Benedicto Víquez Guzmán: La obra escrita de Omar Dengo Maison. Discursos: Para la clase de 1915.

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PARA LA CLASE DE 1915

 

 

Una sola idea profundamente comprendida para que así sea asumida y pase a inspirar la acción con que deben contribuir, como maestros, al engrandecimiento de la escuela de vuestro país. Sus aulas os esperan con fe. Hay dentro de ellas, en amorosa solicitud de vuestro esfuerzo, la esperanza de una generación que se inicia en el culto de la vida. Culto solemne y heroico que debéis consagrar, dándole a esa generación, como consigna de victoria, la luz de un alto ideal. Porque su esperanza comporta, con respecto al país y al mundo, un derecho permanente, e implica, a la vez, en cuanto a vosotros, un grave deber.

 

Una sola acción, constantemente practicada, si refleja una aspiración superior, basta a edificar una obra. Una sola, aún siendo la menos trascendente, significaría un progreso. El menor que lograrais realizar, al señalarle un objetivo concreto a vuestro ministerio, os daría también un poco de gloria.

 

La idea es de sobra conocida. En los cursos de Historia de la Educación y de Administración Escolar, sabiamente conducidos penetrasteis en ella. Es necesario abrirle cauce a través de la escuela, a la divina corriente de la vida. He ahí la idea. Contemplándola con devoción sentiréis que resurgen evocadas por su majestad, las posibilidades de triunfo que el desencanto adormeció. Os penetra hondamente, como un cálido aliento d vida, la comprensión del destino que os ató a una ley. Vuestra voluntad se despereza para recoger del pensamiento la inspiración que la conducirá hacia la  altura. Rompe la inquietud su temor de fracaso, recobra el afán la serenidad, renace la vehemencia en el anhelo y todo ello se enlaza en un haz de promesas que son fuente incentivo de amor a la vida. Dentro de ella, más querido os será el lote de ensueño que os tocó cultivar. En presencia de esa idea os sentiréis maestros por el alma en busca de los chiquillos a quienes vais a confiar la palabra secreta, sentís, amáis el misterio en que vive recatada la obra por hacer, y a través suyo la miráis levantarse con el impulso de lo que va a alcanzar, por su fuerza y su prestigio, la suprema coronación de la Luz.

 

Fuera vano insistir en la  exposición de esa idea. No así darnos motivos de meditación para que en vuestro taller de silencio trabajéis en el estudio de ella. Estas palabras apenas aspiran a ser sugestiones, con más entusiasmo que luz. Casi confidencias, aunque dichas en voz alta, porque su valor reside en la intención que tras ellas discurre. Son retazos, fragmentos de ideas. En labor solitaria ha de unificarlos vuestro espíritu. Contribuirán a reconstruir, cuando estéis lejos, las añoranzas del aula en que por última vez recibisteis lección.

 

* * *

 

Mirad a un niño cuando juega; miradlo cuando estudia. Comparad esas dos situaciones y alcanzaréis un fecundo conocimiento. ¿Sabéis de algún niño a quien el deseo de jugar haya impacientado durante el juego? El caso inverso sí lo conocéis: el del niño que se propone terminar pronto la tarea para entrar al coro en que los otros cantan. -Así mismo el de quien por jugar, nunca hizo las suyas-. A veces el vagabundo admirable que siéndolo de niño, defendió la gloria del genio que después fue. Vagabundo siempre, sin embargo, erró entonces por los abismos del pensamiento y las cumbres de la historia.

 

Conocía el castigo que convierte en obligar al niño a que deje el juego por el estudio. Ahí la más fuerte sugestión: el estudio, vehículo de la luz, convertido en tortura. La escuela lo ha deformado hasta mutilar su naturaleza. Roto, vertió la vida y es ahora una constante ocasión de dolor y retroceso, con vigor suficiente para ahogar las capacidades de una generación y el porvenir de un país.

 

El cansancio que del juego queda y el  que deja el estudio, comparadlos. ¿Oísteis a algún niño pretextar el cansancio que el juego le produjo, para no jugar por más tiempo? ¿Hubo que castigar a alguien para que jugase?

 

El motivo de meditación sería éste: el estudio debe realizarse en idénticas condiciones de espontaneidad que el juego. La labor del maestro tendería a provocar la oportunidad de que tales condiciones surgiesen.

 

Se nos dirá que el juego responde a la existencia de un individuo. Preguntad en respuesta ¿El juego no educa? ¿No es el juego, durante una edad, la escuela llena de alegría, distribuida en mil aulas, donde a todas horas hay trabajo y cada cosa da con encanto una lección de enseñanza que para siempre sirven y son inolvidables? El trompo, el papalote, el quedó, fueron en alguna hora amada vuestros maestros y crearon en vuestra alma, nutriéndola de secretos, las más hondas devociones. Siempre respetaron vuestra personalidad, consultaron vuestro interés, se adaptaron a vuestras necesidades.

 

Hay que jugar en el aula, se os dirá. Enseñemos jugando. No. Esa es la amenaza de la prestidigitación pedagógica, ya sin decoro. Ante ella, las palabras hondamente sugerentes de don Miguel de Unamuno. El juego pedagógico supone una doble desnaturalización. No es juego ni pedagogía. Enseñemos con la vida. Porque solo ella enseña lo mas grande que sea dable enseñar. Muestra el sendero de la divinidad. Cierto que a las veces es de inmenso dolor su lección, pero de admirable dolor, en nada ni nunca inferior a los regocijos mejores, ni solo son humanos.

 

* * *

 

Recoged en vuestro recuerdo de cuando erais niños el juicio que os sugirió la función de la escuela. Al entrar a la secundaria, cuando aún era para vosotros una promesa, decíais doloridos: nada aprendí en la escuela. Ahora, al salir de esta suntuosa casa de enseñanza, repetís con desaliento la declaración. ¡Es, con todo, tan hermosa! Expresa la cuantía del trabajo que debéis hacer y señala el objeto a que cabe aplicarlo. Ninguno de vosotros querrá que sus discípulos puedan decir las mismas palabras.

 

Algunos años después de éste, la vida os moverá a confesar que lo mejor de cuanto hicisteis fue resultado, sobre todo, de vuestra misma acción. Casi no adivináis en ello la huella que la palabra del maestro trazó. Acaso inculparéis a la escuela al sentir que se agitan en vuestro ser vastas posibilidades, a las cuales no alcanzó su conjuro artificioso, exhausto de gracia, pobre de vida, incomprensivo de la armonía. Comprenderéis a plena claridad, que la escuela pudo redimir su trabajo habiéndolo encomendado, desde niños. El maestro debió haberlos preparado para ser vuestros propios maestros. Los hombres a quienes formó la vida, fueron, por designación de ella, maestros de sí mismos. Se situaron ante su alma, dentro de ella misma, a labrarla, y trágicos o mansos, siempre gloriosos, le dieron relieves dignos del bronce, que la escuela nunca supo marcar.

 

Toda esa inquietud torturante que en lo íntimo mana, como una corriente de misterio y que arrastra hacia fuera el alma en confusión de ansiedades, añoranzas y rebeldías, va a romperse contra el acantilado de la esterilidad, estremecida bajo un sombrío clamor de fracaso. Todo ello surge de cuando en cuando, como obedeciendo a un ritmo, para efectuar una sabia labor de elección. A los débiles abate y a los fuertes levanta. Ante aquéllos a quienes la escuela mutiló, hará en vano la promesa de victoria que su dolor contiene. Porque es eso, una solicitud del Destino que frente a las almas desfila para requerir de cada una la acción que la lleve a unificar dentro de sí todas las cosas. Sumidas en la sombra, adonde no se trasmite ninguna vibración de belleza ni de verdad, el dolor llega, como una redención, a provocar ese renacimiento en que destacan los ímpetus de las dormidas vocaciones. La escuela que no reveló a las almas el signo que permite reconocer la sagrada presencia del destino, viola su función: reproducir espiritualmente a la humanidad. Nada dio a la historia que, en cuanto copia una providencial ordenación de todas las cosas, absorbe la savia de heroísmo que del genio brota, al recibir la unción de las ideas.

 

***

 

Una compañera vuestra retuvo, en una frase, la amargura del desconcierto que la escuela sin vida causa. El profesor, que logró oírla, hizo la siguiente anotación en un cuaderno de páginas íntimas:

 

"Nos dicen tanto".

 

Así dijo este día, una chiquilla rubia, al salir de la clase, en los corredores que el recreo llenaba de estrépito, dijo esas palabras a las compañeras, con amor: con una voz delicadamente tímida en que las pausas, al extender la última vibración de cada palabra, son como crótalos de cristal que la repitieran con más honda dulzura.

 

¡Nos dicen tanto! ¿No sentís, maestros hermanos, que esas palabras saltaron del corazón al herirlo vosotros?  No es decir con amor, no con belleza, ni con verdad. Esas palabras lanzaron sobre la vida los restos de una idealidad que la escuela rompió. Confesad, hermanos maestros, que ese espíritu definió en una queja, nuestra miseria de corazón. ¡Pobres, muy pobres de alma somos! La infinita turbación que vertió gloria en el pensamiento de los siglos, no la expresan nuestras palabras. No sabemos producir la redentora inquietud, sino el desconcierto, que es ruina. ¡Nos dicen tanto! ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Tienen derecho de decir? ¿Saben decir? Hay que escuchar, no obstante. ¿La ciencia, el arte, la congoja y el regocijo humanos, lo que hay más allá de la escuela, lo que hay en mí, en mi pasado y en mi ensueño, lo contendrán, lo comprenderán, lo respetarán las palabras del maestro, siempre repetidas, con el mismo tono, por una santa obligación, sin fuerza, sin fe?

 

* * *

 

Alguien ha dicho del libro que leyó en clase furtivamente, que fue más útil para nosotros que las lecciones en que nos distrajo. Pensad en ese libro prohibido. No lo arrebataréis nunca de las manos del discípulo rebelde, a quien vuestra sabia lección hastió. Ese  libro os presta generosos servicios. Da a un espíritu lo que no pudo darle el vuestro. Es un maestro amigo, invisible, que entra en silencio al aula a trabajar con vosotros en la escultura de almas y os da la ilusión del triunfo cuando fracasasteis. Es como los enanos de los cuentos, que bordan por la noche la tela de la Princesa enamorada.

 

* * *

 

Encontraréis separadas en la escuela, la difusión de los conocimientos y la formación del carácter. Esa situación es en cada individuo una tragedia y así en la vida del país y en el corazón de la humanidad. Los conocimientos de un lado, de otra las ideas, de otro las acciones. Ni un hilo los ata. Son tres centros de fuerza, de distinta potencialidad, varia  e intermitente en cada uno, que al mismo tiempo solicitan la conducta. Al cabo la rompen, subrayándola así a la misión que le compete en el conjunto. Es la ruptura de una obra que nadie puede reconstruir. Los conocimientos no mueven las ideas, las ideas no animan la acción, las acciones no enriquecen el acopio humano. Os cité con frecuencia el caso de aquel prelado enemigo del duelo a quien se le preguntó ¿qué haría si lo retaran? Sé lo que debería hacer, no lo que haría, repuso. A esa respuesta, que es una rendición de la cultura ante la asechanza del instinto, es igual en todos los hombres. En el instante de la acción, se extingue la  luz.

 

Palpadas en su entraña las cosas, lo que se siente en el fondo de esa situación, es de vacío que dejó la vida. Solo los mismos conductos por donde ella fluye a través del ser humano, trasmitirían la esencia de armonía que pudiese unificar, dentro, la idea, el sentimiento, la palabra, el gesto, la acción, fundiéndolos, así como en el alma de ciertos hombres, en un solo principio inmortal.

 

* * *

 

Una mañana el niño entra a la escuela con la impaciencia de una pregunta que su curiosidad recogió en el trayecto. El maestro no la contesta. Afirma que no es la ocasión. El niño no puede expresar la inquisitiva actitud en que hay desilusión y sorpresa. ¿Por qué no se le contestó? El maestro había destinado la lección a tratar de la superficie del cilindro. En la mente del niño nada justifica la lección. ¿De dónde sale el cilindro, qué importancia tiene, qué contacto con su interés, su vida? Si miráis con penetración hacia el aula, encontraréis que al niño se le contesta lo que nunca ha preguntado. Solo eso. Y que, en cambio, los resortes maravillosos de su actividad, capaces de lanzar sobre el mundo un tesoro de fuerza creadora de civilización, permanecen ocultos, intactos, tras la vacilante pregunta que el maestro no contestó. Esas preguntas desdeñadas se suman en la que va a constituir su derrota ante el enigma de los hechos. Son entonces una sola interrogación situada con violencia de reproche, en el pórtico de la escuela, frente a la severa majestad de la vida.

 

* * *

 

Mentira, es mentira que deba supeditarse la escuela a la democracia, cuando a ésta, como entre nosotros, se la comprende. Únicamente una desmedrada aspiración se conforma con el concepto de la ciudadanía, como capacidad para votar. Y es también una pobre aspiración la que acepta que el ciudadano, en ese concepto, le sea bastante saber leer y escribir. Dentro de nuestra democracia, no cabe, sin embargo otra concepción del ciudadano. La ciudadanía así entendida, es nada más que un aspecto de las relaciones sociales y no el más importante, ni siquiera uno de los que mayor valor tiene.

 

La democracia nuestra es de las que reclaman para su boca procaz, el freno de oro de la cultura, que decía Lugones. Es una pobre democracia que alquila las ideas para disfrazar su instinto, grotescamente traducido en una tendencia igualitaria cuya norma de nivelación es la altura imperceptible de la medianía. Su historia la impulsa a ser representada por Poderes Públicos en que aparecen redivivos la ambición del cacique y el despotismo del virrey.

 

La escuela para la humanidad, la escuela construida sobre los valores inmutables de la civilización, se abre al mundo con el contento de un pecho maternal. La escuela debe trabajar para otra democracia.

 

* * *

 

El sentimiento que se depositará en el fondo del ensueño humano, cuando el cristal de la gran guerra, tras consumir miríadas de hombres, funda el concepto de la nueva civilización, reproducirá el evangelio platónico. Otra vez, la cabellera agitada de esa civilización, sentirá que la unge, cubriéndola de estrellas, la eterna virtud del espiritualismo.

 

El intento de restablecer el equilibrio entre la mente y el corazón, brotará en la cumbre de las ideologías. La escuela dictará el dogma de la obediencia y el dogma del heroísmo. Aspirará a fundar el orden social en la personalidad... Es la visión de la aristocracia triunfadora; pero mucho más, se adivina en la confusión que tiembla tras el porvenir, cubierto por las llamaradas de la guerra.

 

Vuestro diploma de maestros, al consagraros caballeros de la Luz a los hombres, confía a las mujeres una alta misión de amor y los hermana a todos en un solemne compromiso ante el país. Id a las aulas a preparar los himnos a la renovación que viene.

 

Que sean cantos de almas acordados con la lira de la sabiduría, y que resuenen dentro del Templo como cuando la Ciencia de las horas serenas, edificaba para el mundo su ideal de belleza; o como cuando caminaban, con el arca de la redención, iluminados por la divina parábola, los doce pensadores de Galilea...

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