Benedicto Víquez Guzmán: La obra escrita de Omar Dengo Maison. Artículos: Decálogo de la democracia, Comentarios sin orden, El caso de don Damuel Sáenz, Pascua de resurrección, El Presidente, El Presidente como hombre superior, Lo que debe durar la

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DECÁLOGO DE LA DEMOCRACIA1

I.

 

 

Los problemas de la democracia son objeto de constante debate. Los unos proclaman la bancarrota del sistema; los otros preconizan su triunfo. En el país, con ocasión de la propaganda política, se habla de la democracia hasta por los codos y a veces...hasta los codos. Cada orador, cada propagandista, define o interpreta el sistema a su modo. Hay preocupación siquiera fingida, siquiera transitoria, y si con ello no tiene el pueblo una clara oportunidad de cultura, cuando menos son disimulados los insultos por un rato, o, para hacer más ameno el espectáculo, aparecen los improperios en escena con traje de ideas... lo malo está en que a veces se miente mucho; y con facilidad se piensa que un escándalo, por ejemplo, es una privilegiada manifestación de espíritu democrático.

 

Los americanos del Norte, de los cuales tanto se dice que realizan la más grande farsa democrática del mundo, como se dicen que viven a perfección el sistema, aplican a todas las actividades de su país el mismo procedimiento de análisis y medida. Del mismo modo disponen de una oficina para determinar cuál es el cemento de mejor calidad o el más resistente tipo de caminos, como nombran un comité encargado de determinar cuáles son las características del gobierno democrático. En efecto, el comité se reúne, presidido por profesores universitarios, oye las opiniones de la mayoría de los políticos y después de una serie de deliberaciones, formula solemnemente el decálogo de la democracia...para uso de sus compatriotas.

    

 

COMENTARIOS SIN ORDEN

II-

 

 

Novedades yanquis, como se ve, aunque...demasiado humanas. El aparato magnificador de la voz que usan en fonógrafos y aparatos de radiotelefonía, parece ser allí de aplicación universal. En cambio, cuando se trata de cerrar los oídos al clamor del mundo, no hay hermetismo tan completo como el de los yanquis.

 

¿Qué hay en el fondo del análisis de la democracia? Poca cosa, quizás. Los derechos del hombre, como siempre, es decir, sin una norma que determine su naturaleza y campo de acción. ¿Pero es que alguien podría fijarla? ¿Es que alguna de las normas de antaño señaladas puede realmente cumplir esa función? Normas aparentes son las que imperan, y quizás venga de ahí la duda que, como a tantos otros, parecería asaltar a Materlinck cuando se inclina a creer que las termiteras están mejor organizadas, mejor regidas que las sociedades humanas. Normas aparentes son, cuando menos, las que los hombres definen como tales; pero ello no sería obstáculo a la posible dominación de verdaderas normas, de normas naturales, inasibles dentro de las estructuras de los sistemas humanos. Con toda la Economía Política que los hombres saben, no se organizaría la vida económica de una termitera. Con toda la moral de los hombres, no se inspiraría la vida de sacrificio de tantos seres a él destinados, como son los que en las termiteras perecen. La potencia que al decir de Maeterlinck regula la vida de los termites, acaso pudiera ser la misma que dirige a los hombres, pero manifestando su actuación en más complejo escenario. Y los sistemas humanos podrían ser entonces meros ensayos de interpretación, acomodada a condiciones históricas, de medio y de raza, de la naturaleza, de las posibilidades y de los objetivos de la oculta potencia directora. ¿Casualidad? ¿Providencia? ¿Mecanismo? ¿Qué por fin? Pero así marchamos.

 

Aparece la cultura como fundamento del sistema democrático. ¡Ojalá! Pero ese hecho basta a dictarle a la cultura un rumbo. La democracia entra a definir el sentido de la cultura. Probablemente cualquier sistema de gobierno presupone la existencia del mismo fundamento y, en lo tanto, ofrece la misma objeción. Afortunadamente la cultura puede romper todos los grilletes. Como la energía solar, puede el hombre utilizarla y transformarla, pero sujetándose a ella.

 

¿Quién fija los  límites entre lo socialmente ofensivo y lo que les, al contrario, socialmente deseable? Es evidente que Sacco y Vazetti, por pertenecer a los llamados partidos radicales, caen dentro de la primera zona, -que en este caso resulta trampa.- Como, a su vez, caen dentro de ella, a los ojos radicales, el juez Thayer y el Gobernador Fuller. Por el momento, tiene  la razón el que tiene la mayoría y con ella la fuerza.

 

De ahí que la auto-afirmación de derechos, deberes y oportunidades, es decir, la exaltación de la personalidad, deja de serlo realmente para convertirse en aceptación de normas impuestas por las mayorías de cada momento. Es la permanente oposición entre individuo y sociedad y entre mayoría y minoría. Es el esfuerzo complejo y confuso por buscar un estado de equilibrio entre dos extremos que tal vez no lo admiten, según parecería indicarlo la constante y trágica lucha. Quizás la oposición debería ser planteada entre otros pares de conceptos opuestos y no entre ésos, o debería ser planteada en otra forma.

 

Igualdad, a pesar de todos los evidentes designios de la naturaleza. Igualdad democrática, -la cual evade los absurdos que entraña, mediante requisitos y condiciones opuestos, precisamente, a toda tentativa de coacción igualitaria: habilidades, capacidades, etc. Pero en todo caso, estos yanquis han ido algo más allá de donde llegan los que entienden la igualdad con el aplastante criterio de la vulgar concepción democrática.

 

Mientras domine la mayoría o se pretenda que domine, mientras el poder le corresponda necesariamente, no caben limitaciones del ejercicio del poder. Si la mayoría se equivoca, si la mayoría delinque, ¿quién rectifica el yerro o, su caso, quién aplica la punición? O no domina efectivamente la mayoría ni debe dominar, y en esa coyuntura sería más cuerdo reconocerlo así. El predominio mayoritario no puede disponer de las aptitudes necesarias para elevar, como se desea, el sentido de la responsabilidad, la aspiración individual, el concepto del derecho o el sentimiento del deber. Ni puede valorar la significación del esfuerzo propio ni del servicio equivalente.

 

Lo grave, no obstante ser lo natural, es que tras los comentarios casuísticos del comité, que son extensos, se extienden, como un oleaje, el formidable ruido de máquinas de una civilización ostentosamente industrial y que creería realizar con ello las únicas posibilidades de la dignidad humana. Lo grave, porque es país que da ejemplo o lo impone.

 

Hay mucho todavía de la agresividad del cow-boy, convertida, laboriosamente, sin claridad, en filosofía. Hay mucho de primitivo y propio así de ese gran pueblo genialmente ingenuo, que estampa en su  moneda omnipotente una declaración de confianza en Dios: In God we trust.

 

Difícil, ciclópea tarea, ilustrada por grandes vidas y grandes gestas, ésta de definir y aplicar sistemas de gobierno. De Aristóteles a Lenin parecería no haberse hecho otra cosa que buscar la relación entre dos especies de conceptos: absolutos, los unos; relativos, los otros.

 

Sigue el hombre, mientras tanto, escapando, a veces trágicamente, a la presión de los sistemas. Hay hombres en los cuales no encuentra el sistema, la resonancia que requiere; y hay hombres en los cuales la encuentra.

 

Por cierto que cuando uno piensa en la democracia, -el gobierno y el ensueño de su país-, recuerda con amargura la reflexión de uno de los grandes críticos franceses: la democracia de Atenas mató a Sócrates. Aunque no olvida que en ella encontraron ciertos hombres la oportunidad de revelar su grandeza.

 

 

   

EL CASO DE DON SAMUEL SÁENZ

 

 

Sin pensar en esta fiesta, que el señor Sáenz y a mí nos ha tomado por sorpresa, había escrito, para publicarla en El Compañero, una página referente a don Samuel. Me parece oportuno leerla ahora y pedir a Uds. que perdonen sus deficiencias.

 

El caso del señor Sáenz merece que reflexiones en él los jóvenes. Lo digo a propósito de los muchachos de nuestra Escuela.

 

Se ha tomado de "profesores de idealismo"  y de "profesores de energía". En presencia de la vida y del trabajo del señor Sáenz debe hablarse de "profesores de rectitud". Esta cátedra de rectitud lo es también de energía, en un sentido nobilísimo, y también lo es de profundo idealismo. Mas trátase de rectitud que se taraza en delicadas líneas de belleza moral, rectitud consciente y, si viene bien decirlo, flexible rectitud que en nada es semejante al borde de envejecido infolio, sino que algo ostenta del rayo de luz.

 

De tal palo tal astilla, dicen los mayores, y entre ellos el patriarca de nuestra Escuela, don Tranquilino, que es el roble de donde tenemos con orgullo este brote vigoroso.

 

Hace poco que el señor Secretario de Educación Pública, con acierto le propuso a don Samuel que aceptara la Jefatura del departamento Técnico de Construcciones escolares, y don Samuel rehusó aceptar la proposición fundándose en que no cree poseer la aptitud conveniente al ejercicio de aquellas funciones. ¡Él, laureado distinguido de la Real universidad de Bologna, él, que dentro del país, en Obras públicas, y fuera -en EE.UU., Colombia y Panamá, - en asocio de ingenieros y geólogos de nota, ha demostrado poseer una competencia perfecta!

 

Don Samuel da la explicación de que no posee experiencia en construcciones ni debe adquirirla a costa de obras nacionales. Esto es sencillamente admirable, sobre todo en un país donde la audacia suele reemplazar a la experiencia.

 

Poco después, también con acierto, el señor Secretario de Fomento le propone que asuma la dirección del departamento de Caminos nacionales, y el señor Sáenz no acepta el carago, entre otras razones, porque juzga que no debe privar a la Escuela Normal, repentinamente, de su secretaría y profesor de Matemáticas.

 

 Expone él, esa razón y a mí, a quien él honra con su confianza, me declara que además de tales motivos hay en su ánimo el temor de que le sería difícil encontrar los medios de controlar necesarios para el efecto de afrontar una responsabilidad tan grave. Y para hombres como él, la responsabilidad tiene un valor predominante. Lo cual, también es escaso entre nosotros.

 

Pienso, pues, que advertidos los jóvenes de tales actitudes de su Profesor, conocedores de cuánta es su competencia, sabedores de que pecuniariamente se perjudica con permanecer en la Escuela, de que pierde así bellas oportunidades de progreso profesional, de que se sacrifica, en suma, convendrán conmigo en que le somos deudores de un gran servicio de la juventud de la escuela. Y todo el bien excelente que esta juventud sea capaz de dar como flor de su corazón.

 

Pero interesa más que todo, que los jóvenes aprecien una vez más el hecho de que el Profesor de Matemáticas, no es, en primer caso, un mero expositor de lecciones, ni, en el segundo caso, un simple funcionario administrativo, sino que, además de su saber, de su tenaz actividad, de la abnegación con que entrega buena parte de sus haberes a la protección de los estudiantes, -hay en él, como fuente de la cual todo ello fluye, una conciencia límpida de lo que es dignidad humana y una comprensión alta del concepto de ciudadanía.

 

Es don Samuel el hombre que yo querría ver alguna vez encargado de la Secretaría de Fomento.

 

He dicho varias veces en la Escuela que no me importaría que los alumnos no aprendieran Historia con su prof. Don Tranquilino Sáenz, a cambio de que tengan ante sí el ejemplo de su vida, que es historia viva de hombría de bien costarricense.

 

Y declaro ahora que me preocupa más el aprendizaje con don Samuel Sáenz, de su rectitud, de su amor al trabajo, de su noción de responsabilidad, que el aprendizaje de la ciencia maravillosa de Euclides. Él es de los que pueden enseñar cómo la ciencia emancipa. Por fortuna para los estudiantes, profesores como ellos, -el padre y el hijo- y como otros de esta Escuela tan combatida, dan con su espíritu mismo, la mejor de las lecciones.

 

Y adiestran así a la inquieta mocedad en aquel exquisito saber de cómo el conocimiento puede trasfundir sus savias de luz en sangre y convertirse en conducta, en acción, que es decir, en vida.

 

En nuestra Costa Rica, donde cuentan que un ilustre gobernante ha dicho que hay dos períodos de gobierno, uno de hartazgo y otro de trabajo, conviene traer a la vista de los jóvenes estos ejemplos, casos excepcionales de hombres que pertenecen siempre al segundo período.

 

Y conviene más tenerlos ante los ojos cuando éstos sufren la ofuscación de ese espectáculo que llena de vaivenes los pasillos de Palacio, de sombra a las almas, y de vergüenza a los que el país conserva de sensato y de puro. Eso de que a cada cargo público lo amenaza el atentado de centenares de aspirantes, de los cuales quizás solo cinco acreditan la idoneidad, en tanto que los restantes solo tienen la ambición, o, lo que es peor, pretenden convertir la función pública en detentadora ventaja personal.

 

Leía hace poco, en relación con un hombre y educador eximio, Charles Eliot, que el Presidente de la Universidad de Virginia ha hecho rodear su escritorio de cuatro retratos memorables: Jefferson, que significa libertad; Erasmo, que es estudio paciente iluminado de sabiduría; Roberto Lee, que encarna elegancia moral y distinción; y el propio Eliot, por fin, que entre otros dones expresa una fe inconmovible en el porvenir.

 

Si es lícito, como reza la locución, comparar con los grandes las cosas pequeñas, yo confesaría que entre los ejemplos que he recibido en la Escuela de alumnos y de compañeros, que compañeros son todos, me complacen hondamente los ejemplos que recojo en mi oficina. En la pared situada detrás del escritorio hay un busto de Marco Aurelio, y al frente, en otro escritorio, admiro cotidianamente la labor de don Samuel, cuya obra es enseñanza, como lo es su vida y lo es, delicadamente, su cordial amistad.

 

Jóvenes: un voto de nuestro corazón por el bien de este hombre.

 

PASCUA DE RESURRECCIÓN

 

Acabamos de celebrar la Pascua de Resurrección y acaban de abrirse las fuentes de los cielos para que el agua empape los senos de la tierra en esta bienvenida primavera. ¡Pascuas de Resurrección, lluvia de la recién llegada primavera! ¿Qué relación tienen estos dos hechos, el uno que acaso evoca nuestras devociones místicas y el otro, alejado de nuestras cotidianas preocupaciones por el olvido en que vivimos de la naturaleza, los milagros que se realizan en la tierra? ¿Y, sobre todo, qué relación tienen estos dos hechos con la vida de ustedes? Permítanme desenvolver estas ideas y acercarme a su pensamiento con este sereno gozo de la época y situarme en donde puedan escucharme, es decir, comprenderme.

 

En una sucesión de crepúsculos rojos y dorados bajo la caricia de los cefirillos que galoparon del norte, el sol secó la tierra, nuestra generosa tierra, y las plantas agonizantes abrieron sus flores para dejar en el polvo las semillas dormidas. Como un sepulcro que escondió la vida ha sido la tierra reseca; pero estas lluvias de primavera son el soplo que infunde la vida o que proclama a los vientos la voz de resurrección. Todo reverdecerá, todo será esperanza y la nueva cosecha endulzará los labios y el hombre vivirá. Lo que parecía muerto renacerá, revivirá, rejuvenecerá, se levantará de las sombras con este riego de los cielos. Fuerzas trepidantes ascienden de las entrañas de la tierra y llegan de lo infinito de los cielos para engendrar la vida múltiple y eterna..

 

No hay que esperar que lleguen los años maduros para empezar a reflexionar en todo eso que hay de grandioso en torno de nosotros, desde las lumbres del alba asomada en la cima de las montañas y la noche bañada en la luz de un astro extinguido, hasta el despertar de la primavera con sus maravillas y su esplendor y el pensamiento devoto, que surge en relación con la vida de un santo o un Dios. Porque ya han dicho todos los que han hablado con voz autorizada que la juventud es la  época para el aprendizaje en las aulas -acaso el peor de cuantos aprendizajes pueda el hombre realizar- sino la época propicia para adquirir aquella sabiduría que debe enraizar en el corazón, en la comprensión nobilísima de la vida, sabiduría que despierte nuestra conciencia y encamine nuestros pasos por los senderos que conducen a la ansiada felicidad.

 

Pasó la Semana Santa y llegó el domingo de Resurrección. ¡Cuán pocos de ustedes se han detenido a pensar en estos acontecimientos de tan grandes proyecciones para los hombres! ¡Cuán pocos abrieron las páginas del Evangelio para leer con deleite, con fervoroso deleite, las palabras de Marcos, de Lucas, de Mateo o de Juan! ¿Quién se detuvo, humilde y admirado, ante la majestuosa bondad, ante la dulce y glorificada bondad del Sermón de la Montaña, para sentir, conmovido y elevado, la profunda y consoladora verdad de la Palabra que, como música, toda amor, va diciendo a las multitudes: "Bienaventurados los mansos... bienaventurados los limpios de corazón...? ¿Cuáles de ustedes, mujeres delicadas, guardadoras del secreto eterno de la vida, cuáles de ustedes, niñas fieles en el recuerdo, fieles en el amor, todo adversidad y tinieblas o todo dicha y luz? ¿Cuáles de ustedes se detuvieron a meditar ante el ejemplo doloroso de las mujeres del Evangelio, de la Marías, de las Martas, de las que no se citan y que son, como ustedes, fuerza creadora en el mundo? ¿Cuáles?...

 

El silencio está respondiendo porque, en verdad, son pocos los que quieren adelantarse en los sucesos del mundo y de la existencia, en los que el Universo ofrece y en los que nos presenta la propia historia de la humanidad. Son pocos los que prefieren la reflexión serena a estas poderosas influencias que presiden el cinelandismo y otros ismos feroces que azotan a la humanidad y la ensangrientan desde los cielos límpidos y desde los mares azules...

 

Unos sucesos encadenan los otros. Llegó el esplendor de la Pascua de Resurrección y la alegría de las primeras aguas que se derraman como ola creciente de la primavera. La tierra está en plena y renovada gestación y hay un renacer de esperanzas. ¿Por qué nos interesa también la fiesta de resurrección? Jesús, el Maestro de bondad, murió crucificado y resucitó de entre los muertos. Lo corruptible del sepulcro no alcanzó la forma mortal y Jesús se levantó, nimbado de luz, desde las tinieblas del sepulcro que estaba guardado por los soldados de Pilatos. Se hizo luz y se hizo esperanza eterna para la humanidad. Los cielos se abren para recibir el hombre cuando se levanta desde las sombras de la muerte. Y porque resucitó de entre los muertos para ser luz eterna, y la luz es alegría y esperanza, la Pascua de Resurrección es fiesta de alegría y de esperanza. He aquí lo que ha conmemorado ayer la Iglesia: la alegría inmortal de la vida en la Resurrección; es decir, en la eternidad del espíritu, que es vida. Según el Evangelio, cuando las mujeres, ansiosas de ver al Maestro, llegaron al sepulcro al amanecer del día tercero, vieron que un ángel de vestiduras resplandecientes lo guardaba y, al retroceder espantadas encontrándolo vacío, escucharon la voz que les decía:

 

"Por qué buscáis entre los muertos al que vive" (Lucas XXIV, 5).

 

¿Por qué ha de buscarse entre de los muertos al que vive en el corazón, al que tiene vida perfecta en nosotros mismos? ¿Es que estamos aprendiendo, desde la juventud, a buscar en los sepulcros creyendo que allí está encerrada la gloria de la vida, la fuerza y la inspiración de la vida? Nos iniciamos en esta búsqueda fuera de nosotros mismos, creyendo encontrar deleite y consuelo, vida y alegría, y nos engañamos porque lo  único que tiene vida está en nosotros mismos, en alegre resplandeciente realidad.

Lo que tiene vida es esta juventud que no está en el sepulcro de la indiferencia, que no está en el sepulcro de la pereza, que no está en el sepulcro de la vulgaridad. ¡Y hay tantos sepulcros que se tragan en flor la esperanza de una juventud!

 

¡Resurrección! ¡Invitación a surgir, a ascender, a levantarse sobre el dolor y los fracasos de la vida y sobre la oscuridad de la sombra! Resurrección que levante, de entre los olvidadizos generaciones, la verdad del espíritu del hombre que no ha de estar en el sepulcro. Y es que en cada joven resucita la vida, renace la esperanza. Es que ustedes son en toda a tierra lo que se ha levantado invisible, maravilloso y fuerte -ola del espíritu eterno y creador-. Ustedes son, jóvenes, la alegre resurrección de la vida que se viene derramando en alusión de amor sobre la vasta tierra, para florecer en grandezas cuando el espíritu encienda sus corazones.

 

Yo entiendo que cada día el hombre puede resucitar de entre sus muertos pensamientos, de entre sus muertas aspiraciones, de entre su muerta voluntad. Cada día podemos ser asombrados por la voz del ángel que nos dice:

 

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?

 

Sobre todo en ustedes, jóvenes, esta resurrección del espíritu es siempre necesaria, no sea que la corrupción y las sombras del sepulcro impidan que sus ojos puedan gozar de la luz y del esplendor de la vida. Resurrección que es promesa, que es anhelo de vida nimbada con la luz que irradia el corazón generoso, el del joven que es bueno y puro y busca sabiduría.

 

La tierra también ha resucitado en estos días y es promesa. Las fuerzas de la vida renacen estremecidas y recorren los espacios y todo abre una nueva alegría bajo la aurora. Todo renace con esta agua de la primavera. Su propia juventud renace agitada por esas fuerzas invisibles y eternas. Abran sus corazones, abran su entendimiento y sean flor y espiga en los surcos de la tierra y aprisiones de ella el anhelo de una nueva esperanza para los hombres.

 

 

EL PRESIDENTE

 

El presidente confía en las mismas fuerzas imponderables de que habla: el honor, la amistad, el civismo, la lealtad. Reconoce así que hay en él un poder privilegiado, puramente moral, capaz de ser ejercido eficazmente. Tal es el principio que podría ser nutrimento espiritual de toda la actuación de los hombres de estado, una  vez que éstos estuvieran dispuestos a sentir que pueden ser verdaderos constructores de pueblos. Una vez dispuestos a aceptar el sacrificio de considerarse como apóstoles del credo de una nacionalidad dentro de la civilización; y una vez convencidos de que si hay en ellos real grandeza, ésta debe ser síntesis, siquiera por un minuto, de un proceso de la historia de un pueblo.

 

Nos es difícil concebir al Presidente funcionario. Es y ha de ser depositario del poder, pero sería hermoso que aspirara a alcanzar un más alto valor, el de depositario del espíritu de la nación.

No nos colocamos en ese punto, desviados de la realidad por fugaces impulsos de sentimentalismo. Al contrario, buscamos dentro de realidades más altas que las tangibles, el sentido heroico de la misión presidencial. Cuando menos, es ésta una manera de desear que aspiren a ejercerla los muy grandes y solo éstos.

 

Buscamos que el Presidente sea un hombre en alguno de los excelentes conceptos que la palabra guarda. Pensamos en la palabra hombre como si estuviese colocada en una altura a la cual no pudieran llega, con su cortedad de alas, las vanidades del matonismo, ni las concepciones egoístamente estrechas de la vida. Pensamos en esa palabra cuando expresa una idea como la que quería significar Clemenceau al aplicársela a Demóstenes.

 

El hombre enlaza de algún modo las capacidades de la visión y las capacidades de acción. Las primeras le marcan rumbos; aquéllas le dan fe y éstas fuerza; las unas le encienden la ansiedad de lo porvenir, y las otras le despiertan el valor de afrontarlo dignamente y con igual serenidad y sabiduría en la tragedia que en la paz.

 

EL PRESIDENTE COMO HOMBRE SUPERIOR

 

Por lo común fundan sus afirmaciones los presidentes en la observación de las masas, y a éstas les acontece precisamente lo opuesto: fundan sus afirmaciones en inspiran sus actitudes en la observación de los gobiernos. Se dice que no es lo mismo ver las cosas desde arriba que verlas desde abajo. Si tal razón existe, tanto vale para aplicarla en un sentido como en el inverso. Y tratándose de saber quién puede ver más, probablemente llegaríamos a sostener que los hombres tienen la altura en sí mismos, es decir, en su propia visión superior.

 

En ningún caso debería justificar el desencanto a la inacción. Las lamentaciones son justificables, desde este punto de vista, por la experiencia que contienen. Una vez recogida la experiencia, es decir, convertida en luz la amargura, hay que aplicar la luz para buscar los rumbos y seguir adelante.

 

Felices seríamos los pequeños hombres oscuros que vivimos consagrados a nuestros modestos menesteres, si pudiéramos disponer de la fuerza que tienen a su alcance y en su mano los hombres superiores. Con solo el respeto, con solo el temor, con la simpatía que un presidente mueve, es posible, sobre todo, si el hombre es grande, trazar carriles fecundos de acción constructora. Las medianías se moderan en su indiscreción, las cobardías se refrenan, las ansias voraces de lucro se contienen, los intereses ruines disimulan su lucha, los odios se limitan, -todo cede algo de su fuerza enfrente del grande hombre. En cambio, lo noble, lo generoso, lo que es capaz en alguna manera de destellar, acentúa en presencia de ese hombre su entusiasmo y su actividad, porque siente el estímulo, porque siente el apoyo, porque encuentra la justificación de su esfuerzo.

 

LO QUE DEBE DURAR LA ENSEÑANZA EN COSTA RICA

 

 

Señor General don José María Plasuel

 

Tenemos el gusto de referirnos, estimado señor, a las preguntas que usted ha tenido a bien hacerme en reciente carta abierta. No pretendemos con las respuestas que aconsideraci´n se servirá encontrar a usted, otra cosa que expresarle nuestra simpatía por su interés en los tópicos a que ellas aluden y nuestro agradecimiento por la amabilidad con que se ha dignado atribuir méritos a nuestros pareceres.

 

Primera pregunta

 

I. Entendemos que no se dispone en el país de medios que permitan dar una respuesta concreta, en el sentido de consultar, si las hay, como es muy probable, circunstancias muy peculiares de Costa Rica. Una vez generalizados y sistematizados los servicios antropológicos, psicotécnicos y otros, se tendría una base estable para el planeamiento del problema en los términos en que hoy paraece conveniente formularlo, y por comparación con los resultados obtenidos en otros países.

 

II. Esta misma cuestión se discutió en 1902, y la Facultad de Medicina, consultada por el Ministerio de Instrucción Pública, opinó, por medio de su Presidente, el doctor don Elías Rojas, "que antes de los 8 años de edad no se ha verificado el desarrollo completo del niño; que a los 7 años está mudando los dientes y el cerebro no está todavía vigorizado."

 

III. Neumann, una de las eminentes autoridades alemanas en materia psicopedagógica, refiriéndose al efecto de las influencias secundarias en el desarrollo de los niños, y entre ellas, a la entrada a la escuela, afirma lo siguiente: la entrada no ha de tener lugar antes de los seis añosy, si es posible, al comienzo del séptimo: que principalmente los niños débiles han de retardarse más todavía.

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