El Discurso

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El Discurso

 

Cada noche sentía lo mismo; apenas reposaba mi cabeza en la almohada, y ya comenzaba a soñar. Este es uno de los tantos sueños que nunca he comprendido pero ocurrió.

A pesar de que desde niño deseaba llegar a ser Presidente, con el paso del tiempo y las experiencias vividas, esa idea la había olvidado. Pero ahora, de repente, y en esta noche lluviosa de julio, me despierto sobresaltado, porque los sueños no respetan nada. Se dan y punto.

Soy transportado en helicóptero y desde el aire, diviso, asombrado, una multitud jamás vista por ser humano alguno. Es un monte bastante alto y en su cima hay una enorme tarima de más de una manzanas. En ella, se han colocado toda clase de aparatos electrónicos, altoparlantes, equipos de sonido, micrófonos, cámaras, que enfocarán, a más de cinco grupos artísticos, televisoras de todo el país y el extranjero, radioemisoras; según me cuentan, hasta la radio María abrió la frecuencia, para trasmitir, en vivo, mi discurso, y el propio curita sería el comentarista principal. Con decirles que hasta en cable será trasmitido, nada menos que por La BBC, Televisa, azteca y La ABC. Aquello parecía un enjambre, aparatos por todas partes, cables, fotógrafos, periodistas de todo el mundo y un valle entero de impredecible tamaño lleno de gente. Desde las alturas, podía divisar, cómo, al pie de ese monte, se agrupaban las multitudes, más de quinientos mil nicaragüenses, cien mil indígenas y cerca de dos millones de costarricenses, venidos de todos los rincones del país. Se iban colocando alrededor del monte que tenía más de mil metros de altura y que parecía, desde donde yo viajaba, el monte Sinaí, o mejor descrito, el mismo Olimpo de Zeus. A su alrededor, se apiñaban negros y blancos, señores y jóvenes, ancianas y niñas y todo estaba diseñado, de tal manera, que quienes llegaban en burro, caballo, carreta, bicicleta, autobús, tren, avión o a pie encontraran lugar para colocar su medio de transporte e ingresar al área, donde escucharía el inmemorable discurso, mi discurso. Las televisoras locales se habían preparado, de tal manera que no perdieran la audiencia local y extranjera, a sabiendas, de que el evento sería trasmitido por casi todos los medios de comunicación mundiales, ya fueran estos, por cable o por Internet. A mí me llevaba el helicóptero de Cablisa e iba al lado de los experimentados locutores, conocidos, en nuestro medio, como Los Pimpinela. Ahí mismo, en la cabina del aparato, leían todos los comunicados que enviaban los ciudadanos del país, así como los que recibían de colegas de otros países y de presidentes famosos del extranjero. Iban eufóricos y se sentían felices de llevar a cabo su magna empresa, de ofrecer al mundo el discurso del futuro presidente de Costa Rica.

La llegada a aquel monte tarima fue de locos, apoteósica. A mí me bajaron en algo así como una silla de mecates, y conforme iba llegando, oía los estridentes gritos de los animadores, los cinco grupos musicales, tocando sus ritmos a la vez y la muchedumbre gritando, a más no poder, ¡Viva nuestro futuro presidente! Confieso que hasta yo mismo, me sentí conmovido y halagado. No más toqué el piso de la tarima, y los presentadores comenzaron a levantar el ya altísimo ánimo de los seguidores. Con decirles que, según las encuestas, si la votación fuera este día, obtendría el cien por cien de los votantes y algunos aseguraban que los menores de dieciocho años, harían una huelga porque ellos también querían votar por mí. Y qué decir de los contrincantes que unánimemente habían renunciado a su candidatura y solicitaron a sus simpatizantes el apoyo a mi persona y estaban ahí, en esa tarde memorable, que la historia recordará por todos los siglos de los siglos. Después de algunos gestos rebuscados, un pañuelillo que enjugaba mi rostro, más con miedo que con sudor, empecé mi discurso con estas palabras:

  -Muchas Gracias, que cada día sea mejor.

 Para qué las pronuncié, aquello fue una locura. Todos gritaban, saltaban, se tiraban al suelo. Fueron como las palabras mágicas; de los valles salían gallinas, que a vista de todos ponían huevos de dos yemas, perros con dos cabezas que ladraban despavoridos, bueyes, vacas, pajaritos, lagartijas y hasta serpientes. Todos querían oír mi discurso y al conjuro de aquellas palabras mágicas el mundo resucitó, el hombre y la mujer, la niña y el niño, ellos y ellas, cobraron vida, esperanza porque ya el futuro, no sólo sería mejor, sino que el país sería el paraíso terrenal que tanto tiempo llevaban esperando. Después de varias interrupciones de los animadores pagados y músicas improvisadas, continué mi discurso:

-Señores, señoras, hombres, mujeres, jóvenes, jóvenas, ancianos, ancianas, niños, niñas, el, la y lo - pensé, porque también necesitaba los votos de los homosexuales-, todos y todas en general...

Y más gritos de la muchedumbre, al oír aquellas sabias palabras, que sin ninguna duda los tomaban en cuenta.

Las gallinas seguían poniendo huevos de dos yemas, las y los nicaragüenses vendían vigorón, los ticos chicha, tamales, gallo pinto, sopa de mondongo, picadillo de papa y arracachi y las marimbas seguían tocando el Punto Guanacasteco. Era una locura, los y las jóvenes se echaban encima, los vasos llenitos de cerveza y en la tarima, más de diez bellas jovencitas contorneaban sus curvas, al compás de los cinco grupos musicales, casi sin ropa y a todo dar. Los viejos y viejas hacían el amor, sin necesidad de viagra, pues habían recobrado la energía que hacía muchos, pero muchos años, habían perdido, y las gallinas seguían poniendo huevos de dos yemas, que no más caían al suelo, eran recogidos para revolverlos con arroz y frijoles y venderlos en el famoso gallo pinto. Pero la muchedumbre quería más y mis asesores, futuros diputados y ministros, me rogaban que bailara, que eso sería un golpe psicológico y con mi debilidad acepté. Simulé, con una despampanante chica argentina, contratada para tal propósito, unos pasos de tango. Para qué lo hice. Las jóvenes se montaron encima de sus novios y amigos y en un derroche de locura se despojaron de sus blusas, gritaban como locas, ¡Viva el presidente!, y enseñaban sus tetas y tetitas sudadas, más por la pasión que por el entusiasmo. Y qué decir de las chicas de la tarima. Eso fue otra locura, se quitaron lo poco que tenían y sin reparo alguno comenzaron a enseñar, que no sólo sabían bailar, si no exhibirse. Todo fue terrible, dejé a la argentina y después de unos minutos que se me hicieron años, intenté recobrar el hilo del discurso:

-Gracias, muchas gracias, que tengan un feliz día.

Más gritos, más locura, aquello era un carnaval pero mi voz se reponía y seguía:

-Yo prometo, mis amigos y amigas, mis queridos y queridas compañeras, hombres y mujeres, todos y todas ustedes que...

Y seguía la música y cada cual bailaba al ritmo que le apetecía, ya fuera cumbia, rap, rock fuerte, balada, merengue, o escuchaba a los rancheros y aquí fue el acabóse, no sé a cuál asesor extranjero, se le ocurrió que cantara El Rey, y no me quedó mas chance que entonar aquella estrofa que dice... "Y sigo siendo El Rey". Ahí pensé que se terminaría el mundo, no puedo describirlo, la gente se revolcaba en el suelo, los animales aullaban, mis asesores y aliados me abrazaban, los periodistas no se cansaban de repetir:

-Esto sí es democracia.

Y yo, en mis adentros, cavilaba, ¿cómo termino mi discurso de cierre de campaña? Pero todo tiene su final. Ya el sol declinaba en el horizonte, cuando de pronto comenzó a caer maná del cielo. Aquello se transformó en un silencio absoluto, la gente se hincó y oró por varios minutos. Parecía un milagro. Entonces aproveché el instante y alzando mi voz, en ese silencio místico, le dije a mi pueblo, esa frase, llena de significados indescifrables y de contenidos insondables, que pasará a la historia y será gloria y honra de este país:

-Que estén mejor cada día, muchas gracias.

La muchedumbre se tomó de las manos y en un grito que se escuchó en todo el mundo dijo a la vez:

-¡Viva nuestro Presidente!

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This page contains a single entry by Benedicto Víquez Guzmán published on 5 de Septiembre 2009 8:05 PM.

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