Recordando grandes maestros costarricenses. Constantino Láscaris Comnemo

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Láscarais 
1923-1979

Nació en la ciudad de Zaragoza, España, el 11 de setiembre de 1923.

A los dieciocho años ingresa a la Facultad de Derecho en la Universidad de Madrid, sin embargo, su profunda afinidad con la filosofía lo induce a trasladarse a la Facultad de Filosofía y Letras, donde obtiene la licenciatura al cumplir los veintidós años. 

Dos años más tarde logra el grado de Doctor en Filosofía.

En 1957 llega a Costa Rica, por invitación de don Rodrigo Facio, entonces Rector de la Universidad de Costa Rica, para hacerse cargo de la Cátedra de Fundamentos de Filosofía de Estudios Generales.

 Al poco tiempo de su llegada señala los desaciertos de la pedagogía de la época y se introduce en el vasto campo de nuestra realidad nacional para emprender una de sus obras más importantes, La Historia de las Ideas Filosóficas en Costa Rica.  Lo cautivó nuestra libertad, estudió a profundidad el alma costarricense, se introdujo en sus raíces por medio de investigaciones sobre determinadas épocas, personas y acontecimientos nacionales, y se prendió de ella, de tal modo, que se nacionalizó por su voluntad.  Dada su actividad intelectual escribe numerosos libros y trabajos del acontecer académico y nacional.

Algunas de las actividades y fundaciones en las cuales trabajó: Revistas de Filosofía de Costa Rica, Asociación Costarricense de Filosofía, Cátedra Rodrigo Facio de la Universidad de Costa Rica, Propulsor del Centro Universitario del Atlántico en Turrialba, cofundador del Instituto de Estudios de la Técnica de la Universidad Nacional y fundador de los Estudios Generales libres.
Su paso por la Universidad de Costa Rica dejó una obra de gran trascendencia académica a la cual estuvo entregado hasta el último día de su vida.  La filosofía en Costa Rica tiene, en el Doctor Láscaris Comneno, a su fundador indiscutible en el quehacer universitario y sistemático.  Don Constantino, no solo encarna el papel de educador insigne y filósofo comprometido, sino al hombre de pensamiento liberal, amante de esta Patria, con un gran sentido costarricense de la libertad y de oposición a toda dictadura y a toda planificación rigurosa.  Disfrutaba tanto dialogar con grandes pensadores y políticos costarricenses como con campesinos y gente humilde, quienes lo querían y apreciaban.  Fue formador de hombres de gran pensamiento como: Roberto Murillo, Francisco Antonio Pacheco, forjadores del desarrollo intelectual de muchos costarricenses.
Apasionado defensor de la libertad, criticó severamente las prácticas que atentaban contra el sistema democrático del país.

Falleció el 8 de julio de 1979 Beneméritos de la Patria Acuerdo No. 4014 de 26 de marzo de 1998 Gaceta No. 86 de 6 de mayo de 1998 (Tomado de Beneméritos de la Patria. Asamblea Legislativa, página de internet)

  ¿Quién no conoció a don Constantino Láscaris. Fue uno de esos profesores universitarios que no pasaban desapercibidos. El típico profesor de filosofía ameno, amigable, irónico, lleno siempre de humor del fino, indagador, inquieto, con la duda siempre en su cerebro y la pregunta más inesperada.

A mí me correspondió de jurado cuando terminaba las humanidades y por supuesto el nerviosismo de un examen oral con don Constantino, todos deseábamos evitar. Primero me examinó en Español don Viriato y creo que salí airoso del interrogatorio, luego Eduardo Fourier me preguntó sobre el Imperio Romano y creo que no lo defraudé. Pero seguía la incertidumbre, porque todos sabíamos que las preguntas de Láscaris escapaban a lo esperado. Hizo como que abría un libro que tenía en sus manos, miró sin querer la página abierta, movió la cabeza que mantenía como inclinada y se me quedó mirando. ¡Vaya tembladera que me entró! Se pasó la mano por su barbilla y me dejó ir la pregunta sin más preámbulo.

_Dígame, Benedicto, ése es el nombre que aparece en esta hoja,  -atiné a menear la cabeza afirmativamente- ¿En qué te pareces vos a un chayote?

_ Puta, pensé en mis adentros, hasta aquí me la prestó Satanás. Dudé por unos segundos y me dije: o toda o repito las humanidades:

_ En lo mismo que usted se parece a un chimpancé.

Se hizo un silencio agónico. Viriato miraba a Eduardo y Constantino con una risilla diabólica, me interpeló

-Justifique la respuesta.

 Comencé por explicar los reinos, mineral, vegetal, y animal y cuando establecía las semejanzas entre los dos últimos me detuvo con un gesto de la mano y me despidieron del examen amablemente.

Cuando dieron las calificaciones de los interrogados, obtuve un 9 de calificación en el promedio. Respiré profundo y desde ese día quedó impregnada en mí la imagen de ese gran maestro.

 Algunos años después lo encontraría en la Universidad Nacional, cuando recién fundábamos con el Cura Núñez ese centro, impartía lecciones de Filosofía en el Centro de Investigación de las Ciencias Educativas. Solía, los días jueves por la tarde llegar a la sodita a tomar café y coincidíamos en ese tiempo de hora y media libres. La misma mesa y las dos sillas adjuntas nos esperaban y el tiempo transcurría entre cafés y cigarrillos. En esos días también fumaba como escosido hasta que un día sucedió alggo de lo que me arrepentí y mellenó de vergüenza. En eas conversaciones animaas con amigos, terminaba de fumar un cigarrillo y ya casi me quemaba los dedos. Inahalé el último chupete con pasión y al quemarme los dedos lancé lejos la colilla con tan certera puntería que atiné a insertarla en medio de un escope pronunciado que una hermosa jovencita llevaba al paso por la acera. llevó sus manos al sagrado recinto y tras luchar con las chispas que haacían furor, logró sacar aquel intruso indeseable y entre risas y cólera dirigió tal mirada a la mesa en que estáabamos los amigos que fue suficiente para dejar de por vida de fumar.

Fue en esas conversaaciones donde terminé de admirarlo. Siempre tenía un tema de actualidad que comentar.

 Un día me contó que estaba terminando su libro Las ideas en Centroamérica. Ya habia publicado su homólogo para las ideas costarricenses. Me comentó que él conservaba una preocupación con respecto a la literatura costarricense en comparación con la centroamericana. Le preocupaba la poca proyección de nuestra literatura en el ámbito internacional. Mientras que en Centroamérica sobresalían escritores de la talla de Rubén Darío, Miguel Ángel Asturias, etc. en Costa Rica, salvo escasas excepciones, y no tan calificadas, nos manteníamos en una especie- decía él- de limbo.

 Después de ése preámbulo me interrogó sobre mi evaluación sobre ese aspecto.

 Le afirmé que compartía su preocupación y sin más preámbulo, como suelo ser siempre le dije:

 Habrás notado, Constantino, en tus análisis y experiencias como docente, que los costarricenses tienen un horizonte chato. Y agregué categóricamente, no miramos más allá de nuestra nariz. No tememos horizonte, nos conformamos con resúmenes, síntesis, esquemas, sinopsis. Somos conformistas y vivimos del hoy, sin otear el mañana y menos si éste es un poco distante. El pasado es una evocación folclórica, por eso el presente se convierte en un comer de lo que hay y nuestros esfuerzos no se salen de esa pequeñez.

 Se quedó pensativo y me respondió. Verificas lo que siempre me ha rondado en mi cabeza y encontré en este agradable país desde que toqué tierra en él.

 Muchas anécdotas tendría que agregar a esas tardes de los jueves con el maestro Constantino.

En Estudios Generales, después de su muerte, don Herberth Sasso, en ese tiempo su Decano, fundó la Biblioteca que lleva su nombre y su hija Tatiana, permitió que sus libros estuvieran en ese lugar. Magnífica iniciativa, solo que los libros no salían de la sala del Decano y eran pocos los que podían leerlos. Fue así que al asumir yo la decanatura, entre mis primeras iniciativas que emprendía estuvo el nombramiento de la profesora Eugenia García, historiadora para que realizara gestiones tendientes a fundar una biblioteca especializada en humanidades funcional, que realmente sirviera a los estudiantes. Llamé a mi amiga Tatiana, conversamos y le expuse mi proyecto y estuvo de acuerdo en retirar esos valiosos libros de la sala y en su lugar fuimos comprando y solicitando por diversos medios libros sobre humanidades. La biblioteca pasó a formar parte de la red de bibliotecas de la UNA y ocupó, años después una sala más espaciosa que hoy disfrutan todos los profesores y estudiantes de ese Centro Educativo. Y desde luego lleva el nombre de nuestro amigo don Constantino Láscaris Conmeno, con todo merecimiento.

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