La crítica literaria en Costa Rica en la actualidad

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La crítica literaria en Costa Rica

 

 

Muchas veces y a través de los años, varios escritores y pensadores se han preguntado si realmente en Costa Rica existe la Crítica Literaria. Esta pregunta es válida y ella nos conducirá hacia aspectos importantes como la calidad de la literatura costarricense y la recepción fuera de nuestras fronteras.

 

En cierta ocasión, cuando tomábamos café, una tarde, don Constantino Láscaris (filósofo costarricense de origen español) y quien escribe, en la soda de Estudios Generales de la Universidad Nacional, en los años setentas, le pregunté con cierta ironía ¿por qué las preguntas sobre filosofía de fin de curso se parecían tanto a las de Historia? Con esa clásica sonrisa que le caracterizaba, me replicó casi inmediatamente, porque ambos enseñan lo mismo. Después se entretuvo explicándome el problema de fondo que encerraba la pregunta y ambos coincidimos en que nuestro país carecía, sino por completo, en gran medida de teóricos, de filósofos, de pensadores. Así era más fácil repetir los marcos teóricos ya consolidados, las respuestas viejas y consabidas a las  también reiteradas preguntas sobre los diferentes fenómenos del universo y las creaciones del hombre. Me decía:  es más fácil aprenderse lo que otros han dicho y repetirlo más o menos de igual forma, que crear nuestros propios conceptos y teorías y en todo caso, agregar nuestras propias opiniones o conceptualizaciones sino podemos debatir  las ya existentes. Y seguía, por muchos años me he dedicado a precisar las ideas en el pensamiento costarricense y a pesar de tener un gran volumen no me encuentro satisfecho con lo que he hallado y eso mismo estoy haciendo con el pensamiento centroamericano y de este trabajo, sí estoy sorprendido, y se restregaba las manos en la cabeza y momentos después agregaba, ¿Qué pasa en Costa Rica que nos contentamos con tan poco, que miramos tan cerca, -y yo le agregaba-, que tenemos un horizonte muy chato, muy cercano Sí, pareciera que somos un pueblo y una cultura, diríamos hoy, "pura vida" más cercanos al ¿para qué? que al ¿por qué?, más efectistas que causales. Somos conformistas, nos basta el mínimo para vivir, hemos encontrado la ley del mínimo esfuerzo como centro gravitacional de nuestra visión de mundo. Es más fácil imitar, copiar, repetir, seguir en lo mismo, que pensar, crear, descubrir, avanzar, abrirse camino. Creemos que por ahí se encuentra la respuesta a la pregunta que hacíamos al inicio, ¿si existe o no una crítica literaria en Costa Rica? Claro que nadie dudaría en contestar afirmativamente, esa, aparentemente obvia pregunta. Lo mismo debemos afirmar para la literatura en general. Costa Rica tiene una literatura nacional, una novelística, un teatro, una lírica. Las preguntas tendrían que encaminarse por otros lados. ¿Cuál es la naturaleza de esa literatura nacional y su aceptación en el contexto mundial? y lo mismo debemos hacer con respecto a la crítica literaria que es el objeto de nuestro interés aquí. Ambas son parte del mismo fenómeno.

 

Es necesario, para que exista una crítica literaria, sea cual sea su naturaleza, que haya escritores y obras literarias. Sin ellos no podría darse la crítica y Costa Rica desde finales de siglo diecinueve con Manuel Argüello Mora (1835-1902) testimonia el primer escritor y varias obras creadas por él: El huerfanillo de Jericó: 1888, Misterio: 1888, Elisa Delmar: 1898, Margarita: 1899, La Trinchera:1899 y otras más. Hoy cuenta con una gran cantidad de escritores de literatura de todos los géneros y gran número de obras escritas por ellos. Desde ese primer momento, en que aparecieron las obras de Manuel, los lectores comenzaron la "crítica literaria" de sus obras. Dieron sus opiniones en los periódicos de la época, sus valoraciones e iniciaron una corriente de opinión que fueron creando una especie de paradigma o código de normas, tomado de otros países e incorporado a nuestra realidad casi sin agregarle nada. En otras palabras algunos intelectuales de la época, con posibilidades económicas y educativas fueron el eco de ese código de reglas que juzgaba como buena o mala una obra literaria, la aceptaba o rechazaba o simplemente la ignoraban. Así nació la crítica literaria en Costa Rica. Ahora bien, ¿quiénes la realizaron? En primer lugar los periodistas y luego los historiadores, filósofos, sociólogos, abogados, profesores de diversas especialidades, médicos así como otros escritores. El escritor y su obra fueron objeto de personas de las más variadas profesiones. Fueron los intelectuales del momento los que dieron el veredicto de ellos, sin escapar las valoraciones de los curas y los políticos de turno. La literatura, como el arte en general, ha sido objeto de una élite intelectual de la clase con derecho y posibilidad de estudio.

 

No es nuestro interés describir y reseñar la "crítica literaria" en Costa Rica. Solo haremos algunos señalamientos que esclarecen su naturaleza. Comenzaremos por afirmar que la crítica literaria en Costa Rica la han ejercido básicamente:

 

1.      Los mismos escritores y artistas de otras manifestaciones del arte, tales como músicos, pintores, arquitectos, escultores, etc.

2.      Los historiadores e intelectuales de especialidades tales como la filosofía, la sociología, la psicología, el derecho, la medicina,  y otras.

3.      Los periodistas.

4.      Los académicos de especialidades afines al lenguaje: filología, lingüística, semiótica, etc.   

 

No ha existido, ni existe, en Costa Rica una especialidad llamada Crítica Literaria, una profesión que tenga como objeto de estudio las obras literarias. Esto ha hecho que las obras literarias sean tierra de nadie y de todos. El resultado es predecible.

 

Si partimos del hecho de que todo crítico, en este caso particular, de la literatura, debe tener conocimientos teóricos suficientes sobre la creación literaria y todos los componentes de ella, sobre todo del lenguaje polisémico, entonces debemos concluir que la práctica de la crítica literaria en Costa Rica, no ha sido la mejor, ni la más adecuada, y aparece fácilmente a los ojos del especialista, anárquica, moralista, amiguista, apologista, subjetiva, repetitiva, historicista, contenidista, sociológica, psicológica, incompleta, valorativa, prejuiciada, descriptiva y a todas luces, poco o nada, científica.

 

Dada esta realidad, la crítica literaria en Costa Rica  de los mismos autores, vigente hoy, utiliza un paradigma valorativo subjetivo, apologista, amigable, doctrinal, cuando se trata de un escritor perteneciente a la tribu, al grupo, a los suyos, pero que si se trata de un personaje de otro harem, las cosa cambian, se le castiga con el olvido, se ignora. Los mismos autores son elegibles, elegidos y electores. Los resultados son funestos y la crítica no existe científicamente. Los premios caen entre ellos mismos, pues en ocasiones son los jurados y en otras ocasiones reciben los premios de quienes antes han sido premiados por ellos mismos. El resultado para la literatura y su desarrollo es también funesto. No avanza y se mantiene en los límites de lo que Yolanda Oreamuno Unger llamó intelectuales aldeanos. Hay que señalar que los escritores pertenecen a diferentes especialidades y que con algunas excepciones no viven de la literatura sino que ella es una actividad extra, más de prestigio que de obtención de dinero. Otros, tal vez los menos, son autodidactas, buenos lectores que se han desempeñado en instituciones culturales como difusores, profesores de literatura sin título, actores o directores de talleres literarios.

 

Las primeras sistematizaciones de la literatura costarricense son historicistas y se mantienen en una poética preceptiva, estilística, del buen escribir, que afinca la buena obra si los contenidos de la misma son históricos, realistas, biográficos, descriptivos y ensayísticos. El autor es considerado como lo más importante de la creación y sus críticas se dirigen a él, su estilo, el manejo del lenguaje, la aplicación del retrato, el apego a los hechos históricos, se hace hincapié en los referentes, la descripción de la naturaleza, la caracterización de los personajes, el estilo directo e indirecto, el habla popular, las figuras retóricas y sobre todo el carácter moralista, didáctico. El escritor, antes que otra cosa, se siente maestro, director, profesor, guía, preceptor y esto aún se mantiene, tanto en los autores, como en los críticos literarios improvisados. El Ministerio de Educación hoy exige la lectura, como recomendación obligatoria, de un libro testimonial de un periodista que dejó el alcoholismo, sin importarle si es literario o no. Prevalece el criterio educativo sobre el literario. Esto mismo ocurre con otras obras literarias que se cuestionan por ciertos contenidos y no por su calidad literaria, tal el caso de Cocorí de Joaquín Gutiérrez Mangel.

 

Este paradigma de la crítica literaria inicial no ha sufrido grandes cambios con el pasar de los tiempos y las nuevas formas literarias aparecidas en el presente, por lo menos en nivel educativo y la enseñanza de la literatura costarricense, y en general se mantiene vigente con pocas innovaciones, propias de la corriente estructuralista de los años setentas. Esta crítica preceptiva y moralista tuvo su auge en los años antes de 1957, cuando aparece la obra de Abelardo Bonilla, Historia de la literatura costarricense. Abelardo Bonilla Baldares no realizó estudios superiores, comenzó la carrera de derecho y no la concluyó y, como era frecuente en esos tiempos, ejerció como periodista y fue por muchos años, hasta su muerte, profesor de Historia de la cultura y de literatura costarricense, en la universidad de Costa Rica. Fue un autodidacta. Lo que se llamaba en ese tiempo un hombre culto, un enciclopedista. Su libro no se concreta a la literatura costarricense sino a la cultura nacional, desde sus inicios en la mitad del siglo diecinueve hasta 1957. Es básicamente un libro de historia del pensamiento costarricense y no una obra sobre crítica literaria. Utiliza el método histórico de las generaciones para sistematizar los pensadores aunque no se ajusta fielmente a ese método. Es el primer intento serio de sistematizar la literatura costarricense y señalar los resultados, hasta ese momento, de nuestros escritores, pero el paradigma crítico sigue siendo, con salvadas excepciones el mismo, que se venía empleando a la hora de juzgar, valorar, interpretar una obra literaria. Eso sí, por primera vez, la producción literaria, no solo se agrupa en generaciones, sino que se inscribe en los contextos históricos y culturales (ideológicos) del momento. Destacamos este aspecto porque será una constante, no solo en los contemporáneos a él, sino en los estudiosos de la literatura que lo siguieron. Hasta hoy nadie ha escrito una historia de la literatura costarricense. Se han conformado con reseñas, aproximaciones, deslindes, breves historias, sinopsis, resúmenes, 100 años de literatura costarricense, en menos de trescientas páginas, panoramas, etc. Todos estos escritos tienen un común denominador: utilizan la historia para justificar la obra literaria. Ésta, en no pocas ocasiones sirve como pretexto para desarrollar planteamientos históricos, sociales, políticos y no tanto, para comprender el producto literario. Lo más sorprendente es que no lo han hecho los especialistas en historia sino filólogos. Es cierto que ellos se apoyan en las investigaciones históricas, que los historiadores y sociólogos han publicado y se cuidan de ser consecuentes con ellos y así salvarse de las críticas, por meterse en campos que no le corresponden. También acuden a las investigaciones interdisciplinarias para solventar esas limitaciones. Los resultados son importantes y necesarios pero no conforman una historia de la literatura, fundamentada en una crítica científica sobre la literatura. No existe en Costa Rica una historia de la crítica literaria y esto porque tampoco se ha deslindado la obra literaria de la historia. Si los críticos, o quienes realizan la crítica, partieran de que la literatura es una nueva realidad y que se sustenta en ella misma, que tiene autonomía, que es ficción, embuste, creación, y que, por sobre todas las cosas, es una nueva realidad, entonces empezaríamos el camino hacia la descripción, la comprensión, la interpretación y por qué no, la valoración del producto literario. Si después de lograr esa meta, algunos desean estudiar los contextos extraliterarios, culturales, históricos, ideológicos, literarios (movimientos, escuelas, poéticas), biográficos, que lo hagan, sin duda ayudarán a esclarecer, explicar, comprender, entender, los propios contextos de la obra, pues todos debemos saber que la obra literaria no nace de la nada sino de la realidad que la posibilita, aunque también sabemos que funda, crea otra realidad, parecida, distinta, opuesta, pero siempre diferente a la que le dio vida. Esto ha hecho que las novelas escritas en Costa Rica, por lo general, sean biográficas, realistas, costumbristas, folclóricas, descriptivas, retratistas, causales, logocéntricas, predecibles, de recuerdos, de aventuras, de paseos al campo o a Puntarenas, de añoranza, y básicamente la  tónica de que todo tiempo pasado fue mejor. Así prevalecen las novelas sobre el campo, como lugar ameno, idílico, la casa paterna, el pueblo y los buenos campesinos y la armonía entre patriarcas, gamonales y los peones. También abundan, en estas novelas, los triángulos amorosos, con el personaje malo de la ciudad o extranjero que osa violar esa vida tranquila y pura de los campesinos. Estas novelas se siguen escribiendo hoy y no en forma casual.

 

La crítica literaria tradicional es cómplice sin ninguna duda de la calidad literaria de las obras. Pues ambas forman parte del gusto literario impuesto a los lectores comunes, y de esta manera, las obras que se ajusten a su paradigma, serán bien recibidas y las que rompan con esas programaciones tendrán poca aceptación. La concepción de la obra literaria siempre fue uniforme y cuando hubo polémicas como la de los nacionalistas y europeístas u olímpicos, en el fondo, no se disentía sobre una teoría literaria divergente y opuesta sino sobre un referente real e histórico para crear la obra literaria, una fuente de inspiración. La india de Pacaca podría ser, o no, motivo para una obra literaria  y ello más dependía de prejuicios raciales o carencia de poder creativo. El buen artista no necesita, para crear un paisaje, necesariamente que el sol salga en Costa Rica o en Nicaragua. Nadie se preguntaría por la nacionalidad de la piedra o el árbol, en el poema Lo Fatal de Rubén Darío, por ser baladí. La tal polémica posiblemente ponía de relieve la ignorancia que nuestros escritores tenían sobre el arte literario y ocultaría otros aspectos posiblemente ideológicos, pero nunca poéticos. El mismo Carlos Gagini Chavarría, ferviente nacionalista, terminó escribiendo una novelita de escaso valor literario llamada El Sargento Gerard (1890), ubicada en Francia y de corte bélico y amoroso y Ricardo Fernández Guardia, escribiendo los famosos cuentos llamados Chamarasca al mejor estilo pueblerino. 

 

Luego están los "críticos" del momento, los más leídos y los más creídos, los periodistas. Son los más y los que crean opinión. A veces también son escritores y esto les da visos de autoridad. Participan en congresos, son directores de revistas y columnas, dirigen páginas culturales, publican lo que les parece bueno y discriminan todo aquello que no entra en su gusto, forman parte de los jurados y manejan las editoriales públicas. Son los dueños del saber y marcan la pauta de la corriente literaria. Son los caciques de las tribus. Los hay con conocimientos literarios pero por lo general adolecen de ellos. Los resultados para el desarrollo de la literatura son nefastos, en la mayoría de los casos. Los escritores se convierten en víctimas y victimarios porque necesitan de los periodistas para publicitar sus obras, pero la crítica no les obliga a mejorar su creación. Los halagos, la complacencia, los disimulos, no hacen ningún bien a los escritores y menos a las obras que escriben.

 

Por último tenemos a los filólogos, los académicos, los que sí deberían crear la verdadera, objetiva y científica (hasta donde ello sea posible) crítica literaria. Los resultados a pesar de ser importantes no aparecen tan evidentes. Unos se han dedicado a realizar investigaciones históricas sobre la literatura, tales como las realizadas por Jorge Valdeperas, Álvaro Quesada Soto, Flora Ovares y Margarita Rojas, Quince Duncan Moodie, Alfonso Chase Brenes, Virginia Sandoval, Carlos Francisco Monge, Seidy Araya, Guillermo Barzuna, Emilia Macaya Trejos, Rima Rothe de Valbona, Juan Durán Luzio (de origen chileno), Yadira Calvo y otros que escapan a mi memoria. De alguna manera han dejado patente una teoría literaria implícita ajustada a los cánones de la ciencia pero poco se conoce de la crítica literaria a la obra en concreto. Conocemos de estudios en esta línea de Jézer González Picado, Manuel Picado Gómez, María Amoretti, y Miriam Bustos Urratia en prólogos de novelas de diferentes escritores, el primero sobre Fernando Durán Ayanegui y la tercera, sobre todo, en el guatemalteco Rafael Cuevas. También existen una serie de tesis de grado de diferentes estudiantes que se han graduado en la especialidad de filología y literatura, tanto en la Universidad de Costa Rica como en la Universidad Nacional, que ofrecen una corriente importante sobre la crítica literaria, distinta a la empleada por los que han creído y lo siguen haciendo, que son los dueños de la verdad literaria.

 

No es nuestro interés hacer acopio de citas textuales que confirmen nuestras observaciones pero, sin embargo hemos escogido unos pocos ejemplos para verificar estas afirmaciones. La primera la hemos tomado del filólogo Álvaro Quesada Soto en su libro Breve historia de la literatura costarricense.

 

"Esta novela de orientación "social" busca la ruptura con los límites del discurso literario tradicional, mediante la incorporación de otros discursos sociales o géneros extraliterarios: documentos, testimonios, informes, la crónica o el reportaje periodísticos, el discurso histórico o sociológico, elementos del relato oral. Esos discursos se insertan en el texto literario en un afán por ampliar o subvertir la imagen de la realidad oficial, el papel tradicional de la literatura costumbrista como productora de esa imagen, o el papel de la literatura como actividad ubicada en las regiones de lo "poético"  y lo "bello", separada de la realidad prosaica y vulgar, para ponerla en contacto con los discursos que organizan la vida popular o cotidiana y las luchas ideológicas, sociales y políticas del momento".1

 

Esta cita, tan larga, tiene novio y  apellido y nada tiene que ver con la intertextualidad literaria como técnica narrativa utilizada desde antes de esta generación de 1942. Aquí se defiende más que la novela Juan Varela, de Adolfo Herrera García, a Mamita Yunai y el famoso discurso político que se le agrega al final de la novela y que está muy lejos de ser una técnica literaria, cuando lo cierto es que su móvil, era político y no literario. De hecho la novela en sí es de muy escaso valor literario y  nació como informes de un militante al Partido Comunista, sobre los comicios electorales en la zona de Talamanca y los posibles fraudes electorales, y se publicó en informes, en el periódico oficial de ese partido. Carlos Luis Fallas Sibaja no conocía de técnicas literarias, a pesar de ser un narrador innato, un gran contador y así nos lo hacía saber, cuando lo visitábamos con don Víctor Arroyo en su casa, años  antes de morir.

 

La ruptura, si la hubo, lo fue en actitud e interés del escritor con respecto a la temática narrada y nunca en el paradigma literario que sigue siendo el mismo de antes y de muchas novelas que se publican actualmente. El narrador es yoísta, generalmente omnisciente o protagonista y es, el punto de vista de él, el que prevalece, es autoral. Solo existe su verdad y ésta no se pone en duda. Lo narrado es lineal, causal, monofónico, interesado. Se da el retrato, la división maniqueísta, entre buenos y malos. Se mantiene una estrecha relación entre lo narrado y los referentes, casi no se da el salto cualitativo de la obra literaria. El discurso es descriptivo, juicioso, apreciativo, ensayístico, persuasivo, doctrinal y muy poco polisémico. El fin es criticar un estado social y político de cosas que se considera injusto, y por lo tanto, es doctrinal, de denuncia. Lo literario ocupa un nivel sin importancia y la ruptura es más de tipo ideológico. La sociedad paradisíaca que algunos escritores narraron, se deja de lado, para mostrar una sociedad con grandes conflictos sociales que a muchos de los escritores anteriores no les importó mostrar.

 

Para comprender el nuevo paradigma que rompía con el tradicional, propio de esta generación basta dar algunos nombres que publicaban sus obras en otros países latinoamericanos: Julio Cortázar: 1914, Ernesto Sábato: 1911, José María Arguedas: 1911-1969, Juan Rulfo: 1918 y muchos otros. Estos sí crearon un paradigma literario de ruptura. En Costa Rica apenas se comienza a mostrar con dos escritores de la generación anterior:  José Marín Cañas y Max Jiménez Huete y de ésta generación, la más importante figura fue Yolanda Oreamuno y algunas novelas de Joaquín Gutiérrez Mangel y que precisamente, en el caso de Max Jiménez Huete, se refugió en Francia y Yolanda Oreamuno Unger en Guatemala y México, al igual que la poeta Eunice Odio, precisamente porque la crítica y los dueños de la cultura oficial no aceptaban el nuevo paradigma, por mantener una visión aldeana. Y no se crea ingenuamente que las novelas de denuncia deban ser referenciales y realistas, privilegiar los contenidos y testimonios doctrinales y olvidarse del carácter literario. Eso es una tontería. Novelas de excelente categoría literaria, tales como Pedro Páramo, El señor presidente, Papá Verde, Hombres de maíz (las tres de la generación anterior) y tantas que se pueden citar, son críticas, de denuncia, de ruptura, contestatarias, y no por ello, caen en lo panfletario.

 

En otra obra llamada Casa Paterna, de Flora Ovares y otros, se plantea correctamente el problema literario:

 

"Mamita Yunai continúa las tesis de la narrativa del momento, la defensa del trabajo política y colectivo. En este sentido comparte el afán didáctico y la apertura al futuro de El sitio de las abras pero, igualmente, se acerca al maniqueísmo en la presentación del mundo social."1

 

Este realismo, unas veces folklórico, costumbrista, anecdótico, idílico, de lugar ameno, paradisíaco, de armonía social; pícaro y burlesco, en ocasiones, y después contestatario, conflictivo, político; de imagen positiva, al principio y negativa, después, fue captado y novelado bajo el mismo paradigma literario tradicional, yoísta, valorativo, hasta panfletario y no fue sino, como lo dijimos anteriormente, con Marín Cañas, Max Jiménez Huete del período superrealista y de la generación de 1927, llamada con el mismo nombre, que inició su ruptura y continúo su consolidación, con Yolanda Oreamuno Unger y Joaquín Gutiérrez Mangel de la generación neorrealista de 1942 y que logró su culminación, en Costa Rica, con Carmen Naranjo Coto, Rima Rothe de Valbona, Samuel Rovinski Grüzco, Daniel Gallegos Troyo y otros de la generación de 1957, llamada irrealismo y que cierra el período superrealista.

 

Concluimos esta sección afirmando que la crítica, sea literaria o no, es importante para el desarrollo de la literatura. Si es correcta, objetiva y científica (hasta donde ello es posible), será de gran importancia para el escritor y la literatura, pero si es engañosa, superficial, amigable y encubridora, el daño que causa a la cultura, el escritor y la literatura, es infinito.

 

Hace algunos años, un lunes por la mañana, mientras que esperaba que abrieran el Banco Nacional en Alajuela, para realizar una diligencia cambiaria, apareció un joven, que al divisar un amigo que estaba sentado cerca de mi lugar, le saludó cordialmente:

 

"- Diay, maje, ¿qué hiciste ayer en la noche?

 

- Ay güebón, vieras que embarcada. Fijate que me fui onde la cabrilla a invitarla a ir al cine. Afilé la parla con la suegra y le saqué el permiso para que la dejara venir a ver, esa película que están dando en el Milán, de la monja voladora o algo así. Esa fue la treta porque yo lo que quería era llevarla al Chic, donde daban, según yo, una película chivísima, llamada El rincón de las vírgenes y que ya había visto que era prohibida para menores de dieciocho años. La roquilla, cuando le hablé de una monja, después de llenarme de recomendaciones le dio permiso. Claro que después tenía que lavarle la pipa a mi cabrilla para llevármela para el otro cine, pero eso sería fácil.

 

Maje, todo salió como lo planié pero ahí viene la embarcada. El cine estaba llenísimo, sobre todo de hombres. Logré encontrar un par de asientos en el gallinero y esperamos con ansiedad, sobre todo yo, la película. ¡Ay maje! Viera que bostezo. Para empezar aparecieron como diez viejas todas vestidas de negro, con rosarios en la mano, caminando hacia una casilla en un pueblillo solitario y se soltaron a la parla con un viejo cabrón que parecía tenerles miedo. No me vaya a creer que la habladera no terminaba y que lo querían llevar de testigo a su pueblo para hacer un santo que se llamaba algo así como El Niño Anacleto y el viejo a negarse y decir que no iba que el tal niño era un hijueputa y la parla no terminaba hasta que un maje ya agüevado gritó: ¡película, ladrones! y todos pateábamos los asientos y comenzó la huida del cine.

 

Maje, ni unas tetas pudimos ver. Un chavalo vecino mío, esta mañana me dijo que él se quedó hasta el final y que el chante era peor porque el viejo, se cogió al final una roquilla con bigotes que lo único que paraba era el corazón.

 

¡Qué embarcada, maje! Al salir del cine nos metimos a la Hiedra y me tomé dos rubias para bajar el colerón.

 

En ese tiempo, yo reflexionaba sobre la tristeza, qué sentiría Rulfo, si hubiese escuchado tal conversación. Sin lugar a dudas la recepción de la literatura, por las personas, es distinta si se tiene educación o no. La educación formal puede colaborar en la creación del gusto literario, pero los medios de comunicación, sin lugar a dudas, lo programan.

 

Hoy, cuando recuerdo esa anécdota y veo en el periódico una mujeres vestidas de negro, con velas y rosarios en sus manos, no de Amula sino de la muy noble y leal ciudad de Cartago, suplicantes, por las desgracias, no de Anacleto Morones, sino del predicador comerciante, no, ante Lucas Lucatero sino el pueblo y las cámaras, pienso que Juan Rulfo se convirtió, con su cuento, en un profeta.

 

Las sociedades en general crean sus programaciones, en las diferentes ramas del quehacer permanente. Unas de ellas son difíciles de cambiar, forman parte de su misma naturaleza social, tal es el caso de las religiones y el mismo lenguaje. Pero existen otras cambiantes, mudables, como las costumbres, las modas y los gustos. Es precisamente la programación del gusto literario la que se convierte en directriz, muchas veces, de las  mismas creaciones literarias y codifica las valoraciones, aceptaciones y rechazos de ellas y lo más grave, prejuicia la creación artística. Esta apreciación permite codificar la crítica literaria de Costa Rica en un marco no muy amplio, de rasgos específicos.

 

1. El valor referencial.

 

 Pareciera ser una constante en la crítica literaria costarricense establecer nexos entre la obra artística y el mundo referencial biográfico, histórico, concreto y social. Se deduce de esa crítica que una obra literaria es más valiosa, completa, importante, premiable, si su mundo imaginado, creado posee un buen parecido con la realidad. El crítico se desvive por encontrar referentes en los contextos externos y esto no es nuevo ni propio de nuestro medio. ¿Cuántos críticos se quemaron las cejas buscando la musa de Bécquer, el lugar cuyo nombre Miguel Cervantes no cita por no recordarlo, de La Mancha o el Macondo en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez? Los ejemplos abundan. Así los críticos más "rigurosos" antes de comentar la obra literaria, dedican capítulos enteros a explicar los contextos históricos, sociales, ideológicos y biográficos y se convierten en historiadores, sociólogos, psicólogos, politólogos, etnólogos, antropólogos y solo al final se dedican a justificar la obra como producto de ellos. En otras palabras la obra literaria se convierte en un pretexto para incursionar en especialidades que desconocen y lo más importante, el análisis, la descripción, interpretación y si se desea, la valoración literaria, pasan a un segundo plano.

 

Esa inclinación referencial está signada por un apego entrañable con el realismo, y no es casual que las obras literarias sufran olvidos, injustos calificativos y también sus autores por desconocer o no aceptar el principio fundamental de que la obra literaria es otra realidad autónoma, diferente, creada, imaginada, inventada por un escritor y que sus parecidos, por sí solos, no tienen importancia, que existe un verosímil en la creación con sus propios contextos y que nunca se pueden establecer relaciones directas entre los contextos de esa realidad artística, con los contextos reales de la vida histórica, a pesar de que mantengan analogías verificables. Los contextos pueden, y de hecho así deben hacerse, servir para comprender mejor los contextos de la obra, explicarlos, entenderlos, justificarlos pero nunca para homologarlos directamente, no son clones, porque si así lo fueran, dejaría de ser creación, obra literaria.

 

1.   El gusto literario.

 

También el crítico está ligado con sus propios códigos ideológicos, morales conscientes o inconscientes. Solo daremos algunos ejemplos. ¿Cuántas obras literarias excelentes son olvidadas, menospreciadas, quemadas, injuriadas, ridiculizadas porque no se ajustan al gusto de ciertos críticos, y en cambio otras, de escaso o ningún valor literario, son exaltadas y premiadas porque se ajustan a lo que ellos pontifican? No es necesario citar ejemplos, porque abundan. Hace poco pregunté a un colega su criterio sobre una novela y la respuesta fue elocuente. La comencé a leer y la tiré tan  pronto aparecieron las escenas entre homosexuales, no lo soporté. Y tenía razón, la novela era pródiga en ese tipo de relaciones y explícita. Tampoco este investigador se complace con ellas, pero ¿debe un médico abandonar una operación a corazón abierto porque recibe olores desagradables? A todas luces el científico debe dejar, en su baúl, los prejuicios, los gustos personales y penetrar lo más objetivamente en la obra que desea estudiar. Los ejemplos ideológicos son más abundantes, ese escritor es un burgués, un olímpico, un machista, un racista, un homosexual, por lo tanto no lo leo, sus obras necesariamente deben ser excrementos.

 

La comparación.

 

 Existe en ambas direcciones, para resaltar virtudes y para descalificar. En el primer caso se valora la obra porque tiene parecidos con escritores famosos, utiliza las mismas técnicas, su estilo, y hasta las costumbres para escribir, beber y comer. Dos de las novelas de García Monge recibieron la bendición de don Abelardo Bonilla por esta razón y hoy, se sigue diciendo lo mismo, de hace más de cincuenta años. Otros, en cambio, se expresan con saña porque tal autor sigue con esa necedad del realismo maravilloso, hoy en desuso, según ellos. Entonces las califican de repetitivas, copistas, malas imitaciones, etc. Habría que preguntarse se el realismo, sea social, crítico, fotográfico, ¿no ha sido una constante desde los inicios de la literatura costarricense hasta nuestros días? ¿Es por ello menos literaria una obra? El tema pareciera no ser el  elemento definitivo para catalogar una obra como literaria. Es la  una particular forma de crear, narrar, expresar, tratar el lenguaje polisémico, caracterizar, humanizar, atraer al lector social, etc., lo que en última instancia convierte la obra en literaria y le da valor permanente. No sólo vale, el qué, la fábula, lo narrado sino el cómo se hace. Los barrios pobres de la ciudad, los del sur y los del mercado, fueron producto de obras de muchos escritores, Marín Cañas con los cuentos Los bigardos del ron, Alfredo Oreamuno Quirós, con casi todas las novelas y los cuentos, José León Sánchez Alvarado, Omar Contreras Díaz, Rodolfo Arias Formoso, Danilo Granera López, Héctor Chavarría Carrillo, y muchos más, de reciente publicación y premiación como Relatos de un barrio al sur de la noche de Marco A. Castro Rodríguez, pero no todas las obras creadas con estos personajes y esa temática, son literarias y dignas de ser premiadas. Posiblemente no trasciendan el tiempo.

 

La literatura comparada es un quehacer importante en la teoría literaria pero no debe convertirse en fuente de censura o premio para juzgar una determinada obra artística.

 

Terminamos diciendo que, a pesar de que la crítica literaria no es una profesión, quizás debería serlo, es muy importante pero debe ser eso, crítica literaria, descripción, análisis, interpretación y hasta valoración de la obra artística. Su objetivo de análisis son las creaciones hechas por los autores, los géneros literarios, las corrientes más importantes y hasta los movimientos, el lenguaje literario y sus implicaciones, las técnicas y sus usos, las combinaciones intertextuales, lo verosímil de la obra, su expresividad. Todo ese mundo de la creación, a través del lenguaje polisémico. Lo externo a esos aspectos, si sirven para comprender mejor esas creaciones, explicar tendencias, movimientos, cambios, revoluciones literarias, generaciones, contextos, son importantes y deben realizarse para conocer mejor nuestra cultura, nuestra visión de mundo, pero nunca deben sustituir la crítica literaria, objetiva y rigurosa del propio objeto de esa disciplina



1 Ovares, Flora y otros. Casa Paterna. Ed. de la Universidad de Costa Rica, San José, 1993, p. 254.



1 Quesada Soto, Ob. Cit. p.59.

 

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