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Diciembre 2010 Archives

HISTORIA DE LA GUERRA ENTRE LOS BORUCAS Y LOS EXTRANJEROS

 

Esto se dice porque así fue lo que sucedió a nuestros mayores con los extranjeros.

Cuando los extranjeros llegaron adonde nuestros mayores, el lugar en que éstos vivían era la misma quebrada que está en medio de nuestro pueblo.

El lugar en que vivían nuestros mayores en sus palenques, se llamaba entonces Llano de Espavel.

Allá estaba la vivienda de los paganos de Boruca.

Ellos sabían que allí estaría también la vivienda de los borucas cuando todos ellos tuvieran nombre.

Ellos sabían que los extranjeros llegarían algún día; eran buenos adivinos.

Aquéllos ya no viven, porque cuando los extranjeros estaban acercándose se pusieron a preparar sus flechas y sus arcos; hicieron también un hueco muy grande para enterrarse vivos con todos sus tesoros.

Entonces ellos tenían muchos: cuchillos y hachas de piedra, flechas de toda clase y mucho oro, tanto labrado como en trozos.

Así eran ellos; sin embargo, vivían desnudos.

Solo se ponían taparrabos que se colgaban de la cintura con fajas hechas por ellos mismos.

Cuando los borucas supieron por medio de los suquias que los extranjeros ya se acercaban, entonces se pusieron a detenerlos con sus arcos y sus flechas pues ya estaban llegando.

Los borucas habían escogido el lugar donde acecharían a los extranjeros: se fueron a esconder a Barranco.

Dicen que esa fila de Barranco tiene un protector. Este se llama Cájc Chiv y es semejante a Cuasrán.

Allá estaban ellos  y los extranjeros ya se acercaban también.

Pronto los borucas y los extranjeros empezaron a combatir.

Entre tanto, otros, que estaban desocupados, corrieron adonde los extranjeros habían dejado las mulas con sus provisiones.

Así los borucas cogieron cuarenta mulas y las fueron a esconder en las profundidades de la casa de aquel mismo Cájc Chiv.

Así lo habían previsto.

Posteriormente las personas se han acostumbrado a oír gritar las mulas allá durante la noche.

Los térrabas también lo saben, pero no quieren hablar de ello.

De este modo los extranjeros empezaron su marcha hacia Boruca.

Cuando llegaron a la Fila del Zonchiche, los borucas se encontraban enfurecidos dentro del bosque del Llano del Espavel, donde hoy están sus viviendas.

Los extranjearos permanecieron en la Fila del Zonchiche.

Ellos no denominaron aquel lugar Fila del Zonchiche, sino Alto del Palomar, y este nombre se consesrvó en su idioma.

Los borucas, para que los extranjeros se asustaran, rugían como chanchos de monte, como tigres, con mucha fuerza.

Por ello los extranjeros no querían bajar tras los borucas, que los esperaban desnudos y enfurecidos y les tiraban flechas envenenadas.

Los extranjeros, no obstante, fueron acercándose. Entonces los jefes de los borucas ordenaron a los suyos huir con sus tesoros.

Los borucas tenían un objeto, a manera de comal, hecho de oro y muy grande. Esto querían ellos para cuando estuvieran combatiendo. Entonces los borucas mostraban aquel objeto a los extranjeros para que quedaran enceguecidos por el reflejo de la luz del sol y no pudieran ver bien. Entre tanto ellos les tomaban ventaja en la lucha.

Pero pasaron los días y, como no lograban vencer a sus enemigos, se retiraron entonces a El Maíz. Allá muchos se enterraron junto con su oro.

Luego salieron de nuevo a combatir. El Alto de Pedregal, caminó de Currés, correspondió a los extranjeros como posición. Los borucas por su parte cruzaron hacia Cac Trá según lo habían planeado. Y comenzaron a combatir nuevamente.

Los borucas tenían consigo el comal de oro y con él vencían a los extranjeros: lo ponían hacia el sol para cegarlos.

Como los borucas por ese medio los estaban venciendo, sus enemigos huyeron.

Entonces nuestros mayores regresaron: pero no todos, porque algunos se habían enterrado con sus tesoros.

Aquello mismo trata o narra la fiesta que hacen los borucas cada año los 31 de diciembre, 1 y 2 de enero.

Bailan entonces 30 diablitos con un toro. Los diablos llevan caracoles que tienen que hacer sonar.

El 31 de diciembre salen los jugadores a medianoche.

Ese día el toro y los diablitos se ponen a combatir. Los diablitos representan a los borucas y el toro a los extranjeros.

El 2 de enero la fiesta termina; a las ocho de la noche el toro muere y los diablitos siguen viviendo.

Los diablitos a medianoche van a robar tamales a las casas cuando los dueños están bien dormidos. Al diablito que se quede rezagado se lo castiga con un látigo de cuero de danta. Dos guardianes van tras los jugadores, pues se los nombra como vigilantes mayores.

 

Narrado por Espíritu Santo Maroto

Leyendas, cuentos y mitos de los indígenas costarricenses. Las Manrán

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Las Manrán

LAS MANRÁN

 

Estos eran dos niñas. Eran paganas, por eso no tenían nombre.

Los personajes de esta historia fueron los primeros Borucas que vivieron. Ellos eran así: solo veneraban a los suquias: Los suquias eran paganos. Hacían cuanto se les antojaba; todo les salía bien. Sabían hacer muchas maldades.

Los suquias se enojaban con otros borucas. Entonces les quitaron dos niñas. Esta niñas tenían cinco y seis años respectivamente. Se las llevaron de la casa de sus padres para que vivieran solo en la quebrada de de Boruca.

Los padres no pudieron hacer que regresaran a su casa. Ellas solo querían estar jugando en la quebrada. Se pasaban comiendo únicamente mojarras y camarones crudos.

Pasaban los días, y ya nadie las podía detener: tenían una fuerza enorme. Para entonces ya eran mujeres. Cuando veían a un varón en la orilla de la quebrada salían corriendo para agarrarlo. Pero no lograron agarrar ninguno.

Ellas vivían desnudas.

Los suquias hicieron que estas muchachas se volvieran como monas, todas llenas de pelo. Entonces otros ancianos, los más sabios, hablaron nuevamente para que se las llevaran a otra quebrada, lejos de Boruca. Y las llevaron a la quebrada de Veragua, que fue entonces su vivienda.

Los borucas solían ir por allí a buscar plátanos en Barranaco y, para ello, tenían que pasar por la quebrada de Veragua. Como aquellas dos mujeres recorrían la quebrada de arriba abajo, los Borucas no querían cruzarla para ir a Barranco. Ellas vivían esperando solo a los hombres para agarrarlos; las mujeres que pasaban no les interesaban. Querían solo a los hombres.

Entonces nuevamente buscaron a los suquias y éstos las sacaron de Veragua para llevarlas a una poza muy grande de la quebrada de Bijagual.

Hoy día muchas personas tienen sus viviendas ahí. Y las Manrán abandonaron el lugar desde que se estableció gente bautizada en los alrededores. Nuestros mayores decían que se habían ido a la Fila de la Tortuga.

Para concluir, sus huellas se pueden ver en unas piedras grandes en las que se sentaron, pues en aquellos tiempos las piedras eran como barro.

Quien esto dice está acostumbrado a ver aquellas piedras: allá están para quien las quiera ver.

 

Narrado por Espíritu Santo Maroto.

El tigre la devoró

 EL TIGRE LA DEVORARÁ, EL LAGARTO LO DEVORARÁ

 

Ellos eran hermano y hermana.

Entonces se enamoraron.

Andaban sin más compañía el uno con el otro.

Cuando la madre se dio cuenta, ya la muchacha tenía muy adelantado el embrazo.

Entonces le dijo:

- ¿De quién es lo que vas a tener?

 

Pero ella no le quiso decir, porque era de su hermano.

Entonces se fue la madre a hablar con los suquias. Estos le dijeron:

- No te lo dice porque es de su hermano.

Entonces se asustó mucho la gente.

Y dijeron los suquias:

- Llamaremos tres tigres para que la devoren. Así tendrán temor los jóvenes. Vamos a apartar de nosotros esa maldad.

Entonces llamaron a los tres tigres y se la llevaron a Cac Yrá.

Allá la sentaron en una piedra al pie de un árbol. Allá quedó ella. Pero ellos también llevaron a un joven para que viera lo que iba a suceder. Aquél subió a un árbol.

 

A la media noche ya no quedaba ni sangre ni carne ni nada, Se habían comido incluso los huesos.

Aún no había amanecido el día y nuestros mayores habían bajado ya a Correviento.

Amaneció. Entonces él hizo sonar un caracol. Ellos lo oyeron.

"Está vivo, a él no lo devoraron. Está vivo, vayamos a traerlo"

Se fueron a buscarlo.

Llegaron y se lo trajeron para que contara cómo el tigre se había comido a la mujer.

Llegaron muchachas jóvenes y muchachos a ver lo que había pasado.

Allá aquel mismo les contó que los tigres se habían puesto a tocarla.

Ella  gritaba:

- ¿Por qué me cosquilláis? ¿Por qué me tocáis?

Los tigres la besaban y ella gritaba.

Entonces decían nuestros mayores, decían los suquias:

- Así esperaba ella a su hermano así andaba tras él. Ahora su mismo hermano irá a Barú allá el lagarto lo devorará, se lo entregaremos al lagarto.

Y lo llevaron ellos  para allá.

Cuando  llegaron, llamaron al lagarto.

Entonces el  lagarto salió y se colocó sobre él.

Entonces los suquias viéndolo decían:

-Así querías tú a tu hermana. Así tocabas a tu hermana.

Entonces el  lagarto enrolló su cola sobre él. Su cola se enrolló en él.

Aquel lagarto lo devoró todo en tierra para que ellos vieran que no dejaba ni restos de sangre ni de huesos.

Entonces regresaron.

Los mismos que lo habían entregado contaban que así había sucedido..

Así lo contaban los que lo habían apartado de nuestro pueblo. Ellos mismos fueron quienes lo contaron.

Y así será algún día, cuando el mundo sea viejo. Entonces, los padres tendrán a sus hijas, los padres tendrán hijos con sus hijas.

 

Narrado por Isolina de gonzález Morales

Sibú habló por boca de su hijo, la serpiente

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SIBÚ HABLÓ POR BOCA DE SU HIJO, LA SERPIENTE

 

Sibú llamó a su hijo y así le habló. Así habló a su hijo único de la serpiente.

Es la hora, hijo salvado de la hoguera cuando quemaron a tu madre y su esposo, la serpiente que  yo había utilizado. Así me dijo, mi padre Sibú.

Los hombres han desobedecido las leyes de la naturaleza. Se rebelan. No siguen su consejo.

Los hombres son malos con la madre naturaleza y serán castigados. Así dijo Sibu que lo comunicara a todos.

Cortan los árboles. Esto dijo y envenenan con sus excrementos las aguas. Por eso mueren los animales y el sol penetra en sus entrañas. Esto fue dicho por Sibú.

Los montes se ven desnudos. Desnudos parecen los montes sin árboles y solos. Ya no habitan en ellos los pájaros ni los reptiles. Solo quedan grandes rocas, duras y sin vida.

Sibú siguió diciéndome. Dígale a los hombres. La maldad de ellos ha hecho que el agua baje violentamente y destruye todo a su paso. Nuestros ranchos caen en sus aguas y son arrastrados por los senderos llenos de piedras. El agua no alimenta nuestras semillas. El agua se las lleva lejos y las destruye.

Los pueblos parecen lagunas y los hombres no encuentran refugio en ningún lugar.

Todo se inunda y no hay comida para los niños, ni los hombres, ni las mujeres.

El sol llega hasta lo poco que ha quedado y lo quema. No germinan las plantas porque el sol quema sus tiernas hojas.

No hay ya el perfume de las flores que subía por los aires y cubría con su manto los rayos venenosos del sol.

Todo queda desierto y la vida huye de nuestra madre tierra.

Los hombres son malos. Escarban en las rocas en busca de piedras amarillas. La búsqueda de poder los lleva a la muerte.

Sí, mi hijo de la serpiente y la india. Busca a los hombres y los reúne en el monte Boruca, cerca de la laguna y les dice todo esto.

El hombre es malo, mata a su hermano, roba y viola las leyes naturales. Solo quiere el brillo del sol y el poder supremo para destruir a nuestra tierra.

Es el principio del fin. La madre tierra sacudirá de sus entrañas los hombres malos. Unos morirán de hambre, otros de la enfermedad y los otros se matarán entre ellos. Entre ellos se matarán.

Entonces Sibú dijo. Esto dijo Sibú. Los astros se acomodarán de nuevo y después de dos noches y tres días la tierra estornudará. Sacará de sus entrañas los venenos que le han echado los hombres malos y se limpiará.

Esto dijo. Se limpiará del producto maléfico que los malos hombres le han echado. Así dijo.

Votará de sus entrañas lo podrido y comenzará un nuevo orden.

El sol llegará tibio y protector y la tierra volverá a germinar la vida.

Así habló Sibu y dijo que se lo comunicara a los malos hombres.

Así lo hice y por eso los convoqué.

El hijo serpiente miró a los malos hombres. Miró a los malos hombres y subió en forma de serpiente dorada por el fuego.

La tierra tembló, las aguas arrasaban todo, dos noches cubrieron la tierra y después salió el sol. El nuevo orden se dibujó en los astros y la madre tierra sonrió.

Así cumplió Sibú lo que le dijo a su hijo, la serpiente.

Los padres tendrán hijos

LOS PADRES TENDRÁN HIJOS CON SUS HIJAS

 

Así sucedió. Un padre tuvo un hijo con su hija. Ellos no tuvieron vergüenza. Pero ella murió. Dios mismo la mató porque vivía con su padre, porque tuvo un hijo con su propio padre. Él era casado pero dejó a su esposa y se fue a la selva con su hija adolescente.

Algún día esto sucederá de nuevo, cuando envejezca el mundo. Entonces todos nosotros tendremos que ver aquello, pues así fueron también los que nos criaron.

Los otros quisieron apresar al padre; querían matarlo. Lo enviaron lejos; pero él huyó, se escapó.

Su hija murió; tuvo un niño y murió. Entonces su padre huyó porque ellos lo iban a apresar para llevarlo lejos. Lo iban a llevar lejos para que muriera allá.

Él era malvado porque tuvo un hijo con su hija. Él le dio un bebedizo a su mujer. Sabía malas artes e hizo que toda ella se cubriera de pelo. Ella se veía como un mono, le bajaba hasta el trasero, le cubrió las manos, se le extendió por todo el cuerpo.

Su marido le dio aquella poción para que ella muriera, para quedarse él con la hija.

Pero la hija murió. Entonces su esposa pidió que se lo llevaran lejos, que lo apartaran. Ellos lo buscaron, pero él huyó. Quien sabe qué se hizo. El diablo lo devoró no se sabe dónde. No volvió a casa de su mujer, no fue a ver a su hijo.

Y entonces, ¡cómo vivía su mujer! Estaba completamente cubierta de pelo como un mono.

Cierto día fue ella a la quebrada a lavar. Y allá le salió un hombre semejante a su marido que la abrazó y la hizo caer al agua. El mismo que la había hecho ponerse peluda, la dejó mojada.

La mujer volvió mojada y exhausta.

El diablo mismo la había abrazado, al diablo había visto ella en forma de su marido; pero éste ya había huido.

Él le había dado el bebedizo, y ella lo había bebido.

Lo bebió ella y entonces él le dijo:

-         ¿Quién bebió esto?

-         Yo misma.

-         Tu amigo te ha de llevar. Era para ti, por ello lo bebiste.

Aquél fue quien la mató.

Y así ella fue a lavar, a traer agua, y entonces allá un hombre la siguió. Aquél labraos, la derribó y la dejó toda mojada.

Aquél fue quien la mató.

El pelo le creció desde la cabeza hasta los pies, por eso murió.

Ella se fue a traer plátanos a Barranco y murió en el camino. Allá fueron a buscarla su hijos, sus hermanas y  sus hermanos. Ya no estaba viva, había muerto. Había muerto miserablemente en el camino.

Su marido había huido no se sabe adónde; nunca supieron ellos dónde se había ido.

 

Narrado por Isolina de González Morales

El niño y el tomatal

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EL NIÑO Y EL TOMATAL

 

Ese día, 5 de diciembre, mi padre no pudo ir al tomatal. Amaneció enfermo. Así que tomé, en vez de la chuspa, el machetillo, una tureca, la alforjilla con el gallito, un rollo de pabilo y salí de mi casa tempranito. Afuera me esperaba Pinto. Movió su rabo alegremente pues él sabía que si tomaba el camino hacia la derecha, iba para la escuela y si lo hacía a la izquierda, a la aventura, el trabajo, el campo y éste le gustaba más. 

Estábamos alegres, él adelante y yo atrás. Saltaba con el viento, jugaba con los gallitos y de vez en cuando volvía los ojos atrás como si verificara que yo le seguía.

No estaba largo el tomatal y ya casi llegábamos ,cuando divisamos a los lejos una bandada de mariposas de todos los colores, amarillas, azules, rojas, matizadas, verdes, negras y blancas. Volaban en todas direcciones, arriba y abajo y con el viento nos envolvieron en un remolino de vuelos, saltos, colores y sonidos. Era como una danza única de los elementos naturales de la cual nadie podía escapar.

Pinto dio unas cuantas volteretas en el aire y comenzó una armónica danza rodeado por mariposas rojas, amarillas y anaranjadas y se dirigió a mi encuentro cantando en coro con ellas y los pajarillos amigos:

- Ambo..., ambo...ambo...matarilerilelón.

- ¿Qué nombre le pondremos matarilerilerón?

- Le pondremos chupamocos,... matarilerilerón .

-Ese nombre, no nos gusta...matarilerilerón.

 -Le pondremos...Lucecita del Encanto,... Mararilerilerón...

-Ese nombre, sí nos gusta...matarilerilerón.

 Y llegamos al tomatal. Busqué un sitio adecuado para colocar la tureca, cerca de la acequia, le puse adecuadamente la comida bien adentro: churristate, verdolagas, y chanchitos y un mango maduro abierto. La abrí con cuidado y le coloqué el falso palito que al menor movimiento dejaba caer la puerta, abierta hacia arriba con una plancha vieja amarrada que me había encontrado en el patio de mi casa. Guindé la alforjilla en una rama del palo de guaba y con el machetillo y el pabilo inicié mi trabajo.

Iba revisando cada mata de tomate, ya con los frutos galanos por montones. Si estaba suelta la amarraba nuevamente a la estaca, arrancaba las matillas de monte recién salidas, y si la veía triste y marchita, escarbaba a su alrededor hasta encontrar el jogoto, un gusano blanco enorme con cabeza negra que solía comerse las raicillas de la mata. 

Llevaba tres carriles revisados cuando oí los ladridos de Pinto anunciándome que había encontrado el conejo negro que tanto anhelábamos. Sus ladridos fueron llegando poco a poco hasta que se pronunció el silencio de la espera. No pasarían diez minutos, cuando llegó Pinto a mi lado saltando y gruñendo con picardía, me tomó con sus dientes de la camisa y tiró fuertemente para que lo siguiera.

En la trampa estaba comiendo, distraídamente el enorme conejo negro casi con alegría. Le eché una mirada con una sonrisa dibujada en mis labios, lo saludé y pude observar su mancha blanca en su pecho. Con malicia me reí mientras volvía a ver a Pinto que era blanco con puntos negros en su cuerpo, como arroz con frijoles negros pero con la mancha negra en el ojo izquierdo. Pinto me miró con recelo, hizo una mueca de rechazo, movió su cabeza y se echó en el montazal. No era hijo de él. Eché a reír y le pasé la mano por la cabeza y regresé al trabajo. Pero antes decidí almorzar.

Tomé la alforjilla en mis manos, corté unas hojas de guineo, las puse un lomillo, saqué mi gallito: pan con mantequilla y queso adentro, y una torta de huevo enorme, a la par. Partí el pedazo de pan en dos y le tiré la mitad a Pinto. No tardó mucho en desaparecer el pedazo entre su estomago. Abrí con cuidado la botella llanecita de agua con sirope, miré que no tuviera una avispa de fuego en la boquilla,  y así almorzamos, Pinto y yo, ese viernes 5 de diciembre.

Recordé, mientras me recostaba un rato a reposar el almuerzo, las enseñanzas de Pinto. Él era mi mejor maestro. Aprendí tanto de él. Cuando salíamos a buscar algo para llevarle a mamá, pensando en el almuerzo del día, pues daba vueltas por la casa como queriendo encontrar un tesoro, ya sabíamos que la comida no llegaría fácilmente ese día. Nos adentrábamos en el cafetal y cerca de la quebradilla aparecían dos flores de hitabo, una  totalmente abierta y otra más tierna. Me trepaba con cuidado y cortaba las ramillas y éstas caían al suelo. Pronto tomaba las flores y las echaba en un saquillo de manta. Luego esperábamos. Al rato se escuchaba los cacareos de una gallina, a lo lejos y salíamos en dirección de su señal. Pinto iba adelante, a corta distancia  y cuando yo me dirigía hacia la gallina me mordía el pantaloncillo y me jalaba hacia donde él quería. Así tenía que dejar la gallina cacareando y seguirlo al lugar que él escogía. Pronto descubríamos una ramazón seca de las matas de café y con su hocico me indicaba que buscara en ella. Ahí estaba la nidada, doce huevos calientitos me esperaban. Con cuidado depositaba cada uno en el saquillo de manta y regresábamos con el almuerzo del día. Mamá brincaba sus ojillos de alegría pues el tesoro ya lo había encontrado. Comeríamos esas ricas flores con huevo y papa y un poquillo de arroz con unas recién calientitas tortillas y el aguadulce. Por hoy el problema de la comida estaba resuelto.

Pero, en ese momento del descanso yo repasaba las enseñanzas de Pinto. A su manera, cuando oía cacarear la gallina me decía:

-El verdadero tesoro no está donde lo cacarean. Búscalo treinta metros de ahí. La dirección la deduje fácilmente. Pinto corría siempre en dirección contraria a la gallina. Así aprendí a encontrar los tesoros lejos de quienes lo predicaban y más cerca de donde parecía no hallarse.

No habíamos abierto los ojos cuando escuchamos entrar, por el callejón el picap del dueño del tomatal. Él era el propietario del terreno y papá recibía la tercera parte de lo que producía. Cuando el tomate se depositaba en las cajas, lo  echaban en su carro y lo llevaba al mercado. Ahí lo vendía y al otro día le pasaba a dejar el dinero que él decidía era el que  le correspondía. Llegó a nuestro lado, se bajó del carro, echó una mirada escudriñadora a nuestro alrededor y me dijo:

-¿Dónde está tu tata?

- No pudo venir a trabajar. Amaneció enfermo.

- ¿Y ese conejo, de quién es?

- Lo cogimos, ahora, en la mañana.

- ¿En mi cafetal?

-Si.

- ¡Ah!...entonces es mío.

Y le echó una mirada a Mensajero, pues ese era el nombre que Pinto y yo le habíamos puesto, desde que lo conocimos, meses atrás. Tanto Pinto como yo comprendimos lo que aquel avaricioso hombre pretendía, pues en sus ojos pudimos verlo sentado en Noche Buena, junto a sus amigos, un delicioso conejo asado y una botella de whisky a su lado, celebrando con muestro amiguito, la llegada del niño Dios.

El hombre abrió los ojos más y dio unos pasos hacia nuestro amigo pero Pinto, con gran destreza, corrió a la trampa y con sus dientes alzó la puerta. El conejo brincó afuera y salió corriendo por el monte. Entonces el viejo ése se quedó mirándonos con rabia y nos dijo:

- ¡Idiotas!

Y se encaminó a su carro. Pinto dio tres ladridos cortos,... hizo una pausa y aulló largamente.

-¿Y ahora que pasó, mocoso?

- Pinto sabe hablar.

-¿Qué dijo? -Me replicó con sarcasmo-

- Los tres primeros ladridos seguidos: ¡Gua!, ¡Gua!, ¡Gua! Es una pregunta que te hizo. ¿Quieres, el, conejo? Y el ladrido largo ¡GUAUUUUUUUUUUU! Quiere decir ¡CÓJALOOOOOOO!

- Están locos estos imbéciles.

Permanecimos por un rato en silencio, mientras el hombre se iba y luego tomé la alforjilla, el machetillo y el pabilo que sobraba, cabizbajo y silencioso emprendí el camino de regreso a casa.

No habíamos caminado más de cien metros cuando Pinto empezó a saltar y hacer piruetas aeróbicas, delante de mí. Comenzaron a llegar mariposas. Esta vez saltaban con él, cantaban danzaban junto a él, ya no en el suelo sino por los aires. Dibujaban las más variadas imágenes, producían coloridos destellos, arcoiris elípticos, bajaban y subían y aquél coro de voces parecía una sinfonía nunca oída y solo soñada. De pronto se dirigieron a mi encuentro y pude escuchar, ya a mi lado:

-¿Qué nombre le pondremos matarilerilelón?

Entonces los colibríes, las mariposas azules, los gallitos y otras aves poco vistas en aquel lugar, me tomaron por la camisa y me levantaron en los aires y bailaban, cantaban y se unieron con Pinto y sus amiguitos en un solo canto, llenando el firmamento de música, color y movimiento a la vez que con voz de trueno se dejaron oír:

 -Le pondremos HIJUEPUTA, matarilerilerón.

El cielo parpadeó, todo se movió por un instante y luego volvió  la paz, el sosiego, la luz y nuestra alegría. Vimos a la distancia a Mensajero que con sus ojotes vivarachos se despedía con cariño.

Entonces regresamos a la casa.

 

Leyendas, cuentos, mitos de los indígenas costarricenses: El hechicero Loreto

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El hechicero Loreto

EL HECHICERO LORETO

 

Los antiguos nada sabían. No conocían la Palabra, solo pensaban en hacer el mal.

Así fue un viejo malvado llamado Loreto, un viejo de Boruca: vivía desnudo, tan solo pensando nada más que en hacer el mal a otros borucas. A él no podían hacerle daño, lo sabían; pero el mal que él deseaba hacer, lo hacía.

 

Los viejos borucas tenían mucho ganado en la orilla del mar, en un sitio llamado Punta Mala.

Decía mi abuelo que cierta vez un negro llamado Black le robó a Loreto una vaca, la mató y se la comió.

Como Loreto era Suquia, se enteró pronto. Cuando vio sus ganados, supo por medio de sus piedras que Black era quien había cogido su vaca, quien la había robado. Entonces dijo que algún día se las pagaría. Tendría que morir como él lo dispusiera.

Así fue. Pasaron los días y el estómago de Black empezó a crecer. No podía él ni ponerse de pie ni caminar; su vientre era una gran carga, no podía resollar. Entonces murió.

Black tenía un hermano llamado Cachimbo. Éste, antes de que Loreto se enterara de su existencia, se encontró con él en la misma Punta Mala.

El se detuvo allá en la orilla del mar y al día siguiente muy temprano se puso a afilar bien su machete.

Entonces Loreto llegó donde él estaba a preguntarle por qué afilaba su machete tan temprano.

Cachimbo le contestó que iba a buscar cocos y le preguntó a su vez en nuestro idioma:

- ¿Y usted adónde va?

Loreto le respondió que iba a buscar una de sus vacas que no aparecía.

Entonces Cachimbo le dijo que quería ir acompañándolo un ratito.

Está bien -le dijo Loreto.

Ambos con los machetes en la mano se pusieron a caminar por la playa.

Encontrándose ya un poco retirados Cachimbo le dijo a Loreto:

- Usted sabe bien adónde van sus ganados, vaya usted adelante.

Loreto se puso a caminar adelante.

Cachimbo entonces, con toda su fuerza le dio por el cuello con el machete, cortándosela cabeza, que salió rodando por la playa.

Loreto, decapitado, corría a tientas agitando su machete a ver si encontraba a Cachimbo.

Aquel cuerpo decapitado gritaba, de su garganta cortada salía la voz. Pero se fue agotando y finalmente cayó muerto.

Las historias dicen que Cachimbo se acercó y lo tiró al mar.

Así acabó el Suquia Loreto que había matado a muchos borucas según su gusto, tal y como él había querido verlos morir.

A unos los había hecho perderse en la selva. A otros los hizo caer en el río y los entregó al Espíritu de las Aguas que se los llevo sabe Dios adónde. A otros finalmente los hizo volverse como monos, todos cubiertos de pelo.

Al cabo de uno o dos meses al extraviado lo encontraron muerto sus hijos en la orilla del mar.

Así fue la muerte de Loreto.

 

Narrado por Espíritu Santo Maroto.

 

Obsérvese que Espíritu siempre da explicaciones y se coloca como un observador presente (tiempo actual) y católico.

Leyenda de los Borucas, en Costa Rica. La gran serpiente

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La serpiente adorada

Historia de la gran serpiente

 

Una mujer joven amaba una gran serpiente y ésta salía de su cueva tras ella.

La mujer hacía chicha para la serpiente. La ponía en un calabazo y la iba a echar en la entrada de la cueva. En la entrada la echaba.

Cuando le había echado toda aquella chicha a la serpiente, ya la serpiente salía por aquí. Entonces ella reía, ja, ja, ja, reía.

-         Ya te has emborrachado, por ello es que sales.

 

Y entonces salía la serpiente, ésta era enorme. Salía y se enrollaba en el cuerpo de la mujer desde los pies. Cuando le llegaba a la cintura, caía la mujer, porque la serpiente era enorme. Y caía la mujer.

 

Cuando se enteró su madre, ya el embarazo de la mujer estaba muy avanzado.

Entonces le dijo su madre:

-         ¿Qué buscas hablando con esa serpiente? ¿Cómo es que hablas con ella? Ella te va a devorar, te va a matar.

Cuando su madre se enteró, ya la mujer estaba muy gorda con las serpezuelas.

Entonces allá fue su madre a hablar con los suquias.

-         ¿Qué haremos con esa muchacha?

-         La quemaremos. Iremos todos cuantos aquí vivimos a traer leña, a reunir leña para quemarla.

Se fueron todas las personas a reunir leña, entonces ella preguntó, diz que dijo:

-         ¿Por qué estáis reuniendo tanta leña ahora? ¿Por qué amontonáis leña? ¿Qué es lo que queréis hacer?

Dijo la mujer de la serpiente:

-Me van a quemar, seguro. ¿Estarán locos?

Su madre ya no la quería entregar. Entonces le dijeron:

-         Pues tú misma arderás; con tu hija vas a quemarte, tú también, porque no la queréis entregar.

Entonces encendieron la leña al otro lado de la quebrada. Encendieron la leña.

 

Luego llegaron por ella. Ella vivía por aquí.

Entonces llegaron por ella y se la llevaron.

-         ¿Qué queréis hacer con mi hija?

-         ¿Por qué vais a quemar a mi hija ahora

-         La quemaremos porque lo que ella va a tener son serpezuelas. Si nacen esas culebras, todo esto se convertirá en una laguna. Por todo saldrá agua. Y entonces las culebras van a vivir aquí.

-         ¿Por qué no matáis a la gran serpiente?

-         La mataremos lo mismo que a tu hija Ya le cerramos la entrada a su guarida. Para que no salga ya le cerramos la entrada a su cueva.

Entonces la llevaron al otro lado de la quebrada cerca de la guarida de su marido.

Allá la quemaron.

Entre todos cuantos vivían aquí, entre todos la amarraron. Y entre todos la echaron en medio del fuego. Allá se quemó ella.

Cuando murió aquella mujer los que estaban al mando dijeron: - Mataréis a todas las serpezuelas. Al lado del fuego os estaréis todos para matar las culebritas.

Cuando estalló la mujer, ellos mataron todas las culebritas. ¡Pun!, reventó ella y las crías salieron. Solo una logró huir. Solo la cola le pudieron herir. Solo una huyó.

En la Fila de Palmar, de este lado, allí vive la serpiente que escapó. Allá fue a quedarse.

Historia de los momra

Historia de las Manrán

 

El Duende del Agua llegaba por una muchacha:

 

-         ¿Qué haces?

-         Nada. Aquí esperándote.

-         ¡Ah!, ¿me estás esperando?

-         Sí, te estoy esperando.

-         ¡Ah!, sí, pues ya llegué.

-         ¿Te gustan las mojarras?

-         Sí.

-         ¡Ah!, pues te traigo cuatro mojarras.

-         Ajá; hoy mismo las comeré, hoy mismo las comeré.

-         Te espero mañana. En la quebrada te espero para pescarte dos mojarras más.

-         Está bien, está bien.

-         Mañana iré, espérame arriba donde está la laja de Mamrán. Espérame allá en la laja grande.

-         Está bien.

 

Se fue el Duende. Al otro día:

 

-         Ve, ve por tus mojarras- le dice su madre-. Ve por tus mojarras, pero regresa pronto.

-         Está bien, pronto vuelvo.

 

      Se fue y llegó a la laja. Solo había una nutria echada asoleándose. Entonces regresó a su casa.

 

       Cuando amaneció:

 

-         ¿Qué haces?

-         ¿A qué vienes? Me dijiste: "En la quebrada te espero". Y te fuiste a buscar las mojarras. ¿Qué fue lo que encontré, cuando fui a buscarte? Una nutria. En la laja solo había una nutria echada asoleándose.

-         ¡Ah! Entonces te has enojado. Pero yo te llevé cuatro mojarras. Las cogí y te esperé, pero tú no llegaste.

 

         Cuando se enteraron de lo sucedido, ya su embarazo estaba muy avanzado.

 

         Entonces ella tuvo dos niñitas.

 

Tomado del libro del lingüista Adolfo Constela. Leyendas...de los Bibris

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