Benedicto Víquez Guzmán. Cuento. El doctor

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El Doctor

Hace días que Ricardito viene diciéndome que no quiero escribirle sus historias. Lo cierto es que tampoco escribo las mías. Yo no tengo la culpa de que las personas hablen delante de mí. Y digan cosas que me sorprenden, aunque no comprenda. Desde hace días Ricardito insiste en que le escriba la historia de un amigo de él, que lo asesinaron, dice él, por decir la verdad, y yo pienso que tendré que escucharlo, pero mientras tanto,  ésta es otra historia que escuché en las calles, porque a decir verdad, ya a nadie le importa quién esté presente, cuando conversan. Lo hablan sin tapujos, como si fuera algo sin importancia.

Ayer Pinto y yo, como siempre, recorrimos un poco las calles de Heredia y como todos los días, paramos en el parque. Serían las once  de la mañana y exactamente, frente al correo me senté a descansar, cuando llegaron, luego comprobé, dos doctores que trabajan en la Caja del Seguro Social. Sin importarles que Pinto y yo estuviéramos sentados en el poyito, ellos se sentaron de medio lado y nos desplazaron. Con educación, pues eran personajes importantes, Pinto y yo nos hicimos a un lado y nos sentamos en el zacate, como si la cosa no fuera con nosotros, porque sabemos que ésa es la mejor manera de vivir en la ciudad. Parecían estar exaltados. Uno de ellos, posiblemente el más joven, no hacía otra cosa que hablar por el celular:

-Ya te dije que no estoy para nadie, me enviaron fuera del país en una gira especial de investigación sanitaria. Regreso hasta el viernes. Es correcto. ¿Me entiendes?

-Sí, pero la señora insiste en que usted se comprometió con ella, para operarla hoy en el hospital, y delante de la gente, dice que le canceló dos millones de colones para que usted dirigiera la operación. Pero nosotros no tenemos nada, ni los exámenes, el expediente está vacío. Por favor, doctor, ¿qué hacemos?

-¡Ay mi amor! Es tan fácil. Dígale que vuelva mañana. Ya pensaré cuál será la solución. No se sulfure. Respire profundo, mi amorcito, y tóquele la espaldita a esa doñita y mañana sabremos qué hacer con ella. Dígale que desde Francia estoy preocupado por su salud, y que tengo colegas en Costa Rica, que harán un trabajo mejor que si yo estuviera con ella. Adiós y no me llames más, pues estoy en una reunión médica tan importante que revolucionará la medicina en Costa Rica.

El hombre guardó su celular, por un instante, respiró profundamente y se dirigió a su compañero:

-A lo que venimos.

Y éste le preguntó:

- ¿Vos crees que esa compañía pueda pagar, en dólares, esos medicamentos?

-Escuche, estoy totalmente seguro. Es una empresa solvente. Para decirte que es americana. No hay chorizo. Sólo necesitamos tu firma y la licitación saldrá adjudicada a ella. Son cuarenta mil dólares que podemos compartir.

 -Entiendo, pero, ¿cuáles son los riesgos?

-No hay ninguno. Todo está bajo control.

Pinto y yo jugábamos con el viento. Él saltaba y atrapaba una hoja suelta que revoloteaba y me la daba. Y la conversación seguía.

-En La Caja, todos estamos unidos. Si yo hablara, acerca de tantos biombos y chorizos que se realizan todos los días, no quedaría cabeza sin justicia. Es nada más que saber manejar las influencias. Y, óigase bien, mi amigo, ahí es donde están los dólares. Así que no te preocupes, todo saldrá bien.

Insistentemente vuelve a sonar el celular del doctor. Y como quien no quiere la cosa contesta. ¿Y ahora quién  me interrumpe, no le dije que estaba incomunicado?

-Soy yo, tu amorcito. Es que la señora, ésa, tu cliente, la que le pagó los dos millones, sí, la misma, acaba de morir aquí, en el consultorio.

 

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