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Vivirás en nosotros como un espíritu sugeridor, como un compañero, como un ejemplo, como un maestro.

                                                                                               El Espectador, Bogotá.

 

 

De ellos recogió para su espíritu y no para su carne

 

Por Octavio Jiménez.

 

Omar Dengo fue un espíritu de una probidad ejemplar. Cuando después de su muerte volvemos los ojos a lo que nos quedó, casi no se agotan en el recuento los dedos de la mano. ¿En qué actividad de su vida no aparece reflejada profundamente esa virtud? De ahí que al pretender vincularlo en su totalidad a cuestiones o problemas cuya claridad no sea meridiana, los que en él tuvimos un inspirador nos llenemos de sobresalto. Se ha dicho, por ejemplo, que en los norteamericanos encontró muchas de sus "enseñanzas maravillosas". Hay norteamericanos de norteamericanos. Unos crean instituciones de bien, otros de mal. Omar estuvo con los primeros.

 

Me tocó la rara fortuna de ir con él a los Estados Unidos en 1915. ¡Cuánto bien me dio su compañía fraternal! ¡Qué guía tan austero me deparó la vida! Omar me fue abriendo aspiraciones, me fue poniendo en contacto con instituciones y hombres. Era un espíritu profundamente preocupado por adquirir sabiduría. Este término puede usarse en él sin que nadie vea la menor traza de petulancia. Su vida estaba abierta a las corrientes de sabiduría del mundo, de un modo natural. A los Estados Unidos fue poseído de esa inquietud. En Boston, apenas desembarcado, va a visitar la Universidad de Harvard. La conoce y alguna melancolía le llega viendo aquella juventud que recibe una disciplina fecunda. ¿No habría querido él tener la oportunidad de pasar por una universidad? Su pobreza no lo dejó se seguro.

 

Después, siguiendo un itinerario del espíritu, buscó el rumbo de Concord. Un tranvía nos dejó al cabo de una hora en el corazón del pueblito. ¿Qué recuerdos animaron allí su peregrinación? ¡Ah!, leía la correspondencia entre Emerson y Carlyle y una guía para el viandante le mostró que Concord se hallaba en las vecindades de Boston. De ahí su visita al pueblo lleno de tanta tradición histórica.

 

En el silencio de una tarde fría y triste visitamos la tumba de Emerson. Hacía pocas horas habíamos desembarcado y la prisión del barco nos seguía aún por la sombreada avenida de pinos que conducía al cementerio. No sabíamos movernos en tierra. Estábamos a punto de devolvernos, cuando un viejecillo a quien interrogamos nos puso con una sola señal junto al sitio que buscábamos. Frente al trozo enorme de cuarzo rosado que es el monumento del grande hombre, se llenó Omar de un regocijo extraño. De los pinos que daban sombra al monumento glorioso recogió él unas ramas. Yo no pude ser comedido y cogí cuarzo, trozos de aquel cuarzo rosado evocador de una vida que recogió para diseminar entre los hombres una gran sabiduría. Los guardo con cariño.

 

Una carta de Emerson recomienda a Carlyle a su hijo Eduardo, quien pasaría por Inglaterra en viaje a Alemania. "Dale tu bendición", le dice, y dile lo que le convenga ver a su paso por Londres". Después de nuestra visita de aquella tarde supimos que aún vivía ese hijo de Emerson. Había que visitarlo y otro día, muy de mañana, como pasajeros de un carretón, llagamos a la casa del Doctor Emerson. Ocupamos aquel divertido medio de transporte por invitación del carretonero que marchaba en dirección de la casa que buscábamos. ¡Cuántos planes se hizo Omar mientras el vehículo rodaba sobre el asfalto de la carretera! Eduarado Emerson nos recibiría regocijado apenas le contara que teníamos devoción por su padre y que habíamos venido atravesando el mar, desde muchas millas distantes, a sentir el influjo de aquel ambiente inspirador de una filosofía que perdurará a través de los siglos. Y nos pediría que le hiciéramos compañía y comentaría con él pasajes de tantos ensayos admirables. El hijo cada vez más hallado con el visitante devoto de su padre, iría prolongando su plática y convencido al final de que no era simulado el amor, pondría en sus manos, como presente sublime, algún manuscrito de los tantos dejado por el filósofo. ¡Qué regocijo sería ojear las páginas originales en que Emerson dejara para la eternidad tanta sabiduría!

 

Mas la realidad fue otra. El hijo de Emerson era un hombre vencido, recluido en su cuarto, sin ánimo para recibir a ningún visitante por muy devoto que fuera del padre.

 

Y como en Concord, Nathaniel Hawthorne había dado el vigor de su espíritu en cuentos y novelas admirables, Omar contempló de cerca la casa en que vivió aquel que de tanto deleite nutriera sus devociones literarias. Y como también Henry David Thoreau había puesto a fulgurar su estrella en el pueblecito apacible, Omar buscó la escuela en donde enseñara el que se tornó después en silencioso de Walden Pond.

 

¡Qué guía tan excepcional fue Omar! ¡Cómo fue despertándome devociones que perduran y llevan trazas de perdurar a través de mi vida! Su sabio ambular por Concord no terminó sin haber pasado largas horas en la biblioteca pública que guarda manuscritos de Emerson, y sin haber inquirido en una escuela, siguiendo la sed espontánea de su espíritu, los métodos de educación en práctica. Bien lo recuerdo en conversación animada y larga con la directora de la escuela de Concord. Nada parecía sorprenderlo y por eso era grande el regocijo que sentía cuando veía aplicando lo que él tenía ya sabido mediante disciplina austera. Porque Omar Dengo fue realmente un devoto de la escuela, no un improvisado que hiciera prédica de la educación de los niños para coger nombre y posiciones. Este viaje a los Estados Unidos lo hizo con sus propios y escasos dineros, nada más que por el ansia de estudiar las corrientes pedagógicas de esa gran nación. Sabía que sus educadores son gente despierta a todo influjo de renovación y quiso ver de cerca lo que ellos iban realizando en bien de la educación de los niños de su país. Por eso en Concord buscó la escuela y presenció lecciones  y conversó acerca de ellas.

 

De regreso en Boston lo seguí por las pequeñas colinas y llanos del cementerio de la enorme ciudad. Buscaba la tumba de George, del economista  Henry George. Por este norteamericano tenía gran estimación y conocía bien sus teorías económicas.

 

Allí terminó se peregrinación por Boston, porque enseguida un tren nocturno nos condujo a Nueva Cork. Esta ciudad, asentada sobre roca, fue para Omar Dengo, no un despeñadero de su vida, sino una saludable enseñanza. Buscó sus instituciones y las conoció cuando se internó en la Universidad de Columbia en busca de un Dewey y de un Thordike; cuando observó y reflexionó lo que el Teacheer's Collage hacía en el progreso de la educación; cuando abarrió sus ojos de visión certera y grande en los salones del Museo Metropolitano; cuando alzó su espíritu a la comprensión de la cultura que la ciudad, un tanto babélica, se empeña en crear y difundir.

 

He aquí el Omar que admiraba instituciones de Norte América. No  debe vinculársele en globo a los norteamericanos. Por haber sido testigo de lo que el grande hombre persiguió en su breve paso por los Estados Unidos, digo que de ellos recogió para su espíritu y no para su carne. Él nos dejó una piedra de toque. Cuando los profetas nos predican las excelencias de los norteamericanos para deslumbrarnos, vuelvo el pensamiento hacia la vida ejemplar que se nos fue. Excelencias sí, pero no las transitorias y opresivas del oro, que éste es manejado con los instintos del vientre que tiene su guarida en la calle que muere en Trinity Church. Excelencias del espíritu son las que perdimos a los profetas, que éstas no oprimen a pueblo alguno, no emigran de los Estados Unidos a acaparar tierras, a monopolizar la electricidad, a hacer carreteras, a matar nativos, a adueñarse de todos los recursos que dan vida independiente y autonomía a un país. Excelencias de los norteamericanos, mas no las de los prestamistas; sí las de un Emerson que ilumina la vida del hombre despertándolo a la conciencia de que hay en la naturaleza humana un resplandor sagrado que está por sobre todas las comodidades transitorias que ofrece el oro. Conciencia que mata el instinto natural a servir de instrumento de las fuerzas opresoras a cambio de blanduras fugaces.

                                          

San José, noviembre de 1929.

 

 

Pensando en Omar Dengo

 

Por Juan del Camino.1

 

Quisiéramos para Omar Dengo una manera nueva de honrarlo en su aniversario,2 porque lo que se ha venido haciendo no es digno de su vida fuerte y constructiva. Llevarle en procesión flores a su tumba y dedicarle pláticas y música no es ir al fondo de su vida. Esa rutina tiene que desaparecer o dentro de poco no quedará nada de Omar sino un recuerdo infecundo. Lo que pensó y sintió como hombre con aspiraciones de redención, morirá miserablemente. Harán de él leyenda y lo tomarán los bribones para justificar atrocidades. Cuando no lo beatificarán y se establecerá el culto que anula y envilece. Porque va por el camino de esas calamidades. Tanto bueno que trató de infundir hablando y escribiendo y no hay después de su muerte el trabajador que haga de la enseñanza, de la lección, medio de estímulo para la difusión. Aquí oirán, sus malquerientes, la llamada que los junta a preguntar ¿qué se hicieron los discípulos de Omar dengo? Pero como la pregunta la hacen siempre con los ojos puestos en sus años de dirección de la Escuela Normal, tenemos que decir a esos escarnecedores que ni Omar pensó en discípulos, ni el medio era para dárselos. La condición de discípulo supone la existencia de maestro en posesión de sabiduría. Y su naturaleza no tuvo nunca celdas dispuestas a alojar sabiduría. Fue, así lo creemos, un trabajador de excepcionales capacidades. No tuvo empeños ridículos. Dio su inteligencia a la obra educadora que lo retuvo hasta su muerte. ¿Cómo duele pensar que len torno suyo no se congregara la población escolar capaz de haber aprendido sus métodos de aprendizaje, su autodidactismo ejemplar. Sin embargo, esas escuelas no tienen otro fin que recogen a cuanta unidad quiera formar el ejército de la pedagogía y uniformarla y soltarla a marcar el paso. Rara vez aparece el rebelde que no muestra sumisión ninguna, que censura e irrespeta. Rara vez, porque lo usual es lo que vamos viendo en esa revista interminable de la  pedagogía y del bachillerato. Buscarle discípulos a Omar es cosa de zonzos.

 

Su aspiración grande fue matar la tendencia innata en el estudiante a marcar el paso. ¿Saben esto los que en su aniversario van a rodear su tumba, los que le dedican pláticas y cantos? Mejor hicieran meditando su obra. Canto alegre por haber puesto en práctica algún principio que Omar trajo y el cual vivió mientras él pudo alimentarlo, o no vivió en absoluto por causa del ambiente. Del alumno quiso hacer algo original y entonces continuó la práctica de las asambleas semanales implantadas ya por sus antecesores en la dirección. Dicen aquellas personas que lo escucharon regularmente que cada asamblea daba a Omar un poder que le inspiraba las mejores ideas de su vida. Y es natural el suceso. Veamos que eran para Omar las asambleas:

 

"Las asambleas que me corresponde dirigir participan de la variada obra de aquellos progenitores. Sigo conceptuándolas como instrumentos los más aptos para buscar el oriente que a la nave conviene. Por eso efectuadas hoy con un fin particular y mañana con otra forma, sus objetivos y modalidades concurren todos, dentro de una amplia tendencia, a promover el espíritu de institución de que habla el señor Torres. Y cada día lo consiguen más. La misma incesante mutación de la acompleja actividad de la Escuela les atribuye fin y les sugiere la obra oportuna; y en armonía con las nuevas necesidades y los nuevos problemas, modifica el uno, reforma la otra, y así, rectificándolos, readaptándolos, los perfecciona. Un día se lee y comenta, otro se dictan instrucciones, otro se pronuncia una oración cívica, o una disertación moral, o se hace una conferencia, et. Pero todo ello obedeciendo a los mismos espontáneos impulsos de la vida de la institución determina."

 

Buscar el oriente, es decir, hacer de la escuela a su cargo una institución viva y no el cernedor de huesos uniformes. Buscar el oriente para enseñarlo a la población escolara para que de la escuela fuera a crear y no a aplanarse y a vegetar. En esas asambleas establecía lo que para nosotros es salvador: la deliberación. El profesor exponía con el mismo espíritu que el alumno. Y nadie imponía parecer. Con lo cual el estudiante ganaba en libertad y medios de expresión. La deliberación da al hombre un sentido grande de la vida. La tendencia hoy es imponer la sumisión. Allí están los regímenes despóticos concentrando en una sola pezuña los destinos de una nación. ¿Qué deliberación se permite al despotizado? La voz de mando tiene que encontrar acatamiento pronto. Es natural que un ambiente así acreciente en el individuo, su instinto de obediencia y produzca al finalmente indiferente y sin ideales. El déspota perdura por el mal que hace matándole al hombre su poder deliberativo.

 

En la escuela dirigida por Omar dengo hubo la aspiración de formar educadores con espíritu capaz de no callar. Las asambleas daban al alumno libertad y ese alumno la usaba, la hacía móvil y se incorporaba a la institución. Recuérdenlo los que cumplen con el deber de hacerle solemne su aniversario. Vuelvan sobre sus escritos y lean:

 

"Ocurre que pueden llegar al estrado a comentar la palabra del profesor, a confirmarla o refutarla. Tienen derecho de hacerlo, y hay que darle hasta sistemática oportunidad al ejercicio de tal derecho. Solo temen al ejercicio de los derechos de la juventud los educadores que apoyan su obra en el miedo o en el respeto artificial que a fuerza de convencionalismos imponen. No sabrían qué hacer estos buenos hombres si los jóvenes les perdieran el respeto. En cambio, los que entienden arraigar su obra en el amor, jamás temen la irreverencia. Y cuando hay conflicto entre las opiniones de los jóvenes y las nuestras, disponemos de un admirable recurso: darles plenamente la razón, si juzgamos que la tienen; si no, convencerlos de la bondad de la nuestra. Esto que suele ser lo humano donde quiera, la verdad es que en los colegio ha solido entenderse de otra manera. El profesor tiene la razón, debe tenerla siempre. Pobre el alumno que intente defender la propia siquiera sea con el más distinguido respeto. Asimismo, le cederemos nuestro derecho si es mejor el de ellos y si no, sacrificamos el nuestro, a cambio de que la juventud tenga el ejemplo de nuestro sacrificio, mil veces más noble que la arrogancia de un triunfo impuesto."

 

Es grande en sugestiones este capítulo dedicado a las asambleas y retiene al lector reflexivo. Lo retiene para sugerirle, al volverse a cumplir otro año de la muerte de Omar, que trabaje y que recobre sentido creador el recuerdo que hagan de su memoria. Mucho debemos a la inteligencia de esa vida malograda por tantas adversas circunstancias que hicieron olvidar al país que tenía en ella algo realmente superior. Y no podemos sumirla en el rito que lleva al olvido mortal. Preguntémonos qué hay por hacer de lo que Omar concibió como aspiración que debían realizar las generaciones nuevas. Esto antes que las flores sobre su tumba, que nada dicen cuando no las lleva la mano que obedece a una inteligencia empeñada en penetrar hondo en la realidad para no vivir de la leyenda necia y estúpida. Esto antes que la plática insulsa hecha con el ánimo de lucir alguna habilidad oratoria. Insistamos en que a Omar no debe estudiársele con el ánimo de encontrar en él al pedagogo. No fue pedagogo este costarricense que trabajó por dar a la Educación Nacional un sentido de que ha carecido y sigue careciendo. Contra los pedagogos estuvo él, porque:

 

 "se encierran a ignorar a la juventud en la tradición rutinaria d una superioridad ridícula"; porque "creen que la suprema función de los colegios consiste en dictar cuadernos de ciencia muerta y consideran que todo lo demás es perder el tiempo".

 

Meditemos en lo mucho que su  inteligencia concibió y difundamos luz, la luz fuerte que él nos dejó.

 

Sugiere mucho el pensamiento de este espíritu activo y variado. Busaca el comentario en cada hecho y con su fina penetración nos retiene en sus pareceres. Para los que quieran librarlo de todo rito hay páginas suyas que deben ponerse a circular y así prepararán generaciones sensibles al peligro. Quiere hacernos comprender nuestra propia superioridad sobre el extranjero en lo que se refiere al resguardo de nuestros intereses. Piensa de seguro en tanto atolondrado que cede al extranjero todas las primacías cuando ese extranjero viene a "civilizarnos". Pero Omar no fue un atolondrado y dijo:

 

 "Odio al extranjero, no. Pero sí conviene que nos formemos la ilusión de que somos capaces de realizar por nuestra propia cuenta grandes empresas, grandes obras. El intento de concebirlas, el sueño de poseerlas, el ensayo de crearlas, el orgullo de suponerlas nuestras nos educan. Vana sería y no solo vana, sino peligrosamente adormecedora, una fe lírica en nuestra capacidad o en nuestra grande fuerza. Pero es concebible y realizable un propósito de darle realidad a la fe... Amor a lo nuestro destino. Ese amor nos salvará de algo peor que el odio al extranjero: la sumisión venal al oro extranjero."

 

No fue Omar un atolondrado que antepuso la capacidad civilizadora del extranjero a nuestra propia capacidad. Sabía que el extranjero se educa, en las naciones imperialistas, obedeciendo a principios que acentúan siempre su fe en las capacidades de su propia nación. Y por esto, pensando de seguro en esos extranjeros de procedencia imperialista, los pospuso al costarricense en la administración y regulación de nuestros propios intereses. Y nos dio vigilancia. Nos enseñó a no atolondrarnos cuando vemos que el extranjero pide campo para civilizar y trasplantar el bienestar que en su nación disfruta, prometiéndonos convivir con nosotros sin conquistarnos, sin volvernos a la postre sus vasallos. Visión clara la se este costarricense que no fue atolondrado. En su aniversario volvamos activas sus enseñanzas que nos aguardan para hacer obra creadora y fuerte.

                                                                               

  Noviembre de 1935.

 



1 Con este ensayo terminamos las opiniones escritas por diferentes amigos y pensadores de la época cercanos a don Omar dengo. Estamos seguros que de estos escritos el lector obtendrá una visión humana e intelectual del gran Maestro Costarricense. Juan del Camino es el seudónimo que utiliza Octavio Jiménez

2 Es el quinto aniversario y este escritor costarricense cada año escribía en su memoria, un pensamiento.

1.      Tuvo el sentido hidalgo de la lucha: enemigo caído o vencido, dejó de ser contrincante para cruzar sus armas; nunca pudo se enemigo, sino hermano del caído.

2.      Era un observador agudo de las gentes; cuando se engañaba era el corazón quien lo había extraviado en la abundancia de su propia bondad.

3.      No creía en escuelas artísticas, sino en el artista que crea la belleza libre e inmortal.

4.      Admiraba en la obra de Leopoldo Lugones el resultado de una genialidad innata cultivada intensamente y en posesión de una vastísima cultura y trataba de que los jóvenes no confundieran facilidad con profundidad.

5.      Deleite de su espíritu fue contar cuentos a los grandes y a los niños; cuando lo hizo fue quizás cuando creó las más bellas imágenes, las más felices expresiones de su palabra. Su narración tenía el calor y el encanto de una creación artística, aún cuando narraba uno de esos viejos cuentos muchas veces oídos; otros inventó que deben vivir en el  país de la fantasía; nunca fueron escritos.

6.      Para aclarar su concepto, para vigorizar una idea, para embellecer una imagen, así, en el natural transcurso de la conversación, forjó maravillosas fábulas que, algunas veces, sonriendo bondadosamente de nuestra curiosidad, atribuyó a olvidados y desconocidos poetas orientales.

7.      Amó entrañablemente el trabajador, obrero o campesino. Lo conocimos amargado por la incomprensión con que los trabajadores correspondieron en ocasiones a su obra generosa e idealista. Cuéntase que en el fervor de su juventud llegó a soñar que hasta la dinamita anárquica era buena para la redención de os oprimidos.

8.      Recibió, con la alegría del estímulo, el elogio que venía del amigo, así fuera éste el menor o el más humilde; no buscó la aprobación de los nombrados; cuando la obtuvo fue porque la merecía plenamente.

9.      El premio de su afán fue siempre la íntima satisfacción de su conciencia en vista del deber cumplido. En el cumplimiento del deber elevó su acción al heroísmo.

10.  Era el más entusiasta en el elogio y en el reconocimiento del ajeno progreso.

11.  Nunca se conformó con ideas vagas, penumbrosas: de todo cuanto llegaba a su mente trataba de tener ideas claras, conceptos bien delineados.

12.  Todas sus palabras estaban acuñadas en el oro precioso de su sinceridad arrancando de las entrañas mismas de su vida y troqueladas en su maravilloso poder mental.

13.  Como conservador se caracterizaba por la elegancia familiar de su léxico, la facilidad de crear bellas imágenes, la fecundidad para producir ideas originales, la emoción para colorear el relato, la ponderación para darle aticismo al discurso, el humor para poner alitas en los talones de la alusión y el uso muchas veces magistral de la paradoja.

14.  Su afán de progreso se manifestaba en su inquietud creadora y fecunda. En todas las cosas buscaba algo nuevo, algo original, algo más alto, en suma se buscaba a sí mismo. En su cama de enfermo ideaba la forma de una bolsa para hielo que fuera más confortable para el paciente que la que {el tenía en la cabeza. Inconforme siempre, su alma ardía en el bello arrebato cellinesco del creador.

15.  Su obra maestra de filósofo y de artista fue su vida misma, en esto superó el anhelo de Oscar Wilde.

16.  Como Sócrates, paralelo en la noble belleza de su muerte, su obra de diálogo vivo y constructivo, está muy por encima de la que dejó escrita.

17.  Tenía amor por las cosas y gustaba asociarlas a recuerdos de grata significación para su vida: su gesto ante las cosas era el de una penetración constante de su espíritu con el sentido.

18.  Era un sutil observador y por esto un crítico agudo: nos sorprendía con frecuencia hablándonos de detalles reveladores de hondas sugerencias, en las cosas y en los acontecimientos.

19.  Su biografía puede leerse completa sin que el lector se encuentre con la desilusión en ningún aspecto de su personalidad.

20.  Visto en la intimidad se engrandecía porque aún en los más triviales detalles de la vida, se transparentaban, vivos, sus más altos principios filosóficos.

21.  La cortesía, innata a él, como expresión de armonía y de refinamiento interior, constituyó una de sus más constantes preocupaciones de maestro.

22.  Se compadecía de los jóvenes que hacen de su vida una elegante superficialidad.

23.  Su cuerpo era bien proporcionado, hermoso: puro como un niño.

24.  Había llegado a dominarlo de tal manera que con facilidad resistía la fatiga y el dolor.

25.  Sabía gozar del mar y de la montaña. El baño marino era para él una delicia; gustaba que las olas rompieran contra su pecho.

26.  Sabía dormir en la playa, sobre la arena de cara a las estrellas. En las jornadas de una excursión era un compañero abnegado, festivo y resistente.

27.  Era infantil en muchos de sus gustos: jugaba con verdadero deleite con los juguetes de sus hijos.

28.  Simpatizaba con los hombres que saben entretener y jugar con un niño: por este camino llegó a su corazón Raúl Haya de la Torre.

29.  Confiado en su propia lealtad, en los amigos depositaba, íntegro, el tesoro de su intimidad.

30.  Una de sus más grandes ilusiones fue cultivar una huerta y un jardín.

31.  De los fenómenos de la naturaleza el que más bellas sugestiones tuvo para su pensamiento, fue la aurora.

32.  Cultivó la plenitud en el vestir concibiéndola como consideración para los demás y como expresión de refinamiento estético.

33.  Su naturaleza era delicada; todo lo impuro o lo grosero la ofendía vitalmente. Solo en una naturaleza así tan noble como la suya, podrá manifestarse tan puramente el espíritu en la más abundante y armoniosa virtud de sus dones que yo haya conocido. Su arcilla humana estaba amasada con luz de estrellas y con aroma de rosas.

34.  Nunca maltrató ni permitió que en su presenciase maltratara a un niño: si alguna vez usó de la violencia fue para defender un niño maltratado.

35.  En su simpatía por los niños estaba presente a la par de su naturaleza paternal, un profundo sentido de religioso respeto por el alma infantil.

36.  Aclaró sabiamente para sus hijos (niños, el mayor hoy de diez años), los procesos de la generación, inspirándoles un sano sentido de lo que ello significa  en el desarrollo de la vida, liberándolos así de la oscuridad nociva que muchas veces en los niños engendra la malicia.

37.  Consideró como una de las más importantes labores de la Escuela, dar a los jóvenes una bien orientada educación sexual.

38.  Siempre encontró, aún en los casos más difíciles, la virtud, la fuerza creadora en el alma del alumno en que arraigarle una aspiración de progreso, de autoeducación.

39.  Deseaba vivamente que cada joven encontrara su propio camino y así no impuso jamás sus ideas. Era una de sus más vivas satisfacciones de consejos que orientaran a los jóvenes en la determinación de sus aptitudes vocacionales.

40.  Sustentando con su vida sus ideas filosóficas y religiosas, jamás fue fanático de nada, y en él todos encontraban un sincero respeto para sus creencias.

41.  Con una visión muy clara y muy amplia del porvenir de Costa Rica, trataba de que la obra de la escuela trascendiera de las aulas y promoviera corrientes que determinaran ciertas orientaciones sociales; en este sentido era un hacedor de la historia.

42.  Pedía que el maestro fuera el ser moral por excelencia: que aspira a la perfección para que pudiera así ser el más amplio y tolerante de los hombres.

43.  Tenía el sentido más honorable y caballeroso de la responsabilidad. En la Escuela les daba a los alumnos completa libertad; no aguardaba de ellos gratitud sino consecuencia.

44.  No creía bueno el sistema de los premios en la enseñanza porque consideraba que es casi imposible acordarlos con justicia.

45.  Creía que el maestro debía ser limpio en pensamiento y en el deseo, porque con solo ser mal pensado causaría daño a los niños.

46.  Anheloso de perfeccionar su obra educativa en la Escuela Normal, y de librarla de exclusivismos y de personalismos, siempre estuvo atento a recoger la enseñanza de los grandes educadores: su preparación técnica en educación fue, sin duda, la más vasta en nuestro país. A todos los ilustres visitantes que por nuestra Escuela pasaron les exponía francamente sus criterios en materia de educación, les pedía consejo, y así aprovechaba sus enseñanzas; con frecuencia el visitante se convertía en amigo del maestro; tal es el caso de don Agustín Nieto Caballero, por no citar más que un nombre.

47.  Como todos los grandes maestros que se han preocupado del hombre, creía que la base de todo verdadero progreso personal consistía en el propio conocimiento.

48.  Su autoridad moral como educador y como ciudadano fue una de las más altas en nuestra república.

49.  Concebía la escuela como el medio ambiente más fecundo en oportunidades que pudieran provocar la eclosión de las más nobles y variadas aptitudes del alma del alumno.

50.  Concebía la libertad como medio ambiente necesario en la Escuela para la autoeducación moral; como factor para asegurar el desenvolvimiento de la autoridad íntegra.

51.  Concebía el alumno consciente que comprendiendo el sistema educativo de la escuela, cooperara con él, obrando por determinación propia, en consecuencia con los más elevados propósitos de la institución.

52.  Impulsaba a los jóvenes a ir a la acción, a tomar su lote activo en la gran obra de la civilización; eso sí, les pedía que fueran respaldados en la fuerza propia entrenada en una consciente preparación.

53.  Los impulsaba a convertir sus ideas en realizaciones vitales y a no dejarlas en el campo de la mera teoría.

54.  En la ribera florida del más allá, lo imagino, poeta, en compañía de Aadí, de Shelley, de Kyats: lo imagino dialogando en un pórtico de mármol con Sócrates, Platón y el hermoso coro de jóvenes, de los cuales Carmines se reclina como un símbolo en su pecho.

55.  En su vida el mito prometeico se realizó una vez más para beneficio de los mortales.

56.  ¡Perteneció a la casta de los propagadores de luz! 

 

La muerte de un maestro

Omar Dengo 

Por A. Nieto Caballero.

 

Ha muerto en Costa Rica un hombre que encarnó en grande excelso las más altas cualidades del maestro. Su vida fue todo un inacabable entusiasmo: llena de idealidad, limpia de escorias, intensa dentro de cada hora, y alegre y fecunda hasta el último momento. Fue una luz que se consumió demasiado pronto porque estuvo iluminando en cada instante con toda intensidad.

 

¡Qué íbamos a pensar nosotros no hace aún dos años, cuando estrechábamos la mano fuerte y cordial de don Omar Dengo, que en tan breve tiempo, habría de apagarse esa gran llama de juventud y de ensueño...! Mas meditándolo hoy, parécenos lógico que así habría de ser: no que los jóvenes sean los amados de los dioses, que aquello no tiene sentido, sino que el corazón estalla y los nervios se rompen cuando un ideal los trabaja con demasía. Este fue el caso de Omar Dengo: tenía en el cerebro unas cuantas bellas y nobilísimas ideas, y su corazón fue en todo momento el motor poderoso que las puso en marcha. La hora del descanso voluntario no podía llegar para quien sentía que la vida, aún siendo muy larga, sería demasiado corta para realizar completamente sus programas, y la muerte compasiva pidió para el trabajador sin reposo el reposo definitivo.

 

Había nacido Omar Dengo en San José de Costa Rica en el año 1888. Acababa, pues, apenas de cumplir los 40 años. Era una de esas bellas figuras de avanzada que habían recibido en la república hermana la inspiración de fuertes espíritus como el de Roberto Brenes Mesén y el de Joaquín García Monge, y antes de que estos maestros se tornaran viejos, el discípulo se había convertido en el compañero de tareas, en el realizador de sueños comunes.

 

Desde 1919 regentaba la Escuela Normal de Heredia. Allí fue un renovador constante y  no dejó de ser un solo momento el amigo de sus discípulos. Comprendió que educar era ante todo acercar un alma a otra alma, -que el amor es la fuerza creadora de la vida y que la violencia solo engendra el odio- y fiel a la inteligencia de este generoso dogma, hizo de su escuela su segundo hogar de todos los que allí llegaron. Una sola interrupción tuvo este fervoroso laborador en la gran Normal de Heredia. Y qué significativo resulta ese único paréntesis. Fue en 1917, cuando el destino1 trajo para Costa Rica días aciagos. Unos hombres ignorantes y despóticos se habían adueñado violentamente del gobierno de la nación. Omar Dengo sintió al punto que no podía seguir regentando en tales condiciones una escuela  oficial. Se retiró entonces al campo, y fue por aquel tiempo, amargo para la patria, maestro rural en la humilde escuelita de una hacienda (La Caja, del señor Peters).

 

Costa Rica entera se ha dado plena cuenta de la pérdida que ha hecho, y el gobierno de la nación ha sido en este instante, como en tantos otros, el intérprete del sentimiento nacional. El presidente de la República, acompañado de su gabinete, se traslada a la ciudad de Heredia para presidir el cortejo fúnebre, y es el propio Ministro de Educación quien desde el atrio de la iglesia parroquial se dirige a la multitud, -a una multitud silenciosa y acongojada- para hacer en una bellísima oración el férvido elogio del ciudadano que dio su vida a la patria, no en una trinchera de combatientes, es cierto, pero sí en una de esas escuelas que enaltecen el presente y forjan el porvenir de un pueblo. Y es ese ministro quien dice, no las palabras protocolarias de un funcionario sino las que brotan del corazón y se hacen vacilantes en los labios.

 

"Pero cómo no hemos de llorar, exclama, si nunca hubo padre que dejase más huérfanos, ni muerte vi, que arrancase más lágrimas."

 

Y agrega: 

"Yo vi los templos repletos de niñas arrodilladas, con los ojos entristecidos, con las manos juntas pidiendo a Dios por la salud de este maestro."

 

La muerte de Omar Dengo ha sido serena y armoniosa como fue su vida. Su gran placer de todos los días había sido conversar. Era un conversador maravilloso. Sabía interesar siempre cuando hablaba. Era profundo en sus reflexiones y era ligero e ingenioso a la vez. Las invisibles alas de su espíritu revoloteaban sin cesar por sobre el auditorio que le escuchaba, manteniendo alerta la atención de todos los oyentes. En la última hora de su vida quiere conversar también. Llama a los suyos, a su esposa, a sus chiquillos les dice con gran serenidad las más dulces palabras de aliento. Hace venir luego a sus compañeros de labores, les recomienda su escuela con tal naturalidad, que más parece que el maestro solo pensara en despedirse para un corto viaje. Viene enseguida un grupo de discípulos: "Sed fuertes", les dice: "Cuidad de vuestro cuerpo, yo me he dejado de mi cuerpo". Comprende que la sola preocupación del espíritu lleva prematuramente a la tumba. Pero no quiere pronunciar palabras escalofriantes. La sola idea de que su desaparición va a traer luto le intranquiliza. Dice:

 

"Que desde mañana haya alegría en la Escuela".

 

Y agrega en el tono familiar en que hablaba siempre:

 

"Si tienen preparado su paseo al puerto, háganlo. El árbol de la Navidad, no dejen de hacerlo también...Y ahora, jóvenes.

 

Y concluye:

 

"A vivir: eso es importante." 

 

Hay un momento de esa varonil agonía en que el maestro parece dialogar consigo mismo:

 

"No he tenido rencor para nadie.

 

Dice, como haciendo el balance d su conciencia, Entra Monseñor Benavides.

 

"Monseñor confórtame con los santos óleos. Perdóneme. No me confieso porque no sé qué pueda decir. Tráigame el Cristo".

 

Y al ver la imagen dulce y dolorosa, prorrumpe:

 

"Oh Cristo, tú que iluminaste al mundo, ilumina mi pensamiento para entrar en la eternidad".

 

Siente que la agonía llega, y el psicólogo, el hombre de estudio que hay en él, habla:

 

"Observen el proceso. Es interesante. Obsérvenlo. Yo estoy analizando. Mi cuerpo toma ahora todas las formas que yo quiero darle. Lo veo como una sombra chinesca. Es divertido. Ahora lo veo de una manera que no se puede explicar por la geometría de la tierra, lo veo en el plano inclinado y en el plano recto al mismo tiempo...No siento mi cuerpo ya...Pero ¿por qué están todos en silencio? ¿No hay alguna noticia de importancia que pueda llevar allá mañana? Tal vez me lo creerán al otro lado...

 

La gracia sutil del conferenciante lo ha acompañado hasta en el último momento. Continúa el diálogo consigo mismo:

 

"Tengo una perfecta tranquilidad moral. Solo siento un dolor físico. Mi vida es un largo azul sereno... Veo tres colores, y ahora veo una cruz blanca."

 

De pronto el maestro que ha sido siempre irreprochable en su vestido, nota que inconscientemente se está arreglando las mangas de la camisa. Y sonríe:

 

"Pero, ¡me estoy arreglando la camisa! Vale la pena presentarse bien. Si tuviera corbata y estuviera torcida, también me la arreglaría."

 

Luego, como sienta, tal vez que sus ojos luminosos se empañan de lágrimas, hace un esfuerzo supremo y pronuncia esta bellísima frase:

 

"Fui a la gloria y me devolvieron porque llegué llorando."

 

Abre bien los ojos entonces, y como vea que alguien toma notas de lo que él va diciendo, pronuncia sus últimas palabras:

 

"Carlos Luis no tomes más apuntes. Si acaso hablara Sócrates...Hasta en mi muerte he sido un poco parlanchín. Ahora no hablo más..."

 

Y pocos momentos después, entrelazando el mismo las manos sobre el agitado corazón que apenas se mueve ahora, expira dulcemente.

 

Amigo Omar: 

Ya no podrás cumplirnos  la promesa de venir a Colombia con un grupo de tus discípulos, a correspondernos la visita que te hicimos con los muchachos del Gimnasio  Moderno: ya no volveremos a cambiar discursos emocionados delante de las juventudes que nos escuchaban con atención porque sabían que de nuestros labios solo oirían palabras honradas; ya no dialogaremos más en la intimidad sobre los graves problemas de la escuela: ya entre nosotros todo lo terreno ha concluido, pero oye, amigo mío: mientras para nosotros llegue también la hora, cercana o lejana, de emprender en que tú has emprendido ahora, mientras esa última gran excursión vuelve a acercarnos, ten por seguro que tu recuerdo no se hará polvo como tus restos mortales.

Chispa en busca de la Llama?

Las blandas manos del sueño

Sueltan las alas del alma

Para el vuelo del encanto

Tras la luz de la esperanza.

Cuando el labio de la Muerte

Al oído nos reclama

Ya conoce sus senderos

La feliz ciudad del alma.

La divina, bella Muerte

Es la hija de la Noche

Cuyos ojos desentrañan

Los secretos de los dioses.

La divina, bella Muerte

Es la Amante de los hombres

Que han buscado los senderos

Escondidos de los dioses.

Es la madre de los niños

Que se van, como las flores,

Que no abrieron sus corolas,

De la aurora a los albores.

La divina, bella Muerte

Es la Hermana de los jóvenes

Que partieron de la vida

Al llamado de los dioses.

Y en el santo umbral del mundo

De la Muerte hay sacras voces

Que el amor hace de música,

Limpia lengua de los dioses.

La divina, bella Muerte

Es un sueño que conoce

Que no sueña cuando mira,

Cuando siente, ni cuando oye.

 

6

 

Cuando hablaba su palabra

Fue la antena sensitiva

Levantada hacia ese mundo

Que es la fuente de la Vida.

Hoja trémula de sauce

Fue su carne sacudida

Por aquel imán de lo alto

Que su espíritu sentía.

Y a través de su palabra

La emoción se estremecía

Como el ala de la alondra

Al trinar la luz del día.

Su elocuencia fue torrente

Borbollón de pensamiento

En fontana peregrina.

Cuando hablaba, las ideas,

En enjambre de armonía,

Se albergaba en la mente

A labrar su miel divina.

 

7

 

Fue titán su pensamiento

En la mar atormentada

De su ser, en cuyo fondo

Murmuraba alguna Atlántida.

Cuyas voces ascendían

En las horas de borrasca

Cuando ante el furor del viento

Se encrespaba su palabra.

Fue espumante su caudal

Al romperse en cataratas

Desgajadas de los montes

Donde se encontraba su alma.

Mas fue manso por el valle

Reflejando las mil gracias

De los cielos y los mundos

Que en su seno se miraban.

Y una noche, cuando el dios

Desterrado que fue su alma

Escuchó el clarín celeste

Que al Eliseo le llamaba,

Puso aromas en sus labios

Para ungirse la palabra,

Bello puente entre dos mundos

Para el paso azul de su alma.

Paz no habrá para su ser,

Porque el alma no descansa:

De la arcilla es el reposo

Y el subir es para el alma.

Y cuando a la tierra vulva

Con su grano de luz santa

Hallará abiertos los surcos

Para el Trigo de mañana.

 

 

Omar Dengo

 

Por Elena Torres.

 

Don Joaquín García Monge

San José, Costa Rica

 

Muy fino y querido amigo:

 

La muerte de Omar Dengo es lamentable, su juventud nos hacía esperar que la vida le concedería madurar a sus discípulos. No fue así, su destino está cumplido sobre la tierra.

 

Esta hora suya hace doblemente sentida ka pérdida. Costa Rica es la primera que sin palabrería de odio, que acusa envidia, se pone a nacionalizar su energía eléctrica; esto quiere decir trabaja el futuro con visión limpia. No para explotar a otros pueblos, no para empobrecer a otros hombres sino simplemente para hacer libres a los que vivan en su suelo. Es decir que Costa Rica tiene dos postulados. Gobernar bien ¿Cómo? 1º. Haciendo ricos a todos y luego educándolos. Un educador que se muere es una enorme pérdida en un país como ése, que les deja enseñar.

 

En fin, siento con usted esa pérdida: la pequeña nota suya me ha hecho pensar en que ha sufrido como amigo la pérdida.

 

Soy de usted amiga que lo admira y siente su pena.

 

 

Condolencia

 

Por Mario Santa Cruz

 

Señor don Joaquín García Monge

San José de Costa Rica

 

Muy recordado amigo:

 

La noticia de la muerte de Omar Dengo, acaecida el mes último, me ha consternado.

 

Le conocí en Heredia, en 1917. Vivíamos ambos en el Hotel de Doña Rosario de Orozco, en habitaciones vecinas. A pesar de su juventud, era ya todo un maestro. Admiré en él su aguda visión intelectual y la facilidad y donosura con que exponía los más intrincados problemas filosóficos.

 

Pero más que su sabiduría -nunca ostentada- me seducían su espíritu evangélico, su moral austera, su amor a sus discípulos. Hasta en sus últimos momentos supo ser un Maestro. Su muerte es digno corolario de su vida.

 

Poseía como ningún otro, el don del consejo: a él le soy deudor de sugestiones espirituales que han ennoblecido mi vida. Soy, en cierto modo, discípulo suyo,, porque señaló a mi inteligencia y a mi corazón rumbos nuevos. De ahí que su muerte la llore como la de uno de los seres más queridos.

 

En la crisis magisterial porque atraviesa Costa Rica la desaparición de Omar Dengo tiene una significación particular. Constituye una pérdida irreparable. Era de esos hombres que ennoblecen y prestigian a cualquier institución.

 

Le abraza su hermano en el dolor.

 

 

De la vida del Maestro

 

Por Carlos Luis Sáenz

 

1.      Su amor era fecundo como la luz del sol.

2.      Aleccionaba con su sola presencia.

3.      Compartía el gozo de su vida en convivio cordial con los que le rodeaban.

4.      En todas las cosas su espíritu desentrañaba símbolos profundos.

5.      Afirmó como ideales de cultura delicadísimos matices del espíritu.

6.      Nunca se encastilló en prejuicios.

7.      Para las ideas la mente y su espíritu fueron patria de plena libertad.

8.      Sobre el vasto campo de sus conocimientos, que se perdían en bellos horizontes de

      sugerencias y posibilidades, se levantaba el sereno monte de su filosofía coronado por

      auroras de misterio divino.

9.      Descubría, donde otros no veíamos más que tonos planos, sutiles posibilidades

      espirituales en las vidas.

10.  Su ironía era el poder proteico de su pensamiento que hallaba en todo momento los más originales contrastes. La usó en su lucha de siempre por las cosas elevadas y era a modo de daga florentina blandida de frente por mano diestra.

11.  En la conversación íntima la ironía del maestro era sal y gracia que  hacía de él un causer delicioso.

12.  Sabía oír las conversaciones y procuraba siempre darles tono elevado y sentido filosófico.

13.   Las conclusiones dogmáticas en ciencia, lo hacían protestar en nombre de la ciencia misma.

14.  Defendía como cosa digna del hombre culto el sentimiento romántico de la vida, que para él tenía el sentido de la ternura y de la caballerosidad, de la humildad y de la hidalguía.

15.  Creía que la vida, para tener sentido debía ser la realización íntegra de los principios que libremente se aceptaran.

16.  Exponía siempre su criterio como probable punto de partida para hallar nuevas soluciones al problema planteado.

17.  En su trato de maestro era paternal. El sentido de su paternidad era el de inspirar confianza plena y ponerse todo, en mente y corazón, al servicio de quien lo solicitaba.

18.  Jamás fue para el alumno, por grave que fuera la falta, el juez que condena irremisiblemente, sino el honrado consejero que señalaba formas de auto-redención.

19.  Luchó contra la vulgaridad, tenía por un síntoma de decadencia espiritual, tanto en los individuos como en las colectividades.

20.  Quería que los jóvenes vivieran con intensidad la hora actual, y trataba de moverlos a enterarse de los grandes acontecimientos actuales en todos los campos de la actividad humana

21.  Defendía el derecho de amar libremente, siempre que se amara con la más elevada pureza y con la más acrisolada honradez; era amigo del  amor, pero combatía en toda forma la  sensualidad.

22.  Del honor tenía un sentido quijotesco, y lo vivió ajustándose estrictamente a este sentido.

23.  Para la pureza de la mujer exigía una absoluta reverencia.

24.  Comprendía, condoliéndose con cristiana piedad, la tragedia de la mujer caída.

25.  La obra manual le merecía un respeto casi religioso.

26.  Era enemigo de toda vanidad intelectual y aleccionó en este sentido recatando su obra en el modesto escenario de su Escuela.

27.  El valor de oro de su vida cívica, reside en su honradez: no hay un solo acto de su vida pública o privada, en que no resplandece, acrisolada, esta virtud: ¡por esto los politiqueros veían en él un hombre peligroso!

28.  Descubrió en muchas almas posibilidades de servicio que aquellas mismas ignoraban.

29.  Una de las normas de su vida fue servirle siempre a la verdad que él llamaba con frecuencia ¡luz!

30.  Aceptó la realidad desnuda y luchó siempre con determinación de triunfar.

31.  Conocía perfectamente sus  méritos, sus capacidades, pero nunca los sobrepuso con miras de egoísmo sobre los de nadie.

32.  Jamás usó indignamente de su cuerpo, ni de su pensamiento, ni de su espíritu.

33.  Los ideales no eran para él cosa lejana o metafísica, sino el ejercicio diario, y continuo del perfeccionamiento de su vida encauzada hacia prototipos de sabiduría, de bondad y de belleza.

34.  Respetó la jerarquía cuando ésta tenía por fundamento la excelencia.

35.  Jamás se doblegó en gesto servil o adulador ante la arbitrariedad del superior oficial, del oficialismo convertido en dogma.

36.  Fue un ejemplo vivo de dignidad, de conciencia cívica y predicaba a sus alumnos la viril y sana rebeldía.

37.  Ante su tribuna de maestro desfilaron múltiples luchas de ideas, ante profesores, entre maestros, entre alumnos, constituyéndose él en un juez habilísimo, que encauzaba, aguijoneándola, la inquietud de las almas jóvenes en la búsqueda de la verdad.

38.  Creía en la aristocracia entendida como distinción del espíritu, como incapacidad absoluta para obrar con bajeza, cimentada en el espíritu y en la sangre de la estirpe.

39.  Alguna vez dijo comentando la artera intención de un anónimo: "No hay nacimientos indignos, cuando se es hijo de su propia nobleza".

40.  La aristocracia de su espíritu la entendía como deber de suma excelencia para servir mejor.

41.  Se complacía en valorar los méritos ajenos, dándoles su más cálida acogida y su más vivo elogio.

42.  ¡Serenidad! Esta era de sus más amadas palabras y entrañaba la más viva aspiración de su espíritu; alguna vez empezó una de las pláticas a los alumnos diciendo: "¡Serenidad, bendita serenidad, tan amada y tan esquiva!

Él ha muerto

Con grandeza y honor;

Sin odios, sin rencores,

Pero con un grande amor

Por todas las cosas bellas

Que él en la vida

Supo amar tanto.

Enjuguemos el llanto

Y en el corazón

Guardemos su recuerdo,

Su nombre bien amado,

Que es para nosotros

Como una luminosa

Y suprema lección.

 

 

Omar Dengo

(Elegía)

 

Por Rogelio Sotela.

 

 

¡Rompan las Plañideras los cántaros del llanto;

Den todas las campanas su más profunda voz...

La noche ponga el gajo sombrío de su manto

Y todo esté en silencio, porque hoy ha muerto un dios!

 

Un dios por lo que había de luz sobre su frente,

Un dios por lo que había en su serenidad,

Por su sonrisa honda, por su actitud valiente

De ser grande y ser noble dentro de su humildad.

 

Omar hizo el milagro de alcanzar en la vida

Con el esfuerzo propio la mayor perfección,

La virtud, la cultura, ésas fueron su égida,

Y el carácter Invicto fue su mejor blasón.

 

Pero fue tal su ensueño, tanta fue su pureza,

Tan sutil el aliento que animó su emoción,

Fue tan alta la idea que alumbró en su cabeza

Y tan celeste el ritmo que hubo en su corazón.

 

Había tanto espíritu entre su carne; había

Tanto de Dios dentro de su cuerpo mortal,

Que al fin, hombre deítico, rompió la carne un día

Y fue rumbo a los cielos, a vivir su ideal.

 

Cuando reencarne un día

Y esté sobre la tierra nuestro querido Omar,

¡Con qué inmensa alegría

Va a ver que la obra suya pudo fructificar!

 

Mañana ha de volvernos, como las primaveras,

Ungido de lo Alto para darnos Su voz...

Y habrá un renuevo en todas las viejas sementeras

Y ¡no se irá ya nunca Omar, el joven Dios!

 

 

En el cementerio

 

Por Luis R. Flores

 

Pasaste como un Astro

Por el diáfano cielo de la Patria,

Dejando -¡oh sublime Misionero!-

Un reguero de luz en nuestras almas.

 

Si el dolor que me hiere

Anuda mi garganta

Y enmudece mi lira,

Para decirte ¡Adiós! Tengo mis lágrimas...

 

 

Amigo y educador

 

 

Por Cristián Rodríguez.

 

Querida Tere:

 

Tengo a la vista un cablegrama de Octavio que dice: Omar murió. El sobre lo abrí hace más de una hora. Aunque fue recibido aquí a la 1 y 35 p. m., el mensajero lo puso en un buzón equivocado, donde estuvo algunas horas. Había estado esta noche escribiendo en máquina a Octavio, y antes de acostarme resolví salir a tomar el aire. Al salir al zaguán vi un sobre en otro buzón que reconocí ser un cablegrama. Lo saqué ya que era para mí y estuve un rato con el sobre en las manos, sin atreverme a abrirlo. Cuando uno vive fuera de su tierra pasa en continuo sobresalto y un cablegrama presagia casi siempre una mala noticia. Lo abrí, lo leí, lo releí y a pesar de ser tan corto el despacho me parecía que esas dos palabras, Omar murió, no tenían sentido. Por un instante me pareció que había sufrido un lapso en la memoria. Perdí toda acción y permanecí largo rato recostado a la pared .Luego hice un esfuerzo por incorporarme y de nuevo traté de darme cuenta de lo que pasaba. ¿Estaba yo en mi juicio? Hasta llegué a perder la noción de donde estaba, como cuando uno despierta de un sueño pesado, habiendo dormido de día. Fue una conmoción extrañísima. Luego comencé a ver más claro. Omar es un amigo mío y Omar ha muerto. Esto me lo avisa Octavio, otro amigo que sabe porqué me da esa noticia. Hasta aquí había permanecido impasible, pero pasado ese aturdimiento no pude más y me solté a llorar como un niño. Una emoción del más profundo dolor, como no la he sentido jamás, se apoderó de mí, y mi dolor fue creciendo cuando fui comprendiendo lo que esa noticia significaba. No tenía una alma con quién compartir mi dolor. Luego pensé en Ud., en Jorge, Manuel, en Omarcito, en la niñita que no conozco, en mis amigos, que también lo fueron de Omar. Hice un esfuerzo, me enjugué las lágrimas y tomé el ferrocarril subterráneo hasta la calle 104, donde salí a la superficie, consternado -y continué caminando hasta la 107 y Broadway, donde hay una oficina de cables. Allí, sollozando todavía, le puse un despacho que recibirá mañana por la mañana, muchos días antes de recibir la presente. Salí de la oficina y luego recordé que había también cablegrafiar a Octavio. Me devolví y puse otro cablegrama. No me acuerdo qué dije, pero cualquier cosa que haya dicho no podrá expresar el terrible dolor y desolación que me embarga. He regresado hace un momento y he estado llorando nuevamente en el baño. He visto el reloj y son las dos de la mañana. Pensé llamar por teléfono a Torres, pero es muy tarde. Hoy vi a Torres y estuvimos conversando precisamente de Omar, de su viaje a los Estados Unidos en el invierno de 1915, cuando vino a este país y visitó en Concord, la tumba de Emerson, otro espíritu de la misma estirpe que él. Me contó Torres que los había llevado s Sussex, a él y a Octavio, y que le había ofrecido dinero a Omar, para que prolongara su estada en Nueva Cork. Pero Omar declinó el ofrecimiento. Cuando de esto hablábamos, Omar había muerto hacía varias horas y sin saberlo nombrábamos a un difunto. Recuerdo ahora el entusiasmo con que leíamos las cartas de Omar, Ud., entonces apenas su prometida., y yo, amigo y admirador de Omar. Recordé los comentarios que hacía sobre la tripulación del barco, sobre la gente de color que manejaba los cabos. En esa gente sucia, malhablada y tosca, reconocía Omar la hermandad del hombre con el hombre. Entretenía sus ocios en el vapor leyendo un libro de Pío Baroja sobre cosas de mar. También pasó por mi recuerdo la memorable presentación, en las Conferencias de la Sociedad de Instrucción y Recreo, de la que más tarde había de ser su esposa. Esa noche Omar, con admirable talento dramático, y demostrando dotes de verdadero poeta, relató la melancólica historia que sirve de tema a Constanza, el bellísimo poema de Eugenio de Castro. También recordé sus conferencias filosóficas, en el salón de la Escuela Juan Rafaela Mora, cuando hizo síntesis filosóficas, que todavía me sirven de guía. Durante sus primeros años de su carrera en el profesorado, -en el Liceo- hubo pequeños intervalos de extrañamiento en nuestra amistad. Yo tomaba muy en serio el aparente alejamiento de Omar, pero él procedía sin mayor intención. Quería corregir mi incorregible bufonería. Pero luego nuestra amistad se reanudó con más fervor, y tuve el privilegio de seguir muy de cerca de ese hombre admirable, que pareciera arrancado a los Diálogos de Platón. Como Sócrates, fue Omar sobre todo un parteador de inteligencias, y mi deuda para con él, por el entusiasmo que despertó en mí por la filosofía y la literatura, es incalculable. En ese tiempo era Omar todavía muy joven, pero su erudición y su sabiduría eran ya prodigiosas. Era pálido -siempre lo fue- usaba melena, una melena muy particular, que cuadraba muy bien a su perfil, no la melena del bohemio. Usaba cuello bajo y una corbata negra, de pañuelo como la de Pío Baroja. Su sombrero también era típico, lo mismo que sus ademanes y el timbre de su voz. Tenía un corazón de oro. Su ironía, aunque punzante, nunca fue cáustica. Tenía la mansedumbre de un Nazareno, pero como éste, sabía encolerizarse, y su ira era tonante. Era un gran enterado. No sé cómo ni cuándo tenía tiempo para leer. Leía muy de prisa, cuando leía para sí, y poseía un poder de asimilación como nunca he conocido.

 

Ahora me he sentado a escribirle. Hubiera deseado escribirle algo bien dicho, lleno de ternura. Pero no me siento bien. Me siento torpe, ¿Ud. me dispensa, no? Ahora Ud. Dispensa todo. Mi pensamiento ha estado vagando y tengo que hacer un gran esfuerzo para no deshacerme nuevamente en llanto. Si pudiera gritaría. Pero en Nueva Cork hay que sufrir en silencio. Quizás sea mejor, pero me duele el pecho de aguantar el llanto. Se me ha desbaratado una de mis grandes ilusiones, ahora que pensaba regresar a Costa Rica. Mi tierra ya no será la misma. Falta Omar; Omar, ese enorme amigo y gran educador que ha desaparecido para infortunio de su patria. Esta clase de hombres nacen muy de cuando en cuando. Costa Rica tenía solo un ejemplar de esta clase de hombres. Ahora ya no tiene ese ejemplar. Yo había soñado -no imaginado, soñado en sueños- que regresaba a Costa Rica, y la primera casa en que me veía a mi regreso, en el ensueño, era la casa de Omar. Iré a esa casa, pero no encontraré al amigo, al maestro, al compañero, al que era más que hermano, yo que no tengo hermanos en mi madre. ¿Por qué no regresé antes para ver vivo al amigo?¡Este hombre, Omar, ha significado tanto en mi vida! Cuando oí por primera vez su nombre, en época que no puedo precisar, se me antojó que se trataba de algún personaje ya famoso, quizás muerto. Ignoraba que Omar Dengo fuera un compatriota, un joven con quien se podría hacer amistad. Tengo muy presente en la memoria el incidente que dio lugar a mi descubrimiento de Omar. Algún día referiré al público ese incidente, con otros detalles que den a conocer mejor al país, y a la América, quién fue este raro huésped del mundo que murió cuando tanto bueno se esperaba de él, fuera de su obra educativa ya realizada. Yo no me siento capaz de reconstruir, para el público, la vida de ese pequeño grande hombre; y digo pequeño, porque pequeño es nuestro país y todo aparece en él pequeño, aunque sé que su estatura espiritual y mental no desmerece en cualquier país, por grande que sea.

 

Pocos días antes de su muerte sentí deseos de comunicarme con él y le escribí, medio en serio, medio en broma. Lamento no haberlo hecho con toda seriedad. Mi carta fue la última y sin duda ha quedado sin contestar. Si alcanzó a contestarla, será muy doloroso para mí recibir una carta póstuma, pero la guardaré como un tesoro.

 

Como quise decirle antes, ambiciono poder trabajar -cuando sea digno de ello- en un esbozo biográfico de Omar, y si una vez más tranquila, ese proyecto merece su aprobación, sírvase avisarme, para comenzar a ordenar algunas notas. La vida de Omar ha sido sencilla en sus detalles biográficos. Su biografía es interior. Esta es una tarea que debemos hacer, si no yo, cualquiera otro de sus amigos, o todos en colaboración.

 

Perdone si he sido incoherente, pero me siento incapaz en este momento de coordinar las ideas. Ud. Sabe cuánto quise al hombre que fue su esposo, y cuán profundamente me afecta su muerte.

 

Me pongo a sus órdenes, si en algo puedo servirle, y créame su siempre afmo. Amigo y servidor.

 

 

Omar Dengo

 

Por Mario Sancho.

 

Acaba la muerte de causar al grupo de educadores costarricenses una baja que no es exagerado calificar de irreparable.

 

A Omar Dengo tendremos que reconocerlo siempre por su talento, su entusiasmo y su dedicación a la enseñanza. Era el tipo ideal del maestro, esto es, del hombre que pone en la labor educativa lo mejor que hay en la naturaleza y no únicamente un interés perfunetorio.

 

El oficio de enseñar, que fue la pasión de nuestro amigo durante su corta pero fecunda existencia, es un oficio difícil, el más difícil de todos. No bastan talento y cultura para ser un buen maestro. Se necesita también gusto por el trabajo de la escuela, cariño vigilante por los alumnos, simpatía para entender sus dificultades e ideales, paciencia para sobrellevar sus defectos mientras se logra corregirlos, fervor que inflame a la clase en el fuego de la curiosidad, y discreción al propio tiempo para no convertir el más útil de los apostolados en cátedra de pedantescas vanidades.

 

Omar Dengo reunía todas estas cualidades, tan raras de encontrar, no digamos juntas, pero ni siquiera dispersas en conjunción brillante. Había nacido con la vocación de enseñar y a ella dedicó todos los árbitros de su inteligencia que era grande, y todos los recursos de su bondad que era aún más grande.

 

La muerte le ha sesgado en la flor de sus años, cuando más útil nos era. Para epitafio de su tumba yo sugeriría éste, no como un reproche o una queja al destino, que tales cosas no se acuerdan con la resignada serenidad de su espíritu, sino como homenaje a su abnegada labor prematuramente trunca:

 

"Hizo todo el bien que pudo, pero no todo el  que quiso".

 

Pienso que el dolor de separarse de su Escuela y de abandonar a sus hijos y a la que fue gentil compañera de afanes y  estudio deben haber pesado grandemente en su corazón a la hora de irse de este mundo.

 

¡Que la paz de Dios sea con él y Costa Rica no lo olvide!

 

 

La Dirección de la Escuela Normal

 

Por Luisa González.

 

Ahora que todos buscamos en quién prender nuestra confianza para que continúe la obra fuerte de don Omar dengo en la Escuela Normal, recuerdo sus últimas palabras a los jóvenes y pienso que como un homenaje al querido maestro debemos encender el corazón -que es en donde encontramos en nosotros mismos lo más bueno de su labor- y ponernos a buscar entre sus discípulos al joven honrado y valiente que lleno d entusiasmo y de fe, sea capaz de ofrendara su vida entera al servicio de la Escuela Normal; sea capaz de mantener mientras dure su paso por ella, el espíritu de esa Escuela que don Omar animó e hizo crecer trasfundiéndole la esencia de su propio ser.

 

Al recordar sus últimas palabras me digo: ¿Acaso no hay entre nuestros jóvenes quien pueda tomar en sus manos altas responsabilidades de la vida del país, diga y pruebe con alegría que surgen nuevas fuerzas capaces de crear y realizar arduos trabajos? ¿Para qué ponerse a discutir si en la dirección de ese colegio debe estar un joven o un viejo? Todos los que pensamos con desinterés en el asunto -jóvenes y viejos- sentimos que si hay un joven maestro ferviente y equilibrado por el estudio y el trabajo, como lo fue don Omar, puede perfectamente continuar su obra.

 

Cuando don Omar llegó a tomar la dirección de la Escuela Normal apenas si tenía treinta años...

 

Creo que los jóvenes que tienen fe y entusiasmo inteligentes no son menos venerables que los viejos cargados de experiencia.

 

La vida de los estudiantes de la Escuela Normal será noble si logran ser guiados por profesores honrados y activos, capaces de despertar preocupaciones en la juventud que los rodea: la edad del profesor es cosa secundaria si se trata de un individuo fuerte moral y físicamente. Entre los jóvenes tenemos a Carlos Luis Sáenz, digo hijo de la Escuela Normal, siempre leal con sus ideales y uno de los profesores que prestó eficiente cooperación en la labor de don Omar. Fue uno de sus discípulos predilectos y yo siento que él vería con alegría que Carlos Luis viniera a ocupar el puesto que la muerte dejó vacío. Pienso que llamar este muchacho a la dirección de la Escuela, sería encomendar en manos fuertes y honradas el trabajo sabio y fecundo que durante diez años llevó a cabo don Omar. Pensar que lo realizaría sin dificultades ni fracasos, sería ingenuidad; pero los que lo conocemos, sabemos que una y otros serían trasformados en su  espíritu en ricas experiencias.

 

Mientras escribo estas palabras, preocupada por el porvenir de la Escuela Normal, recuerdo al gran educador inglés Sanderson, que siendo apenas profesor de ciencias, con cierto prestigio, sin práctica en gobernar colegios, fue llamado por el Consejo Administrativo a dirigir el Colegio Oundle, que fue transformado por Sanderson en un tipo completamente nuevo y logró además rodearlo de un prestigio que nunca alcanzara Oundle en sus cinco siglos de existencia anterior.

Parece maravilloso el camino por donde este hombre llevó su colegio, pero es que el único pecado que no perdonaba era el de la falta de entusiasmo, el de la falta de deseo de crear y me parece que en esto del entusiasmo son más ricos los jóvenes que los viejos.

 

 

In Memoriam

Omar

 

Por Roberto Brenes Mesén

 

1

 

En el cuenco de una lágrima

Temblorosa de ternura

Cabe un mundo de silencio,

Posa un lago de amargura.

Mas la queja no me brota

De los labios, ni se cuaja

En mis ojos esa gota.

Yo sé ya lo que es el sueño

Milagroso de la muerte,

Y él ya sabe que mis lágrimas

Son sin luz ante la muerte.

 

2

 

Por los anchos corredores

De una escuela, que fue nuestra,

Muchas tardes caminamos

Como uncidos a una vida.

La claror se deshilaba

Al subir por la escalera

Yendo en busca del azul

De la tarde y la quimera.

Y tras ella remontábamos

Persiguiendo las ideas,

Como antiguos cazadores,

Con el arco y con la flecha.

¡Cuántas veces, al reunirnos

Y afirmar los pies en tierra,

Encantados descubrimos

Una idea con dos flechas!

 

3

 

Cállese un instante el viento

Y desmáyese la flor

De los campos y las sendas

En la patria de su amor.

Haya paz en sus cristales

El arroyo sin rumor.

Porque del vaso de arcilla

Donde ardió su resplandor

Se ha escapado, en limpio arranque,

El numen animador.

 

4

 

Que va el frágil polvo al polvo,

¿Quién, quién lo dijo del alma,

Si es el alma la divina.

Vida homogénea la suya, limpia, sin desvíos, sin claudicaciones, dedicada a lo verdadero, a lo bueno, a lo bello, , pura como una llama. Sus aspiraciones las convirtió en una religión invariable; sus ideas en obras. Por eso su prestigio, por eso sus cualidades morales que le dignificaron en este siglo positivista, en donde las libras esterlinas deslumbran y pierden lo mismo que el collar de perlas de la frágil Margarita.

 

A menudo, en la ocasión propicia, echó su carta de espadas, sin considerar los intereses creados, y emitió sus pensamientos, exento de prejuicios, cuando los imperativos del deber le invitaban a ello.

 

Justo en sus apreciaciones, con serenidad, con claridad, sin odios roedores, saltaba a la liza del debate, y  oro las doctrinas económicas, ya los métodos sociales, bien los programas escolares, eran objeto de su sabio análisis.

 

Hay dudas sobre el escritor que hubo en Omar Dengo y se le estima en más por sus vuelos oratorios. Esto merece una explicación. Los que le juzgan así es probable que le hayan leído de un tirón, y no como recomienda Faguet, o la producción de este pensador, que es vasta, y que está dispersa al presente, pasó inadvertida para la seguridad del juicio.

 

En mi sentir, sí lo fue, y de potencialidad extraordinaria. Sus tendencias y gustos literarios eran novedosos. Su agilidad transparenta un sentido delicado que viene de Khyyán, de Kabir, de Tagore... Un signo de belleza naciente,  sus plegarias, sus tenues anotaciones, sus juicios, sus frases prologales. Su último trabajo, gestado en octubre de este año, está decorado de florescencias exquisitas. Dice:

 

"Nos da a veces la tarde, en su serenidad, o en su placidez, la imagen de infinito espejo de oro fragmentado después en la insinuación y en el elogio estelar de la noche. La primera estrella hacendar toda la simiente de luz celeste."

 

En La Inquietud de la hora, expresa:

 

"La idea es un bajel para llevar la conciencia del hombre hacia la conciencia del Universo. El hombre es un Universo detenido en las mallas de una idea."

 

Predominan en sus impresiones temblores de alma, trinos interiores de una rara música desconocida.

 

Hablando de Berta Singerman, escribe:

 

"El silencio abre sus entrañas de angustia a la palpitación de la eternidad."

 

Oíd su  voz iluminada, en América y el Maestro. Madre América, madre en esperanza de un porvenir cuya eclosión es un designio cósmico, en el cual se concentran, como savias de siglos, los ideales de las civilizaciones para alcanzar a ser luz y redención un día en la hazaña de una nueva humanidad."

 

Esta página de bronce, trepidante, penetrada de clarividencia, de heroicidad, demuestra que había en su mundo íntimo nido para un águila que llevaba  en el pico una estrella y en las alas el rocío de los cielos.

 

No es frecuentemente, en presencia del abandono de gentes insensibles a los reclamos urgentes, él gustaba de la ironía, a manera de remate feliz, antes de tornar al silencio. Y fue la suya ironía fina, risueña de esa que deja un estremecimiento sobre el pecho de la duda o de la amargura. En sus postreros instantes, cuando a los cuarenta años de vida útil percibió el llamado del Más Allá, sin proferir una queja, ironizó durante el segundo en que se acercaba el gran enigma, la batalla entre la sombra y la luz, que dijera Hugo.

 

"Pero me estoy arreglando la camisa. Vale la pena presentarse bien. Si tuviera corbata y estuviera torcida, también me la arreglaría."

 

Y esto otro:

 

¿No hay alguna noticia de importancia que llevar allá mañana? Tal vez me lo crean al otro lado..."

 

Y esta reflexión de sabor evangélico:

 

"Fui a la gloria y me devolvieron porque llegué llorando."

 

Desde el altar de la muerte, este varón insigne, dio una lección más, y dispuesto a externar severas convicciones, manifestó, con énfasis, que los jóvenes deben amarse, fraternalmente, y vivir, fuertes de alma y de cuerpo, velando sin desmayo por los intereses espirituales del país. Habló de lo que hay que hacer, dentro de nuestras posibilidades, en la Nación; de la valiosa riqueza que posee y que es sensato utilizar para el surgimiento de la cultura del porvenir.

 

Pero llegada la partida, y ante el Cristo:

 

"Oh Cristo, tú que iluminaste al mundo con tu ciencia y tu poder, ilumina mi pensamiento para entrar en la eternidad."

 

Así terminó Omar su vida, así desapareció este santo incomprendido, este compatriota perilustre, que fue hacia la Gran Serenidad, en sosegada ascensión, entre el sollozo de la Patria.

 

Pero no solo Costa Rica perdió un valor genial, sino también el Continente indoespañol en donde escasean los sabios y los iluminados.

El Congreso Constitucional, el 20 de noviembre de 1928, se puso de pie durante un minuto dedicando su pensamiento al gran desaparecido. Ojalá los costarricenses, al conjuro de la admiración y del recuerdo, nos pongamos de pie, de cuando en cuando, para evocar al pensador Omar Dengo, quien supo magnificar a Costa Rica con el incendio de su inteligencia y la primavera de su corazón.

 

 

Mensajes diversos

 

Por H. D. M.

 

Siempre su voz, su palabra, su gesto que parecía modelar la idea para grabarla más hondamente, conmovía las más recónditas fibras de nuestras almas y en ello estribaba su dirección excelsa y superior al educar.

 

En místico recogimiento, en estremecimiento de dolor, plegamos las alas enlutadas, del recuerdo de nuestra juventud, cuando  fuimos sus discípulos, y sentimos cómo una a una están encendidas, con fulgores de estrella y  destellos divinos, las luces que él allí dejó. Hoy son la ofrenda que al recuerdo y al culto del amado maestro conmovidos por la pena, le tributamos al emprender su eterno viaje, y le decimos, entre sollozos y lágrimas:

 

"Y dejas Pastor Santo, tu grey en este valle..."

 

 

 

A mi inolvidable amigo y benefactor don Omar Dengo

 

 

Por Hildebrando Siles Granados

 

Una antorcha de vivísima luz que iluminó intensamente el camino por donde pasaron legiones de jóvenes anhelosos de elevados ideales, se acaba de extinguir... Sí: se consumió. Pero en cada uno de los jóvenes beneficiados por esa antorcha, quedó una parte de su luz. Don Omar no ha muerto. ¡Vive!

 

Yo también me cuento entre los beneficiados por don Omar. Él me tendió su mano justa, franca, y amiga, y con la paciencia del verdadero Maestro, me condujo hacia el lugar por mí soñado.

 

Recibid mi humilde ofrenda ¡oh inolvidable amigo!

 

 

La estimación extranjera

 

 

Por Salvador Cañas.

 

Lamento sinceramente fallecimiento Omar Dengo, valor positivo de cultura espiritual.

Por Cristián Rodríguez.

 

Anonadado lloro al malogrado amigo.

 

Julio Fuenzalida.

 

Conmovido noticia fallecimiento señor Dengo. Presento usted y famita sentida condolencia.

 

Por Manuel Roy.

 

Muerte Omar Dengo pérdida irreparable Magisterio Americano. Comparto fraternalmente dolor ustedes.

 

 

¡Alerta está!

(Sobre la tumba recién abierta de Omar Dengo)

 

 

Por José María Zeledón.

 

Ayer fuimos a Heredia a enterrar a un soldado. A un soldado de la cultura autóctona. A un verdadero soldado del país  que murió agotado por la fatiga de incesantes jornadas sucesivas a que la modalidad de nuestro ambiente condena a los batalladores que jamás son relevados en sus puestos de la línea de fuego por las reservas que no existen. Por eso, por ser soldado ilustre caído, formados en bóveda interminable las armas y os pabellones de todas las milicias intelectuales de Costa Rica, dieron la protección de su sombra al imponente desfile.

 

Envidiable en todo sentido la muerte de este hombre cargado de merecimientos por lo que fue su labor y por lo que fue su vida. Vida y obra homogéneas, jamás desmentida una por la obra, como deben ser todas las obras de una vida llamada a perdurar y dar frutos egregios y como deben ser todas las vidas consagradas a una obra de Bien y de Verdad.

 

Se alejó del mundo con la palabra virilmente alentadora en los labios para aquéllos que le sobrevivirán en la pelea. Ni un desmayo, ni una claudicación, poseído más que nunca de la fuerza de sus convicciones y seguro, serenamente seguro, de la continuación de su esfuerzo en medios más amplios y propicios.

 

Para quien sucumbió así, como Sócrates, vaciando en torno el manantial de su filosofía, bien merecida ha estado la gloria -envidiable también- que le tenía preparada el Destino: que la oración final sobre su tumba fuera dicha por labios proféticos, venido desde lejos como en un impulso exclusivo cumplidor de esa misión sagrada; por los labios de Haya de la Torre, el tribuno más vehemente y más sincero y por lo tanto más grande de la actualidad americana.

 

Todo hace pensar que son venidos tiempos de lucha excepcional para estos pueblos del continente ido español. Y en los instantes precisos en que el nuestro pasa revista a sus valores cívicos, Omar Dengo contesta entre los primeros: ¡Presente! Cuando ya sus heridas no le permitían otro empeño y va a tenderse en el rincón de la muerte sobre su rifle y bajo su bandera.

 

Dejemos insepulto su recuerdo para que en el día de la victoria -que siempre es día lejano- vengamos a esa tumba recién abierta en Heredia a traer un gajo de laurel al invicto soldado de su país, quien, al escuchar nuestro reclamo, responderá con la precisión de los atalayas vigilantes:

 

"¡Alerta está!

Omar Dengo

 

 

 

Por J. J. Salas Pérez

 

Era el maestro

De singular grandeza:

Alas en los hombros,

Y en la frente,

Luz y belleza.

 

Era de los bravos

Y era de los grandes;

Parecía un cóndor

Que agitara sus alas

Por encima de los altos

Picachos de los Andes.

 

Era bolivariano

Y el Príncipe

De nuestros oradores...

Su palabra fecunda tenía

Luz de antorcha,

Resplandores de aurora...

Era para el corazón

Como un hermano.

 

Él avivó en la Escuela Normal

El fuego sagrado

Y lo que Wells llamó un día

La llama inmortal.

 

Era de los buenos

Y era de los nobles.

Amó la justicia,

El Bien, la Libertad.

Al Mal supo darle

Terribles mandobles...

Don Quijote viviente

Con su adarga y su lanza

Combatió la injusticia

Y encendió en muchas almas

Un fulgor de esperanza.

 

Amó y fue muy amado;

Por eso en su ausencia

Todos hemos llorado.

Sereno ante la muerte

Tuvo el estoicismo

De Sócrates

Y con valor dijo adiós

A sus seres amados,

Y sereno y triunfante,

Con belleza suprema,

Con valor y heroísmo

Después de haber luchado,

Después de haber vivido

Una vida gloriosa

Dejó su noble escuela,

Dejó su amado hogar,

Y como la mariposa

Al romper el capullo,

Voló hacia las regiones

Donde los inmortales

Con su luz estelar,

Con su bien y su amor,

Conducen nuestros pasos

Hacia un plano de vida

Más noble y superior.

 

Todos en él miramos

La presencia del genio.

Su voz y su palabra,

Su virtud y su ciencia,

Su filosofía

En las almas

Dejaban como una melodía.

 

Hoy lloramos su ausencia

Y pensamos que la Patria

En los  cielos ya tiene

Un arcángel que vela-

Con la espada en la mano,

Con la luz de sus ojos

Y su voz inmortal-

Por su Gloria y su Bien.

 

Él ha muerto

Con grandeza y honor;

Sin odios, sin rencores,

Pero con un grande amor

ESCRITOS SOBRE OMAR DENGO MAISON DESPUÉS DE SU MUERTE.1

 

 

In Memoriam

 

Por Víctor Guardia Quirós.

 

¿Quién fue ese varón, al que llamamos Omar Dengo?

 

Sabedlo, costarricenses: fue un hombre que cernía la cabeza con las águilas, allá en el picacho avizor de lontananzas; y que también arrullaba el amor con las palomas, en el regazo tibio del alero familiar.

 

¿No me entendéis, acaso?... Tal vez porque la mente pocas veces se detiene a considerar, por raras y prodigiosas, esas felices conjunciones -en el humano linaje- del numen vigoroso con la excelsitud de las almas: es la corola de oro, saturada de esencias, que se cubre, como en la plácida azucena, del albo capuz que tanto la embellece.

 

* * *

 

"Soy apenas un hombre", decía este dilecto maestro de sencilla grandeza, -cuando vivía en la iluminada oscuridad de su profesorado- poniendo en el sentido intenso de esa modesta frase un acervo tan grande de intención y sencillez, -para los que sabíamos leer en la parábola de su espíritu anheloso- que uno se maravilla todavía de que en tan pocas palabras pudiera plasmarse toda la  doctrina de un aliento tan profundo y generoso como el suyo.

 

Soy apenas un hombre, quería decir para Omar Dengo, -el apóstol, el misionero a la vez de la elevación de los sentidos- que se sentía obligado, en credencial y fe, de ser criatura humana, a entregar a la causa del bien y la verdad todo el vuelo pujante de su inteligencia, y a más el juego de su corazón, dulce y magnánimo.

 

Quería decir también, en sus sabias palabras, ese gran Omar Dengo, que no se pagaba de lisonjas, ni se complacía en la vanidad de su renombre: que se movía por la palanca del deber, del sagrado deber, que era su dogma. Quería decir que en la sola e íntima satisfacción del sabor de sus propias decisiones, había miga bastante para las ansias de su espíritu, huraño al clamoreo del tributo mundano.

 

Si era, pues, su cabeza, como el nido de un sol, no irradiaba mejor con esa luz, que con la diáfana lumbre de la estrella que era su alma.

 

***

 

¡Por qué no le conocimos bien, ayer, cuando vivía! ¡Por qué no pensamos en este dechado de hombres superiores, para orientar los destinos de esta Patria, tan falta de figuras ejemplares, tan menesterosa de un guía, que como éste, pudiera redimirla del estrago moral en que ella vive!

 

La muerte ha conspirado contra el país, si por desgracia no pensamos mal cuando pensamos que era Omar Dengo, entre nosotros, por los tiempos que corren, el vástago unigénito de las grandes y escasas gestaciones que se realizan al conjuro asociado de la Luz y del Bien.

 

***

 

Sentid entonces, ¡oh costarricenses!, el estrujón de esa gran pena que embargó nuestro ánimo, dolido del eterno emigrar del amigo; pero más que todo suspenso en la inquietud de la orfandad en que nos deja el maestro que fue un ejemplo vivo de rectitud y de grandeza; el que se improvisó soldado en la dolida tragedia de Coto; el maestro grande en todas las sabidurías del espíritu grande de los hombres: en la ciencia, en la abnegación y aún en la gran prueba del paso de la muerte.

 

Porque habréis de saber que murió como un estoico, o más bien como un santo, este joven paladín de todos los apostolados. Se desprendió de este halago pasajero que es la vida, como de cosa fútil en la suprema filosofía del pensamiento, preocupado, no de sí, de los demás: de su esposa, sus hijos, sus discípulos; ¡y más que todo de su Patria!

 

¡Oh alma soñadora y serena de Omar Dengo, que así remueves el fondo de la nuestra, y que la emulas en los grandes trances de la vida, con el ejemplo de tu suprema abnegación: anídate en nosotros, haznos ver como veías, haznos sentir como sentías! ¡Y que el extraño milagro se realice, por el favor que te imploramos, y para la glorificación que te debemos!

 

***

 

En la Iglesia de Heredia ardía en los pebeteros el fuego purificador, que en su simbolismo crematorio consume el despojo mortal y contribuye a la purificación del espíritu. Las naves del templo, atestadas del doliente gentío guardaban sin embargo su aspecto adormecido, silenciario, como si parecieran ignorar, en su manera grave, la infinita congoja de las almas, por la muda que era esta congoja de las almas por la forma callada y sobrecogida en que oprimió los corazones.

 

En los cirios y velas que rodeaban el túmulo mortuorio, se percibía el perenne chisporroteo de la flama que devora la esencia y el pabilo, como la llama de la vida, cuánto más ardorosa, más pronto funde y anonada la naturaleza de los hombres.

 

Cuando el canto fúnebre, evocativo, rompió en salmodias el misterio de aquel silencio absorto, a compás de la nota quejumbrosa que parece lacerarnos la garganta, se vio por fin clarear en las pupilas el anuncio luminoso de las represas lágrimas, ya listas a escapar del antro de la pena. Luego vino el compungido llanto de pecho abierto, el retorcido espasmo de dolor, o el tenue sollozo de las pobres mujeres...Entre éstas, nada tan conmovedor como las primicias de aflicción de las niñas que habían encontrado en el Maestro, como Marta en Jesús, un padre espiritual imponderable, como Telémaco en Mentor, un refugio de paz y de sabiduría.

 

¡Y en nuestras almas se filtró, gota por gota, el amargor de aquel viacrucis!

 

***

 

Llorad, dulces mujeres, en Omar Dengo, al maestro, al consejero y al amigo que mitigaba penas, que estimulaba el buen afán, que prendía la luz en las conciencias y fortalecía los corazones. Lloradlo, como bien único, perdido por el inexorable decreto del Arcano. ¡Vivid de su recuerdo y su enseñanza!

 

Pero vosotros, hombres que os ufanáis de reprimir los desbordes del dolor, decid si también no sufristeis el ímpetu del llanto, allá en el templo, bajo la solemne y mística revelación del incensario y la fúnebre campana, cuando pudisteis realizar, frente al sarcófago del prócer, toda la magnitud de esta irreparable pérdida de la Nación.

 

Llorad a Omar Dengo, vosotras las piadosas mujeres: ¡santificado sea en vuestra memoria!

 

Nosotros los hombres, que le vimos morir como Dios manda a sus elegidos, que le vimos apurar la cicuta de Sócrates en la diamantina copa de Platón, si hemos de llorar, que sea por Costa Rica...

 

 

El hombre que supo morir

 

Por Haya de la Torre.

 

No ha sido la figura de Omar Dengo muy popular en Nuestra América, porque su obra fue casi toda oral. Poco queda escrito de su pensamiento y ha de ser frecuente que su apostolado no sea aún por muchos conocido. Mas la obra de este joven maestro queda en sus discípulos, queda en su vida, queda en su muerte. Estoy seguro que en pocos años más Omar dengo ha de ser nombre familiar para los latinoamericanos ansiosos de ejemplos vividos y de grandes guías sinceros. Sus años de trabajo silencioso en la Escuela Normal de Costa Rica son años de siembra. Siembra ganada que florecerá en centenares de nuevas maestras y maestros que mucho han de llevar del espíritu luminoso y director de quien supo infundirles fervor y conciencia misionera.

 

De mis horas de charla con este hombre oneroso, guardaré siempre recuerdo vivo. Era religioso sin ser sectario, pero como que  equilibraba su fe en los poderes superiores con una serenidad pagana irónica y dulce que algo tenía del frescor de Grecia.

 

Gran orador según testimonio unánime. Orador de oratoria auténtica, -que ilumina, guía y enseña y no atolondra con el resonar de metáforas excesivas- alguna vez me definió su concepto de la elocuencia y coincidimos. Mas yo no le oí sino en su último discurso. Aquél luminoso y postrero, lleno de socrática serenidad, dicho a sus discípulos y a sus amigos veinte minutos antes de expirar, cuando la agonía ya cortaba sus palabras y daba a su rostro lividez imponente. De aquel discurso máximo, sumario de vida, testamento glorioso, surgió su más bella y profunda lección. Lección de paz y fortaleza dicha tranquilamente frente a la muerte que él miraba llegar con la misma peculiar sonrisa que marcó en sus labios un gesto perenne en la vida y los selló de ironía en la hora del total silencio.

 

¡Qué difícil es saber morir! Pensaba yo ante aquel agonizante engrandecido por el valor supremo. A pesar de que la muerte rompía casi insólitamente un ideal de vida esperanzada, una jornada de eficacias, una juventud victoriosa circundada de admiración y proselitismo eminentes, Omar dengo se adueñó gloriosamente del momento como un joven héroe. Se revistió de fortaleza, de una extraña fortaleza plena de conciencia vidente y quiso enseñar que no es solo de leyenda el ejemplo de los moribundos que saludan sonrientes a la vida desde el pórtico de las sombras.

 

De la interesante personalidad de este hombre atrae su rebeldía generosa. Porque no fue un conformista. Anheló ser justo y buscó armonizar la severidad con la dulzura. Quizá si por eso halló que ninguna forma fue mejor para mantenerse en un equilibrio sereno que la de la verdadera ironía. La usó consigo mismo y la usó con los demás, pero, -todos coinciden- la usó constructivamente. Así en la vida, así en la muerte. Así Sócrates...

 

Fueron sus palabras postreras para la juventud de Costa Rica y con ella para la juventud de América Latina. Toda, puede recoger ese llamamiento a la nueva generación para que se incorpore y se defina en la lucha y para que tome el puesto de los viejos. Vencido ya por la muerte, las últimas palabras de Omar dengo son un cálido llamado a la conciencia juvenil para que trabaje, para que no desmaye, para que viva, en el óptimo sentido del vocablo. Pide a la generación moza que se renueve y que sea fuerte, dinámica y sincera. Le pide que se dé a las grandes causas y que conserve la riqueza nacional para el surgimiento de una gran cultura. Y en estas palabras breves fue su queja recóndita por esa riqueza que se va a otras manos. Riqueza que es cadena de esclavitud para nuestros pobres pueblos, que trabajan servidumbre para que surjan otras culturas, se afirmen otros poderes y para que el fruto de su angustia sea el refluir amenazante del poder imperioso y agresivo que ellos mismos contribuyen a engrandecer.

 

Así se fue el hombre que supo morir. Así se fue dejando en torno suyo como un rastro de luz. No hubo lágrimas al final de aquel discurso hondo y bello, porque la fortaleza del moribundo lo inundó todo de rara serenidad.

 

Así lo he dicho: murió poco después de media noche, pero su muerte como que adelantó a la aurora.

 

 

La enseñanza del Maestro

 

Por Jorge Cardona.

 

Fue la vida de Omar Dengo una vida fecunda. Se cultivó para no quedarse vacío, seguro de que la fuente de su Ser necesitaba para vivir de toda la luz posible.

 

Educó su ánimo para poseer, en la esfera de lo habitual una fuerza constante que centrara su vida y la alejara de una actitud de pórtico.

 

La meditación le dio la visión de que el hombre tiene dos reinos bien delimitados: El de la inteligencia o entendimiento y el de la moral o voluntad. De aquí parte la importancia de su vigorosa enseñanza que en los tiempos presentes de duda y de vacilaciones, de mediocridad y de gañote. Conviene analizar a fin de que la juventud busque las sabias orientaciones y los ejemplos de su enseñanza socrática.

 

El Maestro supo que el afán de estudio o la lectura asidua de un Baghavad Gita sería incapaz de convertirnos en Arjunas. Que todo un bagaje de tesis humanas  en Ciencia y Arte, sería inútil para el propósito de allegarnos felicidad; que existiendo hombres entendidos o sabios, son, no obstante, seres absolutamente desgraciados y, entonces fue, seguro que pensara con Swedemorg -que llamó a esto fe espuria- en construirse su propia filosofía a así ponerse a salvo de la aberración de la época.

 

En este proceso mental debió iniciarse el éxito de su personalidad, de su estilo y la sustancia de sus pensamientos, que originales y claros como las linfas que cruzan el valle soleado, iban a llenar de entusiasmos generosos las aulas de la Escuela, de la Logia o de la tribuna popular.

 

Tenemos, pues, que el Maestro, una vez cultivado su espíritu y hecho revisión de sus conocimientos, lo siguiera lleno de austeridad y de Fe, encontrando así su propia salvación, que fue para él lo más esencial.

 

Por eso desde su lecho de muerte, exaltó las virtudes del ciudadano y entró confiado en la vida de ultratumba.

 

El admirado Maestro, como Plotino, descuidó la salud de su cuerpo. Como Plotino festejó a sus amigos, a quienes instruía con la seguridad de una lógica granítica.

 

Conservó como su digno émulo la amistad de un médico ilustre que permaneció con él hasta su muerte. Se alistó en las filas del ejército como Plotino en su expedición contra los persas.

 

Anheló, como el filósofo, que sus discípulos llegaran por la fuerza de sus argumentos a convertirse en la luz de los hombres, y debió su enorme popularidad a la lucidez de sus enseñanzas. De Plotino se dijo que "el entusiasmo, igual que a Plotino, lo embellecía" y entonces veíamos correr sobre su frente un rocío ligero. Su rostro brillaba de dulzura. Respondía con bondad, pero al mismo tiempo con énfasis. Y así vimos al Maestro dar su lección luminosa.

 

Vivió, en fin, como el célebre autor de Las Eneadas, que compuso sus obras contemplando a Dios y gozando de su visión.

 

Y esto era lo que tenía que decir acerca de la fecunda enseñanza del Maestro.

 

 

Omar Dengo

 

Por Carlos Jinesta.

 

 

El nueve de marzo de 1888, nacía en San José Omar Dengo, precisamente en momentos en que nuevas orientaciones ideológicas agitaban el espíritu público. Jóvenes treintones, con el sortilegio  de la palabra y el milagro de la pluma, propagaban ideas de un vigor excepcional. La pujanza de sus pensamientos dejaba huellas hondas en el ambiente. Se polemizaba en los diarios sobre problemas de no poca trascendencia y la opinión cobraba auge, para bien de los conglomerados libres. La República ya sabía de las inquietudes que acariciaban varios de sus representativos, deseosos de fijar rutas de progreso al agregado social. En el Congreso se levantaban voces autorizadas abogando por los principios constructivos; en el foro se hacían especulaciones que magnificaban el magisterio del derecho; en la tribuna, se recordaban las sabias experiencias que en Europa primero, y más tarde en sobresalientes naciones de América, representaban las conquistas relevantes de una vida de cultura, de libertad, de ideal redentor. Las ciencias, por medio del libro y del profesor, se divulgaban con amplitud, y ciertas actitudes timoratas agonizaban vencidas al paso de una tolerancia que fortalecían los comprensivos, los estudiosos, los perspicuos, a fin de que la democracia de que disfrutábamos no estuviera reñida con la sabiduría y el conocimiento.

 

Por aquel tiempo, había en el país un despertar de ansiedades que tal vez eran un reflejo de doctrinas avanzadas que concordaban con el objeto perseguido por los ciudadanos que se preparaban para la lucha, para la perfección del carácter, por medio de valientes disciplinas. Renovación y evolución, en las letras, en las ciencias, en la filosofía, en la religión, en suma. El entusiasmo se apoderaba de los ánimos, y el básico ideal programado en el pliego de los derechos del hombre, allá en la Francia de una época tumultuosa y fecunda, era un fulgor que temblaba en todas las almas. Antonio Zambrana traía matices estéticos y robustas enseñanzas de una oratoria eminente. En días en que se despuntaban tales concepciones en el campo de las letras como promesa y esperanza para el porvenir de nuestra nacionalidad, Omar sonreía en la cuna, atesorando por legado natural una inteligencia preclara que en el transcurso de los  años iba a desenvolverse y perfeccionarse, a fuerza de estudio, de atención vigilante, de todo lo que enseña la naturaleza al que la comprende de veras, al que la ama de verdad, dándole su corazón y su espiritualidad.

 

En 1898, a los diez años de edad, ya el estudiante se nutría del jugo de las lecciones recibidas en las aulas primarias. Omar, de temperamento tímido, investigaba a solas, ayudado por el libro de texto o el cuaderno de apuntes, y únicamente de tarde en tarde, para fortalecer quizá su cuerpo débil y para expansión recreativa, recorría los parajes del lado Sur de San José, en busca del frescor que brindan los árboles copudos.

 

Más tarde en el Liceo Costa Rica, el alumno Dengo redondeó sus estudios, y con aplicación esmerada, fue paulatinamente encontrando por sí solo la solución de problemas que adiestran para la exactitud y la veracidad, de revelaciones de la historia que presentan perspectivas sin fin ante los ojos escrutadores, de las ciencias naturales que nos hermanan con el mundo, de la fisiología que nos maravillan con la perfección del cuerpo humano, de los conocimientos cívicos que son el sillar de la vida republicana y la base de las instituciones, y finalmente, de la filosofía que nos hace abismarnos en océanos que rugen.

 

Su juventud fue de trabajo. Anhelaba formar su personalidad sin malograr una hora, y ya en la tertulia periodística, ya en recogimiento leyendo volúmenes, ya en consulta con profesores de valer, iba modelando su personalidad, y distinguiéndose entre sus camaradas por la austeridad de sus convicciones, y por su sólida ilustración. Su pluma moza se dio a conocer en la hoja vespertina La Prensa Libre, que en aquel entonces recogía las vibraciones intelectuales y las desinteresadas elucubraciones de tendencia literaria. El primer artículo de Dengo que se publicó con su firma, lo escribió en elogio del hombre de ciencias señor Clodomiro Picado T., en oportunidad en que éste marchaba rumbo a Europa a continuara sus estudios. En 1909, dejó la redacción del periódico en que hizo los primeros ensayos, y temporalmente tomó la Dirección del semanario humorístico llamado El Rayo, patentizando energía para el combate e ingenio no común, al bordar comentarios que alzaron admiración alrededor de su nombre.

 

Con la llegada a Costa Rica del paladín argentino Manuel Ugarte, los núcleos pensantes del país lo rodean con sana devoción, anhelosos de oír su palabra inspirada, que abogaba por la raza herida a veces por intromisiones extrañas, que en son de conquista, con pretextos económicos, se adueñan de algunas Repúblicas del Continente. Omar Dengo no vaciló en ayudar al apóstol sudamericano, y comulgando con sus prédicas libertarias y sus ansias renovadoras, levantó tribuna junto con el caudillo que anunciaba un peligro para la integridad de la tierra colombiana.

 

Graduado de Bachiller en Ciencias y Letras en el Liceo de Costa Rica, el señor Dengo, orientado por Brenes Mesén y García Monge, que le estimaron de verdad, con más método, con más empeño, se consagró a las labores del pensamiento y a fin de acabalar sus estudios continuó en la Facultad de Derecho, alcanzando por sus méritos adelantos marcados en los estudios profesionales.

 

Muy conocedor de sí mismo, y con un sentido cavadle sus direcciones íntimas, sincero en la determinación, abandonó el Derecho, que no era por cierto su carrera vocacional y encauzó sus facultades en el gimnasio del profesorado, que no es lucrativo pero que es campo en donde se realiza obra generosa y abnegada, cuando la conciencia guía al pedagogo. En el Liceo de Costa Rica tomó a su cargo en 1912 las clases de Ética, Filosofía e Historia Literaria, conquistando la consideración de sus discípulos, por el interés y el cariño que imprimía a sus lecciones, por la suavidad de sus maneras, por lo ameno de sus enseñanzas.

 

Las horas libres que le dejaban las tareas docentes, las aprovechaba este costarricense singular en escarceos periodísticos, escribiendo a veces páginas filosóficas, en ocasiones comentarios sobre asuntos de palpitante novedad, batallando por las causas buenas, pregonando la excelsitud de los arrestos nobles, aunque el medio recibiera fríamente los quijoteos que señalaban una virtud encendida.

 

En La Obra, Renovación, La República, Vida y Verdad, Repertorio Americano y en La escuela Costarricense colaboró prestigiando esas columnas con sustanciosos artículos, esmaltados de energía o llameados de profundidad. Más adelante La Información, El Diario de Costa Rica y La Tribuna, recogieron sus razonamientos, exteriorizados siempre con valor, amoroso con la Patria, amplio con la juventud, inflamado en las gallardías de sus honradas afirmaciones.

 

Un movimiento de belleza artística, patrocinado por personalidades conspicuas, traía a la Nación el nombre de pensadores de nota, que buscaban ensueños aurorales y sacras incitaciones. Se divulgaban los libros de León Tolstoi, se difundían las prosas de Ernesto Renán, y una juventud ansiosa de cultura, ofició bajo las tiendas tolstianas y renanianas. Omar Dengo conoció la sabiduría que atesoraban estos maestros, y supo comprenderlos y exaltarlos, admirando el desprendimiento del Profeta de la Vida Sencilla y el plácido discurrir del autor de la Vida de Jesús. Y luego Bolívar, genio de los delirios y de las realizaciones; luego Sarmiento, en su apostolado de civilización; y luego Martí, con sus anhelos gloriosos, le señalaron senderos superiores, sueños constelados, verdades edificantes que él aprendió y encarnó.

 

Poco después de inaugurada la Escuela Normal de Costa Rica, en el año de 1915, ocupó el señor Dengo la Dirección de este establecimiento, aportando su contingente a la formación de maestros. En 1917, el Profesor Dengo abandonó su posición por no gustar de los actos estrafalarios del gobierno de ese año, y se retiró a la vida privada, ejerciendo el cargo de maestro rural, en una escuelita humilde que en la Hacienda La Caja mantenía su dueño el señor Peters, para instrucción de hijos de labradores.

 

Tal el hombre, que enseñaba con el ejemplo, que alegre modelaba mentes campesinas, que modestamente ganaba el pan cotidiano, lejos del ruido urbano, franciscanamente recogido ante el candor de los niños y ante la frescura milagrosa de los campos.

 

En 1920, volvió nuevamente el señor Dengo a dirigir la Escuela Normal de Costa Rica. Se entregó lleno de fe y entusiasmo, a la Casa, su Alma Mater, metodizando sus disposiciones educacionales, innovando a diario, combatiendo la rutina y la rustiquez. En la Sala Magna de la Normal, en asambleas sabatinas, el señor Dengo hacía exposiciones de miga, sin dogmatismos, dando sugerencias, citando las reformas de la enseñanza que comporta una interpretación párale porvenir. Sus pláticas fueron torrentes de luz, fuentes de vivas aguas. Con gracia alada, el disertante, de manera sutil, comunicaba el tesoro de sus meditaciones, la riqueza de su emoción, interesando al alumnado, porque poderosa fue su fuerza de  simpatía, porque se captaba los ánimos, atraídos por su bondad y por su inteligencia creadora. Cardinales conclusiones traía en torno a la idealidad suprema del maestro; recomendaba siempre honradez al hombre, pureza a la mujer. Pero sus actividades no solo se circunscribían a la Escuela. Le buscaba el erudito, le solicitaba el profesor, le visitaba el teósofo, le consultaba el letrado, el estudiante le pedía consejo, el periodista le reporteaba, todos acudían a él, los que iban en persecución de un ideal común, del ideal del Bien.

 

Y todavía más. Tiempos hubo en que deseoso de estamparle derroteros buenos a nuestra incipiente organización política, levantó tribuna en el Templo de la Música, en la plaza pública, y el orador, fundamentando la inquietud de la hora histórica, justificó su actuación, hermoseados sus discursos de normas cívicas, apartado de lo prosaico, con brillante elevación de propósitos. En el triunfo, una vez más supo demostrar desinterés y rechazó altas posiciones que se le ofrecieron, prefiriendo seguir al frente de la Escuela Normal, con sus discípulos, a desempeñar una Secretaría de Estado.

 

Le llamaron también algunos patriotas que soñaron días mejores para la República. La originalidad del conferenciante, la solidez de sus argumentos, la robustez de su raciocinio, su lógica misma, su palabra matizada de armonía, cautivaban sobremanera. Representaba el Verbo de la Patria, sin duda alguna. La honraba con su sabiduría, y sabiamente defendíala de peligros eminentes que se cernían y se ciernen sobre ella. Como visionario, indicaba los males y daba enseguida el remedio para conjurarlos, en formas concretas. No era el metafísico, ni el declamador que persigue un aplauso volandero o una notoriedad frustránea, era el apóstol que construye, que siembra, que vigila, y así vimos cómo formó maestros, cómo formó sensibilidades, cómo armó soldados para llevar a los confines del país mensajes de cultura.

 

Importa conocer, de preferencia, la autoridad que tenía su palabra. El prestigio logrado con su nombre, se decía, a los austero de su vivir, a lo recto de su existencia, a la pureza de todos sus actos, al bienhacer, al bien pensar, a la virtud, finalmente, inconfundible, rara en la época, que era su distintivo, o su estilo, si me permitís. ¡Dichosos los hombres que sobre el haz de la tierra, descuellan por el estilo de la virtud de su vida!

 

Un día se improvisó soldado, y salió rumbo a Coto, en instantes graves para la tierruca de sus cariños, y con él marcharon estudiantes y amigos que vieron al maestro en demanda del sacrificio, por la integridad nacional.



1 Estos escritos aparecen todos en Repertorio America

OTRA NOTA

 

 

Viene a mis manos la revista por obra de la generosidad del bien amado García Monge. Confía en que mis entusiasmos pueden asociarse dignamente a la empresa de idealismo a que ha consagrado su vida. Deseo de corazón merecer su confianza, y acrecerla y recompensarla. Pero no me atrevería a aceptar una tan hermosa porción en el cumplimiento de este grave deber, si la mano del maestro no estuviera dispuesta a vigilar el gesto de la mía, a fin de que siempre convenga al encargo a que lealmente pretende servir.

 

Quizá nada tan inquietante para mí, ahora, como venir al frente de una publicación cuyo origen, cuyo silencioso desenvolvimiento, cuyas aspiraciones, la comunican íntimamente con el espíritu de toda una juventud. Y en una hora en que el mundo va a revestirse de primaveras;  en que para exaltar las posibilidades de su conciencia va la humanidad a sumirse en la conciencia de su juventud  con una majestuosa avidez de plenitudes. Hora que es solemne, por sagrada; que es sagrada, porque trae de lo alto la misión de una buena nueva para el hombre. Si no de renovación en lo que contienen de esencial y permanente los valores constitutivos de la civilización, sí, de revisión, hora de ampliación de ámbitos, de agitación de ansiedades, prolíficas en dones de concordia y de humanidad, que son dones de gloria. ¡Hora imponente, como un designio providencial, en la cual otra vez sentirá el hombre que a sus entrañas consumidas de dolor desciende la luz de lo infinito!

 

En esta hora el país debe levantarse a la contemplación de los horizontes en que se reflejan los magnos incendios de la guerra. Debe disponerse a adquirir la posibilidad de que una conciencia mesiánica le conquiste una significación y le trace un rumbo dentro de la vida del continente.

 

El país no debe dormir por más tiempo, en esta hora, tendido al margen del momento histórico, bajo el letargo de una oprobiosa negligencia. Sin consumirse a sí mismo, su espíritu no puede nutrirse con las visiones de un delirio en que  hay ardores y espasmos de fiebre.

 

De muchacho publiqué o ayudé a publicar periódicos, diría que a montones. Ahora esto es para mí algo que contiene un sentido profundo. Cuando recibí La Obra llegó a mi mente aquella imagen que es majestuosa en el cuadro de John Pettie: la del caballero que vela sus armas. Es toda una noche durante la cual el espíritu del caballero transfórmase en una sola profunda plegaria, ante el altar coronado de fulgores, cuya luz no se ve de donde viene. Y me he recogido en el silencio, con los ojos dirigidos a la altura y las manos en gesto de acariciar una simiente maravillosa. ¡Por mi país, por mi pobre país!

 

Esta labor debe acoger, debe promover, suscitar inquietudes, devociones, preocupaciones, ideas, ideales. Es preciso trabajar para que las instituciones del país adquieran la capacidad de ponerlo en contacto con las necesidades y las normas de una nueva civilización. Escritores, artistas, hombres de ciencia, hombres de estudio, solos o asociados, deben erguir su esfuerzo, como si plantaran antenas para recoger y trasmitir las palpitaciones con que comienza a manifestarse la muda de alma del mundo.

 

 

Pero sobre todo los maestros. Al servicio de éstos, La Obra continuará concediéndole una importancia dominante a los problemas educacionales. Parece ser éste el momento en que más activamente se lograría interesar la opinión común en tales cuestiones. Para que sea más hacedero que la escuela -primaria, secundaria y universitaria- avance hacia los derroteros que le abre el nuevo pensamiento.

 

Para que llegue a ser nutrimentum, por la Verdad, por la belleza, para la Libertad, para la Justicia.

 

Así lo demandan la nación, el continente, la humanidad.

 

                                                 

SIEMPRE LEYENDO

 

 

Siempre, siempre está leyendo. Los cajones de las puertas son su salón de lectura; y tal vez es la lectura la única puerta por donde entra la vida su alma de derrotado.

 

Todos los que comprendemos que un rincón de ésos puede ser el más alto sitial de la tierra, nos hemos detenido a oírlo leer, -que siempre lo hace en alta voz; y todos hemos contemplado con respeto su ademán de filósofo.

 

Es el viejo pordiosero elefancíaco, cuyo aspecto pone imágenes de horror en los ojos buscadores de artificios de las señoritas espirituales y de los jóvenes cultos.

 

Él recoge todos los papeles impresos y que el viento arrastra por las calles, como si quisiera consolarse en la compañía de las cosas que han seguido su misma dolorosa suerte, que han ido como él, rodando, rodando entre el caos de la inmensa polvareda humana.

 

¡Oh gran viejo: sigue, sigue leyendo, que llegará la noche a tus ojos tristes, y no habrás visto nunca destellar en las páginas que lees la luz de la claridad.

                                                                                                             1920

 

 

                                              SEMANA CÍVICA

 

 

Sería Equivocado entender el trabajo escolar que ha de hacerse durante la Semana Cívica, solo como oportunidad para la enseñanza de temas referentes a los acontecimientos de la independencia. Se perdería la mayor parte del tiempo dedicado a la exhibición de series de datos. Sobre todo si ellos no hubieran de ser importantes, o si apareciesen desconectados. O si, organizados, lo fuesen solamente por referencia a criterios de valor externo; es decir, basados no en necesidades de educación, sino en personales conveniencias del trabajo del maestro.

 

* * *

 

Claro que hay que dar conocimientos en esos días, pero subodinándolos a superiores propósitos de educación. Sin un concepto de ellos, que la presida y en torno del cual se organice, la obra puede fracasar.

 

* * *

 

Hay fecunda posibilidad de hacer, dentro del plan propuesto, una obra extensa, armónica.

 

Hay cómo promover la formación de hábitos. Hay cómo continuarla. Hay cómo perfeccionarla.

 

Hay cómo impartir conocimientos, en formas múltiples. Hay cómo despertar interés, cómo acentuarlos, cómo enriquecerlos.

 

Hay cómo producir intensas actividades emocionales.

 

Hay cómo inspirar ideales.

 

* * *

 

Claro que  urge reunir numerosos datos, y que importa ordenarlos, correlacionarlos; pero sin un criterio para realizar la búsqueda respectiva sino uno que gobierne la selección de los mismos, sin otro que dirija su ordenación, la obra podrá resultar vana y quizá fastidiosa para niños y maestros, y ya, por ello, perjudicial.

 

* * *

Para comprender el mecanismo de la correlación de ramos, la oportunidad es propicia. Cuando no se organiza conforme a principios inspirados en la naturaleza de las funciones que aspira a cumplir, trócase en un proceso  funesto. Con suma facilidad es divagación.

 

* * *

 

Es preciso determinar previamente los fundamentales aspectos de la vida nacional por referencia a los cuales se va a organizar el trabajo.

 

Es preciso determinar la relación que convenga establecer entre ellos y los sucesos de la Independencia, y entre ellos, ésta, y sus consecuencias. Después, escoger los temas que dentro de tales asignaturas favorezcan naturalmente el desarrollo de los correspondientes tratamientos. Al menos, éste es un camino.

 

* * *

 

Si pudiera conducirse a los niños a la comprensión del íntimo sentido de la independencia de un pueblo, -de su pueblo- y pudiera dársele noción de las responsabilidades que ella entraña, de los deberes que comporta, de las trascendentes aspiraciones que justifica, -se haría-, sin duda, obra hermosa. Mejor, siquiera, que la de hastiarlos con la árida exposición de datos biográficos aprendidos la noche antes de darles la lección.

 

* * *

 

Que vean vivir a los hombres. Y  tengan idea de qué los hace triunfar. Que los miren como son: sin la mutilación a que suele someterlos el historiógrafo.

 

Que vean desenvolverse los hechos. Que admiren lo que haya en ello de la mano, del corazón, del pensamiento del hombre; que admiren y amen la contribución de la naturaleza. ¡Que se asombren de mirar siquiera por un momento, cómo se construye y cómo se transforma la civilización, y cuál es la obra del tiempo y la cooperación del espacio, y qué sutil urdimbre infinita, se agita en el seno de todo ello, plasmándolo, dándole aquí expresión de Belleza, y allá dándole contextura de Verdad o forma suprema de Bien! Y ¡que contemplen en medio de ello, al hombre: con un enigma, con un dolor, con una esperanza, con un poder!

 

* * *

 

Propicia es la ocasión también para renovar ideas acerca de la Enseñanza de Instrucción Pública. Y propósitos de ella son muchos, y a veces bellos los problemas. Hay escuelas en las cuales toda la enseñanza está supeditada al cumplimiento de fines cívicos. Hay libros valiosos para guiar al maestro. Hay métodos nuevos, experimentos interesantes, ensayos fecundos.

 

Una aspiración dominante: transformar el criterio de ciudadanía, sustrayéndolo a la opresión del concepto jurídico. Una preocupación vital: hacer del niño un ciudadano por su acción, de niño, en la escuela y en el hogar. Y un ciudadano de su país y del mundo.

 

De Aristóteles a Lowell, la línea es recta.

 

* * *

 

La ocasión también es favorable a una revisión de los fines, contenidos y medios de la  enseñanza de historia.

 

Error fundamental el de atribuirle una accesoria significación. Error fundamental, el de creer que su aprendizaje sea fácil y así se enseñanza.

 

Psicológicamente la enseñanza de historia supone el dominio de un complejo y delicado proceso de aprendizaje: ampliación imaginativa de la experiencia. ¡Y creer los maestros que solo es una narración! Y no haber advertido la trascendencia de obligar a los niños a recorrer siglos, tierras, hombres, acontecimientos, costumbres, ideas, etc. en pocos minutos.

 

* * *

 

Convendría pensar en aquello de Renán: "La patria es alma."

 

Y en lo de Marco Aurelio: "la libertad está en mí."

    

Heredia, 1921

 

SUGESTIONES RELATIVAS A LA COMPOSICIÓN

 

 

Lo que suele olvidarse al exponer los procedimientos aplicables a la enseñanza de la composición, es que ésta no debe ser considerada meramente como actividad social. Como frecuentemente se ha dicho, el ejercicio de la composición no corresponde solo a ciertos grados escolares sino a todos, ni corresponde solo a determinado estado del proceso total del aprendizaje.

 

Es claro que la composición es primeramente un problema mental, y de modo secundario la expresión de tal proceso. Este punto de vista guía a quienes quieren que ciertas actividades escolares, de los primeros grados, reciban en conjunto el nombre de composición y obedezcan a la finalidad de adiestrar a los niños, por medios diversos, en el trabajo de organizar ideas. La organización, la producción de ideas vendría a se lo fundamental y a esto le cedería el paso la forma de expresión: oral, escrita, plástica, pictórica, etc.

 

Después de investigaciones como las que fue necesario hacer en los Estados Unidos, por ejemplo, en los días de la gran guerra, no es posible sostener la enseñanza de la composición que parte de dar reglas de gramática para que sean aplicadas en ejercicios especiales, artificiosos, ni la enseñanza que prescinda de considerar que el fundamento de la composición está en que el niño piense. Por ahí es preciso comenzar. Por inducir al niño a mostrar su experiencia, a organizarla por la expresión, a expresarla. Aquello de que el niño habla constantemente en la casa, en la calle, en el juego, aquello que constituye sus temas espontáneos de conversación, los que revelan su interés, sus gustos, sus naturales tendencias, todo eso debe dar el material de trabajo en la asignatura.

 

Se inspira en esas consideraciones la tendencia que al determinar la importancia escolar de la composición le atribuye fines como los siguientes: es un medio o instrumento para cultivar hábitos de observación, para cultivar actitudes de reflexión, de análisis, de comparación, etc.; es un medio de enriquecer las posibilidades de expresión, de intercambio de ideas, y con ellas, la vida intelectual del niño.

 

Hay algo que diríamos sencillamente por nuestra cuenta, si no fuera conveniente decirlo al amparo de una autoridad como la del Prof. Colvin. Se encuentra con frecuencia, en los primeros grados, que es superior el trabajo de composición oral al de composición escrita. Son mayores en el primero la  libertad, la espontaneidad de expresión. En un segundo, obligado el niño a cuidar preferentemente de la forma de expresión, suele descuidar la sustancia. De ahí infiere Colvin que el trabajo escrito no parece ser adecuado al interés de estimular la habilidad inventiva del niño y culpa para ello al maestro por la artificialidad de su enseñanza. No niega que sea preciso estimular a los niños a crear, tanto como a expresar con fidelidad sus creaciones, pero insiste en que en la escuela primaria no debe ser empleada muy extensamente la composición como incentivo de la invención infantil. Prefiere que el niño haga composiciones orales ante sus compañeros, narraciones y descripciones, de preferencia, y que luego se le induzca a escribirlas.

 

Parecería que Colvin hubiera olvidado por un momento  que el niño es, ante todo, un orador y que en la escuela empieza a ser escritor, el cual, por cierto, raras veces encuentra oportunidad para recurrir a su pluma solicitado por los mismos  móviles de que depende el uso natural y social de la composición. Sin contar que el aprendizaje de la escritura  y de la técnica de la composición le oponen una dificultad especial al uso de esta última.

 

Los ejercicios de copia y los de dictado pueden contribuir, discretamente empleados, es decir, sin caer en peligrosas sistematizaciones, establecer el enlace entre el trabajo oral y el escrito.

 

Será necesario que el niño comprenda por qué se le pone a copiar, con cuál fin, y que sepa cómo hacerlo. Si algún ejercicio ha de ser vitalizado con una motivación oportuna, es el de copia. El dictado puede aparecer a continuación, si se quiere, y ser alternado con la copia. Tales ejercicios dan uno de los medios de acercar el niño al conocimiento básico y elemental de los recursos técnicos para organizar la expresión escrita; y bien dirigidos pueden conducir, como la lectura, a despertar el que se ha llamado "sentido de la oración".

 

"Desde el principio,  -dice  O. H. Werner - debe acentuarse la importancia de las sentencias completas. La vida del niño aparece tan llena de acción, que se inclina, como por desbordamiento, a expresar sus ideas en frases, cláusulas y exclamaciones que no se adecuan a la sentencia, en respuesta a una idea, sería el programa ideal de composición escrita en los primeros grados. Esto se extendería en párrafos cortos, de tres o cuatro sentencias, en los grados intermedios, y alcanzaría a ser una página completa en los grados superiores. Hemos insistido, agrega- y mucho quizás, en la cantidad y poco en la calidad".

 

Las frases completas de que tanto se ha hablado, pero que sean del niño, que entrañen por lo tanto experiencia suya, que sean producto de su necesidad de expresión; frase que él corrija, amplíe y transforme, esas frases pueden suponer una labor capaz de despertar eficazmente, sin grandes esfuerzos, el sentido de la oración como unidad. Tales frases una vez escritas, pueden originar excelentes ejercicios iniciales de composición. Cuestionarios formulados por el maestro o por los compañeros permiten ampliarlas. Esos mismos cuestionarios, y los que es posible hacer a propósito de lecturas o de lecciones de otras asignaturas, dan también un punto de partida para que el niño aprecie la necesidad de organizar sus ideas. Inductivamente, por comparación de lecturas, por comparación de composiciones, o por medio del trabajo de hacer sumarios, o de tomar breves apuntes, se llega a obtener que el niño aprecie, siquiera de modo elementalísimo, la importancia de los factores orden, claridad, concisión, etc. Como conviene para complementar, realizar el trabajo correlativo de dar ocasión de que los niños escriban ejercicios en los cuales deba dominar determinado factor o aspecto.

 

Cuanto al dictado, importa también advertir que el niño debe conocer la función que desempeña, que debe ser activamente motivado, como la copia, y que debe suponer un escalonamiento cuidadoso de dificultades.

 

Una labor intermediaria, consiste en la reproducción escrita de selecciones memorizadas.

 

No se afirmará suficientemente la ventaja de que el niño tenga oportunidades, desde el primer día de lecciones, de expresar sus ideas y de comenzar a ensayar la capacidad de corregir errores. Esta práctica constante, cuando el maestro aprecia que el niño ejercita la composición cada vez que habla, traza el camino hacia recomendables resultados. La experiencia acopiada al respecto por ciertos educadores revela que tal práctica alcanza a manifestarse fecundamente cuando se realiza con propósito de autocrítica y de crítica por los compañeros de clase.

 

Si el punto de partida debe consistir en estimular al niño para que exprese sus ideas, en ayudarlo a recoger experiencias y formular observaciones que sirvan de material para la expresión oral y escrita, el trabajo  subsiguiente consistirá, a su vez, no solo en ayudar al niño a organizar las ideas, sino en procurar quede de el principio sienta la necesidad de que su expresión sea correcta.

 

La metódica de la asignatura surge así de modo natural, de la función o finalidad real de la composición, de su psicología, que fundamentalmente debe buscarse en el proceso requerido, de parte del niño, para que aquella función se cumpla de una manera educativa. El estudio científico, experimental, de los tipos o formas básicas de aprendizaje, no nos lleva muy lejos todavía en el campo de la composición, pero lo poco que se ha realizado permite comprender que con base en la promoción de los intereses del niño se avanza rápida y acertadamente. Cuando miramos la composición como actividad social, miramos tras ella la necesidad de expresión, de comunicación, de creación; y cuando ésta aparece, cuando surge el placer y la natural conveniencia de expresar, aparece también la composición y suele ser espontánea y original.

 

Cuando el aula pierde artificialmente, cuando los temas no se originan en el capricho del maestro, cuando el objeto primordial no es el de calificar al niño, cuando se mueve éste con independencia, cuando por todo ello es algo más que un inconsciente reproductor de las ideas del maestro, cuando no se le sujeta a la presión de un plan arbitrario, cuando, en suma, hay genuina motivación del trabajo, los ejercicios ascienden a un plano de realidad que se identifica con el de la vida.

 

Pero no ha de entenderse que el maestro se limita a esperar ocasiones, sino que las provoca o sabe aprovecharlas cuando se presentan traídas por incidentales circunstancias. La advertencia del Profesor Rapeer es oportuna: la socialización es un proceso activo, no un proceso pasivo. A lo cual conviene agregar que las lecciones socializadas parecen ser el ambiente por excelencia de un fecundo trabajo de composición.

 

Es interesantísimo apreciar cómo la más hermosa quizás de la exposición de resultados de escuelas como la de Lighart, de Letz, de Ferrière, etc., está precisamente en las composiciones de los niños entre los cuales hay a veces hermosas o profundas páginas, como no se logra obtenerlas con el sistema de "temas" a desarrollar.1

 

 

REGLAS DE ORTOGRAFÍA1

 

 

Nos pregunta un maestro por qué no suele conseguirse que los niños apliquen las reglas de ortografía que aprenden. Aparte de que convendría averiguar se de veras las aprenden, preguntamos: ¿y cuándo ha tenido regla alguna el poder de inducir a su aplicación, ni menos inmediata o constante, por el simple hecho de aprenderla?

 

Los estudios del Profesor Hoyt a ese propósito, y en general sobre gramática, producirían grandes sorpresas y quizás desconciertos en la mayoría de nuestras escuelas.

 

Importa advertir -primero- la diferencia fundamental que el maestro olvida: el aprendizaje de reglas presupone una forma de actividad mental; la aplicación, otra. Hay que emprender dos diferentes tareas, que difieren en fundamentos, medios y fines: una para enseñar reglas, si esto hace falta; otra para enseñar a aplicarlas.

 

La causa primaria del fracaso de la aludida enseñanza radica allí en donde se confunden tan diversos procesos, que es decir, en el descubrimiento de ciertos hechos primordiales, el cual por cierto, denuncia gravísima ausencia de toda organización del aprendizaje.

 

Después, la enseñanza de las reglas, -y ya esto es repetición- se hace ordinariamente de un modo que no le permite al niño sentir ni comprender la importancia que tienen, ni el fin con que se aprenden. Y no aludimos a la importancia explicativa, digamos así, sino a la vivida, a la que resultaría estableciendo íntima conexión, por medio de casos concretos reales, entre la enseñanza y su aplicación inmediata y efectiva a la satisfacción de verdaderas necesidades, a la solución de problemas también verdaderos.

 

Además, raro es que se haga algún trabajo, y que se haga técnicamente ordenado a fin de que se desarrolle normal y ampliamente el proceso que capacitaría para efectuar las aplicaciones. Sin contar con que se supone que es suficiente el camino que, en rigor, solo representa uno de los medios al alcance del maestro.

 

Por lo demás, si el maestro se preguntara con frecuencia qué de lo que el niño aprende, aplica,, y cuándo y cómo, cada vez se le haría más clara la verdad del profundo reproche que se le hace a la escuela actual cuando se le pinta como divorciada totalmente de la vida maravillosa del niño.

 

                                                                                                                   Heredia, 1922

 

 

PÁGINAS DE LA ESCUELA NORMAL

 

 

Para los graduados de la Escuela Normal de Costa Rica, de 1915,1916 y 1917, las páginas de esta sección de la revista representan, en mucho, el servicio de comunicación con los exalumnos y de éstos entre sí, que la Escuela, tantas veces, les prometió organizar.

 

La aspiración que tal servicio entraña incluye la posibilidad de varias importantes fundaciones postescolares. Si llegasen a existir, todas encontrarán alguna expresión en estas páginas, -ojalá la mejor-. Pero si no, siempre habrá alguna palabra que decir, capaz, por su belleza o su verdad, por su justicia, de ennoblecer la obra cada vez más vasta de la Escuela Normal.

 

Con el estudio de problemas de educación, con la referencia de las actualidades pedagógicas, con la crónica de la vida de la Escuela, se irá edificando poco a poco, alguna porción de aquella obra. La colaboración de los alumnos de la Escuela, graduados y por graduarse es, desde luego, parte principalísima en esta tarea.

 

Desearíamos que las energías que vamos a consagrar a este trabajo, se consumieran modestamente en una apacible labor de meditación serena y fervorosa.

 

Pero la Escuela Normal ha venido viviendo rodeada de una tempestad de incomprensión, toda odio, y esa tempestad se ha nutrido de su misma impotencia, clamorosa en el silencio de quienes podrían romperle las olas a golpes de pluma. Pudiera acontecer, pues, que en algún instante estas páginas de paz, se tornen airadas, también por amor de verdad.



1 A continuación aparece en el texto, una larga cita del Prof. Letz que no se reproduce aquí por encontrarla innecesaria. Nota de Ma. Eugenia Dengo de Vargas.

1 Son solo unos apuntes.

2. Esta con otras páginas estuvo a cargo de Omar Dengo.

 

MÁS SOBRE UNAMUNO

 

 

Es sencillamente admirable el trabajo de don Miguel2. Se publicó hace años y lo conocía. Precisamente fue allí donde encontré la primera mención de Kierkegaard, la que me hizo buscar sus obras, de las cuales sólo una encontré y pronto se la enviaré. Es obra de sumo interés. El hombre es para mí fuertemente seductor.

 

Unamuno es el quinto Miguel de España. Él constituyó una de las devociones de mi adolescencia y principios de mi juventud. Precisamente recuerdo que en la biblioteca que vendí estaban todas las obras publicadas por él hasta aquellas fechas, y en alguna de ellas el artículo aludido. Creo que debe interesarse usted en leer a este viejo. Me es fácil recordarle libros y prestarle el más importante: Del Sentimiento Trágico de la Vida.

 

 

R. STEINER

 

 

Acabo de leer a Eteiner y encuentro que, como tantos otros hombres, encontró en la observación de la Naturaleza el reflejo del Espíritu Supremo, y fundó después su notable escuela en la cual los alumnos  buscan a Dios en el campo y en sí mismos.

 

* * *

 

La nueva crítica de la razón que Brenes Mesén reclama. En parte la encuentra Ouspensky en la interpretación de Kant por Hilton, para el cual los continuadores de Kant son los matemáticos Gauss y Lobachevsky. (La necesaria variabilidad, de acuerdo con las múltiples condiciones de la actividad psíquica, de la intuición del espacio, sugiere la infinitud de las dimensiones del mismo. Además, con Myers, como con William James y señaladamente con Freud, los estados místicos, aunque no de manera definitiva, adquieren la posibilidad de salir de lo patológico, para entrar en lo normal. Este carácter se acentúa en la obra  de Carpenter, y asume contornos definidos con el Dr. Bucke y su  escuela, para la cual la conciencia va de lo simple a lo cósmico.)

 

¿Cuáles habrían sido, me he preguntado muchas veces, las consecuencias filosóficas de que Leibniz hubiera podido desenvolver su concepción matemática de la Lógica?

 

La trascendencia del ensayo de Brenes Mesén merece un estudio en que pudiera poner fervor alguno de nuestros jóvenes estudiosos. Esta nota solo intenta señalar el triunfo. Porque este notable costarricense debería estar al servicio de la cultura en su tierra. Tiene más derecho al respecto y reconocimiento de ella que tantos y tantos que, inculpados como él, ostentan y usufructúan las flaquezas que a él se le imputan, sin tener ninguno de los requisitos de grandeza con que él triunfa, a la distancia, de tanta farsa ignominiosa1.

                                                                                                                                      1921.

H. G. WELLS

 

 

Es hombre que tiene talla suficiente para erguirse ante una Nación y juzgarla, y acusarla, ¡con esta acusación valiente2!

 

Nadie entre los novelistas modernos como Wells, para pintar un carácter.

 

Wells es el novelista más traducido y leído de nuestros días; representante del pensamiento inglés. Si B. Shaw no es el primer autor de nuestros días, lo es Wells.

 

ROMAIN ROLLAND

 

 

Romain Rolland sigue siendo para mí la bella y serena figura del pensador que se redime del perjuicio por obra de luz; -que no de pasión- y a través del concepto de él es que miro la labor social del proletariado con profundo amor, cuando la justicia y la verdad, en mi estrecha comprensión de ellas, están con el proletariado.

 

 

PENSAMIENTOS Y FRAGMENTOS DE LA OBRA DE SANDERSON

 

 

Le envío una adaptación de los pensamientos y fragmentos de la obra de Sanderson1, -pláticas y artículos- que Wells reúne en uno de los capítulos sobre el gran educador inglés. Hay que recomendar a maestros y profesores, especialmente a éstos, la lectura y meditación del libro de Wells que es, como advierte Paul Lapie en el prólogo de la traducción francesa, la biografía de un gran educador escrita por un gran escritor: Se trata de un libro fecundamente sugestivo por el arte con que revela lo que en la vida y en el trabajo de Sanderson es fuente de inspiración: las luchas, las ideas, los métodos, las inquietudes, todo, en suma, lo que tiende a afirmar la actitud espiritual hermosamente apostólica que constituye el tema esencial de Wells: Sanderson contra el mundo, o el maestro de escuela que se ha lanzado a la conquista del mundo.

 

Este mismo Sanderson es aquel Job Hus, noble y atormentado, que le  sirve de héroe a Wells en La Llama Inmortal, otro libro que, -siquiera porque les está dedicado-  deberían leer los maestros. Es el único hombre, dice Wells, que le ha inspirado el deseo de escribir una biografía y el más grande entre los que en su vida, ya bastante larga, ha tratado con cierta intimidad. Hay que leer a Sanderson, en Wells y en sus propios escritos, para apreciar como, hasta su muerte aureolada de misterio, le da a su obra los caracteres de un mensaje espiritual dirigido a los nuevos educadores y a las juventudes nacientes. Realmente, la llama inmortal le salía del corazón...

 

MARAGALL

 

 

¡Este maragall, este Maragall! ¿Recuerdas su elogio de la ciudad que tiene un poeta y una montaña? ¿Qué sería de una ciudad sin una montaña a la vista que trace sobre el cielo el signo de la ascensión? Porque hacen falta símbolos en torno nuestro. Si la vida de los hombres no es estable en el desierto ni en la estepa, a carencia d símbolos de quietud se debe. Las Pirámides desde lejos se ven como deslizándose lentamente sobre arenas. De cerca su altura se muerta sin fin.

 

WILLIAM CROOKES

 

 

La muerte de Sir William Crookes, "padre de la Física moderna", renovará, con análisis de su labor, las ardientes polémicas que provocó la publicación de Investigaciones sobre los fenómenos espirituales. Solo que surgirán las polémicas en un ambiente ya depurado de la intransigencia que hubo de afrontar heroicamente el muy ilustre sabio. Ahora no lo calumniarían los discípulos de la escuela de Basilea; ni hubiera vacilado ante la más amplia ratificación de sus conclusiones desde la Presidencia de la Asociación para el fomento de las Ciencias. Sus declaraciones del año 98, si valerosas, no fueron explícitas.

 

EL ambiente se ha transformado a la  luz de una lucha hermosa. Ya solo los retardatarios de una ciencia agostada, niegan con empecinamiento el superior interés y la fecunda posibilidad de la investigación de los fenómenos del espiritismo. Pero decimos investigación, que es decir estudio ajustado a las condiciones de los métodos científicos observación, clasificación, formulación, de hipótesis, experimentación. Pues lo que de ordinario se entiende por espiritismo por alcanza a merecer, sino a las veces, la atención de los hombres de ciencia; no se ha referido a ello la actuación de tan distinguidos trabajadores como Lodge o Barret, por ejemplo.

 

El ambiente se ha transformado; y tal es, bien que no la única ni solo la de ellos, la gloria de los precursores, en el caso la de William Crookes. Transformación prodigiosa, si  se advierte que ha acontecido muy rápidamente. Sir Oliverio Lodge no habría logrado publicar su último, extraño libro. Raymond, antes de las sensacionales experiencias de Crookes, con Florencia Cook, sin dar pie a escándalos semejantes. Transformación prodigiosa, si se juzga la compleja vastedad de las investigaciones subsiguientes a las de Crookes, en lo que dice relación a los problemas de la materia, de la vida, del alma.

 

Como de una nueva democracia, como de un renovado derecho internacional, como de un nuevo objetivo de la función social femenina, es decir, con entusiasmo apostólico, se ha hablado de la necesidad de "una ciencia más amplia".

 

Un respetable grupo de investigadores insiste en la necesidad de una ciencia que contemple la génesis y la evolución de todas las formas de vida, y proclama, repitiendo la tesis de antiguas doctrinas, que la vida se contiene en todo átomo. Arguye que la ciencia oficial restringe su observación al universo físico, dejando por estudiar la materia subfísica y la superfísica, cuyo análisis lo sitúa en una zona inaccesible a la acción de los sentidos físicos. Esa afirmación -en que revive el espíritu d antiguas ciencias y antiguas filosofías- demanda de la ciencia oficial el reconocimiento de que cada tipo de materia presupone la existencia de órganos sensoriales adecuados a su percepción: funda así esta tendencia su método, sin alterar las condiciones del método experimental, en su concepto de la experiencia, cuya amplitud delimitaría la que a la ciencia dogmática se le pide como indicio de su adaptación a las necesidades de los tiempos.

 

 

KEYSERLING

 

 

¿Lecturas nuevas? Por fin he encontrado a Keyserling. Con él estoy ahora comparando entre sí a los hombres de Oriente y Occidente, y buscando por sobre ellos y en mí, al Hombre.

 

 

MAX JIMÉNEZ

 

 

En confirmación de  lo que hemos dicho a propósito de odios al extranjero y acerca del pesimismo, venimos hoy a hacer notar el caso que se presenta en la labor de Max Jiménez.

 

Comienza a trabajar y a surgir. Revela fuerza, revela sinceridad. Su ensayo reciente sobre Arte, por ejemplo, es toda una declaración de fe, llena de amplitud creadora. Hay campo allí para surcos tendidos ansiosamente hacia la luz de todos los horizontes. Es decir, hay vigor para libertarse de escuelas, de modas, de ocasionales influencias. Arte, Vida, Filosofía, se comprenden dentro de la manera de Max Jiménez como perspectivas oceánicas. Tanto cabe en ella la tempestad, como la huella serena de la estrella.

 

Mágica sencillez para expresara y a la vez expresión original. Ansiedad de asir la forma de las más sutiles intuiciones y capacidad de síntesis flexible y armoniosa. Y tras esto, perseverancia de fuentes en el trabajo, y estudio, y devoción sin matiz de fanatismo.

 

¿Se le ha aplaudido? ¿Se le ha censurado? ¿Se le ha maltratado? Sí, y con dureza.

 

Lo optimista, además de ser lo generoso, sería el aplauso sin adulación y la censura sin rencor o sin vulgaridad. Y en ambos casos, si es que alguien quiere o puede darle lecciones, la enseñanza sin pedantería. Se trabajaría de esa manera por lo nuestro, por lo nacional; y se contribuiría a estimular a los jóvenes que cultivan el anhelo de hacer alguna obra de letras.

 

La prensa tiene en sus manos el instrumento y la responsabilidad de su empleo. Si oye los chismes, le sirve a la sombra. Si recoge los esfuerzos creadores, se convierte ella misma en creadora, precisamente de aquello que más necesita la nación: ¡Porvenir!

                                                                                                                   

Septiembre de 1927

 

 
OPINIÓN SOBRE EL LIBRO EVOLUCIÓN DEL PERIODISMO EN

C. R. DE JOSÉ FCO. NÚÑEZ

 

 

Usted cultiva los estudios históricos, que constituyen una manera noble de hacer patria. Necesitamos una historia que nos muestre cómo hemos sido y otra que nos enseñe cómo debemos ser. Porque un país, sobre un individuo, debe vivir dos vidas: una para enriquecerse espiritualmente; otra para dar su tesoro. Ojalá los estudios de usted contemplen las dos caras de la construcción de la nacionalidad, que alguna relación tienen con la del Dios griego.

                                                                                                                Diciembre de 1920.

 

 

RESPUESTA A UN ESTUDIANTE DE PEDAGOGÍA

 

 

Es admirable el comentario del niño. La explicación del hecho la dan acertadamente las palabras de Ud. la disciplina del rigor la adoptan los maestros incapaces de inspirar amor y devoción. Arguyen que los niños "no entienden por bien"; pero suponen que el buen tratamiento consiste en la blandura de la voz y de la  palabra.

 

Afortunadamente las palabras insulsas, por mucho que sean blandas, no suelen influir en el corazón de los niños. Mas, en cambio, es cosa grave que sin mediación de la palabra, por su propia virtud, el pensamiento del maestro actúe en el niño, ¿Si no es puro?

 

En el caso concreto: ¿qué espera Ud. de la labor de maestros, -llamémoslos así- que la confían, como entregan su vida, a los asaltos de la traición? Advierta cómo fracasan, con qué lamentable inconsciencia,  sino es cínico encubrimiento del yerro. Los niños buenos de la escuelita, tórnanse malos bajo el látigo del nuevo régimen. Como ellos, luego que las gentes lo trataron mal, sintióse malo, de pronto el lobo, de ser montaraz que adoctrinó el santo.

 

Le digo con franqueza que si en este país, en donde tantos milagros ocurren, llegara yo a ser Ministro de Instrucción Pública, probablemente expulsaría de la escuela a los maestros que de ella expulsan a los niños.

 

Guiaríame el solo pensamiento de que el Maestro los llamaba hacia sí.

 

Y juzgo, defender a los niños de los maestros. Y a los jóvenes, de estos sórdidos maestros que llenan las aulas de la sombra de su conciencia.



 

1 Se refiere a la actitud de Wells en el caso Saco-Vanzett.

2 Son fragmentos de cartas. Es una lástima no contar con los textos completos.

 

 

1 Es un fragmento de una carta a don Joaquín García Monge.

 

 

EN EL ÁLBUM DE OFELIA

 

 

Con Ud., he conocido en esta amada Escuela cuatro Ofelias: Ofelia Arias, Ofelia Rodríguez, Ofelia Ramírez y Ofelia León, De todas hay huellas en mi corazón, de todas hay huellas en las aulas.

 

Acaso en el nuevo curso -en 1928- no habrá ninguna Ofelia en la Escuela. Me será difícil, pues, tras haber conocido y estimado a cuatro  de ellas, tras haber vivido cerca de ellas por años, acostumbrarme a saber que ya no hay ninguna. Por dicho todas dejaron un fulgor en mí y en la vida de la Escuela. Por dicha todas me hicieron pensar que ese nombre guarda esencias de grandeza.

 

¿Se va Ud.? ¿Vendrá otro Ofelia? ¡Con cuánto cariño la recibiré después de saber cómo son y cómo hacen sentir su ausencia!

 
 
CONCURSO LITERARIO PEDAGÓGICO1

 

 

  

La Escuela Normal inició la realización de un Concurso entre maestros y estudiosos, que ha tenido un buen éxito no esperado. Por ahí de 15 valiosos trabajos se han presentado al Tribunal que integran Carmen Lira, don Joaquín García Monge y don Omar Dengo. Próximamente la escuela organizará la fiesta de este Concurso, cuando el Tribunal vierta su fallo.

 

La Escuela recibió también invitación para participar en los Primeros Grandes juegos Florales Interamericanos de los Normalistas, organizados en la escuela Normal No. 3 de Buenos Aires, República Argentina. Desgraciadamente las bases y los temas llegaron cuando ya los Juegos Florales se habían cerrado y  así no tuvimos tiempo de llevar nuestra voz de solidaridad a la vigorosa hermana del Sur.

 

El Concurso que sí realizó plenamente la Escuela fue el organizado por el Centro "Ariel" entre alumnos, con los siguientes temas: Primero: Poesías cortas; libertad de asuntos. Segundo: Cuentos, narraciones, fantasías, etc., libertad de asuntos. Tercero: Estudios de literatura nacional o centroamericana. Cuarto: Estudio acerca de la influencia de la enseñanza normal en el desarrollo de la democracia en Costa Rica. Quinto: Estudio acerca de la influencia de la Escuela Normal en la cultura de la mujer costarricense (1886-1821). Sexto: Estudios de cualquier otra índole acerca del país.

 

Los premios ofrecidos  - dada la penuria de la Escuela -eran flores; pero el señor Presidente de la República ofreció medallas de plata para los vencedores, quienes las merecen, no tanto por sus trabajos cuanto por su modestia. Sin saber lo de las medallas, fueron condecorados en una bonita Asamblea con la flor que les dio la persona que los mismos vencedores eligieron; esa velada fue amenizada galantemente por la orquesta de la Escuela.

 

Y antes de terminar, permítasenos pedir excusas por no poder publicar ni aun todos los trabajos premiados: el campo disponible no nos lo permite

 

ACTA DEL TRIBUNAL

 

El Tribunal Calificador del Concurso Literario-Pedagógico de la Escuela Normal de Costa Rica, en sesión celebrada a las 13 horas del 15 de Setiembre de 1921, acordó hacer las siguientes declaraciones:

 

Primera declaración: que recibió los trabajos, los cuales alcanzaron un total de 34.

 

Segunda declaración: que no recibió trabajos relativos a los temas tercero y cuarto del Concurso.

 

Tercera declaración: a) que al juzgar los trabajos ha tenido en cuenta el mérito relativo de ellos, es decir, que ha hecho comparaciones entre los trabajos referentes a cada tema; b) que ha tenido en cuenta, asimismo, la conveniencia de fomentar el cultivo de las letras, por lo cual ha sido benigno al juzgar de los trabajos haciendo mención a varios de ellos por considerarlos dignos de estímulo.

 

Cuarta declaración: El Tribunal se permite rogar a los señores Profesores de Literatura de la Escuela, que se interesen de un modo especial por favorecer los estudios literarios de los alumnos que han participado en el Concurso.

 

Quinta declaración: a) por la forma errada en que algunos concursantes enviaron sus nombres, el Tribunal no ha podido eximirse en todos los casos de conocer a los autores de trabajos; ni ha podido, en otros casos, saber cuáles nombres correspondían a determinados seudónimos; b) que por esas razones resolvió autorizar a uno de sus miembros para que en el acto de la distribución de premios explique en qué han consistido aquellos errores y la dificultades del Tribunal.

 

Sexta declaración: El Tribunal, considerando estrecho el plan de distribución de premios, por razón de la cantidad de composiciones presentadas, convino en modificarlo del siguiente modo: para cada tema habrá cuatro premios así:

 

Primer premio

 

Flor natural, lectura en la Asamblea y publicación

 

Segundo premio

 

Flor natural y publicación

 

Tercer premio

 

Flor

 

Cuarto premio

 

Accésits, consistentes en hacer mención del trabajo por considerarlo de mérito.

 

Resultaron premiados los siguientes trabajos:

 

Primer tema. -Poesías.

 

Primer premio.- Lo obtuvo la poesía La Loca, firmada por Perseo; se ignora el nombre correspondiente a dicho seudónimo.

 

Segundo premio.- Le corresponde a la poesía que se titula Todo Concluye y que la firma Mil Flor; se desconoce  también el nombre del autor.

 

Tercer premio.- Fue adjudicado a la poesía que tiene por título A Costa Rica, firmada por Fleur de Lis y que pertenece a Marco Tulio Salazar.

 

Obtuvieron accésits las poesías Paisaje Campestre, cuyo seudónimo Tirteo, corresponde a Marco Tulio Castro, En la noche, firmada por Lil y que pertenece a la señorita Adela Ferrero y Junto al brocal de Nerto, seudónimo correspondiente a la señorita María E. Amador.

 

Segundo tema. - Cuentos, narraciones, fantasías, etc.

 

Primer premio. - Pertenece al trabajo titulado Oye, tú que me guías, firmado por Ario del Monte - se desconoce el autor - y los trabajos firmados por Abeja y que pertenecen a la señorita Emma Gamboa.

 

Segundo premio. - Le corresponde a los 18 trocitos que tienen por seudónimo Non Me Tangere; se ignora el nombre del autor. También tiene segundo premio el cuento titulado La Casita de la tía Casilda y cuyo seudónimo Gladius corresponde a Efraín Monge, y otro segundo premio los tres trabajos titulados así: Mi alma, Meditando y Un Cuento; tienen por seudónimo Nerto. El nombre correspondiente a ese seudónimo es el de la señorita María Ester Amador.

 

Tercer premio. -Ha sido adjudicado a dos trabajos; uno firmado por Lil y que pertenece a la señorita Adela Ferrero y otro firmado por Luz-lay perteneciente a la señorita Umbelina Sáenz.

 

Obtuvieron accésits dos trabajos: Sugestión, cuyo seudónimo Iseo corresponde al joven Ramón Zúñiga y No pierdas esa luz, firmado por E. M.

 

Quinto tema. - Estudio acerca de la influencia de la Escuela Normal en la cultura de la mujer costarricense.

 

Segundo premio. - Le pertenece al trabajo que tiene por seudónimo Fellita; se ignora el nombre del autor. Merece accésit el trabajo firmado por Meñique y que corresponde a la señorita Luisa González.

 

Sexto tema. - Estudios de cualquier otra índole acerca del país.

 

El trabajo presentado por el Paje Azul merece un primer premio pero no se le adjudicó por no haber sido escrito para el Concurso.

 

Carlos Luis Sáenz E., Ofelia Arias y Omar Dengo

                                                                                    Heredia, septiembre 16 de 1921.

 

 

ESTATUTOS PARA LA GALERÍA DE MAESTROS

 

 

A fin de dar la importancia debida a la formación de la Galería de Maestros que se está haciendo en la Escuela de Aplicación de Heredia, se acuerda dar la aprobación a la reglamentación siguiente propuesta por el Director de dicha Escuela y que se desprende de los términos de la convocatoria hecha a los maestros del país con el objeto ya conocido.

 

Artículo I.- La Junta encargada del escrutinio de los votos será nombrada por la Dirección de la Escuela Normal y estará integrada por el Director de la Escuela de Aplicación con el carácter de Presidente; por dos maestros de la misma escuela y por cuatro miembros del personal docente, seleccionados de la lista de candidatos que presente la Dirección de la Escuela de Aplicación.

 

Artículo II.- Esta Junta tomará sus determinaciones por mayoría de votos y está facultada para interpretar fielmente las bases y para rechazar cualquier documento que juzgue improcedente. Entrará en funciones desde el día de su nombramiento y procederá al escrutinio en los diez días siguientes a la fecha de clausura de la recepción de votos.

 

Artículo III.- Esta Junta celebrará sus sesiones siempre que sea convocada por el Presidente, cuando éste lo crea necesario o cuando tres de sus miembros lo soliciten. El quórum reglamentario será mayor de la mitad del número de miembros que integran dicha Junta.

 

Artículo IV.- Tratándose de votos emitidos por particulares, éstos necesitan ser identificados por una certificación expedida por el Director de la Escuela del lugar de donde proceden, en donde se declare fiel y solemnemente sobre los siguientes puntos:

a)      Si el votante es mayor de edad.

b)      Si posee una cultura suficiente para opinar en asuntos de enseñanza.

c)      Si el cariño que tiene por la enseñanza y el aprecio por la misión del maestro los ha manifestado en obras de algún beneficio para la Escuela y para la localidad en general.

 

Esta certificación será pedida directamente por el Presidente de la Junta encargada del escrutinio, y en el caso de que la corporación lo crea conveniente, puede pedir a las autoridades escolares (visitador o inspector de escuela) la visación del documento en referencia.

 

Artículo V.- En el supuesto caso de que el informe suministrado por el Director de la Escuela no lo juzgue la Junta satisfactorio, tendrá derecho a levantar una información aclaratoria.

 

Artículo VI.- En el caso de que dos personas obtengan el mismo número de votos y que constituya ese número la mayoría, se procederá a adjudicar el mérito a la persona que tenga mayoría de votos procedentes de maestros. Si el número de votos de maestros es igual, se adjudicará el mérito mediante un nuevo examen de los documentos a favor de cada una de las personas, determinando por medio del resultado de una votación que se efectuará entre los miembros de la Junta encargada del escrutinio.

                                                                                           Heredia, 9 de noviembre de 1923

 

 

UN MAESTRO DE JUVENTUDES

 

 

Señor: Joaquín García Monge

Repertorio Americano

San José.

 

A usted, mi estimado don Joaquín hemos de agradecerle en esta Escuela la visita de don Agustín Nieto Caballero y de sus compañeros, profesores y estudiantes colombianos. Supongo que es también a usted, -en buena parte al menos- a quien debemos de agradecerle  los maestros de escuelas costarricenses, la visita de ese noble grupo de peregrinos a nuestro país. Creo que usted lamenta, como yo, la carencia de medios para haber retenido en el país, siquiera durante una semana, al señor Nieto y a sus compañeros. Hubiéramos podido entonces instarlo a recorrer los principales circuitos escolares a fin de que los maestros escucharan sus causeries acerca de educación. Don Gustavo Uribe habría podido, a su vez conversar con muchos de nuestros funcionarios sobre temas concretos de organización escolar, especialmente sobre programas y métodos de la escuela decrolyana.

 

De tal labor, pronto palparíamos los resultados. Pero, al parecer, acaso por la fina discreción de don Agustín, no nos dimos plena cuenta de la significación de su viaje ni supimos apreciar cuánto traía consigo. No estamos acostumbrados a oír el mensaje de las embajadas espirituales y sí, en cambio, a recibir muchas otras que nada tienen que decirnos.

 

Nieto Caballero, aparte de la visión clara de muchos problemas que nos atañen de modo inmediato, aparte de la posibilidad de proporcionarnos ocasión de fecundas relaciones con cosas y hombres de sumo interés, trajo, -como una de las refinadas expresiones de su apostolado- el don de comunicar entusiasmo y alegría. Y ¡cuánta necesidad de esas riquezas en estos medios propensos al achatamiento!

 

Si en algún sentido se hizo evidente para mí la presencia de un maestro de juventudes fue precisamente en ése.

 

Don Agustín es el hombre que anima, que sugiere, que infunde confianza, que induce a pensar y a tener fe y que da ejemplo claro de cuál es la posición espiritual que la tolerancia entraña.

 

Decía don Luis Eduardo -su hermano- que don Agustín es por oposición a él, hombre de volumen. Don Luis Eduardo me da la impresión, en sus Hombres de fuera, de ser un hombre que otea horizontes con deleite, y que descubre el detalle bello de cada altura.  Don Agustín es ciertamente en quien la inquietud se hace interior, cada vez más, para volver a la superficie cuando, tras ser profunda, se ha vuelto clara como una natural expresión de vida buena y sencilla.

 

Conversador muy ameno, sutil, delicadamente reticente, exento de toda tentación de pedantería y claro y activamente sugeridor.

 

Quizás había entre nosotros quien esperase a otro hombre. Supongo que a alguno modelado según el tipo que con frecuencia llega y nos fastidia: al orador de plaza, al pensador oficial, cargado de leguyelismo, al recitador de Núñez de Arce o al perfecto pedagogo , tal y como lo piden los  baratos manuales del oficio.

 

¿Cómo haremos, don Joaquín, para que vengan otros maestros? Vasconcelos, Caso, Sanín Cano, Varona, Mariátegui, López de Mesa, Gabriela Mistral y veinte más.

 

¡Qué profunda necesidad tenemos, en educación como en política, en artes, ciencias y letras, de escuchar muy de cerca las voces iluminadas del continente!

 

Personalmente es lo que más le agradezco a don Agustín Nieto Caballero, el haberme avivado esta ansiedad de oír algo más elevado que las monótonas campanas de la Parroquia.

                   

La mano afectuosa de su amigo,

Omar Dengo.

Heredia, mayo de 1927

 

ÁNGEL GANIVET

 

 

  

 En hombres de tan majestuosa talla, hasta las más simples palabras, hasta las que parecen salir de la boca por sí solas, como un descuido, revelan una fortaleza de convicción que no puede ser sino resultado de un vivir, que por entero se conforma con las exigencias del ideal, de que tales palabras son el vehículo que lo lleva a otros corazones.

 

¿Pero cómo se forman esas vidas consubstanciadas con el ideal que las exterioriza? ¿Cómo llega a ser ese ideal una verdadera florescencia de ellas? Precisamente en virtud de la fuerza que le infunde al espíritu, el recogimiento que sabe ser menosprecio de lo transitorio y sagrado amor a lo duradero.

 

 

PRO-UNAMUNO

 

 

Usted1 sabe que leo y he leído con predilección a don Miguel de Unamuno en quien, entre otros profundos placeres, recogí la inquietud de conocer algo de Sören Kierkegaard y de Carducci. Pensando en el ultraje inferido a don Miguel, los he recordado a ambos.

 

Decía Kierkegaard que en un gusano se podría considerar como pecado el tener ciertos pensamientos, pero que no en un hombre creado a imagen de Dios. Me parece que Unamuno ante el juez es el hombre ante el gusano. Pues que esta justicia que mancilla la dignidad del hombre, es justicia de gusanos. Es el gusano contra la luz. ¡Parece llegada la hora allá, por haber descomposición, de que proclamen su reinado los gusanos!

 

Mas del dolor de tal realidad consuela Carducci, cuando en Odi Barbare tiende la lira, como un trofeo, hacia la aurora. El poeta le pide a la aurora, de juventud eterna, que lo lleve en su corcel de llamas. Ya vendrá la aurora, -pastorella del cielo- a besar la frente del viejo deportado, y podrán alzarse millares y millares de espadas, que no igualarán sus fulgores. La frente del viejo rebelde será el símbolo de la hora trágica. La aurora sobre la frente del pensador, fue siempre el signo de que allí pasó Dios su visión de los destinos.

 

Mientras tanto, hay que resignarse a que  el barbero y el cura, quemen los libros de don Miguel de Unamuno.

 

 

 

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