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Unos Novios de Manuel González Zeledón (Magón)

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UNOS NOVIOS

 

Por Manuel González Zeledón (Magón)

 

 

Ñor Sebastián Solano, viejo qua abrió los ojos allá por el año de la Independencia, que después de batirse con un bravo en nuestra única y tan sonada Campaña Nacional, supo acumular una regular fortunita, vive en santa y regalada paz en el pueblo de su nacimiento, en compañía de su familia, compuesta de ña Teresa Rivera, su arrugada costilla, y de su "unicuija", la donairosa Jacinta o Chinta, como sus padres la han confirmado.

 

Lencho Anchía, mozo de unos veinticinco años, vecino y ahijado de ñor Solano, entabló amores con Chinta y, correspondido por ésta, todo fue uno quererse y casarse con el beneplácito de toda la parentela.

 

Yo he venido siendo amigo de ñor Sebastián, y por consiguiente, fui por él invitado a la boda con todos sus circunloquios.

 

_Vea, don Magón, lo qu'es por bestia no deje de ir; el sábado bajo y le dejo el patas blancas pa que vaye: es cosa de probes, no se figure que va'ver budines ni bistedes.

 

Y lo que fue por bestia no dejé de ir; fui en el "patas blancas" a trote desgarrador y me encontré en plena fiesta de novios, la casa de mi buen  amigo ñor Sebastián Solano.

 

Sobre la tranquera lucía un hermoso arco de "bambuses" entrelazados con pacaya y saúco, y cubierto de flores de reina de la noche; el patio, amplio y despejado, había sido barrido a conciencia; los corredores estaban adornados con vástagos de plátano y banderitas de papel, y la sala brillaba como una camisa almidonada, cubierta de flores y adornada con cortinas y antimacasares prendidos con poco arte y menos gusto, de cuanto ángulo saliente o cajón de puerta y ventana daban lugar a recibir un clavo.

 

La ceremonia eclesiástica había tenido verificativo a las cinco de la mañana en la Ermita del pueblo, ante numeroso concurso y con su acompañamiento de bombas y cohetes, su velorio y repiqueteo de campanas y chorreadera de candelas de cera y esperma.

 

De manera que a mi llegada los viejos, los novios y la concurrencia sólo se ocupaban del hartazgo, de la bebedera, del baile y del consiguiente jaleo.

 

Los músicos, un violín, un clarinete, y una guitarra, lanzaban al aire alegres aunque desentonadas notas; los "muchachotes" se esforzaban en bailar atropelladamente agarrados a sus respectivas parejas; los viejos se atarugaaban de lomo relleno, café y cuajadas, arrodajados en la cocina; los novios coqueteaban encaramados en una canoa a la vera del corredor, y ñor Sebastián y su vieja sudaban la gota gorda por mostrarse complacientes y dejar bien sentados su nombre y su fama de personas "rajadas pa un convite".

 

_Mándese apiar, don Magón. Ya yo me creí que no venía.

 

_Sí, señor, ahora me lo estaba diciendo Sebastián, que qué sería la tardanza.

 

_Venga pa que conozca a Lencho y pa que vea a Chinta.

 

Corrió ñor Sebastián, agarró a Lencho de una punta de la chaqueta y me lo empujó echándomelo encima, a la vez que me lo presentaba con estas palabras:

 

_Éste es el mentao Lencho Anchía, que unque es feo el decilo y no es porque se haiga casao con m'hija, no tiene por qué le ponga nadie la cara en vergüenza en ninguna facultá.

 

Ña Teresa me señaló a Chinta, toda avergonzada y confusa. Temblaban en los ojos de la buena vieja un par de lagrimones; su cara denotaba encontrados sentimientos de placer y ternura y la sangre franca y leal de nuestras campesinas coloreaba las arrugas de su honrada frente.

 

_N'ues poque sea m'hija don Magón, pero vale lo que pesa en oro; ella pa la plancha, ella pa la piedra, ella pa la batea, y más que no se sepa la O por redonda, eso sí buena cristiana y buena hija con sus padres.

 

Chinta tenía que ser cuanto su madre decía: si la cara es el espejo del alma y a los ojos se asoma el corazón en las horas de supremo placer como en las de honda angustia, si para reír como para llorar, lo bueno y lo bello despliegan o contraen los labios o los párpados, aquella niña era dechado de virtud y ternura.

 

Era alta, esbelta, morena. Abundosa y rizada de negrísimo cabello sombreaba el óvalo correcto y picaresco de su linda cara; brillaban bajo sutiles cejas y al amparao de sedosas pestañas, unos ojos más negros que la conciencia de un agiotista y más juguetones que un gato vagabundo; la boca, como flor de granada rociada de sereno, daba paso al candor y a la inocencia en forma de sonrisa; la blanquísima gola de la fina camisa, a duras penas contenía la exuberante curva del turgente seno; la respiración anhelosa hacía temblar la luz en las plateadas lentejuelas y formaba magnífico pedestal a tan hermoso busto la graciosa ondulación de la breve cintura y la apretada redondez de las caderas. El color bronceado claro del fino cutis, la atrevida sencillez de los desnudos hombros, el terciopelo del fino vello de los torneados brazos, la corona de azahares olorosos, la húmeda mirada, la sonrisa zalamera y el todo de aquel botón de tricopilia, lleno de sangre joven y de perfume de selva virgen, me hicieron envidiar la suerte del novio, del venturoso Lencho a quien odié un instante y por quien me hubiera trocado a pesar de sus manos callosas, sus orejas llenas de tierra, sus talones "rajaos" y su chaqueta color de panza de burro y sus calzones negros de cuero de diablo.

 

_¡Tóquese El Torito!

 

_¡Sí, arrelen a un zapatito y que bailen los novios!

 

El clarinete rompió el silencio con las picantes notas del torito, el violín hacía segunda y en la guitarra vibraban las sonoras cuerdas con un rasgueo endemoniado que hacía saltar el corazón y anudaba el gozo a la garganta.

 

Los novios se abrieron paso y los mirones hicieron cancha.

 

Lencho, con su pañuelo de seda rojo echado al cuello y del que agarraba las puntas con ambas manos, restregaba las patas en el suelo de tierra y llevaba el compás con las angulosas caderas, dando vueltas alrededor de Chinta, hincando ora un  rodilla, ora la otra, tirándole besos con la punta de los dedos y lanzando de pronto vivas a su airosa pareja.

 

Chinta, cogida la cintura con aire desdeñoso, enarcando el gracioso cuello, con la perpetua sonrisa en los labios, con jacarandosa y sandunguera alegría en el semblante y estremecimientos provocativos, movía los pies con acompasado ritmo y escurría el cuerpo a su galante pareja.

 

Ña Teresa hacía pucheritos en un rincón de la sala, y ñor Sebastián resoplaba entre la piña de mirones con las cuerdas del pescuezo tirantes como bordones de contrabajo, la cara amoratada y sudorosa y la bocaza abierta de par en par, dando ancho paso a la alegría que le llenaba el cuerpo y a la satisfacción que le rebosaba el alma.

 

Concluido El Torito, una ruidosa, atronadora aclamación acogió a los bailarines, entraron a la lid nuevas parejas, mientras que las salientes se entretenían en placeres más sólidos alrededor del "molendero" de la cocina, atestado de gallinas rellenas, lomos, chorizo,, huevos duros, queso fresco, cuajadas, pan dulce y rosquetes, e infinidad de bocaditos más o menos sabrosos.

 

Yo me saqué la tripa de mal año, y hasta una indigestión, atipándome de cuanto yo creí que me gustaba, además de lo que los viejos me hacían creer que era bueno, y a las once de la mañana, un tanto soco y un mucho ahíto, me dormí profundamente al pie de un frondoso higuerón, al arrullo de las músicas nacionales, olvidando a Lencho y cantando entre dientes:

 

Echame ese toro ajuera

hijo de la vaca mora,

para sacarle una suerte

delante de mi señora

 

El Heraldo de C. R., 12 de abril de 1896.

 

Cuadro de costumbres de Manuel González Zeledón. Resalta en él la descripción, sobre todo de Chinta, esa joven campesina que simboliza la mujer campesina costarricense de principios del siglo XX, tanto con respecto al código moral cristiano, como a su belleza sin igual. Magón es un maestro en pintar con sutiles pinceladas esa inimitable mujer, su ironía deja campo para que señale sutilmente la gracia y la delicadezade Chinta así como ese dechado de rasgos que haacen de ella un ramillete de encanto y belleza que hasta el mismo Magón sienta celos de Lencho, su futuro esposo.
Se ha dicho por algunos que Magón se burla un tanto de los campesinos, sobre todo en las descripciones de los hombres pero si nos ajustamos a la realidad, tenemos que afirmar que eran así. La belleza de Chinta se contrasta con lo grotesco del varón. Lo cierto es que esa pintura de la boda campesina costarricense es sin igual y nos trasporta a ella a través del lenguaje y quedará en nuestra rutina para siempre sobre todo para aquellos que la vivieron.

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