Benedicto Víquez Guzmán. Cuento: La niña que quería volar

| No Comments | No TrackBacks

La niña que quería volar

 

Fue un viernes por la tarde, de la primera semana de diciembre. Serían las cinco. Como de costumbre deambulaba por el parque en busca de clientes, cuando la vi sentadita en el mismo lugar y mirando al cielo. Era una niña como de ocho años y se dedicaba a vender rosas. Desde muy temprano recorría los restaurantes del centro de la ciudad ofreciendo, a todo el que viera, sus bellísimas rosas. Miré al cielo queriendo adivinar lo que ella tanto buscaba. Alcancé a divisar un hermosísimo arco iris que cruzaba la ciudad, de lado a lado, y desprendía una fina lluvia, que con la brisa alegraba nuestros corazones y refrescaba  nuestra mente, y nos llenaba de esa alegría que comenzaba a llegar, en los primeros días del mes de diciembre. Aunque, el llamado por nosotros, pelito de gato, era insistente, la niña seguía inmóvil, con su mirada fija en el cielo. Pinto, con sus impertinencias siguió una hoja, que fue a dar en el regazo de la niña, y quiso apañarla. Ella, dulcemente la tomó con su frágil manita y se la dio. Aproveché la ocasión para darle las gracias a nombre de Pinto y como quien no quiere la cosa, le pregunté:

-¿Ya vendió todas las rosas?

-Sí, -me contestó-.

Esa fue la oportunidad para sentarme en una piedra, frente a ella. Pinto se echó junto a mí y comenzó su acostumbrado ejercicio aeróbico con sus patas traseras, rascándose su panza, en una desigual lucha, por desalojar una pulga de ella.

La niña reía viendo a Pinto pelear con su huésped. Me preguntó:

-¿Es suyo el perro? ¿Cómo se llama? 

 -Sí. Se llama Pinto.

-Yo suelo verlos. Casi siempre me los encuentro en los lugares por donde vendo rosas. Usted vive cerca de mi casa en El Preca, verdad.

-Sí, un poco más en el alto, de donde queda su casa. Yo también la veo a usted casi todos los días y por las tardes, al ser las cinco, siempre sentada en este lugar.

-Es verdad, aunque... -e hizo una pausa - si no he vendido mis rosas prefiero faltar.

Y se quedó mirando hacia el cielo, en dirección al arco iris. En el horizonte el sol se ponía color papaya y daba muestras de querer irse a dormir. El pelillo de gato seguía cayendo y el vientillo, un poco más alegre, seguía calando nuestros huesos.

-Al principio, - prosiguió-  vendía rosas naturales, pero con frecuencia tenía pérdidas porque algunos días no alcanzaba a venderlas todas, en el mismo día, y se marchitaban y entonces no me las compraban. Por eso ahora vendo rosas artificiales. Si me sobran, no importa, éstas me duran el tiempo que necesite y son bellísimas. Yo las compro en un almacén que queda por el mercado. Hasta me hacen una rebajita porque ya soy cliente y me conocen. Hay una cajera gordita que es buenísima. Con decirle que cuando le voy a pagar las rosas, va a su bolso y saca una botellita y les echa un perfume que huele riquísimo. Eso ha hecho que las ventas hayan aumentado. Calcule usted que hoy, ya me gané mil colones que ahora mismo voy a dárselos a mi mamá, para que ajuste el monto de la luz. Porque, ¿qué barbaridad?, lo caro que la pusieron. Vieras cómo nos cuesta reunir el dinero para la luz y el alquiler de la casa, y  esto, que según dice mi papá, es la más barata que pudo encontrar en toda la ciudad. Pagamos veinte mil colones por mes de alquiler y ahora con la nueva alza de luz, el recibo llega hasta  los tres mil colones. Mi papá trabaja ahí por el mercado. Hace mandados, jala sacos, barre y últimamente hasta lava carros. Es que él sufrió un accidente y quedó renquito pero... es tan bueno y servicial. Con decirle que, como usted sabe nuestra casa sólo tiene dos piezas, una para el cuarto, donde dormimos papá, mamá, mis dos hermanitos y yo, y la otra pieza que nos sirve de comedor, sala y cocina. Hemos tenido mucha suerte, desde que llegamos. Una semana después de instalarnos llegó Julita, una señora de la caridad, y nos preguntó, si necesitábamos algo que se lo dijeran a ella para ver qué podía hacer. Mi mamá casi no habla, es tan callada que sólo atinó a decir una palabra: Todo. Y es que de veras, cuando llegamos no teníamos casi nada; para serle franca, sólo unos cuantos trastes rotos y escarapelados, un poco de ropita que era la que andábamos puesta y nada más. Pero vieras qué señora más buena. Al día siguiente, como a las diez de la mañana, llegó con una cocinita eléctrica usada de dos discos y un motete de ropa de varios tamaños, sobre todo para mi hermanita y el menor. Ella tiene seis años y Robertito, cuatro. Eso fue fiesta para mi mamá, y qué decir de mi papá, él es tan agradecido que sólo bendiciones le daba a Julita. Es que de veras, ¡cómo se lo agradecimos! Todas las semanas siguió llegando y siempre portaba en sus manos algo para nosotros.

Y seguía hablando sin parar. Quería contarme todo, hasta los más insignificantes detalles y yo la escuchaba atento, sin siquiera hacer el menor ruido para no interrumpirla.

-Papá se encargó de hacer las dos camas para dormir. Los tres primeros días dormimos en el suelo, pero pronto papá fue a una construcción grandísima que están haciendo a la salida de la ciudad y ofreció cuidar las instalaciones, durante la noche, con tal de que le dieran unas tablas, de ésas que llaman de formaleta, que son gruesas, unas reglas y unos pocos clavos. Con  ese material y un martillo que nos prestó un vecino hizo dos lindas camas, bien espaciosas. En una, la que está en el fondo, dormimos mis dos hermanitos y yo, y en la de afuera, duermen mis papás. El único inconveniente es que para pasar a la cama del fondo, hay que saltar por la primera pero ya nos acostumbramos a eso y más bien nos divierte brincarnos a mamá y papá, cuando se han acostado antes que nosotros. Al principio no teníamos almohadas, ni sábanas, ni cobijas, pero poco a poco, cada mes, hacemos economías y compramos, primero una cobija, después otra. Con decirle que ahora sólo falta la almohada mía. Y es que uno puede dormir en las puras tablas pero la almohada hace falta para que la cabeza no quede como guindando. Pero estoy contenta porque mi papá dice que el sábado, o sea mañana, me comprará mi  almohada. Pero las cosas han comenzado a ponerse muy feas para mí, en el barrio. Cuando voy para mi casa, tengo que pasar por el altillo, ahí donde está el muro. Pues, has de saber que en él, todas las noches, suelen sentarse unos muchachos que fuman de esa cochinada, pelean, hacen bulla, insultan y amenazan a quienes pasan frente a ellos. Todos estamos asustados. Ya Julita dejó de venir y sus ayudas nos hacen falta. Además, en la salida, hay una casa grande, que apenas comienza la noche, enciende las luces y deja escuchar una música bulliciosa que casi no nos deja dormir, hasta pasadas las dos de la mañana. El barrio se pone feo. Cuando paso frente a los muchachos, me dicen toda clase de cosas y me amenazan con violarme. Sólo esperan que esté más grandecita. Así me lo han hecho saber. Y lloro todas las noches, en silencio, y le pido a Dios que no permita que yo crezca porque me espera lo peor.

Hizo una pausa, que aproveché para jugar un poco con Pinto y permitir que ella se recuperara y como queriendo distraerla un poco, le pregunté:

-Y, ¿cómo te llamas?, no me has dicho tu nombre.

-Fátima y mi mamá Lourdes. Un día que ella estaba alegre, le pregunté por qué me había puesto ese nombre y, sin dirigir palabra, me señaló un altarcito que tenía en un rincón del cuarto. Ahí divisé una virgen con unos niños arrodillados al frente de ella. Seguro, pensé, mi mamá quiere que yo sea virgen.

-Y, ¿dónde comes? Yo casi no te veo hacerlo durante el día.

-Ese es un secreto. Al ser las doce me dirijo a la iglesia y hago que rezo y pronto me voy donde está aquella pilita y me pego de la llave del tubo, y me tomo tamaño montón de agua. Luego recojo mis rosas y me voy directo al restaurante que queda allá, en la esquina, y muy disimuladamente me dirijo al cliente ofreciendo mis rosas. El mesero es muy bueno conmigo. Si está el patrón, me hace señas y yo salgo por donde entré. Ese día no como, pero si no me hace las señas, voy directo a mis clientes y les pido que compren mis rosas. Muchas veces, con tal de que no los interrumpan en su comida, me dan unas monedas y me dejan las flores. Otras, me ofrecen mitades de hamburguesas que suelen desperdiciar sus hijos. Una vez llegué donde una señora a ofrecerle mis rosas y su hija lloraba desconsolada. La mamá la amonestó:

-¡Oiga, si no te comes la hamburguesa, se la doy a esta niña que de seguro no desperdiciará nada!

-Tenía razón la señora.

La niña, entre lloros y suspiros, dijo:

-Yo quiero la hamburguesa con queso, ésa no me gusta.

 La madre llamó al mesero y le pidió una hamburguesa con queso y luego tomó la otra, y me la dio. Ese día recobré todas las fuerzas perdidas y me duraron hasta para otro día más. Otras veces, es el mesero, es tan bueno, que esconde los grandes pedazotes de hamburguesas que dejan sus clientes, en espera de que yo llegue. Cuando entro disimuladamente va quitando las servilletas de ellas, y, ni lerda ni perezosa, tomo cada uno de ellos y me voy derechito al parque a disfrutar del banquete gratis.

-Y usted, no me ha dicho cómo se llama.

-Ramón Vargas Ramírez, pero sólo me dicen Ramoncillo. Y  pensé, en mis adentros, si Fátima supiera lo que pasa en la casa grande. Una noche, cuando pasaba frente a ella, como a las nueve, oí la bocina, de un cuatro por cuatro. Acto seguido, asomó por la ventana una mujer que  le dijo al señor.

-Hoy no están dispuestas, están ocupadas, don Julián, venga mañana a las ocho de la noche. Estarán listas para usted. Y era que la señora, ya casi todos lo sabíamos, tenía dos hijas, una de doce años y la otra de catorce, y todas las noches llegaban los clientes, que según pude escuchar, pagaban hasta treinta mil colones por estar media hora con una de ellas.

Pregunté a Fátima:

-¿Por qué siempre vienes a este lugar a la misma hora y se la pasa mirando el cielo?

-Ése es mi secreto.

Y alzando los débiles bracitos, los extendió hacia el firmamento, cobrando aliento, y con voz fuerte me respondió:

-Lo que quiero, lo que más deseo, es ser un águila enorme, con unas alas portentosas, fuertes y grandísimas, y unas tremendas garras, también fuertes.

-Y eso ¿para qué?  - me atreví a preguntarle-.

-Para ir a mi casa, montar sobre mis alas a papá, mamá y mis dos hermanitos.

-¿Y? -La interrogué-.

-Y volar y volar, volar y volar, y no parar nunca de volar.

No TrackBacks

TrackBack URL: http://heredia-costarica.zonalibre.org/cgi-bin/mt-tb.cgi/17287

Leave a comment

About this Entry

This page contains a single entry by Benedicto Víquez Guzmán published on 14 de Octubre 2009 8:06 PM.

Benedicto Víquez Guzmán. Cuento. El doctor was the previous entry in this blog.

Benedicto Víquez Guzmán. Cuento: Nos están matando is the next entry in this blog.

Find recent content on the main index or look in the archives to find all content.