Eternamente amenazador. El lector asiste al escenario vivencial de la tortura, el acoso, el miedo, el dormir soñando con la muerte, la soledad, la zozobra, el saber que la vida no depende de uno sino del capricho ajeno, del odio, así no más, sin una razón que lo justificara. Casi dependiendo del azar, del ser escogido hoy y fusilado mañana. Vida efímera esa que un día amanecía con un pringue de esperanza y minutos después se desvanecía, como por obra de un designio oculto: La razón de la sin razón.

Dos mujeres, Elisabeth Sass y Lilli Winter, la primera Alemana y mayor que la segunda que es de origen Judío, son las protagonistas principales de la novela.

Desde una perspectiva cercana a Elisabeth, el yo narrativo, sujeto de la enunciación, va configurando, escena tras escena, las vivencias de estas dos mujeres, su niñez, sus familias, sus ilusiones, anhelos, proyectos y el lector poco a poco se va insertando en esas magistralmente descritas en el actuar, mujeres y no solo se identifica con sus ideales y proyectos sino con sus penalidades cotidianas que deben afrontar, a veces solas, otras juntas, las más de las veces, sus encuentros, conversaciones, paseos, desencuentros, enojos, pero siempre llenas de solidaridad, amor, entrega, más allá de sus mismas posibilidades.

"El suicidio del señor Dietrich afectó mucho a Elisabeth. No se había quitado la vida junto a su esposa y sus hijos, como hacían algunos, pero demostraba también hasta qué punto en el corazón de la gente se había instalado el pesimismo y la desesperanza: hasta el punto de pegarse un tiro."(p. 71)

El ambiente violento, de acoso social y particular era cosa de todos los días y la desocupación, el hambre y las necesidades insufribles hacían que los jóvenes convencidos o no se unieran a Los SA, las camisas Pardas Poco a poco las fábricas, los negocios, sobre todo de los judíos alemanes fueron cerrando sus puertas y el número de desocupados se hacía cada vez mayor.

"O sea que el terror había asentado sus reales en Alemania. Pero quien no era comunista ni era judío ni se oponía al régimen por cualquier otra razón, a lo mejor ni se percataba de lo que estaba ocurriendo. Para la mayoría de los ciudadanos la vida transcurría ahora  (con Hitler como comandante) más tranquilamente que en los tiempos revueltos del final de la república y, si el precio que había que pagar a cambio era sacrificar el estado de derecho, pues era un precio justo" (p. 129).

Pero poco a poco las cosas van empeorando y los ciudadanos, aún los mismos alemanes, comienzan a sufrir las consecuencias de la guerra que recrudecen con la invasión a Polonia. Paralelamente y como una simbiosis social las vidas de estas dos mujeres sufren cada día, por no decir, instante las consecuencias de esos acontecimientos que hacen a los uniformados crear el pánico en los judíos y todos los que no fueran arios. La más acosada es Lilli y Elisabeth sufre cada uno de sus vejámenes. Los más preciados anhelos que eran sacar melodías de su violín e interpretar a los virtuosos clásicos, fueron vilmente impedidos por los uniformados que en plena inauguración de un teatro fue echada de la sala como una "sucia judía". Eso hacía enfurecer a Elizabeth a tal extremo que en varias ocasiones se enfrentó con los Camisas Pardas sin lograr resultado positivo alguno.

Mientras una disfrutaba la música, la otra se ejercitaba en la bicicleta y soñaba con escalar montañas y los ratos libres los dedicaban a esos pasatiempos a pesar de las limitaciones económicas y las penurias en las que vivían, solo superadas por los esfuerzos voluntariosos de Elisabeth y la mística de Lilli. No obstante al acercarse los primeros años de los cuarentas, ambas vivían separadas por las circunstancias bélicas y decisiones personales. Al final de la novela su comunicación se realiza a través de cartas. Es a través de una de ellas como Elisabeth se entera del fatal desenlace que sufrió su entrañable amiga Lilli.

Padre nuestro ya no estás en los cielos es una novela que expone la parte más humana del ser que precisamente el régimen de Hitler proscribe y de ahí su carácter universal. Profundiza en las vivencias a que se ven expuestos los seres humanos en situaciones extremas de acoso, violencia y vejación y la guerra es quizás la más cruel de ellas y más en este caso cuando la demencia de unos y la ceguera de muchos violan los más elementales derechos humanos de subsistencia y primeras necesidades: el derecho a la vida, la paz, la libertad, al trabajo, a la familia, la salud y la educación para solo citar algunos.

Nunca una novela se torna tan denunciante en un momento donde la humanidad está potencialmente a las puertas de otra guerra mundial nuclear de incalculables consecuencias, precisamente entre Israel y los pueblos Palestinos. Su lectura se convierte en un momento de reflexión sobre el futuro de la humanidad y el lector no podrá de sentir dolor y desesperanza por lo que podría ocurrir en esta locura que violenta la existencia, ya no solo a unos pueblos sino a toda la humanidad.

Tengo razones para creer que la autora y la editora de esta novela no tienen que sonrojarse cuando sea presentada y leída en Europa y otros países de los demás continentes, sin duda alguna será bien recibida y calificada no solo por la temática que ha sido tratada vastamente sino por la creación de un personaje inolvidable por su humanidad: Elizabeth, siempre será recodado.



1 Padilla, Mariano. ¿Será la bestia? Editorial La Tribuna, San José, 1943.

1 Grütter Jiménez, Virginia. Los amigos y el viento. Ed. Costa Rica, San José, 1978.

1 Schifter Sikoka, Jacobo. Pagos de polaco, amores y traiciones en años del nazismo, Editorial ILPES, San José 1999.

 

¡ UPE, META EL DEDO Y CHUPE!

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¡UPE, META EL DEDO Y CHUPE!

Por mucho tiempo, todos los jueves por la tarde, de cuatro a 6, solíamos don Constantino Láscaris Conmeno y yo reunirnos en una mesita de la sodita de Estudios Generales en la Universidad Nacional de Heredia. Conversábamos de diferentes temas, mientras nos tomábamos, él varias tazas de café y yo un refresco natural. Y por su puesto se fumaba medio paquete de cigarrillos.

Un día me comentó. He buscado en cuanto libro tengo, y tenía bastantes, y no he podido encontrar el origen de esa palabrilla que tanto se usa aquí, ese UPE con que suelen llamar a la puerta de las casas. Lo he escuchado en el campo y en la ciudad, a personas de escasos conocimientos y a profesores universitarios.

- Sí, su uso es muy generalizado- le dije- y yo sé una historia que te podría interesar para tu libro "Las ideas costarricenses", pues me había comentado que casi lo tenía terminado, ya había publicado "Las ideas centroamericanas". Pues la escucho, es una palabra que la usan en Centroamérica y hasta en México.

- Pues así me la contaron y así te la cuento.

Un día, por la mañana, como solía hacerlo con frecuencia, pasé al mercado central de Heredia a tomarme mi batido de crema en una famosa sodita que le decían la soda de Rafelón. Como era mi costumbre me senté solo en una mesita y pedí lo acostumbrado. Estaba esperando la crema con el tostelillo, cuando apareció un señor bastante viejo, con sombrero, muy aseadito pero de igual manera, muy viejito, tal vez unos 70 años. Se quitó el sombrero y se sentó casi a mi lado, me dio el buenos días y esperó que lo atendieran. Casi simultáneamente llegaron dos colegialas vivarachas y parlanchinas, se sentaron en una mesita contigua y llamaron la atención de los pocos comensales que ahí estábamos.

- ¿Qué voy a hacer con el profe. Ese examen está muy difícil. Saberse uno todas las maneras como se han formado las palabras? Ni que fuera uno sabia.

- ¡Ay sí, nos van a quebrar!

Más por entablar una conversación y hacer ameno el rato, me volví hacia las jovencitas y les dije:

-Sí solo las van a examinar sobre el origen de las palabras, eso es muy fácil

- Fácil, si Ud. Supiera qué enredo, que palabras compuestas, que sufijos, que prefijos. Lo que tengo en la cabeza es algo así como una sopa de letras, jajajajaja

- También me reí, pues el chiste ése me gustó. Y ya un poco serio les dije:

- -Yo soy profe de español y rápidamente les voy a solucionar el problema.

Se miraron sorprendidas y esperaron que yo continuara. Así lo hice les explique que las palabras solo se formaban de cuatro maneras: Por los sonidos y se llamaban onomatopéyicas, por sufijos y se les denominaban, derivadas, por prefijos y sufijos y recibían el nombre de parasintéticas y por último aparecían las compuestas. Rápidamente les explique cada una de las categorías y les di ejemplos de palabras formadas con cada procedimiento. Tomaron apunte, se tomaron su café y alegremente se despidieron complacidas y se marcharon al colegio a realizar la prueba de español.

Yo me disponía a tomarme mi crema, cuando el viejito de al lado, volvió su arrugado rostro, me miró un poco y me dijo, de sopetón:

-¿Ud sabe de dónde viene la palabra UPE?

- Pues sé su significado y a decir verdad me agrada mucho esa palabra, desde niño la escucho, pero...saber de dónde viene, pues debo confesarle que no lo sé.

-Pues así como me ve, viejo, ignorante pues yo sé la historia de esa palabra. Y se quedó pensativo como divagando en el tiempo.

¿Quiere saberla?

Por supuesto que sí, lo escucho. Y me acomodé frente a frente, para poderlo oír con mayor atención.

Yo vivo en una casita, con una hija, no sé si pertenece a San Lorenzo, Barba o Santa Bárbara, está cerca de un río. Ahí vivió mi padre y el padre de él. Lo cierto es que una noche, como era costumbre en esos tiempos, sentados en el corredor mi papá me contó una historia que le había contado su padre y que él siendo muy chiquillo había conocido.

Decía mi papá que en ese pueblo de la provincia de Heredia, en una casita vecina a la mía pero bastante retirada y casi en la ladera del río, entre un cafetal, vivió una viejita que se llamaba Guadalupe. Y ahí mismo la habían encontrado muerta, en un camastro, arropada con unos sacos de gangoche, sola y con la única compañía de una perrita, al pie de su lecho.

Contaba mi tata que le contaba su padre, que esa tal Guadalupe, cuando joven había sido una campesina muy bonita y pertenecía a una familia numerosa de ésas de antes, que solía como todas las muchachas de esos pueblos ir muy de mañana a coger café en la hacienda del patrón. Un día, como a las nueve de la mañana cuando los cogedores dejan esa labor y se sientan en un saco a comer su almuerzo, en el callejón, llegó un joven, hijo del hacendado y vio a la joven Guadalupe, y así no más se enamoró de ella y no descansó hasta que la hizo suya. De esos amores furtivos nació una niña. Pero el padre de Guadalupe, sin muchas explicaciones llamó a su hija y delante de su esposa le dijo:

-Coja sus chuicas y se marcha de esta casa, Ud. Ha deshonrado la familia.

La joven sin contestar palabra cogió un saquillo de gangoche, echó sus pocas pertenencias y salió de su casa con la cabeza agachada y un par de lágrimas grandotas en sus dos también enormes ojos negros. Caminó un rató y seguro quiso enjuagarse su dolorido rostro en las aguas del río cercano pues dirigió sus pasos tambaleantes hacia ese lugar. Se enjuagó la boca, exhaló unos retenidos suspiros, con su delantal se limpió su marchito rostro y levantó sus ojos hacia el sol, como queriendo buscar el calorcito del beso mañanero. Ya más serena, pudo ver entre la maleza un ranchillo que solo entre la verde vegetación abría su única puerta como invitándola a descansar. Se dirigió a él, con un empujoncito abrió una puerta sin tranca y en su rostro dolido se dibujó un simulacro de sonrisa. Entró, vio todo, y ahí se quedó. Ese sería su hogar y también cobijo de su hija que aguardaba en su vientre.

Pasaron los años, Guadalupe se fue envejeciendo, en su nueva casa, su hija fue a la escuela, hizo la primera comunión, como ella cogió café, lavó ropa ajena, limpió la casa del patrón y con más suerte se casó con un campesino y se fueron a vivir a Pérez Zeledón. Nunca más supo Guadalupe de su hija pero sabía que era feliz y los años la fueron venciendo y ya viejita no podía ganarse la vida, entonces no le quedó más remedio que salir a los pueblos vecinos y deambular durante el día por ellos y con toda humildad pedir un vasito de leche, un cafecito o un mendrugo de pan. A la noche regresaba a su rancho con su perrita, lucero y al otro día volvía a los mismos recorridos.

-Señora.

-¿Quién es? Le contestaban detrás de la puerta.

- Yo, Guadalupe.

- ¡Ah, sí, espere un momento, siéntese en la banca!

Y al rato salía la señora de la casa con un vaso de leche unos buenos pedazos de pan dulce casero y algunos otros alimentos y frutas que Guadalupe echaba en su saquito de gangoche. Una vez satisfecha su hambre, partía a otras casas, con su única compañía, Lucero y su enorme soledad.

Otro día el mismo recorrido, la misma noche, la misma soledad, hasta que fue doblándose y su voz casi no salía de su boca marchita. Ideó entonces ayudarse con un palo de café y cuando llegaba a las casa conocidas, le daba golpes a la puerta con él y a la pregunta de siempre

-¿Quién es? Respondía Guadalupe ...pero ya muy débil y cansada se fue transformando su nombre en LUPE y a los días ya solo se le escuchaba casi como un dejo la palabra que como ella se encogía cada vez más... UPE

Y la gente se acostumbró a oír después de unos golpecitos decir ¡UPE! Y pasados los días encontraron a Guadalupe...Lupe...Upe... con los ojos cerrados en su rancho, en un camastro cubierta con unos sacos de gangoche y su perrita Lucero a sus pies. Manos caritativas la enterraron sin responso en el camposanto.

A decir verdad, el señor terminó la historia, yo se lo agradecí, tomo su bordón y salió con una leve sonrisa de la soda de Rafelón y yo me quedé pensando en la viejita Guadalupe, no sin antes darle las gracias.

_Ésa es la historio Constantino. ¡Qué te pareció?

Se quedó mirándome, encendió un nuevo cigarro, le echó otra cucharada a su ya endulzado café, botó una bocanada de humo y se volvió sonriendo hacia mí y me respondió.

-Mirá Benedicto, por lo que te conozco...y te conozco muy bien...vos sos un embustero. Yo no sé si esa historia es verdadera o la inventaste vos. Pero debo aceptar que la tal historia ésa, me gustó.

LA POESÍA: ¿PROFESIÓN U OFICIO?

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LA POESÍA: ¿PROFESIÓN U OFICIO?

Adriano Corrales Arias*

 

 

 

El poeta es un ser marginal, o, para que se entienda mejor, está al margen, en la frontera. Desde la Grecia clásica se le expulsó de la Res-pública. Su oficio no está sancionado por el sistema, por eso nunca vemos en los anuncios y clasificados de los periódicos: Se necesita poeta. La empresa x requiere los servicios de un poeta. Al contrario, muchas veces los poetas deben pagar para publicar su trabajo y en los últimos tiempos de la globalización, en un descaro posmoderno inusitado, hemos visto cómo hasta se le cobra para leer. Por esa razón, y en cualquier caso, el poeta es un disidente.

Por supuesto, hay muchos versificadores que piensan que la poesía es una actividad que da prestigio y nivel de vida (aparte están las señoras y señores que ya tienen buen nivel de vida y escriben versos para ocupar su tiempo libre). Son los eternos concursantes en los certámenes de poesía, los activistas de asociaciones, editoriales, ministerios y grupos de poder que les pueden prestar "apoyo institucional" como una plataforma hacia la celebridad, la publicación, los premios y las gratificaciones editoriales. Allí, en esas agrupaciones, generan sus grupitos de amigos con el abrazo cómplice, la palmadita oportuna o el guiño sagrado para negociar puestos en juntas directivas, jurados, academias, y traficar influencias hacia el próximo premio o evento internacional, e inclusive gestionar alguna casilla en una papeleta electoral. Me apresuro a señalar que, desgraciadamente, y dadas las condiciones ya mencionadas, muchos poetas deben acudir a los certámenes como única posibilidad de publicación y de autofinanciar su trabajo. Pero, para desgracia doble de ellos, muchos de esos premios ya han sido negociados por aquellos versificadores.

Claro, el poeta es un ciudadano común y corriente. Esto es lo otro que se le escapa a mucha gente. El poeta no es un iluminado ni un maldito, nos es un ser especial solamente por el hecho de escribir poesía. Sería especial, en todo caso, por su humanidad intrínseca, es decir, por su honestidad, su insobornable entereza intelectual, su ternura, su valor, su generosidad, su solidaridad, su amistad y compañerismo, y, obviamente, por su misma poesía; valores y actitudes reñidas con la actual era de mercado donde todo se vende y se intercambia como simple mercancía. Por ello el ciudadano / poeta tiene los mismos deberes y derechos que otro ciudadano, digamos el carpintero, el carnicero, el aviador o la maestra. La diferencia esencial es en cuanto a su ocupación, a su oficio. Debe poseer la plena conciencia de que su trabajo no se vende ni se intercambia, y que para sobrevivir debe tener otra ocupación que le proporcione un salario digno, a no ser que tenga la posibilidad de un mecenas o la autoprotección económica, como nuestro gran Max Jiménez.

Ernesto Sábato dice (la cita no es exacta, pero la idea sí), refiriéndose al escritor en general, que su deber es escribir, para ello no importa que deba trabajar como obrero, como empleado de un banco o asaltar el mismo banco, pero, a toda costa, debe escribir, y escribir bien. Lo que importa es que el poeta, consciente de su labor, debe saber que la misma tiene un valor en sí misma más allá del valor de cambio y del valor de uso. Porque la poesía no es un coto privado, es una instancia, un ámbito de la vida, un espacio para compartir. He ahí su trascendencia: se escribe porque no hay otro camino más que decir y compartir con los otros mi rabia, mi odio, mi amor, mi locura. Y he ahí también su diferencia: ser poeta no es una profesión que se escoja, es una vocación que se trae, es una necesidad ontológica. Por eso en ninguna facultad del mundo ni en ningún taller literario se pueden "hacer" o graduar poetas.

La poesía es una necesidad en doble vía: el poeta necesita decir, pero también comunicar, de allí su compromiso con la palabra, porque la gente necesita de la poesía; sin poesía no se puede vivir. Igual que un arquitecto y un ingeniero, quienes deben poner todo su conocimiento y talento al servicio de la obra para que ésta sea sólida y no colapse al primer sismo, pero a su vez sea cómoda, iluminada, fresca, habitable; el poeta tiene el compromiso de entregar un producto riguroso y estéticamente bien elaborado. Ese "producto", como lo señaló Ezra Pound, es un "complejo intelectual y emotivo en un instante temporal". La presentación, o representación si se quiere, de ese complejo conlleva un arduo trabajo con el instrumento de expresión, con el lenguaje. La responsabilidad del poeta consiste en dominar a la perfección ese instrumento, como cualquier artesano u obrero calificado. Del dominio de ese instrumento dependerá esa sensación de súbita liberación, ese golpe ideológico/emocional, esa condición de repentino crecimiento que experimentamos frente a una verdadera obra de arte. Por supuesto, detrás del manejo de ese instrumento deben estar la intuición y la lucidez que conforman lo que denominamos talento. Pero bien sabemos, citando de nuevo al maestro Pound, que "la maestría en cualquier arte es obra de toda una vida".

Regresemos al principio: el poeta está al margen, en la frontera, mejor dicho, el poeta es un ser marginal, disidente. Esta definición precisa de una aclaración necesaria: ser marginal, o estar al margen, no significa necesariamente estar en precario, o en la extrema pobreza, como podría pensarse, aunque muchos grandes poetas lo estuvieron y lo siguen estando. El significado que tiene dentro de esta concepción es que el poeta no está en el meollo del asunto. El meollo del asunto, ya lo apuntamos, son las grandes editoriales, los premios y reconocimientos, las portadas de revistas y periódicos, las cátedras universitarias, las asesorías de prensa, las becas internacionales, los cargos diplomáticos, los reacomodos en juntas directivas y en instituciones gubernamentales, etc. Y cuando le otorgan un premio, si es que se lo otorgan, o lo becan con un puesto diplomático, o con un espacio académico, sabe perfectamente que lo hacen para controlarlo más de cerca, o para cooptarlo, y seguramente utilizará esos recursos para conocer mejor las entrañas del monstruo y, por supuesto, para mayor tranquilidad de su obra. El poeta sabe, aunque a veces intuitivamente, que el sistema, sin quererlo, crea cuervos.

En fin, el poeta no está en el centro de la pantalla ni en el clic de la fotografía. Pero no estar en el centro le permite una visión periférica que le abre el panorama ampliamente. Estar al margen le permite deambular por los círculos del poder sin comprometerse con los príncipes, ni recoger migajas del pastel; le permite entrar y salir a las agrupaciones, academias, empresas e instituciones, diciendo lo que debe decir con la frente en alto porque no vende ni compra nada, es decir, no le debe nada a nadie, a no ser a su propia conciencia. Estar en la frontera es el privilegio de tomarle el pulso al trasiego de su gente, al tráfico de imágenes y conflictos inéditos, al tráfago de los sueños y esperanzas de los excluidos, hasta ahora, como él. Pero igual le permite reconocerse en los demás, en quienes también, desde la periferia, buscan un sitio más digno y humano dentro del sistema, en quienes impugnan la servidumbre y el aparato de "vigilar y castigar". Y con ellos se solidariza y aprende que la poesía es vida haciéndose historia. Y por eso asume con luz propia la voz ajena y la hace suya, es decir, del otro, de los otros. Y si es necesario levanta barricadas para defender esa voz colectiva. Y dispara palabras como el camarada máuser. Así el poeta, desde la periferia, también es un franco-tirador.

*Escritor y poeta costarricense.

EL LUTO DE LA LIBÉLULA. Novela del escritor Alfonso Chacón Rodríguez

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El luto de la libélula se editó en el año 20111.

 

Es una novela polifónica. El narrador es de primera persona y penetra en la privacidad de su mundo desde una perspectiva casi onírica. Bajo este paradigma narrativo se abren una gama de planos, voces y perspectivas  que diseñan un mural biográfico que desde una enunciación del presente evoca, revive, adelanta y vislumbra los más variados tiempos, tanto los psicológicos como los históricos cercanos y distantes que abre un poliedro de caras y ápices que se entrecruzan llenos de rupturas espaciales y temporales que desfloran una sinfonía de matices, colores, sonidos, figuras entrecruzados por acontecimientos discontinuos como si se tratara de un rompecabezas que el lector deberá ordenar, tanto en su lectura como en la síntesis final.

 

Y es que no se escatiman los recursos idiomáticos y estructurales del relato para diseñar la tormentosa e imprevista de unos personajes que luchan por encontrar sentido a sus vidas, llenas de imprevistos, goces, pasiones, luchas, derepentes, disfraces que irremediablemente los sumerge en la lucha por ser en el parecer.

 

El personaje protagónico, el ingeniero de la compañía Xirtex, se codifica como el eje central, el motor que echa a caminar  las libélulas en su lucha por encontrar la felicidad, sin perder la libertad.

 

Parte de un presente de la enunciación: despido de la compañía, divorcio de Silvia, su esposa y viaje al chalet en una costa litoral. Está solo en su cama y en el techo visualiza una mosca. Así comienza su novela. Esta es la situación inicial. Y desde ella comenzarán los recuerdos, las evocaciones, los sueños, y una nueva vida de divorciado y desempleado. Ese tiempo no será muy extenso, tal vez una o dos semanas y se concentran en una rutina sencilla pero se traslada al poblado vecino y ahí hace vida social con un gringo, exsoldado que perdió los miembros inferiores y tiene un yate como empresa turística de buceo, llamado Jack. Conoce varios personajes, entre ellos los trabajadores de Jack y dos mujeres que siguen el rol de este género degradado: la madre que tiene que vender a su  hijo y una joven que ejerce la prostitución entre gringos y clientes del bar, mientras que los fines de semana se ve salir de la misa con sus dos hijas pequeñas.

 

"Hay un hombre en una cama y una mosca quieta en el cielorraso"

 

Se abre así esta novela de rupturas y desencantos. Diseño de una existencia humana por cuanto se enfrenta a los imperativos de todo humano: ser y permitir que otros sean, sin cosificarlos, enajenarlos, e envilecerlos. Hombre y mujer en la encrucijada del amor, de su realización, de su libertad, de su felicidad en una sociedad que privilegia los patrones tradicionales machistas y estimula el vasallaje de la mujer en detrimento de su realización plena como mujer y como ser humano.

 

Es una imagen enunciada por una tercera persona pero no tarda mucho en presentarse:

 

"El hombre que soy yo se divorció. Fue a un abogado. Luego fue a un terapeuta. Ambos/dos, conjuntamente, abogado/terapeuta, pareja de mosqueteros, los dos hombres más importantes en la lucha contra los monstruos en un armario"1.

 

Esa es la situación inicia. Negativa, fracaso en ambos sentidos, tanto en el trabajo como en su matrimonio. Luego vendrá el rompecabezas, el ir encajando piezas casi al azar, sin orden lógico ni linealidad, espontáneas, como vivencias. Ese mundo privado poco a poco en imágenes y sucesos o sucesos-imágenes se abre al lector y lo va atrapando en esa madeja, en ese tapete, en ese mural de espacios, tiempos, encuentros, desencuentros, vivencias, alegrías y sufrimientos, fracasos.

 

Poco a poco comienza a dibujarse una sociedad patriarcal. Su madre sola, y su esposo representado solo por una foto en su cajita donde guarda los hilos para tejer. No la deja sola, vive con ella. Solo los recuerdos, las evocaciones, sus propias frustraciones, una vida dedicada a él y su casa. Su hermana Andrea, traicionada por una exalumna que ella misma envió a recibir lecciones de su esposo. Ahora con unas niñas y separada. Y él divorciado de Silvia que lo cambió por el amigo de juventud, Lautaro y estudios, chileno que convivió como hermano con él y su novia-esposa y al final lo sustituye en sus ausencias temporales y reiteradas con Abril, la joven que trabaja en el proyecto Libélula a su lado, 14 años menor que él, Victoria, la socióloga que compartía el chalet y su departamento en sus arrebataos pasionales. Y su hija Sofía que dibuja como víctima de un bellaco como él cuando desarrolle.

 

Esa madeja de hilos entrecruzados en un fracaso absoluto de todos, él y ellas muestran al lector un mundo privado doloroso pero angustiosamente real. La narración está llena de atisbos, sugerencias, indicios, imágenes, sueños, evocaciones, vivencias que si bien es cierto nacen de un protagonista masculino, lo es más de una conciencia social lúcida que desnuda su fracaso y las consecuencias en los participantes, sus propias tragedias. No hay quien salga victorioso, tampoco soluciones sensibleras o pasiones desbocadas, pero sí dolor ante la impotencia, cólera ante la injusticia, angustia ante la realidad y se abre la pregunta al lector amenazante, ¿cómo cambiar ese estado de cosas, esos patrones heredados y permanentes y legitimados por una sociedad hasta en las leyes. No hay tragedias violentas, muertes, insultos ni agresiones pero sí enajenación, dolor, frustración e impotencia de los partícipes.

 

 

"Es un mundo de laberintos y dioses perdidos. De pronto, quisiera escuchar la voz rota de la vieja cantante de corridos, (pienso que se trata de Chavela Vargas) diciendo que se va, muy lejos de esta tierra. Se va porque no entiende qué quiere este mundo aldeano: una esclava, sometimiento, entregaUna esclava, sometimiento, entrega. Vivir con convenciones y sin disputa.,"1una esclava, sometimiento, entrega

 

Y en la sección siguiente la inicia así:Aquí dentro. ¿Soy, realmente, un degenerado? Un manipulador, que ve objetos en las mujeres, que de pronto, mirando a su hija hecha un puñito de osamentas y carnes magras, desearía que se asfixiaran en ella los impulsos celulares que la harán mutar en otra víctima más, otro objeto de deseo de hombres como yo."

 

"Hay algo descompuesto. Aquí, adentro. ¡Soy, realmente, un degenerado? Un manipulador, que ve objetos en las mujeres, que de pronto, mirando a mi hija hecha un puñito de osamentas y carnes magras, desearía que se asfixiaran en ella los impulsos celulares que la harán mutar en otra víctima más, otro objeto de deseo de los hombres como yo. En realidad, es todo muy extraño. ¿De dónde todo este revoloteo? Por sesenta y tantos días, las libélulas han faltado a la cita."2

 

La situación final pareciera ser esperada. El hombre recibe una citatoria judicial. Hay una acusación contra él por parte de la compañía. Busca a su abogado y deja en sus manos el caso y aprovecha la llegada a la ciudad para resolver la venta del hijo de la señora que atendía sus necesidades en su estancia con Jack.

 

Su degradación es casi total, hace una primera llamada a la casa de su hija y ésta le responde que ya puede regresar a su casa pues el tío Lautaro ya se fue. En una segunda llamada su madre también reinsinúa que ahora que está en la ciudad, bien haría en volver con Silvia

 

Se ve envuelto en una redada, lo agreden en un despacho de abogado y amanece preso en una prisión. Después de dos llamadas telefónicas Victoria, la socióloga lo saca de la prisión y lo conduce al bufete de Bellorio, su abogado. De ahí se trasladan a la compañía y le presentan una opción importante para reintegrarse con todos los derechos a la misma. Tiene la oportunidad de reiniciar su vida en su antiguo proyecto. El Padrecito lo seduce  con un puesto en la Directiva y todo pareciera volver a la "normalidad". Hasta se podría esperar un regreso a su familia y una renovación familiar con Silvia pero la novela rehúye el cierre folletinesco y enfrenta la realidad desde otras perspectiva.

 

Interesante novela que plantea una temática muy vigente pero históricamente arrastrada desde la colonia y la imposición española de los patrones familiares religiosos abiertamente patriarcales y machistas. La originalidad y su particularidad radican en la forma de plantearse y narrarse. El paradigma literario abre una serie de estructuras y visiones que a pesar de utilizar un personaje masculino, una sola voz, la narración se desdobla en múltiples planos temporales, espaciales, y sobre todo en un discurso que llega a la concienciación del personaje y lo transforma en una conciencia lúcida de su propia tragedia y el daño en las mujeres que le acompañan ocasionalmente. Es la clásica víctima-victimario en la sociedad patriarcal.

 

La novela sin llegar a la tragedia y la violencia si expone la enajenación, la impotencia, la frustración, la desesperanza de la mujer y el fracaso del hombre a pesar de los beneficios carnales ocasionales que le bestializan. Y deja no solo la incertidumbre en las relaciones humanas sino abiertas una serie de interrogantes sin respuesta verosímil y aumenta así la degradación humana. ¿Podrá el hombre lograr relaciones sanas, proyectos de convivencia sociales e individuales sin enajenación y con libertad para conducirlos a su felicidad?



1 Chacón Rodríguez, Alfonso. El luto de la libélula. Editorial Costa Rica, San José, 2011.

1 Chacón Rodríguez, Alfonso. El luto de la libélula. Ed. Costa Rica, San José, 2011, p. 3.

1 Ídem. Ob. Cit. p. 133.

2 Ib.

 

El día de la tercera revelación es una novela maravillosa moderna. Pertenece a este género bajo la estructura de un paradigma polifónico que rompe con la tradicional novela monofónica. Desaparece la linealidad, la lógica causal, la dicotomía de los personajes entre buenos y malos y se abre la verosimilitud de un mundo de vivencias, sueños, denso, lleno de dudas, rompimientos, mitos, leyendas e incertidumbres.

 

Se estructura en diez capítulos y presenta un mural caleidoscopio de espacios y tiempo que semeja un laberinto de imágenes, sueños y sincronías. Todas narradas desde las polifonías de un solo personaje: Antonio, desde perspectivas distintas en la iniciación del ritual vida- muerte que permite penetrar en el mundo privado de su concienciación, proceso que evoca ya adulto en el momento de la muerte de su abuela.

 

El momento en que Antonio llega al cuarto de su abuela y la ve levitando es cuando abre una diversidad de encuentros y desencuentros, vivencias, evocaciones, progresiones, sincronías, dudas, y sobre todo se abre ante sus ojos como en un espejo laberíntico su mundo interior. Es el proceso que da inicio a ese ritual de formación en doble dirección: hacia su mundo interior y hacia el espacio y tiempo exteriores.

 

Así comienza este proceso caleidoscópico:

 

"Cuando entré a mi vieja alcoba y vi  la cama al centro, creí que sobre ella alguien levitaba, por lo que, aunque no me detuve,  la emoción del principio se transformó en recato y este a su vez en solaz. Me parece que duerme, oí la voz de mi madre, casi un susurro. Rigurosamente extendida, las piernas cruzadas lo mismo que las manos sosteniendo el rosario con todas las fuerzas que le restaban, segura de que  aquel era el último esfuerzo de su voluntad, la abuela Claudia no pudo reconocerme cuando me le acerqué."

 

Es el momento justo cuando muere y a la vez crea la vida. La muerte como fin y principio, alfa y omega del proceso vital. Y este es  el final de la novela:

 

 

"Me detuve por un instante a contemplarla. Parecía dormir después de una larga noche de vigilia. Su cabellera era ya completamente blanca, sin mácula. Entonces, igual que lo había hecho por la mañana, levanté su cuerpo cuidadosamente, casi retornando de repente a mi niñez, cuando conmigo en su regazo viajábamos imaginariamente hasta la capital. No pude sentir su peso, infinitamente más liviano al de pocas horas atrás, como si lo que tuviera ahora entre mis brazos fuera solo su recuerdo."

 

El tiempo cronológico, en la novela, no abarca más de un día, quizás una mañana. Pero abre el tiempo histórico que comprende sino una época sí un período de tiempo muy extenso en la formación de un pueblo a orillas de un río: Cañas, en la provincia de Guanacaste. Sin dejar de lado el tiempo mítico, tanto de nuestros antepasados como de la cultura china y sin dejar de lado el tiempo psicológico propio del personaje en su viaje privado a su interioridad. Y todo ello escrito en poco más de doscientas páginas.

 

Es en ese mismo día que suceden las tres revelaciones, pero no se crea que es  fácil encontrarlas, que se disponen una tras otra y el lector las reconoce con facilidad. Ellas están esparcidas en ese laberinto de imágenes, sueños y recuerdos, vivencias que como en un  remolino, en cámara lenta, nos envuelve, nos sumerge en el ojo, motor del movimiento y nos invita a "ver". Así la novela se convierte en un ver y junto al personaje asistimos a ese proceso de formación envueltos en esa trama compleja, llena de cenizas, niebla, luces sobrenaturales, animales míticos, encuentros culturales, frustraciones, pasiones, amores, viajes increíbles, todo bajo ese proceso, esa búsqueda de su proyecto vital en medio del remolino vida- muerte.

 

Y Antonio asiste y ve, en sueños su propia existencia en lucha contra los patrones recibidos e impuestos por la sociedad patriarcal, el modelo ideológico religioso, las costumbres, leyendas y mitos de una cultura que aniquila el ser, da muerte e impide Ser con mayúscula, Vivir su propio proyecto.

 

La abuela es la viva encarnación de esa familia, el roble que alimenta los cimientos de los nuevos miembros que giran en derredor de la matrona. Ejemplo de entereza, decisión, nobleza, fuerza, pasión pero también producto de la violación, el desamor, del desarraigo. Es la fuente que alimentó a Antonio, es el ejemplo que penetró ese retoño desde niño y codificó bajo sus estrictos pero nobles valores. Sola, casi huérfana, de niña sufrió, esta mujer indomable, la violación de parte de un gamonal machista, a escasos diez años y luego sufrir los vejámenes de amantes fugaces que pasaron por su vida solo por lapsos de tiempo determinados. Y sola con sus hijas y nietos se abrió camino entre ese mar de incertidumbres, congojas, ultrajes y vejaciones.

 

Antonio no es un personaje corriente, no narra su vida solamente, cronológicamente, es una y muchas voces a la vez. En él se encuentra la polifonía pues es la voz del niño indagador, que duda, que juega, que descubre su mundo y que tiene más preguntas que respuestas, también el adolescente que encuentra el amor como un ritual y se asombra en la vivencia, sobre todo con una niña de otra cultura, Mei Li, de quien se enamora y asimila los mitos del arcón de los amantes, encontrado en la tienda china. Mundo de fantasía, erotismo y rituales, a la vez que de asombros, secretos y misterios. Así el joven Antonio entre su formación musical que le ofrece su madre, los sueños y las sincronías de su abuela, las vivencias de su pueblo, se abre camino entre abrojos y recovecos, dejando de lado la troya que le diseñaron para su seguridad, prefirió llegar a la línea entre vida y muerte, solo, sin ayuda, en su propio camino.

 

Paralelamente a este viaje en su concienciación se abren los viajes físicos por las Antillas y luego por Europa, Francia, Rusia, Alemania, etc. que le permiten enfrentar no solo otras culturas sino su propio proyecto. Es como un viaje circular de encuentros, de vistas panorámicas, de uniones y separaciones, de posesiones y desarraigos, hasta llegar a la muerte, en este caso simbolizado por la abuela Claudia.

 

"Luego vi el jardín lleno de rostros y cada rostro, solo después de un instante, en su respectiva cabeza y cuerpo. Había una multitud rodeándome que apenas tenía el peso de una enorme sombra. Fue entonces que regresó a mi el recuerdo de aquel sueño de mi niñez, cuando aún estaba en la escuela primaria. Vi, como entonces, que avanzaba por entre un manto de niebla rodeado de rostros desconocidos. También veía como manos y brazos surgían de la niebla, pero no veía ni  los pies ni el tronco de cada cuerpo, como si en realidad no hubiera allí nada más que rostros, brazos y manos. Todo era ingrávido y silencioso, aunque los rostros gesticulaban vivamente, y podía ver cada detalle. Nos detuvimos al llegar a un precipicio, más bien como una gigantesca grieta que nos separaba de otra porción de aquella niebla. Sentí que manos y brazos me empujaban suavemente animándome a saltar al otro lado, en donde los rostros me aguardaban con júbilo. Fue entonces que oí por primera vez sus voces, confusas en un enorme coro de susurros. Pero tuve miedo y no quise cruzar." (p.167)

 

Es el límite entre la vida y la muerte.

 

El día de la tercera revelación es una novela que rompe con todos los esquemas tradicionales de nuestra literatura y se ubica en el paradigma polifónico de la narrativa contemporánea. Un esquisto ejemplo de creación literaria actual y que ubica a nuestras letras en el ámbito universal con todos los merecimientos del buen narrar. Me agradó sobremanera.

LA SOMBRA... Cuento de Diego López, joven ramonense, Costa Rica

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Desperté, el café del desayuno estaba frío. Mis cuentos seguían sin gustar, miré el horizonte por la ventana. Caí en la certeza que no soy un buen ciudadano, y que de nada sirve, ser un buen ser humano. Una sombra apareció detrás diciéndome:

- ¿Bello el panorama?

- Si - dije dándole un sorbo al café - Cuando no está nublado se puede ver el borde del Volcán Poás.

- ¡No ése, imbécil! Tu panorama.

- ¿A qué te refieres?

- Ya las diste, mírate, tus sueños se frustran, el despertador te saca de la cama, el café se te enfría, nadie te lee, ni a tu madre le importa lo que escribes. Eres el peor de los ciudadanos, no encajas en el sistema, has escogido la peor de las profesiones, y estás fracasando en todo.

- ¿Fracasando yo? Escribo todos los días, cosas de verdad, me leen unos cuantos, nadie tiene mi potencial.

- Unos cuantos... ése es tu problema, has llevado tu vida al borde del conformismo, y sorteas la suerte, haciendo equilibrio en ese abismo - la sombra se acercó y puso una mano en mi hombro - mira, está nublado y lo único que alcanzas a ver es un supermercado.

- Algún día seré grande.

- ¿Y si no? Seguirás este ritmo, de desolación, ganas y pereza.

- A todo esto - dije mirándola - ¿Quién diablos eres?

- Créame que eso, ahorita, no importa.

Dejé de mirarla, de verdad era aterrador. Encendí un cigarro, me dirigí al baño, vomité. Me miré en el espejo, estaba pálido. Tomé un baño, el agua estaba realmente helada. Me sentía cansado y asustado. Sentado bajo el chorro de agua, solo deseaba que el tiempo pasara, pero transcurría muy lento. Así que desistí de la idea de esconderme; desnudo volví a mi cuarto. Aún estaba ahí la sombra.

- Y para colmo eres un fracaso con el pene pequeño - dijo la sombra- mientras se burlaba.

La ignoré nuevamente y me vestí con la paciencia de siempre. Ella siguió, uno a uno, todos mis movimientos. Mi piel era un retrato del escalofrió. Recogí mis llaves, el celular, y la esperanza; las metí en el bolsillo. Me dispuse a salir de la casa cuando la sombra dijo:

- No me rehúyas cobarde, no quiero terminar de hacerte mierda. Solo vine a ofrecerte una proposición.

- ¿Sexual?

- No. Déjalo todo, deja de trabajar, despréndete de tus lujos. Para vivir solo se necesita respirar. Olvídate de las deudas, de los pagos mensuales, dormí en los parques, comé de los basureros; yo te proporcionare, lápiz y papel para que escribas. Eso es lo único que deseas. Pero si no puedes vivir, sin tus lujos, sin tu dinero, tu teléfono, deudas, pagos y recibos de servicios, te dejo sobre la mesa de noche, tu segunda opción.

Colocó en la mesita, un revólver tan negro como la misma sombra.

- Ésta es la salida de los derrotados - dijo mientras se me acercaba - Tienes al frente las dos soluciones, ya la decisión es tuya. También... tienes la opción de buscar otro recurso.

La sombra me traspasó, en ese momento sentí que el tiempo se detuvo unos segundos. Fue escalofriante. Desapareció por la ventana, en forma de brisa.

Salí de la habitación veloz. Mi corazón temblaba a ritmo de tambor, mis manos sudaban, sentía que mi cuerpo se desprendía. Crucé las calles corriendo, solo escuchaba los frenazos y las bocinas de los autos, mas no podía ver, no más que un manto blanco, en los ojos. Sentía como si un avión se fuera a estrellar justo en mi espalda. Tenía ganas de llorar, gritar, desaparecer, desmayarme. Corrí, corrí, corrí. Llegué a la casa de mi mejor amiga, toqué la puerta con violencia. Salió Alejandra.

- ¿Andrés que pasa?

Mi voz no salía. Me desvanecí. Ella me levantó con cierta dificultad, me sentó en el sofá, preguntóo:

- ¿Te sientes bien?

- La sombra, la sombra.

- ¿Qué sombra?

- La maldita sombra que dejó un revólver en mi mesita de noche.

- ¿De qué hablas Andrés?

La madre de Alejandra trajo una taza de café, me miraban extraño, pensaron que estaba drogado.

- Ya está pasando - dije reponiéndome de a poco.

- Andrés te vez mal.

- No, no. Debe ser una alucinación.

De pronto la imagen de Alejandra se empezó a difuminar. Rápido, pronto su piel se fue oscureciendo, al igual que las paredes de la casa, todo el entorno. Alejandra se convirtió, en una sombra. Me abrazó y me dijo:

- Tienes que dominar tu miedo. Si no, recuerda la solución de tu mesita de noche. Donde vayas ahí estaré, no te será fácil huir de mi, cobarde.

- ¡ALEJATE MALDITA! - grité.

La sombra carcajeaba. De nuevo el corazón se aceleró, corrí, pero esta vez todo era negro, en mi espalda, todo se destruía, apenas quitaba mis pasos. Corría con toda la fuerza, la sombra en forma de brisa, hacía maromas aéreas, reía, volaba. Yo corría.

De pronto me detuve. Mi corazón quería explotarme, la sombra se posó al frente, casi no la podía distinguir, porque todo estaba muy oscuro. Sacó de su manto un rollo de hojas, que eran mis cuentos. Las empezó a romper una a una. Mientras me miraba a los ojos. Me hinqué. Estaba agotado, miraba los pedazos de páginas caer al suelo, podía leer las palabras de algunos trozos. Al terminar de destrozar la ultima página, sonrió, me guiñó un ojo y volvió a desaparecer a manera de brisa.

La ciudad volvió a hacerse luz, era un día normal y cotidiano, un auto me pitaba con violencia. Yacía hincado, en medio de la carretera principal. Me levanté y me puse a caminar buscando mi hogar. Sentía muy cansados los pies; mi cuerpo estaba débil, mi cara demacrada. Observé a muchos ciudadanos, caminado y sonriendo, con el estrés del sistema totalmente disimulado. Vi a un ser humano tirado en la acera extendiendo la mano con algunas monedas. Desvalijé las bolsas de mi pantalón, se lo di todo. Llegué a mi casa, entré y cerré con llave, busqué mis escritos, y no estaban. Me acosté en la cama. Miré hacia mi mesita de noche, y ahí estaba ese revólver oscuro, pesado, cansado. Lo tomé, apenas tenía fuerza para sostenerlo. Lo coloqué en mi boca, recordé de nuevo las dos opciones y...

Me preparé, para apretar el gatillo.

Diego López

Qué pasará el día que se me arrugue el pellejo. Cuento de Diego López

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Diego Lopez

Qué pasará el día que se me arrugue el pellejo

Llegó desde muy lejos, no traía consigo pasados, ni historias. Solo la belleza de sus veinte años, el aroma fresco que avivaba las feromonas, de los buitres que mueren de sed, por la lujuria fresca, presa de aquella inocencia.

No tardó mucho en instalarse, encontrar un bonito empleo, ganarse el pan de cada día y conocer la ciudad; que le había prometido el olvido truhán de su pasado. Al poco tiempo descubrió los bares, la economía que se puede encontrar con la disposición, la buena conducta y la sonrisa coqueta.

Probó el matiz del vodka, sintiendo un trémulo de sensaciones, que la inhibición le otorgaba, haciendo que su cuerpo se entregara a la perfidia del sudor, concediendo a los hombres adinerados, los excesos y el placer. Recibiendo de manera anónima premios y recompensas por sus favores.

Pronto dejó el trabajo. A los días ya no tenía que pagar por los tragos. El dinero recibido, por sus esfuerzos, lo cambiaba, por lociones que despertaran los espíritus, prendas que enseñaran y disfrazaran los aranceles de su nueva profesión, haciéndola verse en el espejo con elegancia y actitud.

Se olvidó de los consejos de mamá y los sermones de papá. Descubrió que en medio de sus contornos, estaba el porvenir. Sus ideales y principios se convirtieron en una pérdida de tiempo. Logró mantener fuera de su estrategia, al corazón. Algunos cuentan que ella se sintió vivir.

Nunca tuvo tiempo para enamorarse, como buena depredadora, sabía elegir bien su presa. El dinero, la elegancia, la opulencia, era lo que necesitaba, su cuerpo, para el permiso de la seducción. No era cualquiera el invitado para el régimen, pocos fueron los benditos dueños de sus placeres.

Fue así que les prohibía a sus amantes que se enamoraran. Las barras de los bares, cada noche se veían más empapadas, por los llantos masculinos, causados, por las falacias de su amor.

Crecía, cada vez, el inventario de divorcios, rompimientos, infidelidades y empobrecimientos de sus víctimas, sin que tan siquiera la culpa le rozara el corazón. No tenía tiempo para sentir remordimiento. El tiempo se malgasta con el amor, profetizaba, mientras se vestía, y algún desesperado ebrio de amor, le proponía la felicidad eterna de los mortales, en medio de lágrimas.

Nadie logro conmoverla. Tampoco el tipo aquél que en su desesperación, desfloró sus venas, intentando demostrar de manera estúpida, la valentía del sacrificio, a la que estaría dispuesto, por perpetuar, aquellos momentos de gloria al lado de sus labios; los más venenosos que hayan visitado la ciudad de Volver.

Abogados perdieron sus casos, arquitectos derrumbaron sus construcciones, sacerdotes perdonaron sus pecados, profesores la graduaron en sus dotes. Eso era apenas una pequeña lista de las maniobras que lograron sus placeres. Sin olvidar el cirujano, que le puso a manera de premio, aquellos grandes senos, falsos pero exquisitos, que al final se convirtieron en el arquetipo de la autoestima.

Crecía cada día, la lista de los caídos en batalla; por la perdurable de aquellos momentos. Relámpagos que se sumergían en sensaciones, que muchos compararon con la muerte misma, la gloria y la felicidad. Incontables prefirieron ese destino antes que se resinaran a la realidad, de que aquello no era más que un servicio. Esos lapsos se resumían en poco tiempo y mucho dinero.

Los matrimonios quedaban huérfanos ante la impotencia; que el amor muriera en las manos de la seducción más peligrosa que la belleza haya creado.

Para ese entonces, ella tenía un apartamento lleno de lujos, con una agenda llena de noches y ni un solo amigo. Se le escuchaba contar a sus confidentes -que éramos sus cantineros- que no necesitaba de ningún tipo de paradigma, que no tenia más amiga que su vagina, más futuro que su placer, más estrato social que su popularidad.

Los principios los dejé al lado del árbol de guayaba de mi pueblo, que ya olvidé. Acá aprendí de elegancia y abundancia. Encontrando en ellas el mejor de los maridos, el mejor de los guardianes, el más fiel, el amante más semental, el que nunca me abandonara, mi príncipe azul, muchachos les presento, a mi esposo, mi eterno amor; El señor dinero.

Dijo -mientras sacaba un puñado de billetes para pagar sus tragos. El cantinero que la escuchaba, no recibió el dinero. Lo rechazó con un gesto de plegaria; para que ella, la de duro corazón, al menos le pasara por la cabeza, la idea de desfilar un momento por los barrios bajos, eligiéndolo a él para una de sus noches de placer. Obviamente eso nunca ocurrió.

Pasó mucho tiempo. Fueron numerosos los años en que su vagina fue su cuenta bancaria y el atractivo, el dogma de su cuerpo. Crecía acelerado el castillo, con bloques de la erección de los más pudientes. Desapercibidamente llegaba a su corazón, un sabor amargo de impotencia, algunas tarde la soledad ya tocaba su puerta. Sin aviso la invadía el recuerdo de aquel árbol de guayaba, donde de niña jugaba.

Al verse en el centro de un gran temor, que amenazaba su falsa felicidad y sin tener la valentías de afrontarlo. Se fue poco a poco sumergiendo en el consuelo que le traía consigo, las botellas llenas de vodka. Salía a pasear, con su elegancia añejada.

En un abrir y cerrar de ojos, se dio cuenta, que ya no eran tantos los hombres que se morían a sus pies. Cada día era más difícil el arduo camino de la recompensa. El olor de su piel ya no era tan fresco. Sus ojos en las noches malas, se entristecían y empezaba a temer por su irresponsabilidad. Pero antes que este sentimiento le invadiera por completo, ella se dejaba anestesiar, por vodka, más vodka y más vodka.

Sus resacas las pasaba envejeciendo. La rondaba aquel enemigo, que nunca le avisó que la tenia presa, esclava de su imperdonable paso, aquel vil que duró estaciones sin poseerla, el mismo que la llevó de a poco y con engaños a su estado. El, tiempo que pasó muy lento para su ambición, pero veloz para su felicidad. Tiempo que le trajo a su lugar, los recuerdos, la soledad, la tristeza y aquel torrente de lágrimas que una mañana la invadió y le calcinó sus mejillas, que le pateó su orgullo, que arrebató el poder de aquella que de un día a otro se sintió débil, sin ninguna explicación.

El licor le vendió sus lujos, el hambre la dejó en los huesos. El destino cumplió su parte del trato. El pasar de los años le trajo tristeza, eran más frecuentes los recuerdos de mamá, papá y su infancia. Cambió su apartamento por el descuidado cuarto de una pensión.

Su sexo ya no era parte de los pudientes, sino de cualquiera que le diera al menos una botella de alivio. El silicón de sus senos sintió el paso de la época y se derrumbó de sus alturas.

Se sentó una noche en la barra de Piano Bar, delante del mismo cantinero que había rogado por ella alguna vez. Ordenó el trago de la compasión y cuentan que se le escuchó lamentar el paso del tiempo, maldijo con todas sus fuerzas aquella falsa elegancia. Brindaba por cada uno de los nombres de sus amantes más cotizados, lloró al no tener amigos y dijo mil veces que nadie la había querido. Nunca se dio la tarea de recordar de todos los que perecieron en ese intento de amarla.

A la hora de pagar la cuenta, aquél que algún día deseó morir en sus placeres, le cobró la cuenta completa. Ella se ofreció al arreglo del bajo precio, el cantinero al ver lo marchito de su pellejo y lo flaco de sus huesos, la rechazó, con más lástima que respeto.

Una lagrima rodó por su mejilla, sonrió acongojada, tiró un beso coqueto como en los viejos tiempos, se marchó y se entregó en los brazos de un indigente, que de pago de un sexo sucio, le ofreció compartir una botella de alcohol para fricciones y los cartones que les servirían de colchón.

Si aún le quedaba algo por perder, eran las últimas gotas de dignidad; y las perdió, a lo mismo que su cuarto de pensión. Se trasladó con la familia de la indigencia, el crack y los cartones. Comía esta de vez de los basureros en los restaurantes, y dormía bajo las estrellas con bolsas de basura como cobijas. Vendía su cuerpo a los indigentes mal olientes, a cambio de un sorbo de aquel alcohol que usaban los enfermeros. Era víctima de los golpes y abusos, del maltrato y la soledad, del hambre la sed y la perdición.

Una tarde coincidió con uno de sus ex amantes, el mismo que se habían intentado matar por su amor, él le sugirió una paga como en los viejos tiempos, los brazos cortados la abrazaron y la llevó al motel más lujoso de la ciudad.

Al entrar en medio de todo aquel lujo, la invadió una golpiza de reclamos y golpes que la tendieron en el piso, fue ultrajada en el charco de su propia sangre, ese sexo perverso, lascivo y sangriento la dejo en plena inconsciencia. Despertó y solo halló un basurero metálico y las cenizas de lo que fueron sus ropas, al lado una nota que decía, "esto es lo que vales, este es el precio por haber acabado en un pasado con mi vida".

Se levantó, caminó hasta el espejo, quiso verse a los ojos y no pudo. Fue cuando en el lavatorio encontró una hoja de afeitar filosa y olvidada. La tomó, y la puso en su muñeca, empujándola con fuerza, dejando que la sangre que salía a borbotones se mezclara con el agua que corría. Caminó hasta aquel lujoso jacuzzi de mármol, miró uno a uno todos los lujos de aquella habitación, recordando la opulencia de sus años mozos, y sonrió. Recordó a sus padres y la hamaca de su árbol de guayaba; pero no se arrepintió. Cerró los ojos y se dejó desvanecer en el jacuzzi que estaba en medio de aquel montón de lujos, y recordó que así había querido vivir toda la vida.

Se fue sumergiendo en un sueño eterno, mientras sonreía y pensaba. "nunca me pregunté en mi juventud, qué pasará el día que se me arrugue el pellejo"... en un suspiro y con la sonrisa en su boca, murió.

Diego López, nació en la ciudad de San Ramón de Alajuela el 17 de julio del año de 1980. En esa ciudad hizo sus estudios primarios y secundarios que no concluyó. A los 14 años inició con la guitarra de manera empírica y esa actividad lo condujo a la composición de letras que eran más poesía que música.

A pesar de durar 8 años en la secundaria, nunca se graduó como bachiller pues prevaleció el interés de escribir poesía al tedio de un sistema educativo muy superficial para sus anhelos.

Ha realizado algunos intentos en el género novelístico desde el año 2002 pero termina, a escribiendo prosa poética, poemas o canciones. No es sino hasta hace tres años que se dedica a incursionar en el cuento con mucho entusiasmo.

Muchos de los escritos (cuentos, poemas, canciones, letras) están a disposición en su blog personal. http://volverunpueblo.wordpress.com/

Unos días. El librero que leía a Melville

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                                                           Ana Espindola

El librero que leía a Melville

El camarero vacía con lentitud el cenicero repleto y también lo hace con el día. El agotamiento es visible es sus manos ajadas, antiguas. Las arrugas de su chaqueta, son una prolongación de los surcos que marcan sus mejillas. Se despoja de la misma y también lo hace del ajetreo, de los clientes airados, de las horas interminables. Apretando los dientes, camina entre las mesas. Se aleja sin decir adiós. El sol de agosto le estalla en la cara, cuando la acera le da la bienvenida. Respira tan profundo que nota dolor en los pulmones. Los pies le están matando. Camina por una calle tan invadida por personas, que parece un hormiguero. Un autobús frena en seco y los pasajeros bambolean sus cuerpos, sin tiempo a sujetarse. Una leve sonrisa aparece en su rostro, al pensar en la variedad de insultos que recibiría el chófer. La ciudad emite sonidos. Gime, grita, murmura. Se queja, esclavizada. Fermín algunas veces la oye y agudiza el oído. Pero no entiende nada. Cuando oye las risas escandalosas de dos adolescentes, se da cuenta que está frente a una tienda de ropa interior femenina. Se aleja avergonzado. Comprende que la brecha generacional es insalvable, cuando otro adolescente desaliñado, pasa a su lado y le da un empellón sin siquiera disculparse. Se encoge de hombros y los años se acomodan bajo su nuca de cabellos grises, ralos. Aprovechando el semáforo en verde, cruza al otro lado de la avenida. Mira su reloj de correa gastada. Las 17:05 horas. Cinco minutos. Cinco minutos, repite y avanza con paso rápido. No mira los escaparates. Sabe lo que allí verá reflejado y sonríe. Introduce una mano en el bolsillo del pantalón y aprieta el sobre amarillo, que late entre sus dedos. Un latigazo de placer recorre su cuerpo delgado. Algo parecido a un orgasmo solitario. El tintineo electrónico hizo que el hombre levantara la vista, alguien había entrado a la tienda. Señalando la página con un doblez simétrico, dejó de leer. El viejo Melville, tendría que esperar unos minutos. Ahí estaba. El mismo joven que todas las tardes aparecía por su vieja librería. Se saludaron con una amplia sonrisa. En seis meses habían establecido una relación donde las palabras sobraban. El librero lo siguió con la mirada, sintiendo envidia de la juventud del muchacho. Devoraba las horas al igual que los libros. Era un buen lector y mejor comprador. Fermín, aspirando el olor de los libros antiguos, observa sus manos. Jóvenes y libres al fin. Acaricia el sobre amarillo y sonríe. Dentro no hay nada. Nunca hubo nada.

 

Ana Espindola. Nació y creció en Argentina pero pero muy joven se trasladó a vivir a Madrid, España. Tiene la doble nacionalidad. Obtuvo el Diplomado en la Escuela de Enfermería. Habla inglés, francés e italiano. Es al igual que su padre una lectora consuetudinaria de los grandes autores clásicos y modernos. Desde muy niña escribe poesía, cuento y algunas prosas poéticas sobre el paisaje español. 

 

Gustavo Armando Obando Vargas. Eterna. Novela de ciencia ficción

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Gustavo Zéf

 GUSTAVO A. OBANDO VARGAS

(1987)

 

Gustavo Armando Obando Vargas nació en San José, el día 13 de marzo del año 1987. Sus primeros estudios los realizó en la Escuela Joaquín García Monge. Luego ingresó al Colegio Calasanz, Colegio Científico Costarricense de San Pedro de Montes de Oca, donde concluyó la educación preuniversitaria. Una vez concluida con éxito la secundaria ingresó a la Universidad de Costa Rica donde obtuvo el bachiller en Ingeniería Eléctrica, y la Licenciatura en la misma especialidad con énfasis en Sistemas de Potencia. Es ingeniero eléctrico.

 

Desde adolescente le ha gustado leer literatura relacionada con la ciencia ficción y subgéneros maravillosos así como de fantasía histórica y romances en general.

 

 

LO QUE HA ESCRITO GUSTAVO ARMANDO OBANDO VARGAS

 

NOVELA

 

1. Eterna: 2010

 

Esta novela Eterna1 es la primera que escribe el joven Gustavo y la publicó en el año 2010.

 

Por ahora solo pondré una vista de la novela y luego haré el comentario de rigor.

 

 

Novela costarricense. Ciencia ficción. Fantasía. Épica. Denuncia social. En una época ubicada aproximadamente 7 siglos en el futuro, "Eterna" es la historia del joven Seith Ómakronn, un guerrero humano perteneciente a la Cofradía del Grifo, en cuyas manos han quedado los restos de un antiguo amuleto cuya historia podría remontarse centurias atrás, cuando una fuerza cósmica desconocida por poco llegó a consumir al universo tal y como lo conocemos... El libro en sí busca entretener y envolver al lector, al mismo tiempo que intenta hacerle recordar ciertas verdades cósmicas que, por lo visto, al ser humano le son muy fáciles del olvidar.



1 Obando Vargas Armando. Eterna. Ed. Privada,   San José,  2010.

La mentirosa muerte. Cuento

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LA MENTIROSA MUERTE

 

 

Era una casa misteriosa. Nunca se veían personas entrar ni salir en ella. De madera pero elegante y solariega, se distinguía camino al cementerio. Los gemelos que hacían los mandados y se ocupaban de los trabajos del solar, contaban con discreción que solo vivían dos mujeres, una anciana muy vieja y una joven, su hija, llamada Sofía, que pasaba de los veinte años.

La casa, a pesar de contar con varias y grandes ventanas era oscura, pues tanto ellas como las puertas permanecían cerradas. Decía Gerardo, uno de los gemelos que la cocina era espaciosa, lo mismo que la sala y con un aposento cerrado que alguna vez fue estudio y biblioteca y que en sus paredes colgaban cuadros de seres tétricos y deformes. Y si se bajaba al sótano podría encontrarse toda clase de máquinas viejas, sin uso y desgastadas, hasta un pilón de sacar café con su mazo.

La señora Vetancour, no salía ni al corredor y se pasaba el día tejiendo o leyendo unos libros rojizos de pasta gruesa que parecían  misales de iglesia.

La joven Sofía tenía un semblante triste y solo salía al corredor de atrás a recibir un poco de sol mañanero; leía también pero libros de Julio Verne, novelas amorosas y de aventuras.

Juan, el otro gemelo contaba que la señora tuvo dos hijos gemelos, Damián y Ruperto, cuando su esposo vivía pero que murieron en un accidente automovilístico. Iban de paseo a Puntarenas cuando les salió un carro de las sombras y chocó de frente con ellos. Ambos murieron y solo se salvó la niña Sofía. Que desde ese momento, en ciertos períodos se desvanecía y solo regresaba a su conciencia, momentos después. Esa era la razón por la que nunca podía estar sola y prefería quedarse en la casa por el temor de perder la conciencia de un momento a otro. Muchos fueron los médicos que la vieron pero no pudieron curar su mal. Fue su misma madre la que le enseñó las primeras letras y la educación general.

Gerardo la oía llorar con frecuencia y mirar por los barrotes de la ventana de atrás con una mirada lánguida como queriendo descubrir una luz que le alumbrara su oscuro existir. Secaba sus hermosos ojos y regresaba a su hamaca a leer y más leer. La tristeza anidaba en esa casa y se respiraba al entrar.

Un día Sofía no se levantó y su madre la acompañó en su lecho hasta que llegó el doctor. Sofía no podía hablar y respiraba con dificultad, estaba pálida y su mirada divagaba en la habitación como queriendo encontrar un rayo de luz.

Su corazón está muy débil, le comentó a la madre. Es como si deseara emprender un largo viaje pero se resiste. No la deje sola. Le puso una inyección y dejó unas píldoras para que le dieran después de las comidas.

Tres días fue el tiempo que le tomó a Sofía para desvanecerse una vez más pero en esta ocasión el médico afirmó que ya no regresaría del viaje. No hubo llantos, ni ceremonias. El médico extendió el dictamen y la señora Vetancour llamó a los gemelos y les ordenó que por la tarde llevaran a Sofía al cementerio cercano y la depositaran en una bóveda que había cerca de la entrada. Y les dio las señas que los gemelos no necesitaban porque desde niños la conocían. Ahí solían esconderse de sus amigos, bajaban una escalerilla y se mantenían por largo tiempo sin que pudieran encontrarlos. Recordaron que en el fondo, al centro estaban escritos dos nombres juntos Damián y Ruperto y un nicho abierto. Ahí se les ordenó colocar el cadáver de Sofía, teniendo cuidado de que su cabeza quedara para afuera.

Al ser las cinco de la tarde tomaron el cuerpo de Sofía, lo pusieron en una langarilla y se la llevaron para el cementerio. Cuando llegaron Gerardo bajó las escaleras y recibió el cuerpo de la joven, mientras Juan bajaba y entre los dos la metieron de pies en el hueco horizontal. Salieron a recoger una tabla para cerrar el nicho, cuando, de repente, sin percatarse de lo que pasaba, vieron salir de la tumba a una joven vestida de blanco que pasaba junto a ellos, como una exhalación. Sin habla y pálidos del terror miraron a la vez el hueco vacío donde recientemente habían colocado a Sofía. Clavaron la tabla en la boca de la abertura y temblando regresaron a la casa de la señora Vinocour. Esta les pagó por el trabajo y nunca más volvieron a esa mansión. Todavía hoy algunos vecinos aseguran que al atardecer suelen ver salir del cementerio una joven vestida de blanco y desaparecer en los cafetales vecinos.

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  • Mike Ortiz: Mi estimado buen dia, podria solicitarte tu ayuda con un read more
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  • nataly quelali mamani: de los pueblos originarios.- se lleva-una politica-en bolivia-a todos los read more
  • ivan: gracias me has salvado compadre Nenos mal que te sirvió, read more
  • DYANNA MEYER: Buenas tardes. Le he leido y compartido su trabajo, agradeciendo read more
  • lucia : oie no me gusto leer la obra pero sta muy read more
  • yamileth hernandez: hola luis Diego, tengo una hija a la cual le read more
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  • Anonymous: esto es una tonteria Gracias pero das un juicio de read more

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