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La difícil tarea de educar por Benedicto Víquez Guzmán

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LA DIFÍCIL TAREA DE EDUCAR

 

 

 

La primera pregunta que salta a la vista y que todos en algún momento se han hecho es ¿cómo educar a los hijos? Y como consecuencia de esta primera aparecen otras derivadas: ¿Quiénes deben educar a los niños? Y ¿Quiénes educan realmente a los niños? Solo para comenzar nuestras meditaciones.

 

Si comenzamos por la primera que es la más realista y práctica podemos concluir que en la educación de los niños intervienen muchos sujetos. La madre, los padres, unos familiares, la empleada, los vecinos, la abuela y hasta la suegra, El Pani, amiguitos, la religión, etc. En conclusión esta función la realizan los seres más cercanos al niño y los que tienen más tiempo para encargarse de ellos y a veces se turnan entre ellos. Fácil es observar que el niño no recibe una educación con una sola orientación sino una variedad de estilos, modos, ideologías, defectos y virtudes. No se les presenta en esos primeros siete años una orientación clara bien definida. Así que el niño recibe de todo y de nada. Tamaña confusión debe sufrir para comenzar la vida.

 

Consecuencia de esta realidad que claramente señala a las mujeres como el sujeto que lleva principalmente esta difícil tarea, se podría conjeturar si ello es lo más conveniente o no porque a lo anterior se le debe agregar la descarga refleja de la educación que recibe tanto del hogar o los lugares que frecuenta, así como de los medios electrónicos vigentes. ¡Vaya complejidad! ¡Pobres niños! ¿Han sido los ambientes adecuados, ayer y hoy, para una educación que forme y realice al niño como sujeto de su propia existencia de la mejor manera? Si nos atenemos a los resultados fácilmente se podría conjeturar que no. Ni siquiera aquellos niños de hogares ricos pueden tomarse como modelos por imitar. Entonces ¿quiénes deben educar a los niños y cómo? Difícil tarea contestar a esta pregunta. Y más cuando el problema es circular y reiterativo. Niños mal educados se convierten en malos ciudadanos y estos tienen hijos que los educan equivocadamente y así sucesivamente. ¿Cómo romper esa cadena y cambiar esa realidad? Si tuviéramos una varita mágica la cosa se tornaría fácil pero no existe y la situación es muy compleja como para atacarla con respuestas simples y directas.

 

Pasemos a la propuesta del Estado. Es la educación oficial, formal, pública y privada quienes deben encargase de la educación de los niños después de los siete años. Será gratuita y obligatoria. Aquí está la respuesta. Serán doce años que el estudiante "normal" debe permanecer en el aula para concluir ese período educativo que lo convertirá en un ciudadano ejemplar, educado, culto, humano, solidario, trabajador, honrado y todos esos valores cristianos preferiblemente, que tanto se predican y más se añoran, pero que en la realidad no son y fueron más que enunciaciones lingüísticas.

 

¿Logra esos objetivos la educación que antes se llamaba primaria y secundaria en el joven? Pareciera que no siempre, a pesar de los esfuerzos por alcanzar esos ideales. Y la polémica se complica cuando la escuela echa la culpa al hogar y éste la rechaza y se la endilga a la educación formal. Los más "sesudos" afirman que la culpa es de los dos.

 

La cadena que antes comenzaba en el hogar se continúa con más fuerza a la entrada del niño a la educación formal. Ahora el ambiente o lo que los técnicos llaman educación refleja cobra mucha preponderancia. Ya el niño comienza a conocer aspectos que nunca supo en el hogar, se introduce en los laberintos del placer, del sexo y de las drogas y por qué no en el poder del dinero, la incapacidad de algunos maestros y profesores para enfrentar determinadas situaciones, etc. Se les abre el mundo del deseo placentero pero prohibido y "pecaminoso". Como conclusión lógica se arriesgan e ingresan en él con muy poca experiencia y conocimiento. No hay duda que esa educación recibida desde la niñez, totalmente vertical e impuesta al niño y luego al joven comienza a resquebrajarse.

Surge aquí una pregunta clave. ¿En qué momento la educación debe preocuparse del niño o del joven? Y tomarlo en cuenta no es solamente oír sus lamentos y preguntas sino introducirlos en la resolución de sus propios problemas. Y aquí se hace necesario enfatizar esta máxima: Sé feliz pero sin hacerte daño. Prepárate, estudia, trabaje por ser feliz pero procura siempre no hacerte daño a ti ni a los demás. Solo aquél que es consciente de esto pude iniciar el camino correcto de su felicidad y realización. Ahora bien estamos preparados para darles a los jóvenes esa autonomía. O ¿queremos que nuestros hijos sean felices con nuestras impotencias, fracasos, o ambiciones? Y la última pregunta ¿Potencia la sociedad esa orientación liberadora del joven o más bien lo enclaustra, lo maniata, lo encadena a un modelo egoísta, idólatra, baladí, superficial, facilón, decadente, consolatorio y frustrante?

 

Espero que estas meditaciones abran una reflexión objetiva y desprejuiciada en torno a esta compleja problemática, que es la madre de todos los males que vivimos en nuestras sociedades. Los invito a pensar en ello.

POR LOS AIRES

 

"Escribiendo con las alas

En las páginas del viento

La esbelta caligrafía

De sus círculos ligeros,

La libélula elegante

Va deslizando su cuerpo

Igual que un largo cilindro

Gentil, ingrávido y bello."

 

Salvador Rueda.

 

 

Antes, momentos antes de intentar el aviador Seligman su primera ascensión a nuestro cielo primoroso, en el cual entonces las nubes trenzaban airosas fantasías, dándole yo vueltas a la cabeza, entre los repliegues de un vago presentimiento ungido de pesar, a ese fragmento de una bella poesía de Salvador Rueda: La Libélula Y me afanaba por alejar de la mente todo recuerdo del vuelo de las aves, y con mayor deseo quería olvidar el de aquéllas que en sus giros veloces simulan trazar collares de no sé qué materia extraña, unidos entre sí por rítmicas inflexiones, por armónicas combas que se extienden de uno a otro monte, de una nube a otra nube...

 

A todo trance quería que volara el aeroplano como una libélula, que cual ella escribiera en las páginas azules del cielo "la esbelta caligrafía de sus círculos ligeros..." sin grandezas, sin volubilidades admirables. No me sentía dispuesto a contemplar grandes hazañas porque no quería que vibrara en mi imaginación el ansia de lo ilimitado, para no establecer contrastes entre la posible restauración del mundo y su miseria moral de ahora, tan evidente cuando se concede a las masas un minuto de jolgorio, ya que entonces los más bestiales apetitos se ponen de juego, así bajo la delicadeza rutilante del frac como tras la sencilla tosquedad de la chaqueta campesina. También porque es doloroso comprender que no serán los hombres de ahora quienes efectúen la sumisión del reino del aire al genio de la tierra, dolor que es más agudo, más intenso, cuando al admirar cómo prodigiosamente juega con las crines del viento una aeronave, se adivina allá en la lejanía, semicubierto por las imponentes cimeras de las nubes, el porvenir esplendoroso de la aviación.

 

Tampoco quería pensar si la conquista del espacio borraría las fronteras que hoy separan a los hombres o si, al contrario, las elevará a la altura de los astros... ni si la lucha contra lo indómito del huracán y sus traiciones arrebatará vigor a la saña repugnante que el egoísmo mantiene vivo en la tierra, o más bien le infundirá su aliento poderoso para hacerla aún más osada, más terrible todavía, más atroz...

 

Cuando los gritos de la enorme masa humana arremolinada en torno del anchuroso campo por la locura de lo nuevo, de lo incomprendido, gritos feroces, salvajes, incitaron cruelmente la audacia del aviador, a pesar de las furias incesantes del viento anunciadas con ruidosos temblores por las sucias copas de los árboles y por el sordo rodar de las polvaredas que a lo lejos se amontonaban como huyendo de las ferocidades del corazón humano, sentí piadoso horror al imaginar que podría escribir el gigantesco pájaro de alas blancas y acerado plumaje, no ya un canto que fuera de victoria ante los ojos mismos del sol que tantos cóndores ha visto, sino una siniestra estancia funeraria que descolgara sobre la tierra, y uno tras otro los esparciera, quién sabe cuántos puntos suspensivos de sangre...

 

Y una vez que hubo fracasado la tentativa de Seligman, acariciando piedad hacia ese hombre, pensé que hay en el alma de los aviadores todo lo que el hombre tiene de toro, de salvaje, cuanto es en él reviviscencia del lejano troglodita... pero ¡también lo que tiene de astro, de Sol, de Superhombre!

 

Y mascullando palabras de reproche para las estolideces  de la inmensa muchedumbre, me retiré del campo de aviación.

 

                                                                                                                                           1912

 

¿ODIO AL EXTRANJERO?

 

 

¿Odio al extranjero? No, que sería injusto, sería insensato y sería infecundo. Pues de ser en alguna manera fecundo el odio, -si el odio puede serlo- sería fecundo en males, en dolores y desgracias. ¡Triste fecundidad, comparable a la de esas prolíficas familias de delincuentes que con tanto interés estudian los creadores de la ciencia eugenésica! Aunque acaso por reacción pudiera aquel odio engendrar una afirmación de lo propio, de lo nacional, que es necesaria. Solo que debemos aspirar a que tal afirmación surja y se desarrolle libre de las gangas del odio. Debemos pretender que arraigue firmemente en un alto sentimiento de amor. Fuente de tal amor la tenemos en la contemplación del porvenir de nuestro país.

 

Bien ha dicho el señor presidente cuánto le debemos al extranjero. De ingratos sería el desconocerlo: De torpes  el no saber aprovechar la cooperación. Pero no es forzoso suponer que la lucha contra determinados intereses extranjeros, si existe emana del odio. Es posible, en cambio, que veamos en ella el esfuerzo enderezado a exteriorizar aspiraciones o anhelos nacionales, confusos acaso, vacilantes, pero que pueden contener fuertes capacidades de expresión del espíritu de la nacionalidad. Es más, es posible que deseemos contribuir al encauzamiento de aquellos anhelos y que, ilusos tal vez, forjemos planes destinados a buscarles plenitud de expresión en nuestras instituciones, actividades y costumbres.

 

La electrificación del ferrocarril al Pacífico, por ejemplo, no obstante que el contrato respectivo ha debido celebrarse con extranjeros, parece tomar ante buena parte de la opinión pública la forma de un instrumento de nacionalización, de resguardo o custodia de magnos intereses que, más que al presente, le pertenecen al porvenir del país. La construcción del muelle de Puntarenas causa regocijo por razones semejantes. El interés manifestado con motivo de los proyectos de construcción de carreteras, también participa de esa probable interpretación.. Cien manifestaciones más podríamos mencionar, grandes o pequeñas, a través de las cuales se transparenta cierta actitud de fe en las posibilidades del país, cierta esperanza de futuro, cierto ánimo de decisión para afrontar sus problemas. Y aún podría haber en todo ello cierta receptividad a la vibración de grandes corrientes de impulsos afines que parecen cruzar el Continente d habla española. Pero si tememos ser demasiado optimistas, procuremos reconocer, al menos, que en todas aquellas situaciones busca su camino un esfuerzo d comprensión del significado de nuestra nacionalidad.

 

Odio al extranjero, no. Pero sí conviene que nos formemos la ilusión de que somos capaces de realizar por nuestra propia cuenta grandes empresas, grandes obras. El intento de concebirlas, el sueño de poseerlas, el ensayo de crearlas, el orgullo de suponerlas nuestras, nos educan.  Vana sería y no solo vana, sino peligrosamente adormecedora, una fe lírica en nuestra capacidad o en nuestra grandeza. Pero es concebible y realizable un propósito de darle realidad a la fe. Tarea de hombres públicos, de hombres de Estado precisamente, en cuanto les corresponde las más grandes quizás de las responsabilidades que les son atribuibles: la de ser educadores de su pueblo.

 

Es fácil ver que países como los Estados Unidos  de Norteamérica, verdaderas cumbres de poderío en el curso de la historia, no descuidan ni por un momento, sino que acentúan sin cesar, esa tarea de inspirar fe en las capacidades de la nación. La filosofía de la confianza en sí, que es genial en un Emerson y popular en un Marden, la aplican los americanos al individuo como a la comunidad. Es más, la han reducido a recetas de fácil uso doméstico y de multiforme aplicación, para que, como los chicles, no falte en labio alguno. Gobierno, escuela, prensa, comercio, teatro, todo allí tiene, como producto de aquella gigantesca fuerza de expansión, un aspecto en el cual es cátedra de un vasto culto de fe en lo americano de habla inglesa.

 

Producto se dirá, pero no causa. Razón de más para que pensemos en no obstruir el cauce de las manifestaciones nuestras que parecen indicar la presencia d fuerzas semejantes a aquellas poderosas fuerzas creadoras de civilización. Por cierto  que no necesitamos ir hacia allá para aprender la lección de fe. "Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo", dijo en nuestra lengua el Presidente Sarmiento.

 

¡Odio al extranjero, no! Amor a lo nuestro, amor hondo, amor capaz de despertar clarividentes concepciones de nuestro destino. Ese amor nos salvará de algo peor que el odio al extranjero: la sumisión venal al oro extranjero.

                                                                                       Septiembre de 1927.

 

LOS BÁRBAROS

 

 

No hay nadie que de verdad comprenda el complejo funcionamiento del progreso, que mire con regocijo el empeño de sustraer las energías que van siguiendo sus pasos redentores, de la acción funesta de los intereses egoístas y transitorios que, por referirse a las necesidades primarias de la vida pueden, con su expansión, obrar negativamente sobre el refinamiento que de la conciencia individual se requiere  para adaptar la mentalidad colectiva al cauce superior de una evolución intelectual. Así, al menos, lo determina la lógica que se va construyendo ante la contemplación analítica de los complicados procesos de la historia. Ya se ha dicho que el valor y la utilidad sociales de toda obra humana, están determinados por la naturaleza, alta o baja, del deseo que la genera o más directamente la influye. Y como para nuestro criterio, que a este respecto encuentra en su apoyo una fuente pródiga de confirmaciones científicas, es siempre la política, de cualquier clase que ella sea, una supervivencia de los abusos primitivos emanados de un proceso instintivo de mera conservación vital, y no de una tendencia hacia el mejoramiento, lógico es que no querramos admitir de ningún modo, la mediación nociva del interés político, en empresas que marchan por sendas de intenso laboreo cultural y que aspiran a cimentar el impulso eugenésico que vive en lo más hondo del corazón del hombre.

 

Pero conviene decir ahora que también nos explicamos, de sobra, la razón primera de los obstáculos que en distinta forma se arrojan al paso majestuoso de nuestra fe armonista (sic), ora desde las torres de una respetable sinceridad equivocada, o bien desde las cuevas en que oculta sus fracasos lamentables la cólera mercenaria. La ley del conformismo social viene en amparo de nuestros enemigos. Es por cierto una de las glorias de la sociología moderna el haberla formulado. Su esencia es que toda sociedad de progreso regularizado le impone a sus miembros una similitud de hábitos, de opiniones, de ideas, de sentimientos, etc. Sighele, al decir de Palante, estudia el fenómeno como de mimetismo moral. Es necesario o indispensable si se quiere, cuando se cumple normalmente, para equilibrar la marcha del progreso y explicar a la maravilla la existencia del servilismo aplastante que corroe la vitalidad de pueblos como éste, dignos, por la predilección que les consagró la naturaleza en cuanto a ornarlo de primores y proveerlo de abundancias, de ser orientado por hombres de mayor altura moral y de avanzado pensamiento.

 

El conformismo de la sociedad determina una lucha de ésta por eliminar los individuos que a causa de su educación sin preconceptos, y de su temperamento libertario se muestran reacios a aceptar los rituales del régimen moral y social que los rodea. Tal eliminación claro es que la realiza el conglomerado sin participación de su conciencia. Es como si dijéramos, automática. "Ningún bárbaro -decía Bagehot-, puede resignarse a ver que algún miembro de su nación quiera eludir las costumbres salvajes y los usos de su tribu." Sin embargo, hay bárbaros aquí capaces de violar la ley social si en ello puede ir encubierta alguna victoria monetaria que confirme la fe del sacerdocio judaico a que suelen entregarse nuestros jóvenes y hasta nuestros "prohombres de campanario."

 

Si, pero el conformismo no puede extender sus dominios más allá de donde convenga para contener el riesgo de prematuras innovaciones. Pues cuando éstas alcanzan a germinar en la conciencia colectiva, no hay poderío bastante a extinguir sus resplandores. Una vez encendidos bien pueden los depositarios, de la moral, del pensamiento,  de la fuerza y del placer, amontonar sobre la hoguera sus anatemas, su oro, su poder y su ciencia, que las llamas desarrollarán vigor suficiente no solo para lanzar su luz a través de todos los resquicios, sino también para fundir, al cabo, en el crisol de un incendio formidable, los detritus todos y todos los restos de la antigua barbarie con que hoy se nutre el espíritu de nuestras sociedades burguesas y decadentes...como si provinieran de razas de macacos o de negros zulúes.

Omar Dengo

 

APÓSTOLES DE FERIA

 

 

Voy a sintetizar la respuesta que ha dado don Luis Castro Ureña en "El Republicano" de ayer a los cargos que parte de la Prensa y mi pluma le han hecho, y a comentarla también.

 

Es falso "que yo he dicho en el Congreso que todos los obreros son una manada de ebrios."

 

Es falso que yo lucho ante la representación Nacional porque los patrones puedan explotarlos a sus anchas.

 

Sé de donde procede la infamia y adonde va dirigida.

 

Se me cree simpatizador con las ideas del Partido Republicano y piensan los que me difaman que hiriéndome a mí, lo hieren también de rechazo.

 

No es del caso de indicar mi afiliación política, que sea cual fuere, lo que hago o manifiesto, solo a mí me es imputable.

Mi norma de conducta no tiene que afectar al partido de mi predilección.

 

Soy amigo, compañero y camarada de los obreros y trabajadores costarricenses cuando ellos son honrados, pundonorosos y correctos; pero de ninguna suerte puedo convertirme en paladín de los que, por sus vicios, no son acreedores a la estimación de sus conciudadanos, sino apenas a su compasión y lástima.

 

He sido y soy artesano; tengo amistad sincera con multitud de obreros y trabajadores a quienes nunca he pedido su voto para nada, pero no puedo mentir para conquistar aplausos inconscientes que solo a los necios halagan.

 

En Costa Rica no hay tal opresión para los trabajadores: el obrero, peón o dependiente, bueno o idóneo, es mimado por los patrones.

 

El único enemigo del obrero bueno, es el obrero malo.

 

He pintado las escenas inmorales que ocurren en la Línea los días de pago, en que la mayor parte de los obreros se entregan a la bebida  hasta concluir con el sueldo y he deducido en consecuencia que menudear los días de pago es multiplicar las ocasiones para que el brasero se sumerja en el vicio con daño suyo, de la familia y de las fincas donde trabaja.

 

Jamás podría yo, viejo luchador por las libertades patrias, abogar por la explotación indebida que los patronos puedan hacer en sus trabajadores.

 

Soy finquero1; y ningún peón mío puede decir que yo soy un patrón inhumano o desconsiderado.

 

"...Y como reconozco que es un deber apremiante de todos los costarricenses procurar por cuantos medios estén a su alcance, el mejoramiento de la patria común, aprovecho este medio para excitar a los buenos amantes del bienestar y progreso de ellos, para que todos juntos, de consuno, establezcamos una escuela nocturna de obreros, a fin de fomentar la cultura intelectual, moral y física de éstos y la nuestra también".

 

Desde luego suscribo con  lo siguiente con el plan que propongo, ¢ 30 semanales para ayudar a todos los obreros del país, hasta que llame así a algunos o a uno solo de los que lo son, para que pueda yo decirle que los miembros de los Poderes Públicos no tienen derecho a escarnecer una desgracia que han contribuido a crear, o que por lo menos no han sabido disminuir, como es de su obligación y mucho menos si el cargo puede rechazar y traer  en su regreso la agravante de que los hombres que han recibido una educación completa, al punto de pretender dársela a los demás, están mayormente obligados a conservarse libres de la acción perversa de los vicios.

 

¿Cuándo ha trabajado el señor Castro Ureña, en sus campañas de viejo luchador, porque el Gobierno no le venda licores a los obreros y busque otros medios más conformes con su pretendida finalidad para sufragar los gastos no siempre necesarios de la administración pública? Ni, ¿cuándo, en alguna otra forma, se ha empeñado en contribuir a evitar que caigan en las cisternas del vicio a huir de los campos de explotación en busca de una alegría que amortigüe sus intensos dolores?

 

Es así, al contrario, que cuando surge la ocasión de procurar que les sea menos penosa su prolongada esclavitud, se vuelve airado contra ellos y los deprime y los insulta torpe y despiadadamente. Pues que es de tener en cuenta que si el trabajador se embriaga se debe ello a que en medio a las torturantes privaciones de su existencia alquilada, el licor se reofrece como un placer muy barato, al cual no es capaz de hacerle frente su pobre voluntad debilitada por las penurias que sufre el cuerpo ni su razón llena de sombras. Y el vicio entonces lo arrastra pendiente abajo con daño propio, de sus familias y de sus patrones tan bondadosos y justicieros de esta tierruca, entre los cuales ha de incluirse, sin duda, a un riquísimo industrial que no ha muchos días exclamaba con el más repugnante cinismo: "son una partida de bandoleros que no han hecho más que robarme". Siendo así, que a estas horas él guarda en sus arcas cerca de ¢ 90.000, y ellos, hombres todos honorables, apenas si logran reunir cada día lo necesario para proveerse de la peor alimentación.

 

Cierto es que don Luis no lucha ante la Representación Nacional, de un modo sistemático, porque los patrones puedan explotar a los obreros a sus anchas; pero no lo es menos que sus primeras labores han sido de contribución a las iniquidades que con ellos comete la empresa frutera  de la Línea y las compañías mineras de la región del Pacífico. Y ésa no debe ser nunca la tarea de un artesano, amigo sincero de los trabajadores, que quiere fomentar la cultura física, intelectual y moral de los obreros y salvarlos de las miras sospechosas del libertarismo fingido. Una buena comprobación de sus palabras habría consistido en escoger el proyecto reinvindicador de Peralta con el entusiasmo que le dedicaron otros diputados que no son ni han sido nunca paladines de la libertad.

 

En cuanto a que se sabe de dónde proceden y a dónde van dirigidas mis palabras, he de decir que proceden de lo más hondo del corazón y que van dirigidas hacia la cumbre esplendente en que florece el más alto ideal de justicia. Tanto se remontan, que no podría seguir sus vuelos la mirada de don Luis empañada por los intereses transitorios y estrechos de la política que ofrece enseñar en sus conferencias.

 

No he pensado herir directa ni indirectamente al Partido Republicano, uno de cuyos miembros prominentes, por cierto, fue el primero en felicitarme por mi modesto artículo anterior.

 

Nada tengo ni quiero tener que ver con ningún partido político, porque pienso que los verdaderos intereses de los pueblos nunca alcanzarán satisfacción dentro de la zona de la política, que, para decirlo francamente, constituye una industria vulgar, fomentada por unos pocos profesionales,- aristócratas o republicanos- ,- como un medio holgado de vivir sobre los flancos de la sufrida inconsciencia de las mayorías.

 

Los partidos son los partidos, los candidatos son los candidatos; las aspiraciones efectivas de los pueblos y la senda en que ellos encontrarán la conciencia absoluta de sus deberes y el reconocimiento pleno de sus derechos, están a mucha altura por sobre esas oquedades tenebrosas donde se refugia el egoísmo de los hombres sin ideales amplios, que no comprenden la progresiva realidad de la emancipación proletaria, como obra hermosa del propio esfuerzo, valiente e incontrastable, de los trabajadores.

 

La política perdió ha tiempo sus prestigios ante mi ánimo, precisamente por las inconsecuencias de los hombres que la profesan. El hacer notar para bien de los obreros, uno de sus males, fue acaso lo que más me decidió a exhibir la actitud del Sr. Castro Ureña. A más de que no puede inferírsele a mi juventud la burda ofensa de creerla interesada en explotaciones a los obreros. Bien le consta a muchos de ellos que más de una vez he reprobado con suma franqueza ciertos defectos suyos, con el resultado de que se vayan disgustados conmigo, así como ocurrió con motivo de una conferencia que tuve el honor de dictar en la "Sociedad de Trabajadores".

 

Quería tratar con detenimiento lo de que no hay opresión patronal en Costa Rica. Diré hoy que la simple existencia del patrón no implica una violencia ejercida sobre el obrero sin justificación alguna. Si para el señor Castro el único enemigo del obrero bueno es el obrero malo, para mí, entre otros enemigos, es siempre, y  de la peor clase de patrón aunque sea un sano obrero bueno y al obrero malo los considero hermanos.

 

 

LOS GUARDIANES DE LA CULTURA

 

 

¡Cómo hemos sentido una emoción sagrada al leer la protesta de la Junta de Directores de Colegios!

 

Quien la escribió puso en ella su espíritu y la convirtió en látigo hecho de haces de luz. Si en nuestras manos estuviera, la haríamos circular por todos los confines del país, para que cada ciudadano tuviera junto a sí una página memorable. Cobra la protesta una mayor significación, se piensa que los caballeros que la suscriben no son políticos, sino educadores que comprenden realmente cuál es la virtud de la nación y cuál es la manera de cultivarla. En el alma del educador no hay otra cosa que amor verdadero por la patria, que es amor por sus hijos y por sus instituciones. De ahí que cuando se trata de defender la patria en lo que ella tiene de grande, de espiritual, de sublime, de eterno, es el maestro el único que puede decir sin complicidades ni temores la esencia de las cosas: El maestro no tiene más compromiso que el hilo invisible que lo ata al corazón puro del niño. Cálculo ruin amparado bajo un mentido sentimiento patriótico, no es nunca huésped de su vida escueta de perversidades políticas.

 

Por eso la franqueza con que la protesta fustiga hechos de un alto funcionario. En otros habría habido rodeos y hasta afán de querer convencer al señor Ministro de la conveniencia de retirar las palabras expresadas en presencia de la Cámara de Diputados. Se le habría llamado con palabras hechizantes y al cabo quedaría como limpio de todo pecado original. Mas los educadores son lección constante de civismo, del más alto civismo que han de aprender los jóvenes, para bien de la patria tan maltratada por la suerte. Al señor Ministro había que decirle lo que ellos le dijeron en tono serenamente airado. ¿Qué dirían ellos a los padres y a sus alumnos si ante injusticia de los tiempos pretéritos, se les hubiera hecho un rollo la lengua, un guiñapo la mano? La protesta vino como sagrada tempestad y lleva en sus adentros la misión de conmover al país y despertarlo a la contemplación de un más venturoso panorama. Es que la presente es obra de los educadores y no de los políticos, gente de otra visión, pasada ya por fortuna de los pueblos y el mundo entero. Mientras el político calcula despiadadamente, el educador labora honradamente y da a la nación a una grandeza que no puede darle el que no está unido a ella sino por intereses ocasionales.

 

De seguro a ciertos espíritus pusilánimes y achatados parecerá arrogancia la actitud decidida de los Directores. Pero al país, que son todos los ciudadanos que no pertenecen a círculos peligrosos, llegará ella como bendición. Al Congreso toca considerar lo expuesto en esa protesta, para no falsear su conciencia de buenos costarricenses. En sus manos esta el pesar el cargo ligero del señor Ministro de Relaciones y la exposición brillante de los Directores. Triunfará, no hay duda, la buena causa, y pueda que ella dé comienzo a tajos que es menester hacer valerosamente.

O.D



1 Ignoramos si don O. D. fue o no finquero. Creemos que no. El fue básicamente un maestro de maestros y dedicó su vida a la enseñanza, sin escapar a los vaivenes políticos de ese tiempo. Nota del compilador.

LOS PATILLOS

 

 

En estos tiempos ha habido ocasión de hablar mucho acerca de los "patillos", - que acaso no sean los mismos pintorescos conchos de Aquileo-. Pero poco nos hemos preocupado por comprender realmente qué significan dentro de la vida nacional. Y lo que más nos importaría conocer, quizá se ha manifestado a plenitud en los acontecimientos que han dado pie a que anden los "patillos" de lengua en lengua. Los más se han conformado con reír sabrosamente a costa de ellos; otros han anotado lo que solemos llamar su inconsciencia, ya lamentándola, ya para reprochárselos despectivamente. Mas lo que hace falta y con urgencia, la actitud inquisitiva, la preocupación, el ánimo de acción la determinación de determinar y afrontar problemas, - todo eso, de donde se originan  las empresas de construcción cívica y social, todo apenas si asoma  tras un raquítico florecer de observaciones. Y a nadie parecerá osada ni nueva la afirmación de que los "patillos"  plantean ante el país el mayor problema. Porque ellos constituyen el país; porque son la materia con que se va construyendo, la fuente primordial de sus fuerzas vivas; la substancia y al tiempo el poder que la plasma y la conforma a un plan. Hay un grave error, muy peligroso, en imaginar a la masa campesina como algo adherido simplemente a la vida urbana y sin contactos íntimos, profundos, con ella; sin capacidad determinante, - en todas direcciones- de las formas que aquella afecta. Es precisamente tal error el que se ha hecho palpable en los acontecimientos recientes.

 

Vengo viviendo entre "patillos" desde principios del año y algo de cerca los he mirado. Mucho, a través de sus hijos, éstos que al amparo del tiempo serán si no patillos, cosa semejante, a la cual, en su hora, le dará el nombre conveniente, sabia e irónica, la observación popular. He visto al padre, al peón, al ciudadano, al hombre, superficialmente sin duda, pero tal vez en una amplia superficie.

 

He visto a ñor Juan Portugués, octogenario jugador de gallos, gran conversador y a quien agradezco el encargo de llevarle su correspondencia y contabilidad;  a Ramón Rojas, petrimetre del caserío, que adorna el sombrero con una pluma de pavo real; a don Raimundo, de cepa de patriarcas, padre de una buena chiquilla que me obsequia margaritas; a Florinda, Débora y "demás muchachas del barrio", a los mozos afamados, a la comadre que heredó los menesteres y secretos de la Celestina, a Pancha, el vagabundo, a ñor Nicolás, el avaro: en suma, toda una población tica de peones que vive a la sombra del cafeto como éste bajo los guamos. Y he escudriñado con cierta devota curiosidad los repliegues de su alma en busca de mi país.

 

¿Qué sé de todo ello? Limitaríame a declarar que ignoramos totalmente a los "patillos"; los que pretenden haberlos observado y nos mienten una "Psicología del campesino costarricense", son quizá los que más profundamente los ignoran. Aquileo, González Zeledón, García Monge, han visto, es decir, han sentido, pero no basta su obra a proyectar la visión de esta callada tragedia. E ignorarlos es ignorarnos; ignorar la historia, desconocer la actual situación y carecer aún de un presentimiento siquiera elemental acerca del porvenir del país. Y esta ignorancia acarrea incapacidad del adiestramiento para el progreso, vale decir, incapacidad de educación y por lo mismo, de autonomía. Esa ignorancia explica, en mucho, que la actuación de los más aptos gobernantes haya sido superficial, sin arraigo en las entrañas de la nación, la cual, en un ambiente de civismo propicio a la libertad, ha podido conservar, con el ardor primitivo, la indígena sumisión al cacique. La empresa civilizadora se ata a todas las probabilidades de fracaso mientras por ignorar al país se mueva, como hasta ahora, por un impulso ciego a las reales y vivas necesidades, ciego ante los verdaderos problemas. Y el país como sin exageración hemos dicho, lo constituyen los "patillos".

 

Por todo lo cual conviene insistir en la necesidad, en el deber de estudiarlos. Estudiarlos de cerca, dentro de las perspectivas de su vida, en sus hogares y faenas, en las relaciones en que los comprende la vida pública; estudiarlos sinceramente y con ánimo de hacer historia viva, folklore dinámico, no documentación de archivo ni colección de museo, sin deformar sus hábitos y costumbres, sin exagerar o mutilar sus creencias y gustos, sin suplantarlos ni disecara en diccionarios pedantes su  lengua. Crear, vigorizar y renovar los medios de comunicación directa con el alma campesina. Dejar de imaginarla y mentir; romper la tradición de observaciones y generalizaciones  estereotipadas: todo  aquello, tan vacío, de "nuestro pueblo", adjetivado al capricho de interesados y momentáneos entusiasmos. Todo eso es literatura de Congreso y de "editorial",  que es decir, por lo común, lastre, peso opuesto al vuelo de las ideas, al decurso y encauzamiento de las constructoras corrientes de opinión.

 

Otra que concierne a los que presumen de interesarse por el bien público, a los pintores de costumbres, a los historiadores, a los que enseñan geografía e historia patrias, a los maestros, a los que pretenden hacer política de ideal, etc. En cierto modo, de preferencia a los maestros, porque a la escuela incumbe directamente la formación del espíritu cívico, y porque es una tarea de reconstrucción, lo primero sería rectificar la escuela rural, para sustituir las instituciones simuladas con que hemos venido engañándonos. Obra, además, urgente, porque no en vano esperamos oportunidades a que atribuimos la posibilidad de provocar transformaciones nacionales.

 

Rastrear, buscar al país en la vida de "patillos" y a éste en aquella, donde su sangre es la sabia con que concurrimos a la florescencia de este milagroso árbol del bien y del mal: la civilización.

PESIMISMO

 

Lugares comunes son los que a este propósito podemos decir. Pero hay lugares comunes que conviene repetir frecuentemente.

 

No hagamos jamás confesión de pesimismo, ni siquiera tácitamente, y perdónese el tono dogmático de tal, recomendación. No le demos al pesimismo, declarándolo, oportunidad de enriquecer su fuerza. Nos daña a nosotros y daña a los demás. Es fuerza destructiva, tremenda. Como los monstruos que engendra el miedo en la imaginación de los niños y que crecen o se multiplican en la sombra, en la medida en que el miedo crece, así, a costa de su afirmación, aumenta el pesimismo.

 

Es a manera de una tuberculosis moral contra la cual hay que luchar vigorosamente. Y quizás realmente sea peor que una verdadera tuberculosis. Recientemente hemos leído una serie de opiniones de médicos a los cuales les parece que entre las causas del cáncer figuran los estados mentales que suponen depresión.

 

Como actitud filosófica puede ser explicado dentro de ciertos estrechos límites. Algo hay en él del dolor del pensamiento en presencia de las cumbres inaccesibles. El pensamiento sufre por la ausencia de las alas. Hay algo en ello del sentimiento numinoso que dijera Rodolfo Otto. Pudiera ser lo numinoso en el pesimismo aquello en que éste se expresa como desconfianzas que es más bien desesperanza o desencanto, en la cual hay, para llenarla de dolor, una copa vacía. En aquellos místicos que hacen del dolor su plegaria y así en consuelo, la copa se convierte en cáliz.

 

Grandes vidas, grandes liras, sufrieron a veces dolores tan hondos, de tan sutil naturaleza, que o no pudieran comprenderlos o no pudieran soportarlos. No a todos les dio la vida aquellas fortalezas de quienes emprendieron a sacar de su dolor su obra y su gloria. Miguel Ángel o Beethoven, por ejemplo.

 

Acá, en la menuda vida de todos los días, quien busca las fuentes del pesimismo suele encontrarlas en el terreno de lo patológico, y rompe así las más románticas ilusiones con un escalpelo cruel. Cansancio, desarreglos metabólicos, neurastenia, etc., -dirá a veces el médico; el endocrinólogo se empeñará en advertir trastornos del funcionamiento glandular; el psicoanalista querrá encontrarlo en la historia brumosa de la vida subconsciente. ¿Aciertan? ¿No aciertan? Cuestión de debatir, extensa y complicada. No falta quien hable del temperamento pesimista, ni quien lo atribuya a la influencia estelar.

 

Difícilmente hay en nuestros días un tema cuyo desarrollo haya conseguido mayor difusión que el combate contra el pesimismo. Abundan las escuelas y cátedras de optimismo, sobre todo entre los americanos del Norte. Ellos hicieron famoso a Emilio Coué y como éste, hay más de cien mil en aquél país. Se diría que el optimismo representa una de las urgencias de la época. O para hablar en la lengua de aquel raro Mack Stauffer, que el optimismo concuerda con una de las urgencias cósmicas de nuestra época. El simbolismo del hombre fuere, dominador, agresivo, que domeñó su voluntad, que conquistó el miedo, que pasa por sobre la duda, que posee inalterable confianza en el porvenir, que sonríe en la seguridad de la victoria de sus aspiraciones, es hoy símbolo constante. Son discutibles las finalidades, especialmente cuando las señalan los yanquis; oro, oro, poder. Pero la actitud quizás no sea igualmente discutible. Al contrario: aconsejable.

 

Se ha dicho que existe el deber moral de ser inteligente. Parece que más claro el deber de ser optimista. En el peor de los casos sería una regla de buena higiene.

 

En el caso de Costa Rica, a los que han viajado, a los extranjeros, les hemos oído decir que es un país de gente triste, de gente perezosa, de gente pesimista. Terribles combinaciones. De ser ciertas, siquiera en escasa porción, sería urgente l tarea de combatirlas con la mayor energía. Habría que poner a contribución todos los medios de favorecer la eclosión del optimismo. Es posible el esfuerzo. Eufrasio Méndez indica los deberes que en ese sentido puede tener la escuela pública. Está bien, pero no olvidemos que ella misma se encuentra rodeada de un mar de circunstancias depresivas, contra las cuales, -hija del ambiente como es- poco puede hacer. Mas, debe hacer todo lo que pueda.

 

Tenemos que contar con la cooperación de los hombres de más capacidad para influir en las opiniones, con los hombres públicos, con los altos funcionarios, con los escritores, con la prensa.

 

Se ha acusado de pesimismo al señor presidente. A veces parece ser pesimista, en realidad, seguramente por su deseo de que los hombres e instituciones ostenten una vida digna de un país grande. Pues bien: juzgamos que un Presidente no debería dar nunca la impresión de ser pesimista. Que hable de las grandes dificultades, de sus luchas, de sus derrotas íntimas, de sus ensueños rotos, es conveniente, porque todo ello contiene enseñanza, pero ojalá que pueda hablar siempre de tal modo que, por encima del turbión de amarguras, resplandezca la esperanza. No tienen siempre idea los Presidentes de cuánto pueden influir sus palabras en el criterio de los ciudadanos. ¡Cómo andará la República, -decían el otro día en las calles- cuando el mismo Presidente no cree en ella! Porque al Presidente se le atribuyen siempre dones maravillosos: todo lo sabe, todo lo ve, todo lo puede.

 

Y cuando el Presidente es el señor Jiménez, es mayor la razón para reconocer su influencia y mayor la razón para atribuirle dones excepcionales: el país ha sentido la presencia de ambas cosas. Es pues mayor la razón, también, para desear que sus palabras aporten fe, como aportan luz.

 

¿Qué les amarga el ánimo a los Presidentes, qué les infunde desconfianza? Lo sabemos: los planes rotos, las mentiras, los fraudes, las ineptitudes, las groseras ambiciones, -toda la turbamulta de errores, intereses y pasiones que desde su altura contempla un mandatario. ¿Quién en su posición, por oscura que sea, no mira un espectáculo semejante proporcionado a la altura desde la cual contempla el contorno? Pero ¿no es que solo ese espectáculo puede mirar? Al frente se extiende el otro: el de los aciertos, el de los esfuerzos generosos, el de las luchas honradas, el de las aspiraciones limpias, el de las vidas ejemplares, el de la cooperación desinteresada?

 

Y, además, tendríamos que convenir, deponiendo vanidades, -pues no hay otra manera de ser sinceros- en que es perfectamente posible que mucho de lo que en torno nuestro se revela como fracaso o como obstáculo, sea simplemente la sombra que nosotros proyectamos, o la consecuencia, en parte, de nuestra propia obra, por mucho que hayamos querido y deseemos realizarla con nobleza y diestramente.

 

Por lo común fundan sus afirmaciones los Presidentes en la observación de las masas, y a éstas les acontece precisamente o opuesto: fundan sus afirmaciones e inspiran sus actitudes en la  observación de los gobiernos. Se dice que no es lo mismo ver las cosas desde arriba que verlas desde abajo. Si tal razón existe, tanto vale para aplicarla en un sentido como en el inverso. Y tratándose de saber quién puede ver más, probablemente llegaríamos a sostener que los hombres situados en las alturas. Y más todavía, si esos hombres tienen la altura en sí mismos, es decir, en su propia visión superior.

 

En ningún caso debería justificar el  desencanto a la inacción. Las lamentaciones son justificables, desde este punto de vista, por la experiencia que contienen. Una vez recogida la experiencia, es decir, convertida en luz la amargura, hay que aplicar la luz para buscar los rumbos y seguir adelante.

 

Felices seríamos los pequeños hombres, los hombres oscuros que vivimos consagrados a modestos menesteres, si pudiéramos disponer de las fuerzas que tienen a su alcance y en la mano los hombres superiores. Con solo el respeto, con la simpatía que un Presidente mueve, es posible, sobre todo, si el hombre es grande, trazar carriles fecundos de acción constructora. Las medianías se moderan en su indiscreción, las cobardías se refrenan, las ansias voraces de lucro se contienen, los intereses ruines disimulan su lucha, los odios se limitan, todo cede algo de su fuerza enfrente del hombre grande. En cambio, lo noble, lo generoso, lo que es capaz en alguna manera de destellar, acentúa en presencia de ese hombre su entusiasmo y su actividad, porque siente el estímulo, porque siente el apoyo, porque encuentra la justificación de su esfuerzo.

 

Todos somos grandes en cierta medida y en alguna dirección. Algo hay en nosotros siempre dotado de grandeza: una habilidad, un deseo, un hábito, un ejemplo, un pensamiento. Algo hay siempre. Y siempre hay cerca de nosotros alguien en quien nuestra modesta grandeza puede reflejarse para ser impulso o ser lección. La simple palabra cariñosa que ahora le digo a mi niño mientras pongo en su hombro mi mano, es toda una espléndida fuerza creadora. El niño sonríe. En ese momento, la vida tiene para él un matiz, al menos, de sus grandes alegrías de Navidad. Y la sonrisa sirve de pretexto para que le llegue al corazón un rayo de sabiduría.

 

 

MI ANARQUISMO CLAUDICANTE

 

 

Ojalá pudiera florecer mi vida en las bellas excelencias que se me atribuyen.

 

Con muy poco más vengo a ser yo, en el concepto exagerado de La Prensa, el fundador del Partido Reformista. Sus ideas, dicen ellos, nacieron en gran parte de una siembra que hice yo, años atrás, en el Centro Germinal. Siembra fecunda a lo que parece. Solo que fueron muchos los sembradores y mis manos apenas si dejaron caer alguna simiente.

 

La simpatía con que se me honraba, no obstante ser escasa mi  edad y excesiva mi  ignorancia, me permitía ser oído por los trabajadores. Y, es claro, cuando advertía que mi opinión tenía ante ellos un prestigio, la vanidad o el entusiasmo, -no lo sé bien- le daban a mi voz la entonación de la voz del maestro. Pero esta voz no se levantó nunca para enardecer  las concupiscencias del instinto, sino que siempre se esforzó por llegar en lo alto, como un penacho, una idea. Si algo hice, más pretendí enseñar que intenté exaltar pasiones. Y si alguna vez acaricié los leopardos de la pasión, nunca fue para uncirlos al carro de mis egoísmos. No rehuí tampoco las más graves responsabilidades, no esquivé los riesgos, no negué los sacrificios. Modesto todo, si se quiere, pero todo generoso. Toda mi primera juventud, con su ardor de fuego, estaba allí palpitante y bella,.

 

Ella se expandía en una vasta ansiedad de luz, y su sed se llenó con el fulgor rojo de aquel fuerte pensamiento demoledor que agitaban los Kropotkine, los Gorki, Luisa Michel y cien príncipes más de la Revolución Social. Era la hora del anarquismo en el mundo y las más fuertes juventudes empuñaban el pendón rojo. En el continente, los Lugones y los Ingenieros, en la Montaña, nos habían dado con Ghiraldo y Ángel Falcó, el ejemplo.

 

¿Qué hice yo allí? Leer, pensar, soñar, amar la justicia y la libertad; crecer y, lo confieso, hasta blasfemar. En el fondo, buscar en mi conciencia, poblada de lampos rojos, al hombre que en mí pudiera servirle a su país, sencillamente, en el corazón de los humildes entre los cuales nací con el dolor con que tantos de ellos vienen al mundo.

 

Y hubo momentos preñados  de tempestad. El país no se daba cuenta de aquella silenciosa ebullición de ideas, que era como una colmena en mitad de la pampa. Pero, sin embargo, pudo haber estremecido al país. Las audacias llegaron a ser muchas, las responsabilidades gravísimas, y solo la casualidad, oportuna y sabia, pudo evitar a veces que de las ideas surgieran las llamaradas. ¡Bárbaro error! Mas no ha llegado ni llegará nunca, por mis labios, la voz delatora de las revelaciones.

 

¿Qué hacían mientras tanto los más de los trabajadores y qué hacían muchos de los que más cerca de mí estaban? Aquéllos, combatirnos, éstos, salvo muy raras excepciones, desconfiara y dudar, en la creencia de que la gestión de los que predicábamos buscaba arteramente alguna prebenda. Don Omar, como me llamaban, quería ser Diputado. Como se el camino, en aquellas circunstancias, hubiera podido ser ellos. El camino estaba claramente trazado en el seno de las Directivas de los Partidos Políticos. No en aquello que iba contra esto. La vida que después he hecho les ha demostrado que no buscaba curules.

 

Pero, desgraciadamente, ésta ha sido una característica de la actitud de nuestros trabajadores, en la mayoría de los casos. Si alguien los llama para servirles, es que quiere engañarlos; si los llama para servirse de ellos, entonces acuden sin vacilaciones. Uno tras otro, casi todos los hombres que aspiran a ayudarlos en la solución de sus problemas, han terminado por alejarse de allí maltratados y desencantados. Y no se diga que a tales hombres les faltó fuerza para sobreponerse a las desilusiones, sino que les faltó ambiente para construir una obra útil. Las dificultades primeras suelen presentarse una vez que para plantear los problemas como realmente son, hay necesidad de apelar a la franqueza  y declararle a los trabajadores cuáles son sus derechos, pero también cuáles sus deberes; cuáles sus méritos, pero también cuáles sus defectos; cuáles sus aspiraciones legítimas y cuáles las bastardas.

 

¡Cuántos de los reformistas pertenecieron al Centro Germinal! ¡Cuántos lo combatieron! ¡Cuántos fueron desleales! ¡Y hoy todos vienen a reclamarme mis palabras de entonces!

 

Si me diera por preguntar concretamente cómo se justifican las actitudes de mis compañeros, en diferentes ocasiones posteriores a la muerte del Centro, no terminaría en pocos momentos la ingrata tarea. Mas nunca he querido empequeñecer mi mente en la búsqueda estéril de contradicciones a las cuales imputar... Abandoné la tribuna del taller y vine hacia la tribuna del aula, a servir a los humildes. Los puestos, puedo demostrarlo, no los solicité. Me llamaron a ellos. Comencé a trabajar con un sueldo de treinta colones y si hoy recibo uno que puede juzgarse lujoso no lo pedí, que lo pidió para mí un grupo de profesores. Y cuando ha habido que trabajar sin sueldo, así he trabajado. Con la misma devoción con que trabajo, en posición ostentosa, en la Escuela Normal, trabajé en posición oscurísima, en la escuela primaria de la Caja.

 

Mal aquí y mal allá, no lo dudo. Lo que no logro encontrar son los rastros de la conveniencia. Si otros los encuentran, pues que se deleiten convirtiéndolos en escarnio. No les envidio la faena.

 

Dos veces he tenido en mis manos la Dirección del Liceo de Costa Rica y dos veces he preferido la que ahora desempeño, dando por razón que prefiero trabajara al servicio de los hijos de los obreros y de campesinos que desde todos los ámbitos  vienen a la Escuela Normal. Y dentro de ésta, nada me satisface más que lo de saber que la señorita más rica y más distinguida y el varón más pobre y de más modesto origen, en mi espíritu son hermanos.

 

Y cambié de ideas en otro sentido. Llegué a creer que el odio y la violencia, la bomba y la daga, y la llama, no resuelven nada. Nada que pueda ser permanente.

 

Llegué a creer también que redimir al hombre de la miseria, sin redimirlo de la pasión, y del vicio y de la ignorancia, no es ninguna seria solución de ningún problema.

 

Como llegué  a creer que el mal más hondo, el profundo mal donde se forja la tragedia humana, no radica en la diferencia entre ricos y pobres, sino que arraiga tenazmente en la actitud del espíritu la cual, para mí, está determinada por designios cósmicos que no conocemos. Para mi pobre misión de ahora, el problema está en si el miserable o el potentado tienen el corazón independientemente de si poseen bienes, atado a los impulsos del egoísmo, de la avaricia, de la crueldad, del mal, en suma.

 

Pero interminables se tornarían estas palabras, si hubiesen de explicar todas las mutaciones de mi criterio y las amplias razones que las motivaron.

 

Es verdad que el régimen capitalista está cargado de yerros, pero no lo están menos los sustitutos revolucionarios. Y en ambos sistemas, a más del error, suele haber infamia. Ni Philip Snowden, en el Parlamento Inglés, ni Clemenceau ni Mussolini, tienen en la mano la clave de los destinos humanos. La cadena puede responder a una verdad, con su estridencia, tenebrosa, como la tea puede responder a una verdad, con su fulgor libertario; pero ni aquélla mantiene atada, ni ésta ostenta encendida a la definitiva verdad subyacente en las naturales necesidades de donde los conflictos sociales emanan.

 

La dictadura del proletariado, apenas es el régimen capitalista invertido. Si remedio de un instante, remedia entonces el mal transitorio. Si doloroso comienzo necesario de una permanente transformación, no hay experiencia social ninguna, en el curso de la historia, no hay fundamento en lo que de la sociedad se sabe, que autorice a confiar en los resultados de aquel desarrollo, ni garantía de que la pretendida permanencia pueda constituir una realidad.

 

Son hermosos, no obstante, los leones de Lenin desgarrando sin piedad las entrañas del zarismo. Bárbaros, a veces, a veces iluminados, mitad bestias y mitad profetas, no dan hasta ahora ejemplo, sino de lo que puede la garra, pues de la sangre que ella derrama no logra todavía brotar la luz. El caso de Rusia no puede ser ejemplo ni lección. Si el soviet es algo ideal, sus supremas bellezas se pierden en medio de tanto monstruoso horror. Y si fuera la verdad absoluta, solo por ser sangrienta valdría la pena negarla. El Dios de Moisés era Dios y en nombre de Dios lo negó Jesús.

 

Creo como ayer que los intereses del obrero y más que éstos, mucho más que éstos, los del campesino, deben merecernos una intensa atención, fervorosa y leal. Mas no que sus problemas se remedien con repartir las tierras del señor Soto o los caudales del Sr. Keith. Con estos bienes se pueden hacer obras de caridad a lo sumo. Lo que no sé es dónde se va a encontrar el standard que permita determinar cuál sea la primera, cuál la más urgente, cuál la medida en que deban cumplirse.

 

No; perdónenme los sociólogos del Reformismo. No creo en las soluciones simplistas. Creo que las fórmulas de nuestro antiguo credo han fracasado. Creo que las nuevas fórmulas se están elaborando lentamente en el crisol de la post-guerra; y que lo que cabe conservar íntegra, es la aspiración a la justicia, con más libertad necesaria para trabajar empeñosamente, dentro del orden, por el ensayo sincero de las posibilidades que así es dable determinar.

 

Insisto en que sería interminable la explicación, como difícil para el Reformismo aclarar todas las necesarias retractaciones que su "Programa" supone, comparado con el decálogo ácrata del "Centro Germinal".

 

Ahorqué, pues, los hábitos rojos. Quedemos en que otros se encargarán de explicar las bajas razones que me movieron, y en que me impondrán, con su ira o su desdén, las sanciones aplicables al caso.

 

Señores jueces: permitid que en el banquillo, frente a vuestro pendón rojo, enclave erguido mi pendón sin odios.

 

 
 
MIRA Y PASA

 

 

Hagamos política, aprendamos a hacerla del modo adecuado a las exigencias espirituales de nuestros tiempos. Hay una nobilísima forma de hacerla que consiste simplemente en ampliar, ennobleciéndolo, el significado de una común expresión de pobre apariencia: formar opinión. Aprendamos y contribuyamos a formar opinión. A favorecer y estimular todas las actitudes, situaciones, propicias al desarrollo e intercambio y aún al choque de las opiniones, que es decir, a la independencia y majestad de su vida. Colaborar en la formación de corrientes de opinión, promover y facilitar su encauzamiento, ya defendiendo, ya combatiendo opiniones. Combatir también es un modo de ahondar y limpiar cauces, y combatir hidalgamente, el modo mejor. Opinar, auxiliar al florecimiento y la fructificación de las opiniones. Ésta tan humilde norma de una política, conduce a la organización y manifestación de lo que de veras cabe llamar conciencia social, asiento y yacimiento de aspiraciones e ideales de civilización, sin las cuales carece de contenido, dentro del mundo, la vida de un pueblo.

 

Vivimos en un país todavía instintivo con algo de horda, donde es imperioso aprender a pensar, cumplir el "deber moral de ser inteligente". País expuesto a que el hambre, el miedo y la ignorancia, lo despeñen en el oprobioso entusiasmo del 27 de Enero, símbolo ya de la carencia de civismo, tanto en la muchedumbre menesterosa de luz y de pan, como en el orondo primate sin virtudes públicas. Porque no habremos de importarle a un pueblo el crimen de lesa civilización en que solo alcanzó a ser inconsciente encubridor de sus guías más ilustres: Cincinatos de arcilla. Mas, si no la responsabilidad de ése, sé conserva inalterada la capacidad de encubrir acaso otros mayores, que no dejarán de amenazarlo desde la conciencia de los hombres que cometieron aquél. Ahora bien, de tal capacidad solo redime la luz, freno de oro a la boca procaz de la democracia, que dijera Lugones, y que nosotros diremos prueba de fuego donde hombres y pueblo se purifican. Opinar pues, iluminar, consumir el instinto, como un aceite, para que vierta de las entrañas luz de redención, de conciencia, ya que esta es verdad aún en el error, como puede ser justicia la venganza cuando el acero tiranicida liberta un pueblo.

 

Opinar, en cierto sentido, esto es la civilización. Un conjunto de opiniones: esto es la historia. Opinar y enseñar a opinar: tal la función de la Escuela, de la Iglesia, de la Ciencia, etc. Diversas formas y objetivos de la opinión, mas ésta en lo hondo, como un estrato subterráneo que todo lo asocia y lo comunica con una necesidad vital del Universo. Opinión que es dogma, opinión que es conducta, opinión que es amor, que es fe, pero todo opinión.

 

Si bien queremos aludir a algo más sencillo, elemental, digamos: la opinión que damos a propósito de cuanto ocurre a nuestro alrededor. La cotidiana opinión sobre todos los temas, irreflexiva o meditada, ignara o docta, airada, tímida o desleal. Suele ser loca de atar y la condenan los moralistas, la desdeñan los pensadores, la excluyen los sabios, pero no obstante nutre pródigamente a morales, ciencias y filosofías. Por ella se asciende, pues,  y alto, ya que elevándose nos eleva; y aunque por ella se desciende también, no solo puede arrastrarnos sino libertarnos del peligro de las cumbres cuando las fustiga la tempestad. De las cimas nos baja en caballo alado.

 

Opinar, pues, y prodigar alfalfa de opiniones a la voracidad aborregada de la callejera opinión, que hartándose de luz querrá devorar estrellas y aprenderá a comer margaritas.

 

Contribuyamos a formar opiniones, es decir, interesémonos, actuemos

CRÓNICAS ROJAS

 

 

La República -diario que suele aprovechar los beneficios de las "crónicas rojas"- reprodujo, días atrás, un hermoso artículo que acerca de la explotación literaria del crimen, publicó en La reforma de San Salvador el muy ilustre pensador centroamericano Alberto Masferrer. En ese trabajo se hace referencia a una convención celebrada en épocas anteriores por los periodistas salvadoreños a fin de proscribir del campo de la prensa todo cuanto en él fuera comercialismo indigno y bastarda politiquería: y se recuerda que solemnemente fue acordado en ella, con las más altas miras de higiene social, concluir definitivamente con el usado sistema de las crónicas rojas que caracterizan casi sin restricción al periodismo mundial de la actualidad, que por ese hecho, cuando se le contempla de cerca, y a través de las idealidades se le analiza, más parece obra vil de rufianes que luminosa labor de hombres convencidos de su valor moral, de su deber en la vida y capaces de mantener ambas entidades en estricta integridad, alejadas de la agresión del cinismo y del influjo de esa grotesca invasión de la hipocresía teorizada que se va alzando sobre el mundo con los signos fatales de una siniestra tempestad que ha de arrollarlo todo.

 

Recuerda en sus párrafos, Masferrer, que a pesar de la vehemencia, reveladora de una honda fuerza de convicción, con que fue planteado y acogido el generoso compromiso, ninguno, ni uno solo de los hombres que lo suscribieron y le aunaron la promesa de llevarlo, a riesgo de todo, a resolverse prácticamente en benéfica reacción, ha tenido el valor, la grandeza de cumplir su palabra. Y expresa además, el libertario filósofo, no sin protestar con la más altiva energía de que ocurran así las cosas, que cada vez se hace más uso como medio de vida, como arma de explotación, de la literatura que gira en torno de la criminalidad -enorme úlcera social que parece acrecer de más en más y que amenaza abarcar todo el organismo en que las actividades de los hombres por modo grotesco se debaten-.

 

Dice, pues, -y dice bien- que la prensa, el fementido cuarto poder, la palanca poderosa del pensamiento, que dicen otros, es así mismo una úlcera apestosa, una úlcera fétida, una úlcera incurable.

 

Pregunta el maestro, al parecer temeroso de afirmarlo, si no existe en la mente de los periodistas el convencimiento de que su obra es falaz, es perversa. Quiere que se le conteste, que se le responda enseguida, antes de sentar al respecto conclusiones que su pluma haría magnas, formidables y quizá capaces de provocar un violento movimiento reactivo contra esa especulación de la idea, del arte y de la ciencia, audazmente realizada por la avaricia de unos cuantos apaches del pensamiento que por obra de maniobras dolosas han adquirido ejecutorias de hombres de letras y de ideales y que como tales viven y son respetados.

 

Hay que contestarle, pues, al recio batallador, y decirle francamente en palabras que todos oigan, cómo es cierto que los periodistas tienen plena conciencia de vivir parasitariamente absorbiendo sin cesar las deyecciones de la cloaca social. ¡Viven de ellas, por ellas y para ellas! Tal es y no otro su destino en el caso predominante: que nunca se vio al reptil hacer vida de águila ni al cuervo gorjear en la selva. Las águilas que el visonario pensador concibe para consuelo de sus altos ideales siempre enfermos de desesperanza, no pueden existir todavía, ni existirán en tanto sea el de la vida campo de lobos y salamandras en que los corazones de verdad virtuosos y las mentalidades realmente augustas hagan el mismo mísero papel decorativo que hacen en la hoja del periódico, entre las crónicas rojas y las homilías del servilismo, los artículos que como el de Masferrer, yerguen valientes los oriflamas d la verdad.

 

El ya viejo principio, oculto a fuerza de empellones, de que el ejercicio del periodismo requiere, como toda otra función pública, condiciones excepcionales para realizarse sin lesionara la positiva justicia, encarna admirablemente la tendencia que a ese propósito ha de servir de norte y guía a los que no quieren resignarse a que sea el de la prensa refugio de traficantes.

 

No está demás agregar que ningún periódico ha absuelto la trascendental posición planteada por Masferrer; ni contestará ninguno, o contestarán todos en la forma que lo ha hecho La República -vehículo accidental de ideas tan hermosas- publicando al día siguiente de haber sustentado el artículo en referencia, una sensacional crónica roja que seguramente ha de haberle producido venta lujosa de ejemplares como no es fácil lograrla cuando al servicio de las ideas se pone la pluma.

 

 

 

POR LA AMÉRICA LATINA

A los jóvenes y a los trabajadores

 

 

Cuando aún no se ha borrado de las arenas de la playa la marca afrentosa de los tacones claveteados de Mr. Knox y cuando todavía se percibe entre la agitación de las olas la estela del barco que lo lleva, con voces de alegría, con justos acentos de aclamación, nos anuncia la prensa extranjera que muy en breve llegará al país el distinguido escritor argentino Manuel Ugarte.

 

Cuando apenas ha dejado el sol de dibujar sobre nuestras tierras, con la tinta de las sombras, la silueta siniestra de William Walter, se encienden radiantes en el cielo los resplandores del ideal de Simón Bolívar.

 

Ha abandonado estos lares la audacia de Sancho Panza y viene en su vez la heroica generosidad del Quijote. Huye de la atmósfera la  fetidez de las inmensas salchicherías d Chicago, y comienza a respirarse un aire consolador que parece venir desde el Chimborazo. Los ruidos de las maquinarias, de los automóviles y de los tranvías cesan; se calla el retintín de las monedas de oro y el cambio despiertan los rumores de nuestras selvas soberanas y se trenzan en el aire los cantos de los turpiales y de los zinzontes y las algarabías de los policromos papagayos.

 

Se doblegan las furias del águila y se yerguen las altiveces del cóndor; los pinares tiritan, las palmeras se estremecen; huyen en bandadas los pieles rojas; se aprestan los gauchos a tocas en sus guitarras en tanto que sus hermosas compañeras, plenas de regocijo, cantan vidalitas con indecible ternura: toda la América siente regocijo cuando la dejan un tanto a solas con el ensueño de su porvenir.

 

Ahora sí es ocasión de que estos pueblos se congreguen y manifiesten su jolgorio, no bajo las sugestiones de las bandas militares, no entre las impuestas alegrías de festines en que hacen de criados ni tampoco, por fin, con los ficticios regocijos de la instintiva danza, sino grande y noblemente, en mitad de la plaza pública, sin otro pabellón que el del cielo ni más estrellas que las que adornan sus repliegues infinitos.

 

Manuel Ugarte es un luchador sincero; en más de una ocasión ha rechazado con desdeñosa energía las asechanzas del convencionalismo. Como poeta, ha cantado a los tristes: como pensador, ha proclamado la revolución social; como latinoamericano, ha empuñado el estandarte de Sucre y San Martín. Viene desde París, la ciudad luz, con una antorcha en la mano. Viene a recorrer sus tierras nativas en prédica noble y valerosa. Acaba de dejar henchido de esperanzas el corazón de Méjico, en la Habana todavía vibra la emoción intensa que grabaron sus palabras, como un recuerdo para la grandeza de Martí. Cruza en este instante las calles de Guatemala, mirando seguramente con despacio sus prisiones sombrías, y viene hacia acá, hacia nuestro terruño casi incógnito, que, sin embargo, en la hora de las excelsas fraternidades que el ideal latinoamericano promueva, sabrá destacar, en gesto altivo, su rudo cuerpo de "Erizo".

 

Esperemos, pues, al paladín que llega; unámonos los jóvenes y reúnanse los obreros en torno suyo; brindémosle todos un hogar sincero a su cátedra y pensemos, cuando desde ella brote su verbo, que así como el del yanquismo artero, su ideal tiene un símbolo en la historia, porque yendo de lo ridículo a lo simplemente vulgar, Knox es "la sombra rediviva de Walter", y yendo de lo ciclópeo a lo grande, Ugarte encarna en este minuto el genio del vencedor de Carabobo.

 

Por lo pronto la "Colección Ariel" le dedicará un epítome lleno de las enseñanzas hermosas de "El porvenir de la América Latina". Con el tiempo ya no al hombre, sino a la idea, ya no al Continente sino a la Humanidad, podremos ofrecerle el Libro de nuestra Historia.

                                                                                                                                

  1912

 

INQUIETUD DE LA HORA

(Fragmento)

 

 

Ciertamente en todo lo que vive hay una triple manifestación: vida, forma y conciencia. La forma es tosca o fina: piedra, mármol, rubí, onda, flor, ala, hombre. La vida es primitiva o elevada. La conciencia aparece aletargada o se expande plena y suprema.

 

Hay un onda fluyendo potente a través de los reinos y que cristaliza en formas. Éstas contienen la historia de los ideales del impulso  de la vida en cada tránsito de su peregrinación. La naturaleza es el vastísimo, maravilloso taller de las formas. Ella cumple, ante las forjas en que las fuerzas centellean y resuenan, una misión heroica: darle cauce en el seno  de los reinos a la corriente de la vida.

 

Y hay como una honda plasmando formas, en crisol de siglos, y agitándose dentro de ellas para expresar un símbolo: la conciencia. En su relampagueo ciérnese polvo de astros, palpita ardor de lavas y se vierte aroma de flor.

 

La vida lucha por un ideal: la conciencia. La vida guarda en su vientre oceánico una sagrada gestación: la conciencia. La forma es el sendero de la conciencia. Mas ésta impone también un ideal por sobre la exaltación de las formas: lo absoluto. Y así, a través de la vida multánime, y posándose en la entraña de las formas, construye y destruye y perfecciona, sucesivamente, sin reposar nunca, series concéntricas de órbitas dentro de las cuales la conciencia, para alcanzar la visión de sí misma, intenta aprisionar a Dios.

 

Sublime este esfuerzo gigantesco de la vida engendrando formas y dotándolas de luz a fuerza de agitarlas, para que un día resplandezca en la frente del hombre, síntesis de soles, esto que es tenue y que se llama sencillamente idea. La idea es un bajel para llevar la conciencia del Universo. El hombre es un Universo detenido en las mallas de una idea. Cuando el Universo se conmueve, la idea sangra en el esfuerzo de detenerlo.

 

Cuando el hombre existió, la naturaleza sintió que su vientre entraba en reposo y que el vacío que dejaban las montañas y los mares se poblaban de estrellas. Cuando el hombre existió la naturaleza se sintió  redimida. Había surgido el amo que, esclavizándola, la libertaría.

 

Una trinidad concrétase en el hombre: conocer, sentir, querer. Tres férreas cadenas que atan a Prometeo. Otra trinidad se concentra en un núcleo de aspiraciones matrices: Verdad, Belleza, Justicia. Hay, pues, una orientación y una capacidad, un impulso y una posibilidad, un camino y una luz, como decir que hay un Mesías en un establo lejano y una estrella señalando con auroras la ruta misteriosa.

 

Las razas, ostentando su realeza, vienen desde todos los confines a traer para el espíritu humano cada una un don privilegiado. En alas de mármoles inmortales viene la Belleza; con estruendo de legiones victoriosas, la Ley; con majestad de Pirámides eternas, las Ciencias. Y desfilan imponentes cortejos de profetas y filósofos, estremecidos como oleajes por la emoción de martirio con que la vida de cada gran pueblo engendró un gran don. Y pasan por las calzadas de la Historia con sus trofeos recubiertos de púrpura, y sus miserias abiertas como llagas, y sus errores erguidos como ídolos, y sus ideales destellantes como antorchas que fueran estrellas. Y el desfile de cada gran pueblo marca en el espíritu del hombre una huella profunda, la cual ahondada, por la íntima solidaridad de las razas, tórnase en canal abierto a los fulgores del Universo, para que por él penetren y en lo hondo de la conciencia sedimenten, siglo tras siglo, la sustancia cósmica de que se forman las civilizaciones.

 

El hombre comienza a reconocer las posibilidades de la conciencia, lo que ya es satisfacer una de las necesidades de ella. El hombre es el portador de una luz. La civilización es el Pegaso de la conciencia. Las grandes metamorfosis de la Civilización preparan las alas. La naturaleza prepara las formas en el tormento y dolor de los cataclismos. La conciencia, a su vez, no es más que una forma para la evolución del Absoluto. A lo largo de los estremecimientos de la Conciencia fluye, un fuego de mundos en llamas, la génesis de los dioses.

 

El hombre sumió una mano en su ser y otra fuera de sí y extrajo las manos colmadas de un tesoro: las civilizaciones. Tal como si deteniendo el viento y corporizándolo, hubiese extendido un par de alas para sus hombros. El hombre de las cavernas a la vez, de las cuales la más profunda era él mismo.

 

Homero, como Dante, toman una lira y tañándola marcan un camino con fulgores de genio esparcidos sobre la tierra. La estela de la lira conduce al hombre a penetrar en sí mismo.

 

Sócrates y Platón piensan, y el pensamiento, al levantar el vuelo traza una senda en el interior del hombre. Tras la estela de aquel pensamiento el hombre asciende dentro de sí y procurando alcanzar su propia altura, que ya le parece inaccesible, aprende a subir. Un Newton descubre un designio del cielo y el hombre, ante el velo que queda levantado, contempla que un vacío de su ser está lleno de astros.

 

La Ley de la Naturaleza, la superior visión de una idea, la Venus impresa en el mármol, la sonrisa de Gioconda, no tienen sentido como revelación  del dominio de la materia o de la forma, sino la importancia de afirmar con perfección, que el hombre creando o comprendiendo, concibió la existencia de su poder, ensayó su fuerza, determinó su dirección y le atribuyó un ideal. EL genio es aquel repliegue de la conciencia en que, acumulándose más luz, mejor presiente ella su  naturaleza y su finalidad. Los genios pasan derribando selvas de sombra. En la corriente de la civilización flota el genio como una vela que las mismas ondas crearan, pero dominando a la corriente y encauzándola. En el vuelo del  genio viaja el hombre por sobre sí mismo para adquirir la sensación de que la conciencia ha conquistado la libertad.

 

Mas, por sobre Homero y Dante, el sendero se prolonga con la avidez quemante de que en él pongan sus pies desnudos los Cristos.

 

La Verdad es forma también; la Belleza es forma; el Bien es forma. Hay algo que debe surgir de la confluencia de aquellas grandes realizaciones. Hay algo que está más lejos y más alto.

 

Hay algo que se amamanta en los senos de la Belleza; que reposa en la paz del Bien; que medita al resplandor de la Verdad. Hay algo que está presente en la simple trasparencia de este ser que llamamos Cristo y que nació bajo unas alas angélicas, del contacto de un lirio  y una mujer.

 

Resplandecientes epopeyas, poemas titánicos, verdades como abismos, pueblos retorcidos como sierpes por milenarias tempestades, manantiales de odio brotando de la ansiedad humana, civilizaciones enclavadas como Cristo al madero de un dolor; y todo ello se paraliza un día, se diluye en la decoración de una noche estrellada, se filtra en el hálito de un buey y de una mula, y como beso maternal sobre una frente, tiembla cuando nace en un montón de paja, un niño que traía el Universo en el corazón.

 

Era un ser de luz, de amor, de dolor, el cual vivió poco tiempo y dijo con belleza pocas palabras. Un día, convirtió un poco de agua en vino y el vientre de una prostituta en lámpara votiva; fue perseguido y murió martirizado para hacer sentir a los demás hombres, con una tragedia que los horrorizara, que eran hermanos y que el perdón los uniría. Y para hacerles comprender que la fraternidad, flor de la conciencia, daría el fruto de que se nutren los espacios y los tiempos, los universos y los dioses. Era un camino, una vida y una verdad. La concentración, pues, en un ser superior, de otra triple manifestación. Era un camino blanco y luminoso...

                                                                                                Marzo de 1923

 

 

METAFÍSICA Y CIENCIA

 

 

La serie de escritos que estas palabras inician, contiene las anotaciones de un estudiante de Ciencias y Filosofía al margen del folleto de don Carlos Gagini, La Ciencia y la Metafísica.

 

Anotaciones o apuntes, porque en las condiciones de este estudiante, no lo es por ahora posible ejecutar obra mayor. Luego, porque ello no desfavorece al presente trabajo en la comparación con los que, entre nosotros, suelen hacer los maestros. Y porque apuntes y anotaciones como son, bastan al objeto de negar que en la obra que entienden combatir, pueda inspirarse la dirección espiritual de una juventud, ni la educación de un país. No se trata, pues, de conceptos que hayan sobrevivido al que va a expresarlos, por afán de publicidad, ni por móvil alguno que aduzca pasión o cualquier otro elemento extraño al tranquilo y acaso severo cumplimiento de un deber de cultura; que es decir, de civismo.

 

Nos han dicho que otro Maestro afirma que la obra del señor Gagini debe nutrir las preocupaciones, las inquietudes de la actual generación; y como hemos encontrado que esta obra es pobre de ciencia, de filosofía, de inspiración, nos proponemos demostrarlo, muy respetuosamente. Con lo cual tal vez expresemos, en parte, el sentido de las corrientes centrales del alma de toda una juventud, ávida del consejo y la sugestión, de nuevos y más vigorosos Maestros.1

 

METAFÍSICA Y CIENCIA

 

"De modo, pues, que mientras aquí quienes no hacen ciencia ni filosofía desdeñan la metafísica, los que en Europa y América hacen la ciencia y la filosofía la tienen en la alta estima a que ella es acreedora"

 

"Algunos espíritus débiles, creyentes en la sociología vulgar que asigna al último siglo caracteres de industrialismo y codicia esenciales, y ausencia concomitante de religiosidad y tendencias metafísicas; algunos epígonos del positivismo comtista, del spencirismo o del criticismo de Kant, se atrevieron, durante largo tiempo,  a lanzar insustanciales requisitorias o furiosas imprecaciones en contra de los estudios metafísicos, mirando como definitivamente muertas las altas preocupaciones religiosas de la humanidad, desprovistas, según se llegó a decir, de todo valor racional. Se produjo, para mengua de la literatura filosófica, un género híbrido, declamatorio y pseudo-científico, algo así como una escolástica experiencialista , que arremetió sin respeto, sin arte y sin originalidad, contra los grandes maestros y las ilustres tradiciones del pensamiento humano".2

 

El reino hominal

 

En el primer capítulo de su folleto, ensaya el señor Gagini la restauración de buena parte de las conclusiones que en hora ya distante pretendió asentar la sociología genética. O mejor decir, de las conclusiones con que en vano se pretendió constituirla. Lo cual denota ignorancia de que todas ellas cedieron pronto al impulso de su misma inconsistencia. De que, derrumbándose, dejaron expuesta a plena luz, ante el menor severo análisis, sobre el hacinamiento de escombros, la imposibilidad de edificar una ciencia de los orígenes de la sociedad y de la civilización, dentro de las delimitaciones del positivismo. Ya que la evidente verdad es que en este instante recobran su sentido de desconcierto las palabras con que Kovalevsky traducía el estado de las cosas existentes den el momento en que se intentó sistematizar una embriogenia social.

 

No hay una vía abierta a la sistematización, entre el prodigioso conjunto d hechos y de teorías, -más que complementarios, contradictorios- relativos al estudio del pasado prehistórico dl hombre.3

 

Cuando menos, los métodos de las disciplinas sociológicas no la descubren.

 

Cuanto a los problemas que el señor Gagini juzga resueltos, como por relación a la mayor parte de las que integran el objetivo de la Sociología, ésta, por obra de necesidades inherentes a la evolución de los conocimientos, encuéntrase casi en el mismo estado de vaguedad que presentaba antes de los trabajos de Comte y de Spencer.

 

Una premisa indispensable del "ensayo sobre el pensamiento y la vida social prehistóricos", era la afirmación de un principio de continuidad entre biología animal y la humana. En consecuencia, ella es también el punto de partida del señor Gagini, quien sigue fielmente las huellas del derrumbamiento. Punto de partida falso de toda falsedad, porque no es posible sostener el principio en la hora actual. Menos aún, apoyara en él la anticuada explicación de Vani acerca de la sociabilidad humana.

 

Porque "no puede mostrarse una continuidad de desenvolvimiento, de las prácticas sociales de los animales a las prácticas de la sociedad humana".

 

Entre los animales superiores y el hombre, -dice el señor Gagini- no existe ya el abismo que las palabras instinto e inteligencia habían abierto: la diferencia es únicamente de grado, etc.

 

Como el señor Gagini habla en el pasado, tiene ante sí las perspectivas de la época en que el abismo desapareció... en la ilusión de los cientistas, frente a los cuales permanece el abismo poblado del misterio a que pudieron penetrar, hace siglos, los alquimistas y los filósofos del fuego.

 

La ciencia del día, sino con toda la majestad que asumirá horas más tarde, restablece no obstante al hombre en el dominio de un reino exclusivamente suyo: el reino hominal de los filósofos medievales. Gasset concluye con Halleux que:

 

 "cabe atribuir al hombre una  naturaleza especial, caracterizada por el poder de abstraer y de razonar conforme a principios generales".

 

"Poder que crea entre el hombre y el animal, no una simple diferencia de grado, sino una diferencia de esencia"

 

O en las palabras de Dealey  y Ward:

 

"el instinto para el mundo animal, en general, la razón para el hombre solamente".

 

"La substancia está adherida a la esencia; la sustancialidad, pues en sí no es variable, luego no es posible que la esencia se diversifique en lo que no es diversa."

 

La biologie humaine doit éter aussi distingue de la Biologie Animale, que celle ci l`est de la Biologie Vegetal.

 

No declara, con todo, nuestro personal aserto que sea esencial la diferencia entre los animales y el hombre. Si no que, no por ser de grado, como lo que establece el señor Gagini, reduce la distancia entre ambos al punto de autorizar la afirmación de una continuidad que explique la naturaleza y la evolución de la vida social humana.

 

Nada se asevera en cuanto a la magnitud de la diferencia, con decir que es de grado, como son todas las que nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia reconocen.

 

Entre uno y otro grados,  -sea cualitativo o cuantitativo el criterio de distinción- son tantas, tan complejas las diferencias, que el parangón de dos objetos o dos hechos, aún semejantes, a poco de ser profundo nos descubre la contemplación del universo.

 

La asimetría, por ejemplo de las curvas de distribución en las mediciones psicológicas, inconformables con las curvas teóricas de la ley de Gauss, le presenta al señor Gagini, -psicólogo- una noción bastante objetiva del valor, a veces infinito, de las pequeñas diferencias.

 

De grado la diferencia entre los animales y el hombre, pero en el límite que los separa se desenvuelve toda la civilización, como entre una y otra de dos vibraciones, todo el universo.

 

Porque no se contiene la civilización en el vacío de las expresiones con que el señor Gagini pres

CUARTELES Y ELECCIONES

 

 No vemos estos asuntos con los ojos de los políticos. Los vemos con los ojos del ciudadano interesado en afanes de construcción cívica.

 

El tono de voz del señor Presidente es el que nos gustaría aprecia cada vez que el Presidente habla. Palabras destellantes de fe deben ser las de los Presidentes, palabras claramente reveladoras de la disposición valerosa a aceptar grandes responsabilidades, palabras que  constituyen interpretación del superior significado de las instituciones del país. Que cuando el ciudadano escuche la voz del Presidente, sienta confianza; que se alegre de pertenecer a una nación bien gobernada; que reciba estímulo para el cumplimiento de su deber; que esté seguro de encontrar en el gobernante el mejor ejemplo.

 

El señor Presidente confía en la lealtad de los militares y al expresar su confianza se constituye en garantía de tal lealtad. Actitudes semejantes las asumieron en ocasiones los hombres más grandes. Es decir, actitudes definitivas, sin la menor vacilación y abiertas generosamente hacia los mayores sacrificios.

 

Adviértase que de manera tácita el señor Presidente ha hecho una afirmación importante: no tenemos carrera militar, pero tenemos honor militar. En la situación de Costa Rica es lo último lo que importa tener.

 

Orgullosos pueden sentirse quienes prestan servicios en los cuarteles de la República, después de las palabras del señor Presidente. Ellos las han inspirado. Ellos las justificarán. Nadie podría ser tan mezquino que intentara convertir aquellas palabras en recitación de comedia. Nadie dentro, ni fuera de los cuarteles. Si el militar fuera traidor digno de todos los oprobios, el  político sería dos veces traidor, ya que el político pretende ser el creador de las instituciones.

 

El Presidente confía en sus hombres de armas, de igual manera que confía en los ciudadanos empeñados en la lucha eleccionaria. Y si en las palabras del Presidente se desliza un llamamiento, no se dirige éste precisamente a los militares, sino al espíritu cívico de los costarricenses. Que nadie sienta temor ante las armas de los cuarteles, pero que nadie sea tentado a disponer de ellos siniestramente.

 

El Presidente confía en las mismas fuerzas imponderables de que habla: el honor, la amistad, el civismo, la lealtad. Reconoce así que hay en él un poder privilegiado, puramente moral, capaz de ser ejercido eficazmente. Tal es el principio que podría ser nutrimento espiritual de toda la actuación de los hombres de Estado, una vez que éstos estuvieran dispuestos a sentir que pueden ser verdaderos constructores de pueblos. Una vez dispuestos a aceptar el sacrificio de considerarse como apóstoles del credo de una nacionalidad dentro de la civilización; y una vez convencidos de que si hay en ellos real grandeza, ésta debe ser síntesis, siquiera por un minuto, de un proceso de la historia de un pueblo.

 

Nos es difícil concebir al Presidente funcionario. Es y ha de ser depositario del poder, pero sería hermoso que aspirara a alcanzar un más alto valor, el de depositario del espíritu de la nación.

 

No nos colocamos en ese punto, desviados de la realidad por fugaces impulsos de sentimentalismo. Al contrario, buscamos dentro de realidades más altas que tangibles, el sentido heroico de la misión presidencial. Cuando menos, es ésta una manera de desear que aspiren a ejercerla los muy grandes y solo éstos.

 

Buscamos que el presidente sea un hombre en alguno de los excelentes conceptos que la palabra guarda. Pensamos en la palabra hombre como si estuviese colocada en una altura a la cual no pudieran llegar, con su cortedad de alas, las vanidades del matonismo, ni las concepciones egoístamente estrechas de la vida. Pensamos en esa palabra cuando expresa una idea como la que quería significar Clemenceau al aplicársela a Demóstenes.

 

El hombre enlaza de algún modo las capacidades de la visión y las capacidades de la acción. Las primeras le marcan rumbos; las segundas le señalan responsabilidades; aquéllas le dan fe y éstas fuerza; las unas le encienden la ansiedad de lo porvenir, y las otras le despiertan el valor de afrontarlo dignamente y con igual serenidad y sabiduría en la tragedia que en la paz.

 

Lo que el señor Presidente ha dicho es, en otras palabras: el cuartel, la fuerza, la espada, soy yo. Es decir, la lealtad que les inspiro a los hombres de honor y la confianza que, por merecerla, les tengo. Vienen en quedar así las cardinales instituciones de la República apoyadas con todo su peso de cosas grandes y tradicionales, en algo que es tenue como la seda de un estandarte: un sentimiento. ¡Un sentimiento de honor!

 

¡Quiera Dios que siempre sea resplandeciente!

 

¡Quiera Dios que para los costarricenses él esté por encima de los aceros que hieren cuerpos y por encima del oro que hiere almas! ¡Como basta un vuelo para llenar de armonía el paisaje de una tarde, basta ese sentimiento a hacer la grandeza definitiva de una nación!

                                                                                                      

Septiembre, 1927

  

LA POLÍTICA Y LA ESCUELA

 

 

Mi buen amigo:

 

Me pregunta usted qué pienso acerca de la "Circular" que el señor Secretario de Educación nos ha dirigido s sus subalternos con motivo de estar iniciadas las actividades políticas previas a la renovación del personal de los Poderes Públicos.

 

Como la cuestión atañe a las que caen en el dominio de mi trabajo, debo dar una opinión, aunque me encuentro en el caso penoso de diferir del criterio del señor Secretario de Estado. Las diferencias de parecer se contraen a algunos aspectos de la "Circular", no a todos los conceptos que contiene, si bien el señor Secretario se apoya en la ley, y mientras ésta sea la ley y se aplique bien, es preciso cumplirla.

 

No está allí lo que en éste, como en otros casos, cabe lamentar, sino que no suela aplicarse la ley en todas las direcciones que ella contempla. Las circunstancias se inclinan con frecuencia a favorecer la aplicación de la ley cuando ésta cohíbe al funcionario, mientras estorban la aplicación cuando la ley lo beneficia. Y dejo constancia de que es fácil demostrar tal afirmación.

 

"Todos tenemos entendido, -dice el señor Secretario- que el colegio y la escuela deben ser absolutamente neutrales en las luchas políticas."

 

Dice bien. Y las razones de ese común asentimiento da con claridad la "Circular". Solo que el común consenso no parece ser una firme inspiración filosófica.

 

Es verdad, la escuela como escuela, y el colegio como tal, no pueden enarbolar bandera política alguna que no sea la de la nación, a menos que hubiese un más alto pabellón, el cual, flameando en los mástiles, simbolizara la concordia de todos los pueblos.

 

La escuela no puede ser jimenista, ni congregar a los alumnos para instarlos a lanzar hurras a Echandi, ni hacer la defensa del General Volio. El colegio no se pone divisa en las solapas, ni distribuye hojas sueltas en la calle, ni concurre a  gritara las ovaciones.

 

Pero ni escuela ni colegio deben encontrar el menor obstáculo en el esfuerzo por reconocer y expresar el trascendente sentido político de sus finalidades.

 

Y hoy es imperioso sobre manera la necesidad. Las exigencias de las aspiraciones en que la nueva escuela forja la concepción de sus propósitos, la conduce a identificar el objeto director de sus finalidades con la capacitación de la sociedad para el superior desenvolvimiento de las grandes aspiraciones humanas, en cuanto éstas se incorporan a las vitales necesidades de cada país, y en tanto como las escasas posibilidades de las correlativas disciplinas científicas permiten determinarlas.

 

Dentro de tan amplia estructura, la consideración del problema político de cada nación asciende a un lugar predominante.

 

La escuela y el colegio deben sustentar un criterio definido acerca del valor de la ciudadanía, y una aspiración determinada que sirva de oriente a la tarea educativa en el propósito de vincular aquel concepto a la experiencia que los alumnos adquieran con respecto a la significación de su vida ante los requerimientos del bienestar del país.

 

Y digo experiencia, -no solo porque para el entendido la palabra excluye delicados problemas- sino porque así quedan frente a frente la escuela que hace ciudadanos con solo enseñar a leer y a escribir, y con meras prédicas de añeja doctrina democrática y con lecciones memorizadas de Instrucción Cívica, y la escuela que, suscitando la eclosión de vocaciones, sugiriendo ideales, creando ambiente para la expresión de la iniciativa y el ejercicio de la cooperación, pone en contacto íntimo y fecundo, dentro de actividades reales, la vida del alumno y la vida del país.

 

Lo otro, lo de encender en las aulas la lucha de partidos, insisto en que no es posible. La urgencia más imperativa al respecto, parece ser la de que el maestro y el profesor respeten profundamente la opinión del alumno. Y toda desviación que sufriera por razón de disensiones políticas la justicia del maestro o el profesor, debería merecer de la ley severa de sanción.

 

Pero no puedo convenir, - aunque justifique la necesidad de acatar el precepto legal- en que los derechos políticos del maestro y del profesor queden reducidos, como las del gerdame, a la "libre emisión del voto personal en el momento oportuno".

 

"Cualquiera otra manifestación política, -previene la "Circular"- se considerará violatoria de las disposiciones de la ley y sujeta, por tanto, a sanción legal".

 

¿Qué lógica hay, pregunto, en haber invitado a maestros y profesores a contribuir al pago de la última deuda política, y en haber recibido sus contribuciones, si se desconoce totalmente la libertad de emisión del pensamiento que la Constitución proclama y que, por sobre ella, la dignidad de hombre y el ministerio que ejercita, reclaman del maestro y del profesor?

 

¿Qué hombres, qué patria, qué ciudadanía, qué democracia, qué obra, en suma, -que no sea toda ella sombra- puede formar un esclavo, atado a las norias del Estado, en las cuales quedará cuando en la sangre del maestro no tuvo fuerza para transformarse en luz? Y quedará todo, porque la esclavitud, que tiene vientre de mula, no es capaz de dignificar nada.

 

No comprendo que un trabajador de las aulas no pueda asistir a una reunión política, ni contribuir, -siquiera con algunos céntimos- al sostenimiento de un partido, ni firmar un pliego de adhesiones, ni contestar a quien quiera saberlo: "soy reformista" o lo que sea.

 

Comprendo que el maestro y el profesor no se consagren a la propaganda, comprendo que no agravien, -en ninguna forma- al adversario, que rehuyan el ambiente del club y del corrillo y que cualquier intervención que tengan en la política la hagan distinguiéndose por la cultura de que se revista. Comprendo que, dadas las manifestaciones ordinarias de la lucha política, en la plaza,  prensa y club, no sea conveniente que el maestro exprese allí su opinión sino ha de ser para contribuir al esclarecimiento de cuestiones doctrinarias, y ojalá con ánimo, cuando su preparación se lo permita, de evitar la acción de los odios, la obra de la mentira y el triunfo de la vulgaridad.

 

Comprendo que el maestro no deba motivar con su actitud  la rencilla con el vecino, ni menos si éste es el padre del alumno. Y hasta comprendería que no fuera conveniente que en la misma localidad donde trabaja diera en público sus pareceres, sin quedar cohibido para manifestar, en otra, su opinión sobre tal o cual problema del país relacionado con la política. Es decir, comprendo que se procure evitar que la conducta del maestro lance contra la escuela los odios de la calle y que él contribuya a acentuar, con el suyo, el ejemplo nocivo que en la plaza recibe el alumno.

 

Comprendo también la seria dificultad de dictar disposiciones que produzcan la debida conciliación del ejercicio de los derechos políticos del maestro, con la índole especialísima de las funciones que cumple.

 

Comprendo también que no solemos poseer la preparación que ello requeriría; pero, no obstante, juzgo que se anuncia en el mundo la hora, para beneficio de la política misma, en que el espíritu con que estas cuestiones se dilucidan y dirigen, debe transformarse en solicitud de una mayor armonía con la realidad. El maestro está llegando a ser, cada día más, el progenitor de las reformas sociales.

 

¿Cómo puede ser así que tenga derecho de opinar sobre educación, en la tribuna política, cualquier ganapán, y derecho de combatir al maestro y de desacreditar la escuela, y que el maestro y el profesor no deban opinar ni puedan defenderse?

 

¿Cómo puede ser que tenga derecho de opinar sobre educación don Rafael Iglesias, y no la tenga don Fidel Tristán?

 

¿Cómo puede ser que si alguien me pregunta por qué creo que la causa de la escuela pública está bien garantizada con el triunfo de tal partido, tenga yo que responderle que no puedo contestar, o excusar el silencio con el clásico catarro de la zorra?

 

 

APÓSTOLES DE FERIA

 

 

Voy a sintetizar la respuesta que ha dado don Luis Castro Ureña en "El Republicano" de ayer a los cargos que parte de la Prensa y mi pluma le han hecho, y a comentarla también.

 

Es falso "que yo he dicho en el Congreso que todos los obreros son una manada de ebrios."

 

Es falso que yo lucho ante la representación Nacional porque los patrones puedan explotarlos a sus anchas.

 

Sé de donde procede la infamia y adonde va dirigida.

 

Se me cree simpatizador con las ideas del Partido Republicano y piensan los que me difaman que hiriéndome a mí, lo hieren también de rechazo.

 

No es del caso de indicar mi afiliación política, que sea cual fuere, lo que hago o manifiesto, solo a mí me es imputable.

Mi norma de conducta no tiene que afectar al partido de mi predilección.

 

Soy amigo, compañero y camarada de los obreros y trabajadores costarricenses cuando ellos son honrados, pundonorosos y correctos; pero de ninguna suerte puedo convertirme en paladín de los que, por sus vicios, no son acreedores a la estimación de sus conciudadanos, sino apenas a su compasión y lástima.

 

He sido y soy artesano; tengo amistad sincera con multitud de obreros y trabajadores a quienes nunca he pedido su voto para nada, pero no puedo mentir para conquistar aplausos inconscientes que solo a los necios halagan.

 

En Costa Rica no hay tal opresión para los trabajadores: el obrero, peón o dependiente, bueno o idóneo, es mimado por los patrones.

 

El único enemigo del obrero bueno, es el obrero malo.

 

He pintado las escenas inmorales que ocurren en la Línea los días de pago, en que la mayor parte de los obreros se entregan a la bebida  hasta concluir con el sueldo y he deducido en consecuencia que menudear los días de pago es multiplicar las ocasiones para que el brasero se sumerja en el vicio con daño suyo, de la familia y de las fincas donde trabaja.

 

Jamás podría yo, viejo luchador por las libertades patrias, abogar por la explotación indebida que los patronos puedan hacer en sus trabajadores.

 

Soy finquero1; y ningún peón mío puede decir que yo soy un patrón inhumano o desconsiderado.

 

"...Y como reconozco que es un deber apremiante de todos los costarricenses procurar por cuantos medios estén a su alcance, el mejoramiento de la patria común, aprovecho este medio para excitar a los buenos amantes del bienestar y progreso de ellos, para que todos juntos, de consuno, establezcamos una escuela nocturna de obreros, a fin de fomentar la cultura intelectual, moral y física de éstos y la nuestra también".

 

Desde luego suscribo con  lo siguiente con el plan que propongo, ¢ 30 semanales para ayudar a todos los obreros del país, hasta que llame así a algunos o a uno solo de los que lo son, para que pueda yo decirle que los miembros de los Poderes Públicos no tienen derecho a escarnecer una desgracia que han contribuido a crear, o que por lo menos no han sabido disminuir, como es de su obligación y mucho menos si el cargo puede rechazar y traer  en su regreso la agravante de que los hombres que han recibido una educación completa, al punto de pretender dársela a los demás, están mayormente obligados a conservarse libres de la acción perversa de los vicios.

 

¿Cuándo ha trabajado el señor Castro Ureña, en sus campañas de viejo luchador, porque el Gobierno no le venda licores a los obreros y busque otros medios más conformes con su pretendida finalidad para sufragar los gastos no siempre necesarios de la administración pública? Ni, ¿cuándo, en alguna otra forma, se ha empeñado en contribuir a evitar que caigan en las cisternas del vicio a huir de los campos de explotación en busca de una alegría que amortigüe sus intensos dolores?

 

Es así, al contrario, que cuando surge la ocasión de procurar que les sea menos penosa su prolongada esclavitud, se vuelve airado contra ellos y los deprime y los insulta torpe y despiadadamente. Pues que es de tener en cuenta que si el trabajador se embriaga se debe ello a que en medio a las torturantes privaciones de su existencia alquilada, el licor se reofrece como un placer muy barato, al cual no es capaz de hacerle frente su pobre voluntad debilitada por las penurias que sufre el cuerpo ni su razón llena de sombras. Y el vicio entonces lo arrastra pendiente abajo con daño propio, de sus familias y de sus patrones tan bondadosos y justicieros de esta tierruca, entre los cuales ha de incluirse, sin duda, a un riquísimo industrial que no ha muchos días exclamaba con el más repugnante cinismo: "son una partida de bandoleros que no han hecho más que robarme". Siendo así, que a estas horas él guarda en sus arcas cerca de ¢ 90.000, y ellos, hombres todos honorables, apenas si logran reunir cada día lo necesario para proveerse de la peor alimentación.

 

Cierto es que don Luis no lucha ante la Representación Nacional, de un modo sistemático, porque los patrones puedan explotar a los obreros a sus anchas; pero no lo es menos que sus primeras labores han sido de contribución a las iniquidades que con ellos comete la empresa frutera  de la Línea y las compañías mineras de la región del Pacífico. Y ésa no debe ser nunca la tarea de un artesano, amigo sincero de los trabajadores, que quiere fomentar la cultura física, intelectual y moral de los obreros y salvarlos de las miras sospechosas del libertarismo fingido. Una buena comprobación de sus palabras habría consistido en escoger el proyecto reinvindicador de Peralta con el entusiasmo que le dedicaron otros diputados que no son ni han sido nunca paladines de la libertad.

 

En cuanto a que se sabe de dónde proceden y a dónde van dirigidas mis palabras, he de decir que proceden de lo más hondo del corazón y que van dirigidas hacia la cumbre esplendente en que florece el más alto ideal de justicia. Tanto se remontan, que no podría seguir sus vuelos la mirada de don Luis empañada por los intereses transitorios y estrechos de la política que ofrece enseñar en sus conferencias.

 

No he pensado herir directa ni indirectamente al Partido Republicano, uno de cuyos miembros prominentes, por cierto, fue el primero en felicitarme por mi modesto artículo anterior.

 

Nada tengo ni quiero tener que ver con ningún partido político, porque pienso que los verdaderos intereses de los pueblos nunca alcanzarán satisfacción dentro de la zona de la política, que, para decirlo francamente, constituye una industria vulgar, fomentada por unos pocos profesionales,- aristócratas o republicanos- ,- como un medio holgado de vivir sobre los flancos de la sufrida inconsciencia de las mayorías.

 

Los partidos son los partidos, los candidatos son los candidatos; las aspiraciones efectivas de los pueblos y la senda en que ellos encontrarán la conciencia absoluta de sus deberes y el reconocimiento pleno de sus derechos, están a mucha altura por sobre esas oquedades tenebrosas donde se refugia el egoísmo de los hombres sin ideales amplios, que no comprenden la progresiva realidad de la emancipación proletaria, como obra hermosa del propio esfuerzo, valiente e incontrastable, de los trabajadores.

 

La política perdió ha tiempo sus prestigios ante mi ánimo, precisamente por las inconsecuencias de los hombres que la profesan. El hacer notar para bien de los obreros, uno de sus males, fue acaso lo que más me decidió a exhibir la actitud del Sr. Castro Ureña. A más de que no puede inferírsele a mi juventud la burda ofensa de creerla interesada en explotaciones a los obreros. Bien le consta a muchos de ellos que más de una vez he reprobado con suma franqueza ciertos defectos suyos, con el resultado de que se vayan disgustados conmigo, así como ocurrió con motivo de una conferencia que tuve el honor de dictar en la "Sociedad de Trabajadores".

 

Quería tratar con detenimiento lo de que no hay opresión patronal en Costa Rica. Diré hoy que la simple existencia del patrón no implica una violencia ejercida sobre el obrero sin justificación alguna. Si para el señor Castro el único enemigo del obrero bueno es el obrero malo, para mí, entre otros enemigos, es siempre, y  de la peor clase de patrón aunque sea un sano obrero bueno y al obrero malo los considero hermanos.

 

 

 

NUESTRA POLÍTICA

 

 

Somos de los descreídos de la época. El desencanto ahogó la fe que en otras ocasiones hizo estandarte de nuestras luchas los principios proclamados como necesarios para evolucionar en todos los órdenes.

 

El continuo chocar de las pasiones en las lides de la idea y el combate rudo de los intereses en los campos del principio, nos arrebataron la fe en los grandes hombres; ahora solo creemos en los pequeños grandes hombres que son luminares encendidos en medio a las desdichas de la patria: nuestra ambición es amplia y no osa, sin embargo, remontarse a las esferas que son para los metalizados de hoy la constante visión, la obsesión eterna.

 

No somos revolucionarios; nuestro criterio aunque embrionario en esta suerte de labores, lo fundamentan ideas que excluyen toda ansia revoltosa y consolidan, en cambio, la esperanza en que ha de ser prolífica una tarea lenta y constante.

 

Somos evolucionistas; estamos convencidos de que nos compete realizar una tarea de prédica constante, amargada a veces por el grito de protesta y dulcificada en ocasiones por nuestro aplauso a lo que bulle agitado por el pensamiento nuevo.

 

No haremos, pues, lucha quijotesca contra las instituciones ni cruzadas de Tartarín contra los hombres; haremos discriminación de causas y efectos, porque vamos en la peregrinación de los buenos a la conquista de la verdadera vida, a la vida sin los artificios creados por las naturalezas negativas que contemplamos hoy tornados en pedestales; sabemos que tanto los efectos como las ideas necesitan  o un mínimo impulso que les permita cumplir su finalidad, o un corrosivo que impida su germinación; por eso nuestra obra será la de combatir prejuicios y defender ideales.

 

No desconocemos la evolución de las sociedades y por eso jamás se oirá en nuestras tribunas la grita injusta contra un orden racionalmente establecido; pero siempre que nos encontremos la dogmatización de un principio funesto, clamaremos contra él sin nimios temores ni consideraciones convencionales: antes bien, verteremos nuestra ruda franqueza en las cuartillas, y haremos que nuestra voz vibrante de cólera y esperanza persiga al mal en todas sus guaridas.

 

Haremos labor de higienistas.

 

A pesar de los múltiples decires ofensivos que provoque nuestra actitud; a pesar de las furias del canallaje; a pesar de las fanambulescas maquinaciones de la degeneración que nos combata, nuestra actitud será firme, franca y decidida; será valiente aún cuando broten en torno nuestro tormentosas iniquidades, para vencernos, y será así hasta a tanto se purifique el ambiente que respiramos y huya espantada la asfixia que nos agobia.

Podemos dar treguas, podemos retirar las tropas, pero no podemos borrar de nuestra mente la razón que nos impulsa, ni es posible que se aleje de nuestro espíritu la esperanza que nos guía.

 

2. ENSAYOS CRÍTICOS

 

 

 

En esta sección incluimos ensayos ideológicos, donde el autor expone sus ideas, sus análisis, sus conclusiones  sobre una temática variada: educación, sociología, pedagogía, política, etc. Son de confrontación de ideas pero la profundidad con que trata los temas los ubica dentro del género ensayístico. Casi no escapa al autor problema alguno que ocupe el pensamiento de los filósofos, psicólogos, pedagogos, sociólogos del momento. Es como una esponja que absorbe las ideas de los más diversos pensadores, las masculla, las digiere y las comunica renovadas, inspiradoras, llenas de su fuerza creadora.

 

Omar Dengo no fue sino un hombre que anhelaba ser bueno. Algunos han querido ver un filósofo, un pensador, un santo, un idealista, un reformista, un claudicante, un cristiano. Quizás de todo ello se alimentó. Pero escapó a esas etiquetas y se refugió en el apostolado de la educación. Esta fue su gran ilusión, la razón última de vivir, su gran pasión.

 

Este insigne maestro creía, como nosotros ahora, que la educación era el único camino que tenían y tienen estos pueblos para arribar al porvenir, el sueño del futuro de don Omar.

 

La educación abre al hombre y de la sociedad la ventana de la civilización, la cultura; es la luz que ilumina como la aurora el paso de la ignorancia hacia el saber, el conocimiento, llaves que permiten al hombre ingresar en el progreso, la libertad, la justicia, el bien. Omar hace de la educación el puente entre esclavitud, pobreza, incertidumbre, oscuridad, tinieblas y el porvenir lleno de fe ideales, riqueza espiritual y material, luz, felicidad, amor, y belleza.

 

No en vano se enfrentó a los politicantes de turno, a los ricos egoístas, a los que querían caminos terrestres para transportar sus productos al mercado (mercaderes), sin comprender que el primero y más importante de los caminos para el progreso era la escuela. No titubeó en exaltar a los grandes hombres del mundo, Emerson, entre otros, pero también rechazó al mercader gringo que venía a espolear y esclavizar nuestros pueblos con contratos desiguales y ávidos de riqueza, sin importarles a ellos y los vendepatrias nuestros, la pobreza de nuestros pueblos, antes como ahora.

 

 

 

ECONOMIZAR EN ESCUELAS ES ECONOMIZAR EN CIVILIZACIÓN

 

 

Razones de economía, nada justifican. Economizar en escuelas es economizar en civilización, y ningún pueblo de la tierra tiene derecho a hacerlo. Gastar pródigamente en educación, no es una cuestión de finanzas, sino una cuestión de honor, de decoro nacional. ¿Se quieren, por ejemplo, buenos caminos?, pues hay que abrir caminos de luz en el alma popular para que circulen por ellos la iniciativa y el desinterés, y entonces los caminos invisibles se plasmarán en la tierra ávidos de encauzar energías. Podréis objetar como criterio de economistas  que el problema educacional es económico, y yo responderé con credo de maestro de escuela que el problema económico lo es, fundamentalmente, de cultura; y para saltar sobre florentinas consideraciones, diré, además, que el inextricable entrelazamiento de esas interferentes realidades sociales, se aclara con solo reconocer la preeminencia, en la naturaleza y en la historia, de la energía, de aquello sutil, revelado en el orden moral por las virtudes que el individuo expresa como sacrificio en las horas supremas, y que, iluminadas de videncia, integran la gloria epopéyica de los pueblos.

    

Digo todo eso, sabedor de que no poseo la representación social e intelectual que en nuestro país conquista la sólida politiquería, pero con el derecho que otorga la generosa confianza de una juventud para la cual debemos desear y edificar sobre pasiones y miserias, una patria que, cual el cafeto de la antigua moneda, "¡libre, crezca fecunda!".

 

Si existiera el fracaso de la escuela costarricense, no sería el fracaso de un grupo de hombres, blanco o negro, ni el de un sistema de ideas, viejo o nuevo, sino el fracaso de la cultura del país. Pues, que si la escuela ha de ser instrumento maravilloso de creación de lo porvenir, debe poseer aptitud para el trabajo que se le confía y debe ser usado conscientemente.

 

Educando niños para la vida del egoísmo, se atenta contra el equilibrio social, se propende a dificultar la convivencia.

 

La escuela debe ser nacional. La nación es una realidad. La escuela que niega la realidad no es una escuela. Pero la nación es una realidad como la familia y la humanidad. Y la realidad el  resultado de una esperanza. Y el mañana, el fruto de hoy sumado al de ayer. La humanidad ha de prevalecer sobre todo lo demás, como razón última. ¡Ay de quien deje de ser italiano! ¿Pero, se puede ser italiano dejando de ser hombre? ¿Se quiere una escuela italiana? Hágase una escuela profundamente humana.

 

Si se nos educa, en armonía rigurosa con la ley que rige nuestro desenvolvimiento, no pronunciaríamos nunca palabras de pesar por no haber tenido a nuestro alcance en una hora de jornada la luz de que en otra hora disponemos para seguir adelante.

 

 "Hemos olvidado que los conocimientos deben ser agentes de autonomía espiritual. Que la instrucción debe constituir alrededor del estudiante un ambiente lleno de oportunidades para el independiente ejercicio de la propia individualidad, transformarse, enriqueciéndose, a la presión de inquietudes, devociones e iniciativas del alumno".

 

El estado social obrero en nuestro país reclama de manera urgente la creación de un centro educativo que venga a concentrar las actividades intelectuales de los artesanos, sobre una base científicamente sistematizada, en la que se refiere al aprendizaje de los oficios con que ellos aspiran a engrandecer su vida y la vida nacional.

 

 

ESCUELAS, CAMINOS...

 

 

Nos refieren que en el Congreso, o en algún otro lugar, se ha declarado que hay opiniones capaces de aconsejar la clausura, por algún tiempo, de colegios y escuelas, a cambio de dedicar  el dinero nacional que consumen, a construir y reconstruir caminos. Las escuelas pueden ser los mejores caminos, y no en ficción, sino de manera real, puesto que sirviéndole de vehículo a la cultura, le sirven de herramienta al progreso en todas las fases. Pero no lleguemos directamente a las objeciones.

 

No creemos, en verdad, que haya quien, a sabiendas de lo que diga,  pueda emitir pareceres semejantes, ni menos entre diputados o periodistas, por mucho que ellos comportan el derecho de opinar acerca de todo asunto, sin tener la obligación de ser entendidos en ninguno especialmente. Ni podemos creer que lo haya en el actual Congreso, el cual ha probado, sin alteraciones, ganando así más prestigios, el presupuesto de educación pública; y donde opiniones como la supuesta, ofenderían el esfuerzo de hombres allí presentes, y de otros que lo están espiritualmente, como manes de la casa de leyes, en virtud del honor que en la vida conquistaron por su actuación de hombres públicos. Algunos de ellos, por cierto,

con el lema de "escuelas y caminos", iniciaron una obra eminente de administración.

 

No creeríamos tampoco que u maestro de escuela, no obstante los fracasos del parlamentarismo, se atreviese fácilmente a declarar, desde las aulas, la conveniencia de cerrar el Congreso para edificar con lo que asume, más y más escuelas y trazar caminos. Y acaso el maestro que lo hiciera sería más prudente que el opinante del caso.

 

Si comprendemos y hasta admiramos que un Papini tenga el valor de exclamar: ¡Cerremos las escuelas! "¡Chiudiadano le scuole! Codeste publiche architetture sono di malaugurio: segni irrecusabili di malattie generale" Por esto lo comprendemos y admiramos. Su voz clamó no sólo contra las escuelas, sino contra las prisiones, los conventos, los parlamentos, loa hospitales los manicomios, etc. Mas la voz que clamaba era genial y en su estridencia se cernía, pesimista o radical, pero siempre superior, a la ansiedad de una plena renovación social. Pero esto otro de decir "ciérrense las escuelas", como se diría "cierre el paraguas", apenas les cosa pueril.

 

¿Por qué darle importancia al decir? Cuando la historia al uso de los cables, nos enseña que el mordisco de un mono en una testa coronada puede plantear un problema europeo, ninguna cautela resulta excesiva ante las cosas nimias. Y estas palabras, a nadie ofendan.

 

Se asegura con prolija frecuencia que el estado general de la enseñanza es malo. Supongámonos enterados de lo que significa estado general, y pasemos a sugerir ciertas observaciones al respecto.

 

La afirmación se ha hecho siempre y en toda parte y lugar. Quizá ninguna institución haya sido ni sea tan combatida como la escuela. Lo explican razones concernientes a su naturaleza que, definida, o no por la escuela misma como social, es social. La más antigua escuela individualista, en el sentido pedagógico, y la más moderna escuela socializada ocupan, en ese propósito, idéntica posición desfavorable.

 

La discordancia -que es desequilibrio- entre las finalidades sociales de la escuela y los resultados sociales de ésta, aclara muchas de las causas de la lucha que permanentemente la asedia. El gobierno se encuentra en posición similar y por motivos de la misma índole. Y quizás diríamos que toda institución, dado que siendo la crisis situación de desequilibrio, y siendo éste resistencia constante y necesaria a la final determinación de todo progreso y requisito de la definida transmutación del mismo, parece que la lucha contra ellas fuese exigencia del natural comportamiento de las instituciones. (La doctrina sociológica de Mazel, en su afirmación de la sinergia social, resulta bien interesante en esta relación).

 

La historia de la educación muestra a la escuela en lucha incesante. Y se acentúa tratándose de ella el importante fenómeno, porque ninguna institución se refiere más amplia ni directamente a los intereses humanos en cuanto de algún modo son interpretados y en lo que exhiben así de más elevado como de más bajo, dentro de cualquier concepción. Habrá que repetir que el problema de la escuela, como el del hombre, es el hombre. Como al filósofo, nada que ataña al hombre le es extraño a la escuela. En el curso de su vida, siempre instrumento, adicta a las veces a un credo, prosélita de otro, disputada por el Estado contra la iglesia o por ésta contra aquél, inspirada en una u otra filosofía, por momentos en ninguna, confrontando este problema nacional o estotro problema, desenvolviéndose en un medio así o de otro modo, agitada, en compendio, por el oleaje de todas las mutaciones del pensamiento y de todos los movimientos de la sociedad, en el curso de su vida, queremos decir, la escuela flota como una bandeja al azar del tiempo. Al cabo, ¡Es bandera del espíritu!

 

En su interior, la agitación siempre. Aspiraciones, ideales, dogmas, yerros, verdades, dudas como las que lleva en la entraña, cual el titán ladrón del fuego, una vasta tragedia. Para dar la luz había, en cierto modo, que perderla, a semejanza de madre que muere bajo la aurora del hijo recién venido. La escuela para dar luz, la extingue en su seno, y es milagro que al darla no siempre incube en la llama el soplo que la apagará.

 

La escuela enseña; pero se sabe de toda certidumbre ¿qué es enseñar? ¿Se sabe qué hay que enseñar? ¿Cómo enseñar? 

 

Y digamos educar, y estaremos en igual caso. Y todavía, si intentamos establecer, con pretensión de firme acierto, de que sean, digamos realmente científicas, las relaciones entre ambos aquellos términos, con las necesarias y correspondientes consecuencias teóricas y prácticas, simplemente habremos logrado formular innúmeros problemas, de variado orden, cuya solución nadie que se tenga por sensato se atrevería a garantizar. Menos en esta hora de la historia del pensamiento. El campo de la educación, solicitado simultáneamente por tantas preocupaciones y tendencias, parece aquel mosaico de las ciencias sociales que se dijo alguna vez. Por supuesto que hay grandes corrientes directrices, pero en disputa de exclusivo dominio, como es natural.

 

Obsérvese que los más grandes trabajadores de la educación se levantaron, como Rosseau, no a cumplir la tarea de organizar la escuela, sino a tratar de marcarle un rumbo a la sociedad, a resolver sus grandes problemas, a modificar la conducta humana.. Y a veces, a la educación los condujo el problema metafísico en alguno de sus postulados fundamentales. En todo caso, ni de él ni de la sociedad pudieron prescindir.

 

 Continuadores de gran importancia, pocos hay. Reformadores son los más, si bien una línea tangente a las cumbres de los siglos engarzaría, en lo esencial, los más diferentes nombres y obras. No sería extraño que de Conmenio a Kerschensteiner, por ejemplo, hubiese en el pensamiento mil veces menos distancia que la que hay en el tiempo.

 

No concebimos una química de tal o cual sabio, extraña a la química conocida. Pero sí, y distanciados con más énfasis que el que establece diferencias entre dos corrientes de investigación científica, concebimos antagónicos y coexistentes tipos de escuela... que no vierten su experiencia en un conjunto común. O, si lo hacen, la sedimentación es demasiada lenta para que una ciencia de la educación pueda aprovecharse de los esfuerzos pretéritos, tan certeramente como se puede ir desde este investigador científico, a través de sus antecesores, hasta aquel otro. A más de que existen, por ejemplo, escuelas como la del viejo Tagore que, desaparecidos ellos, pueden continuar abiertas y llenas de estudiantes, pero sin ser las mismas. Ya que seguramente en ninguna otra zona destaca la ecuación personal, con mayor relieve, su trascendente significado.

 

Se hace más honda todavía la tragedia, cuando se piensa que la escuela enseña o ha de enseñar la verdad. ¿Cuál verdad? ¿La verdad azul o la verdad roja? ¿La de ayer o la de hoy? ¿la de Newton? ¿La de Einstein? ¿Deberá detenerse la escuela, mientras la verdad se conquista, como el viajero que espera el alba para continuar la marcha?

 

¿Habrá de enseñarle la duda sistemática, o el "hábito experimental de la mente" de los pragmáticos? ¿Habrá de ir al paso de los palafrenes del pensamiento en incesante rectificación del rumbo, como un piloto?

 

Cualquiera que haya de ser la conveniente actitud, el adoptarla suscita múltiples y complejos problemas, cuya gravedad tiende a crecer en la medida en que la actitud se estabilice. Ocurre algo semejante en la náutica del aire, donde el aviador al paso que asciende siente crecer su ignorancia, y cuando mayor seguridad requiere, menos la posee y más agresivos son los riesgos.

 

En esta hora la crisis de la educación es mundial. Como que la hora es de grandes crisis. Son muy visibles las razones para que urja precisarlas. En Alemania ha tenido instantes de ser cruenta. En Rusia, muéstrase fecunda en mitad de todos los desconciertos. En los Estados Unidos del Norte, el problema de la escuela se discute en vastísimas proporciones. En Inglaterra, como en Italia, aparecen bellas tendencias al renuevo. Los reformadores se levantan y resaltan su doctrina aquí y allá, en muchos países, al punto de que casi no sabemos de alguno de que sea insensible la agitación. El propio Einstein ha expresado su juicio acerca del problema educacional en términos que si no presumen señalada novedad, sí aducen nuevo vigor. Y si llegásemos al laboratorio de psicología pedagógica y de pedagogía experimental, pasmaríamos la activa elaboración de progresos más aptos cada día para trascender a la organización de la empresa educacional.

 

No querremos aludir a la que juzgamos más importante de las formas que la crisis asume entre nosotros, para restar la ocasión de que la lucha personalista asome su odio.

 

Importábanos hacer notar que hay en el  fondo de estos problemas y detrás de ellos, mil y mil otros, de los cuales solo alcanza a penetrar en el descontento con nuestras escuelas, la censura ciega contra el maestro o el profesor, con la aseveración implícita de que él es el culpable del estado de cosas adversado.

 

Lo otro sería deseable, vale decir, el intento de solución del problema completo, o el intento siquiera de revisión total, para plantearlo, del estado de la escuela. Mas, de ahí, por infortunio, estamos lejos. Los constantes denunciadores del malestar, nunca han sabido pasar de la superficie. Decía un escritor italiano que hay dos clases de lucha en pro de la escuela: la una por la luz, la otra por el repollo. Aquí estamos todavía enredados en la última.

 

¿Pero para qué volver las armas contra los maestros? Antes preguntémonos, siquiera brevemente, qué alcance tiene la inconformidad con el estado de la enseñanza. ¿Dónde están las investigaciones que permitan señalar la raíz del mal? ¿Quién las hizo? ¿Cómo? ¿Qué revelan? ¿Trátase de investigaciones técnicas, o de meras, fragmentarias indagaciones? ¿O se trata de opiniones personales, más o menos vagas, más o menos contradictorias, más o menos interesadas. Más o menos autorizadas? De otra parte, ¿Se ha oído a los maestros y se han compulsado sus afirmaciones? ¿Se han leído, oído, discutido sus informes, quejas y opiniones? ¿Se han ensayado los remedios por ellos propuestos?

 

El público parece ignorar que ninguno, de ordinario, se conforma menos que el maestro con el estado de las escuelas. Hay angustiosas quejas de los maestros en sus informes. Hay admirables observaciones, sugestiones fecundas, oportunos intentos de solución. Y por sobre todo eso hay, en muchos casos, hasta heroicos empeños de remediar el mal. Existe entonces, se nos dirá. Claro. Y el maestro lo sabe mejor que los demás, y busca con  afán, cómo demarcarle los límites, y, he aquí lo realmente grave, está casi solo contra todos en la faena dificilísima de desarraigarlo. Cómo será de importante, de imprescindible, este efecto, cuando en los mismos Estados Unidos, donde la cooperación realiza maravillas, lamentaba el Secretario de la Asociación Nacional de Educación, la falta que le hace a la escuela para dar lo que de ella se espera.

 

Saben los impugnadores del maestro ¿cuántas escuelas hay en el país, con cuántos niños y en qué condiciones físicas, mentales, morales, sociales? ¿Con cuántos maestros, con cuáles obstáculos, de toda especie, dentro y fuera del aula, localizados en el niño, en el hogar, en la comunidad, en la Junta de Educación, en la administración escolar, etc., etc.?

 

¡No! Inculpar al maestro y solo al maestro, es un error monstruoso. Tanto valdría imputarle a los empleados de aduana el decrecimiento de los ingresos por importación. Y al comparar así, dicho sea sin deprimir a nadie, pierde el maestro, porque no le cobran solo la merma de las entradas, sino todo el malestar económico; y porque condenado a ser un funcionario, lo es de tal manera que, sin haber adquirido un verdadero status profesional, se le trata como si lo poseyera y se le niega cuando le permitiría conquistarlo. Para exigirle responsabilidades, se le trata como a un apóstol y para darle lo que pudiera facultarlo para afrontarlas dignamente, se le trata cual a un miserable que de toda virtud y mérito careciese.

 

La educación, la escuela, es vasta y compleja obra social, en lo tanto, de cooperación. Desconocer la responsabilidad de cada ciudadano en ella, es obstruir el camino de las soluciones más serias. La escuela mala no es sino un signo inequívoco de una organización social, política y administrativa, mala también. Y atacar a la escuela en el momento en que pide dinero, para no dárselo, es  acusar un desconocimiento básico del problema. Negarle oro a la escuela porque por deficiente no lo merece, equivale a negarle agua a la tierra de cobradío pretextando que está agrietada de sequía. Los norteamericanos, que de hacienda y educación entienden de veras, casi solo  una gran solución le dan al problema educacional que la guerra les ha planteado: ¡dinero, dinero, dinero! Es un hermoso discurso el que pronuncia -por ejemplo- el Presidente de la Universidad de Colgate, Cutten, en la inauguración de cursos en octubre. Habla, a lo que parece, inspirándose en Adams, de la reconstrucción de la democracia norteamericana, pero por más que el concepto se eleve a las más altas consideraciones especulativas, se siente que no pierde de vista la corriente de oro puesta al servicio de la renovadora corriente de ideas.

 

Recordamos que algún educador pedía para las escuelas ideales, maestros ideales, planes y métodos ideales, pero también discípulos ideales. Padres de familia ideales podrían pedirse también, y ciudadanos ideales, y gobiernos ideales.

 

¡No! Ni de palabra se cometa el atentado de cerrar escuelas. Menos en nombre de los caminos. Cuando la escuela ascienda a ser lo que es deseable por la obra de lo que se le dé, tendremos suficientes caminos y mejores caminos.

 

De la puerta de la escuela partirán ellos hacia los horizontes, y de ella saldrán, sobre los caminos, hacia el porvenir, las generaciones mejores que, engrandeciendo a las presentes, debemos preparar. Escuelas y caminos, caminos son los dos, unos cruzan la tierra, otros el espíritu, pero ambos, concertándose, influyen en los abiertos horizontes de la riqueza y de la independencia. Mas, nada de ello, ni lo más pequeño, encontrará el superior ambiente que tales gestaciones reclaman, en el seno pétreo de la ignorancia.

 

 

EL MAESTRO Y LA POLÍTICA

 

 

A los maestros ellos (los políticos) nos suelen atribuir dos defectos: que somos ingenuos y que vivimos en el terreno de la fantasía. Sí es verdad que somos ingenuos y no lo son ellos porque han preferido sustituir la ingenuidad con la picardía. Y somos ilusos porque nosotros nunca arrojaremos la lanza, la adarga y el casco de don Quijote.

 

Juzgo que la acción directriz de cualquier movimiento político digno de tal nombre, debe residir, en lo sustancial, en la aspiración de afrontar sociológicamente los problemas relativos a la organización de la cultura. Hoy mismo he tenido ocasión de conversar con un sociólogo extranjero que ha pasado en silencio por el país y probaba con definida convicción la vieja tesis. He tenido ocasión también de estudiar en estos días las opiniones de varios hombres eminentes a propósito del problema de la democracia, y en todas he podido reconocer el establecimiento de un vínculo indisoluble entre la formación de una elevada conciencia nacional y el valor de la educación.

 

Hay un sentido en el cual la nación es el territorio, pero hay un sentido en el cual la nación es el espíritu. Y territorio estéril como espíritu poseído de odios, poco valen y significan en el orden de las cosas destinadas a permanecer, de aquellas que hacen con su grandeza que todos en ciertos momentos seamos griegos o seamos hijos de Palestina: cuando admiramos a Fidias, cuando recordamos a Cristo.

 

Aparece la cultura como fundamento del sistema democrático. ¡Ojalá! Pero ese hecho basta a dictarle a la cultura un rumbo. La democracia entra a definir el sentido de la cultura. Probablemente cualquier sistema de gobierno presupone la existencia del mismo fundamento y, en lo tanto, ofrece la misma objeción. Afortunadamente la cultura puede romper todos los grilletes. Como la energía solar, puede el hombre utilizarla y transformarla, pero sujetándose a ella.

 

"Triunfan solamente los pueblos que adquieren la conciencia de su evolución; los pueblos que conscientemente se consagran a engrandecer su cultura en todos los órdenes de las actividades sociales; los que arrebatan del hombro del soldado la lanza fratricida y ponen el libro bajo el brazo del niño."

 

Se busca una solución inmediata y concreta, es decir práctica, y quizá por eso, estas palabras y esta actitud, parecerán quijotescas o románticas, pero la innegable verdad sociológica, es, no obstante,  -lugar común por lo demás-, pues sin remover las causas, sin adulterarlas, sin destruirlas, los efectos subsistirán, manifestándose de un modo o de otro. Y las causas de los hechos que preocupan ahora la opinión y hasta la exaltan y arrebatan, sin duda están profundamente conectadas con todas las expresiones de la vida del país.

 

Para mí todo esto tiene un gran interés como fuente de reflexión, para buscar tras ella las grandes órbitas de la civilización, que es decir, el desenvolvimiento de la conciencia social. Claro es que, como costarricense, no puedo entregarme a especulaciones frente a los problemas políticos, sino que debo mirarlos prácticamente, pero tampoco abandono las consideraciones que pueden conducirme a penetrar en el sentido de lo que en ellos es capaz de representar un valor permanente. Quiero decir un valor de porvenir y de juventud, porque debemos hacernos la ilusión, creadora, de que estamos buscando un campo para una obra, y de que estamos preparándonos para ella y de estamos ya realizándola. Pero en el fondo mi criterio es el mismo de hace muchos años: la política se engrandece cuando se consigue ponerla fuera del alcance de los politicantes, y mientras éstos la dominen, lo poco, lo único que podemos hacer los idealistas es - y recuerdo con horror a Maquiavelo- evitar que nos conviertan en instrumentos de intereses de ellos aunque, a veces, nos encontremos en el caso de aceptar sus intereses como carriles de aspiraciones más altas, se es posible.

 

Pensamos desde hace tiempo, que urge renovar el contenido de la enseñanza de la mayor parte de las materias, y que, en concordancia con las modificaciones ya introducidas en la finalidad de los colegios y en sus procedimientos de enseñanza, urge, siquiera para dar comienzo a la organización de nueva experiencia, tratar de introducir programas que reflejen, dentro de las deficiencias a que obliga nuestro ambiente cultural, la tendencia moderna a convertir las listas de temas, en series de problemas y de actividades.

 

 

LA ESCUELA GENERADORA DEL PORVENIR

 

 

Sabemos bien que todo país tiene un pasado, un presente y un futuro. Lo que suele olvidarse es que vive a la vez en esos tres mundos. Es decir, que el pasado es tradición, historia, creencia, costumbre, raza; en suma, arraigo multiforme cuya naturaleza y trascendencia se descubre al comprender que el presente es la gravitante transformación del pasado en futuro, y a que a éste no acertamos a atribuirle una significación cuando lo miramos como espontánea resultante que va trazándose caprichosamente, sino que debemos contemplarlo como aspiración, como meta, como ideal. Pasado debe significar impulso, fuerza; el presente debe ser norma; el porvenir debe hacernos sentir los entusiasmos y las responsabilidades de una misión sagrada.

 

¡Hay que soñar el porvenir, desearlo, amarlo, crearlo! Hay que sacarlo del alma de las actuales generaciones con todo el oro que allí acumuló el pasado, con toda la vehemente ansiedad de las grandes obras de hombres y pueblos. Una nación adquiere conciencia de sí, y penetra en el misterio de su destino, cuando entiende su porvenir como la misión que le corresponde llenar ante la humanidad. En otra hora de la historia pudo ser que el progreso fuera incidental; en ésta, debe ser buscado, deliberado. Ha ello han conducido las disciplinas del espíritu: a producir la posibilidad de buscar conscientemente el perfeccionamiento, o sea, la conquista del porvenir. A ello ha conducido la evolución social. No diría, que conocemos las fórmulas o las leyes; pero hemos llegado a sentir la necesidad con visionaria intensidad, a amar y comprender el propósito, a definir, pues, gran porción del problema, y de ahí hemos avanzado hasta el ensayo atrevido, cuando no heroico, de fecundas soluciones. Quizás no haya tesoro mayor en las entrañas del mundo, que éste de haber traído a la conciencia del hombre la esperanza de su perfeccionamiento, trasmutada en íntima adhesión a la supremacía del ideal. La gu

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